Entre malvados

Miguel Ángel Muñoz (Editorial Páginas de Espuma, 2016)

Los malvados habitan los diez relatos que incluye el último libro de Miguel Ángel Muñoz. Si bien, del Mal en estado puro es imposible hablar, como afirma Baudrillard1, pues el Mal absoluto no tiene realidad objetiva, es una idea confusa y enigmática por naturaleza, ya que no puede confundirse la idea del Mal con cualquier existencia objetiva del mal, existen, no obstante, sus manifestaciones. Algunas de esas manifestaciones componen el tejido de este libro.

Somos malvados, el primero de los cuentos del volumen, narra la historia de una venganza sin sangre, y es uno de los relatos más duros que he leído en los últimos años, a excepción de La lotería, de Shirley Jackson, pero en otro sentido bien distinto. El rencor que puede acumular la víctima desde la infancia hasta la edad adulta, la fuerza que aún posee para perpetrar una venganza demoledora contra su agresor, no tienen en Somos malvados rasgos shakesperianos, en tanto que movimientos impulsivos e irrefrenables, sino que se trata de emociones cocinadas a fuego lento, de ahí, tal vez, el horror que nos producen.

El hocico del perro vengador es infalible, pero ha vivido hasta ahora inoculado por la cobardía: el castigo más perdurable que los hijos de puta infligen a sus víctimas (pag 11)

Una prosa directa, cortante como un cuchillo, se adecua perfectamente al contenido de estas historias que apenas nos dejan tomar aire. La maldad se explorada también en el terrorismo yihadista y en la crueldad policial, dando vida el autor tanto a los verdugos como a las víctimas.

Los hijos de Mason es, quizás, el relato que más ha llamado mi atención. No tanto por su temática, en parte conocida, sino por el tratamiento de crónica periodística que el autor otorga a cada una de sus cinco partes, rompiendo lo que convencionalmente podemos entender como relato, pues se trata de hechos constatados en cuya narración no se añade ningún elemento ficcional ni subjetivo nuevo, más allá de la selección de los casos y el riguroso estilo. El autor ha apostado aquí por mostrar fragmentos de historia y dejar que el lector componga un nuevo puzzle sobre la maldad humana e intente sumergirse solo en su inefabilidad. Y el conjunto resulta una propuesta sólida.

Miguel Ángel Muñoz relata en la primera parte de este trabajo el asesinato de Sharon Tate a manos de la secta Mason; los asesinatos de Richard Kuklinski, el hombre de hielo, como se le llamó cuando se conocieron sus crímenes, en la segunda. Incluye Muñoz a Jean Jacques Rousseau y su sistemático abandono de cada uno de sus cinco hijos en la tercera, y sus observaciones aportan aquí una interesante visión del filósofo.

En el fondo, Rousseau, cuya madre murió antes de que él cumpliera un mes, quiso exportar su propia infancia desgraciada al resto de la humanidad (pag. 101).

José Luis Calva Zepeda, el caníbal mexicano es el cuarto de los casos recogidos. Por último, Arthur Miller, quizás quien más puede llamar la atención del lector, cuya obra Todos eran mis hijos, es la antítesis de su comportamiento con Daniel, su hijo discapacitado.

En Donde el Borgión se esconda, que cierra el volumen, volvemos a entrar en la más pura ficción. En él una sociedad dedicada al cultivo de la razón y la lectura conserva una leyenda que sirve de rito de iniciación para sus adolescentes, y que la dota de cohesión. Siguiendo a uno de estos jóvenes, el relato se convierte poco a poco en una defensa de la invención, de la magia y del misterio, de la ficción misma como necesarias para la vida humana, por encima, incluso, de la razón, pues ningún filósofo racionalista, Voltaire, Kant, Rousseau, de los que todo el pueblo lee, puede ni debe acabar con la fantasía.

No podemos explicar el mal, pero necesitamos de la ficción para darle sentido a sus manifestaciones.

1 Jean Baudrillard, El Pacto de lucidez o la inteligencia del Mal, Scienza e Idee, Raffaello Cortina Editore, Milán, 2006. Hay traducción al español: El pacto de lucidez o la inteligencia del Mal
Jean Baudrillard. Traducción: Irene Agoff. Amorrortu editores, Madrid 2008

La acústica de los iglús

Almudena Sánchez (1), Caballo de Troya, 2016

IglúsLos diez relatos con que Almudena Sánchez se estrena en el cuento constituyen un atractivo primer libro, donde el lenguaje despliega, como muestra su propio título, resonancias líricas.

A lo largo de sus páginas vamos a encontrarnos con situaciones y temas originales, con personajes extraños, con referencias kafkianas (El artista del hambre) o beckerianas (Murphy), que Sánchez inserta en atmósferas melancólicas y, a pesar de la tristeza que impregna la mayoría de sus relatos, dulces y cálidas al mismo tiempo.

El descubrimiento de la vida de unos protagonistas, adolescentes o en la primera juventud, se expone a través de situaciones que a veces rozan el absurdo, singulares, como si la autora hubiese adoptado una perspectiva cósmica e integradora, que conecta a través de un personalísimo hilo conductor los microorganismos y los objetos más variados con el océano y con el universo todo, y donde el catalejo de Sánchez (como el de uno de sus personajes), situada en alguno de esos planetas que merodean por este libro, se dedicase a seguir ese hilo mostrándonos escenas que transcurren en un mundo propio, ni real ni irreal, donde el comportamiento, los pensamientos y emociones de sus protagonistas, se nos transmiten con observaciones desbordantes de una candor podríamos decir que universal, pues los lectores podemos reconocernos en esa mirada joven y “original” –en el sentido de origen, de principio, de inicial enfrentamiento con el mundo–.

Atmósferas extrañamente íntimas y universales, que incluyen rápidamente al lector mediante una especie de ternura amarga, de decepción infinita, de pérdida y de melancolía.

… las imágenes de mis lágrimas se confunden con las del espacio. Como si la Tierra fuera mi ojo. Como si la Vía Láctea fuera mi córnea (pag. 153).

La autora despliega así un mundo poblado de seres que buscan lo maravilloso (un eclipse, un viaje relámpago en teleférico en el que el tiempo se apresura y se detiene); empeñados en tareas sisíficas, como la de un ciego que nada ininterrumpidamente en la piscina del Hotel Minerva, observado por una niña que es testigo, también, del divorcio de sus padres; seres expulsados a la periferia de la tierra, como la joven parada y posterior astronauta que no puede olvidar un desamor; personajes en constante movimiento, como la madre que huye con sus hijos de las arenas movedizas que engulleron a su marido.

Aunque en algunos párrafos encontramos reiteraciones e imprecisiones que, de ser intencionadas, no alcanzan el nivel general de la prosa de Almudena Sánchez, contiene sobre todo este libro imágenes inesperadas, sinestésicas, que lo enriquecen, y convierten esos descuidos en anecdóticos.

Así es el verano. Es como si el sol estuviera desnudo y estallara en mil gritos amarillos (pag. 148).

Observaciones curiosas que son metáforas de otra cosa, como:

Es todo un misterio lo del boomerang. En otros tiempos, se utilizaba como arma arrojadiza para cazar animales pequeños y ahora se ha rebajado a la categoría de juguete. Esas cosas pasan. Los objetos también pierden su estatus (pag. 74)

O también:

Es una forma –la rigurosidad musical – de ir quitando horas a la infancia, de trasladarlas a la etapa adulta. (pag.75).

He disfrutado más de los primeros seis relatos que del resto. Quizás mis favoritos sean El frío a través de los engranajes, Apuntes desde la bóveda celeste, El nadador del Hotel Minerva y El arte incrustado, aunque me ha interesado seguir la evolución del conjunto, y dejarme llevar por la voz de una autora que ha logrado mantener desde principio a fin mi interés.

1 Almudena Sánchez presentará su libro en Murcia, en Librería Educania, el 25 de noviembre, viernes, a las 19,30h.

Traduttore/traditore: la traducción de Lolita en España hasta 2003.

LolitaUna no pudo imaginar nunca que el traductor de una famosa novela escrita originalmente en inglés confundiese a un chico con una chica, es decir, boy con girl. La diferencia en inglés es tan enorme que ni siquiera un error ortográfico podría explicarla.

Y sin embargo sucedió.

¿Se trata de un acto voluntario, de una reescritura intencionada del tradutore/traditore? No lo sabemos.

Sucedió aquí mismo, en España, pues el traductor de Lolita, la novela escrita originalmente en inglés por Vladimir Nabokov, Enrique Tejedor (seudónimo del escritor, editor y traductor argentino, asesor literario de la editorial Sudamericana, Enrique Pezzoni (1.926-1989) confundió o quiso confundir girl con boy, y atribuyó el sexo masculino a la que era, en realidad, la hija de Lolita, que murió junto a su madre durante el parto, como figura ahora en las traducciones posteriores (Galaxia Gutenberg y Anagrama) de otros.
De esa forma, Lolita dio a luz un hijo y no una hija para los lectores que leímos la novela durante los años 1980 hasta el año 2003, pues las sucesivas ediciones de la obra –la primera en Editorial Sur (Argentina, 1959), luego en Grijalbo (1980), Seix Barral (1983), Anagrama (1986), El Mundo (1999)–, por citar las ediciones que conozco, fueron todas ellas contratadas con el mismo traductor o sus herederos, repitiendo así para miles de lectores de habla hispana que no la leímos en inglés, una historia que no era la que el escritor ruso quiso escribir.
Seguramente, las cosas hubieran seguido así sin advertirlo, pero en diciembre de 2001, la revista Letras Libres, en un artículo firmado por Ernesto Hernández Busto, llamado Lolita censurada, lanzó la voz de alarma sobre la falta de rigor de la traducción de Enrique Tejedor. En el artículo, Hernández Busto hacía alusión a una serie de omisiones deliberadas del traductor cuyo común denominador atribuye más a la censura de alguna connotación sutilmente obscena (en Nabokov todo es sutil y sofisticado), que a otra cosa, pero ni aún allí se advirtió en ese artículo el cambio de sexo del niño/a muerto, una cuestión casi anecdótica si no estuviésemos hablando de alta literatura, puesto que se trata de una sola frase en el original:

“ Mrs. “Richard F. Schiller” died in childbed, giving birth to a stillborn girl”

Cada nocheSiempre que leí la novela, pues, tuve entre mis manos ejemplares traducidos por Enrique Tejedor. No leo inglés e, insisto, nunca hubiera podido imaginar un error tan largamente inadvertido.
Al escribir mi novela Cada noche, cada noche (Siruela, 2016), cuya protagonista, Dolores Schiller, es hija de Lolita, comienzo diciendo que Humbert Humbert mintió, que Lolita tuvo una hija y no un hijo, y que esa hija es el personaje central de mi historia.

La idea de que Lolita tuvo una hija y no un hijo, contradiciendo la traducción al español de la novela, se me apareció como un imperativo cuyos orígenes creo poder reproducir aquí.

En distintos pasajes de la novela de Nabokov, Humbert Humbert confiesa que desearía que algún día Lolita diera a luz una niña para seguir disfrutando de ella cuando su madre se haga adulta. Una maldad tan enorme que quedó grabada en mí, obligándome a darle voz a esa hija.

Y fue a partir de ahí, a pesar de que para mí, la joven Dolores Haze tuvo un hijo – tal y como había querido Enrique Tejedor que lo tuviera –, donde comencé a inspirarme para diseñar a mi protagonista, Dolores Schiller.

De esta forma, en mi novela rectifico el error de la traducción, pero a partir de ese mismo error.

Así fue como lo expuse:

“Empezaré por el principio. Mi madre se llamaba Dolores Haze, pero ustedes, de conocerla, seguro que la conocerán por Lolita. Aunque nací mujer, soy el hijo que Lolita tuvo en la novela homónima, el niño que supuestamente murió en el parto, como sí que lo hizo ella al darme a luz. Pero en esto, ya lo ven, como en tantas otras cosas, el tío Humbert mentía. Dolores Haze tuvo a su hija a los diecisiete años, en la Navidad de 1952, pero no nació muerta ni fue varón.”

Me hubiese gustado saber desde el principio que la hija de Dolores Haze fue siempre una niña para, sencillamente, resucitarla en el personaje de mi protagonista, pero no pude hacerlo. Creí que fue un niño como, durante veintitrés largos años, así lo creímos los lectores de las traducciones españolas.

Mi novela se publicó, pues, con ese comienzo, y fue un lector amigo muy atento, Antonio Galiano, que manejaba la edición inglesa y otra de Galaxia Gutemberg, con un traductor distinto, quien me advirtió de una confusión que me atormentará el resto de mis días. Le pedí urgente, incrédula, la foto de la página de la edición inglesa, y allí estaba, clarito como el agua, ese “girl” que Enrique Tejedor convirtió en “niño” en español.

Un ejemplo más de que la intuición literaria corrige lo que la realidad se empeña en distorsionar.

Por suerte, “Cada noche, cada noche” ha tenido una segunda edición donde he podido corregir esa innecesaria transmutación del género del hijo muerto de Lolita:

“Empezaré por el principio. Mi madre se llamaba Dolores Haze, pero ustedes, de conocerla, seguro que la conocerán por Lolita. Soy la hija que Lolita tuvo en la novela homónima, la niña que supuestamente murió en el parto, como sí lo hizo ella al darme a luz. Pero en eso, ya lo ven, como en tantas otras cosas, el tío Humbert mentía”

Espero que mis lectores sepan perdonar mi confianza en la traducción de Tejedor. La lección la he aprendido. Las cosas, ahora, vuelven a estar en su sitio.

La condición animal

Valeria Correa Fiz, Páginas de Espuma, 2016

VAleria CorreaNunca me había sentido tan satisfecha con la lectura de un primer libro de relatos como con este de Valeria Correa Fiz, donde forma y contenido se dan la mano en una inusual demostración de talento.

La autora ha dividido su entrega en cuatro partes: Tierra, Aire, Fuego y Agua, compuestas de tres relatos cada una, de distinta extensión y temática. Todos nos sorprenderán por su originalidad y por su fuerza.

Aunque me han gustado más los relatos de mayor extensión, en todos ellos se evidencia la maestría a la hora de narrar, de elegir las elipsis, de conducir la narración con firmeza, contando lo importante, lo necesario para que la historia se perfile en la mente del lector con toda su grandeza.

Valeria Correa ha elegido episodios llenos de intensidad, personajes singulares, ambientes claustrofóbicos y amenazantes, creando una tensión que crece y se expande, y te mantiene atenta al menor detalle, alerta, deseosa de llegar a un final que no defrauda nunca.

Las historias se articulan con eficacia en Una casa en las afueras, el relato que abre el volumen; al terminarlo, el lector no puede dejar de pensar: es el primero, ha dado mucho, a ver si mantiene el listón en los demás, y la sorpresa llega cuando la intensidad que nos regala no cesa hasta el último.

Hay un misterio oculto en el corazón de cada uno de estos relatos, un misterio que no se deja descifrar. ¿Qué le ha pasado a Esteban en las manos?, nos preguntamos en Nostalgia de la morgue; ¿de dónde procede esa plaga de ranas?, o mejor: ¿se trata realmente de una plaga de anuros o también es una metáfora de lo viscoso, lo informe, la invasión de unas criaturas que hacen casi imposible la vida?, seguimos preguntándonos en Criaturas:

Hacía meses que tu país se había poblado de ranas y otras criaturas con piel de anfibio (pag. 143).

Y una vez más, ¿se trata del mismo país asesino que en Leviatán?
El país era ancho, el país era largo, el país era alto en la frontera con Chile (pag. 135).

Misterios cuya solución, finalmente, no importa demasiado, porque lo que sí importa, y mucho, es el modo de plantearlos, el desarrollo de la acción narrativa, los hallazgos poéticos con que nos sorprende la prosa de Valeria Correa Fiz a cada paso.

En el relato Las invasiones, por ejemplo, el hallazgo es tan inesperado que el lector tiene que cerrar los ojos e imaginar la escena, las escenas, para, después, agradecer a la autora que haya tenido esa intuición, esa genial solución que no se olvida.

Hay poesía en esta escritura, una poesía que no solo se expresa en la prosa misma, sino en el modo de seleccionar las anécdotas, de crear las atmósferas y, sobre todo, en los sentimientos que se nos muestran, en el carácter de los muchos personajes que desfilan por estas páginas, en la ternura, en una visión de la literatura que incluye distintos recursos, lo fantástico (Las invasiones, Leviatán) o el realismo descarnado (Perros, Deriva), en un todo armónico y eficaz.

En Nostalgia de la morgue, la morosidad de la acción está medida al milímetro para contarnos sobre la soledad, la enfermedad, la reclusión hospitalaria, el desprecio de un padre por un hijo, pero también, la generosidad y el amor, la vida que se abre paso en cualquier circunstancia, el don, la necesidad que tenemos los unos de los otros, la vulnerabilidad y la fortaleza.

Pocas veces he sentido recomendando un libro que nada de lo que yo dijera o escribiera podría dar cuenta de su calidad, que se desborda por fuera de las palabras; pocas como en este caso. Leer este conjunto de relatos es abrirse a un universo distinto, lleno de observaciones y de sabiduría narrativa, una sabiduría inesperada en una autora que nos ofrece su primer conjunto de relatos, cuyas nuevas producciones esperamos ya con interés.

Mi enhorabuena más sincera a Valeria Correa Fiz.

Parece que cicatriza. (Miguel Sanfeliú, Talentura, 2014)

Parece-que-cicatriza

Esta novela de Miguel Sanfeliú narra la vida de Roberto Ponce, desde el momento que decide ser escritor hasta su edad madura.

Aunque la primera parte me parece más vacilante, en ella se vislumbran ya los hilos que se desarrollarán en la segunda, que se alza con una voz cada vez más sólida. La novela aborda los sueños irrealizables, las ilusiones, la vida que desearíamos vivir y que, demasiado a menudo, no puede ser vivida.

El mod

o en el que Sanfeliú plantea esta historia es sencillo, en el mejor sentido de la palabra, esto es, con episodios muy bien elegidos que avanzan linealmente en el tiem

po y nos hablan de los protagonistas desde una cercanía cómplice, con una enorme “humanidad”; acariciando la vida, que representa y amplía Sanfeliú con eficacia narrativa, sin alardes, a través de unos personajes tan de carne y hueso que nos resultan cercanos; antihéroes en los que todos podemos reconocernos y reconocer a otros.

Roberto Ponce vive una vida apagada, pero sueña con ser escritor, y asistimos a sus intentos de llevar adelante diferentes novelas, que no avanzan según desearía. Su día a día transcurre más en la ficción que en la realidad, ofreciendo a su familia una cotidianidad plana, subordinada a su retiro de escritor que no encuentra su voz para contar.

Cuando era joven soñaba que la literatura sería como un transatlántico de lujo, pero ahora resulta que no es más que un simple salvavidas. Escribe para limpiar la conciencia, escribe porque lo necesita, para no saltar desde la terraza del edificio. A eso se reduce todo, escribir para sobrevivir (pag. 112)

La pregunta sobre las ilusiones, el talento para llevarlas adelante, el precio que hay que pagar por mantener los ideales o abandonarlos en pro de un éxito fácil que pervierte la inicial vocación, están presente en esta novela en la peripecia vital de algunos de sus personajes, cuyo destino es peor que el del protagonista. Cuidado con las pasiones, con las vocaciones y las entregas totales, parece decirnos Roberto Ponce, si bien es el lector el único que puede juzgar o no cuál es, en última instancia, el destino o la elección apropiada. Pues, por otra parte, ¿estamos seguros de que se puede elegir cómo vivir un sueño?

Una elegancia robusta

Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa
Pepe Cervera, Menoscuarto, 2016.

Hay una relación secreta, íntima, entre un escritor que confiesa haber dudado de su propio talento y el interés de ese escritor por un autor olvidado que, con talento o sin él, persiguió el éxito literario condenando su vida y la de su familia a la pobreza. (¡Ay, esas resignadas mujeres como Jeanne Poirier, sin proyecto personal alguno, entregadas a la carrera profesional del marido!; mujeres a las que, consciente o inconscientemente, Pepe Cervera opone el arrojo de la suya, Juana, resolutiva y autónoma. Curioso también que coincidan sus nombres).

¿Qué lleva a un hombre a perseguir la quimera del reconocimiento y la fama a pesar de que la realidad le despoje sistemáticamente de ambos?, ¿qué tenacidad, inscrita en sus células, le hace persistir, a pesar de la miseria y del olvido? Nos dice el autor de este libro:

    A mi me gusta pensar que nació albergando el sueño de convertirse en un escritor auténtico e importante, un escritor de los de musa y péñola (pag. 30)

Pepe Cervera, que imagina a Alejandro Sawa con ese sueño, ha construido una novela que lleva a la ficción la vida de un hombre que inspiró a Max Estrella, el protagonista de Luces de Bohemia; al Alejandro Nava de la novela Encarnación de Joaquín Dicenta; al Rafael Villasús de El árbol de la ciencia, de Pío Baroja; hasta llegar a nuestros días y aparecer como personaje en Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada. Al mismo tiempo, Cervera nos narra su propia peripecia como investigador de esa vida y como escritor.

¿Hay alguna forma de narrar la vida que no sea ficción?, el hecho de contar lleva intrínsecamente consigo la construcción de un personaje, por lo que, de alguna manera, este libro sobre Sawa se inscribiría entre los otros que también lo tomaron como modelo, pues, cabe preguntarse: ¿existe la no-ficción?

Hay dos estilos que se entrecruzan en este interesante libro: cuando se trata de hablar del pasado, de Sawa, Cervera utiliza una prosa con reminiscencias decimonónicas, donde abundan las descripciones, que se convierten en protagonistas que dan cuenta de una época. Tomo como ejemplo la que gira alrededor del tren La Pedrochera, el que imagina que Sawa tomó para viajar por primera vez desde Málaga a Madrid para cumplir su sueño de hacerse escritor. Se trata de una descripción pausada, donde los objetos forman parte de un mundo que nos interesa; una descripción que encanta al lector con su prosa limpia, cuidada, salpicada de palabras y frases hechas en desuso que paladeamos con deleite: “en cueros vivos”, “péñola”, “chicuelo”, “sin mirar pelo”.

Pero cuando se trata de contar su propia obsesión, su proceso creativo, que también ha de explicar a los alumnos de un taller de escritura que imparte durante el tiempo en el que concluye este libro, la prosa se transforma, abandona la descripción y los arcaísmos para contar desde el aquí y ahora de la lengua, para dar cuenta de un interés que no sabe ya ni cuando comenzó a sentir Cervera, cuyas vacilaciones transmite al lector directamente:

    Ando perdido. Últimamente no encuentro más que obstáculos. No es la primera vez (pag. 115).

Sawa escribió:

   Pero para orientarme… Porque,  en primer término, ¿dónde está mi Oriente? (pag. 144)

   Paralelismos entre un autor y otro, del investigador con su objeto de estudio:
    
En un abrir y cerrar de ojos me he convertido en Alejandro Sawa (pag. 78)

Identidad entre el creador y el personaje que se hace imprescindible para llevar adelante la empresa, venciendo esos obstáculos a los que alude el autor. Diferencias entre un Sawa empeñado en ser recordado como escritor, y el que acabará siéndolo inspirador de personajes, de nuevo aquí: Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa.

Hay momentos de enorme eficacia narrativa en este texto, muchos, como cuando nos cuenta la historia de la futura esposa del escritor, en los que Cervera aprovecha para incluir algunos hitos de la historia de ese siglo. El logrado por Jules Ferry y sus reformas educativas en Francia es traído con enorme acierto:

Estos hechos históricos que, en principio, pueden carece de vínculo alguno con el libro que pretendo escribir resultan a la postre un desencadenante primordial sin cuya concatenación Alejandro Sawa jamás habría conocido a Jeanne Poitier (pag. 102)

Una elegancia robusta, y copio este hallazgo del autor, recorre un texto repleto de preguntas cuyas respuestas no encontraremos dentro de él, sino que se invita al lector a que se quede en ellas, interrogándose sobre la bohemia, el éxito y el fracaso literario, sobre una época pasada y otra presente en la que los escritores, quizás, persigan los mismos sueños y a quienes les acechen las mismas incertidumbres, los mismos miedos.

    ¿Por qué escribía?
    ¿Por qué?
    ¿Por qué escribimos? (pag. 166)

    Vida y literatura: dos materias fundidas como se funde el magma para cristalizar en roca volcánica (pag. 164).

Como cristalizan realidad y ficción en este elegante libro, cuya lectura recomiendo.

Cuando ofende la verdad

Ha sucedido dos veces en dos actos públicos separados apenas por unos diez días.

El primero en la presentación de mi última novela. La nueva alcaldesa de la localidad y el concejal de cultura, ambos de signo distinto al que gobernó la villa donde la presenté durante los últimos 20 años, dicen unas palabras para enmarcar el acto en la semana cultural que se inauguraba, y se marchan, quedándonos en la mesa el presentador y yo. Cuando tomo la palabra, agradezco al organizador que me haya ofrecido el espacio y, a continuación, comento, porque tengo en primera fila a cuatro miembros del nuevo equipo de gobierno, que se respiran aires nuevos.
De inmediato, tres personas que no conozco se levantan ostentosamente y abandonan la sala. Una persona del público, que permanece tranquilo, comenta que son tres concejales del PP.

Segunda ocasión: una mesa redonda sobre la literatura en Murcia. El primer participante dice que no le interesa si Murcia es una ciudad que propicia o no la literatura, que se coloca fuera de ese debate, que escribe desde la luz de la infancia. Yo me muestro de acuerdo con él y añado que no me siento orgullosa de ser murciana, que Murcia es una de las comunidades que sufre más analfabetismo, abandono y fracaso escolar del estado español (las últimas noticias es que va en aumento mientras que en el resto de comunidades desciende), y un desprecio enorme por la cultura. Tres mujeres se levantan de entre el público y abandonan la sala. Una de ellas se detiene frente a la mesa y dice que ella está muy orgullosa de ser murciana. No pueden escuchar lo contrario, al parecer.
De nuevo la violencia de personas que no toleran el desacuerdo, que se sienten violentadas por quien no opina como ellas y responden a esa supuesta “agresión” marchándose.
Señalo que eso es, precisamente, a lo que aludo: que no se puedan oír otras versiones del imaginario que durante veinte largos años ha ido creando en las conciencias el gobierno del PP, sustituyendo una cultura plural por una invención de lo murciano que tiene que ver con el folklore y con algunos iconos afines a su ideología conservadora o, también, sin ideología. No se tolera ninguna opinión crítica, nada que no sea el aplauso unánime de quienes comparten ese imaginario de la “murcianía”, o lo que llaman también “la marca Murcia”, como si se tratase de la denominación de origen de un producto de mercado.

¿Qué está pasando?
Por una parte, la cultura oficial propone una especie de nacionalismo naïf, paleto, hecho de panocho, bando de la huerta, zarangollo, morcilla, turismo de playa y chiringuito, de crucero y comercio, procesiones, peñas y cofrades, que construye la identidad de gran parte de la población, y que constituye la representación simplista de esta tierra, en muchos aspectos hermosa, y de sus gentes, en todos los casos ciudadanos dignos de respeto. Una cultura oficial que gasta su presupuesto en espectáculos efímeros, que repite ritualmente fiestas sin deseos de ningún cambio, y deja de organizar, o entorpece la iniciativa de quien intenta ese cambio.

Murcianía

La Feria del libro, por poner solo un ejemplo hace años que no existe, y el ayuntamiento entorpece a quienes quisieron resucitarla este año. Desde el discurso oficial se postula el ‘ser murciano’ como una identidad cercana a los tópicos que nos han representado para el resto del país, complaciente con el ser y no con el deber ser. Tomarse con humor que Murcia disputa hoy el lugar que tuvo Lepe en el chiste es algo que no debería satisfacernos, por más que se elogie nuestra capacidad de reírnos de nosotros mismos.
Por otra parte, existe una sociedad civil viva, ilustrada, creativa, que inventa editoriales, grupos musicales y teatrales, publica libros, fomenta clubes de lectura, abre espacios culturales variopintos. Una minoría ajena a la cultura oficial de la que, por otra parte, no recibe ninguna atención. Un ejemplo son los clubes de lectura, subestimados y desatendidos. Un tejido cultural amenazado por la crisis, hecho de voluntarismo e iniciativa privada, laico y cerca de los valores de una cultura que se fomenta desde abajo, crítica, que exprese la tensión que una sociedad debe mostrar entre su realidad y sus aspiraciones, que siempre estarán alejadas de ella.
Esta segunda realidad, emergente en los últimos años, alcanza a representarnos vagamente en el exterior, pero sin modificar demasiado esa otra. Son, pues, dos mundos ajenos, y solo encuentro motivos de orgullo en el segundo.

Dije en esa mesa que, según mi experiencia, las personas gustan de la cultura de calidad, que una vez que prueban la buena literatura, el buen cine, la buena música, el buen teatro o cualquier expresión cultural que invite a disfrutar de algo más que de la algarabía y del estómago, se alejan para siempre de la ritualización y se embarcan en el camino más creativo de construirse como ciudadanos críticos. Dijimos también que, si las instituciones se lo propusiesen realmente, el tejido cultural crecería porque hay un anhelo de saber que no está canalizado, un deseo de conocimiento que se atrofia a base de pan y circo, y que requiere de un esfuerzo que, desde hace ya demasiado tiempo, nuestras instituciones no están dispuestas a prestar.
Profundizar en la cultura democrática, aprender que la verdad no ofende, que los datos son datos, aunque no nos guste lo que indican, que sirven para reflexionar y mejorar; construir un tejido cultural crítico, en el mejor sentido, es decir, que se proponga unos proyectos e ideales y luche por conseguirlos, habría de ser la tarea de unas instituciones que han abandonado estas funciones hace demasiado tiempo.

Yo no me siento orgullosa de ellas, ni del modelo de sociedad que proponen. Insisto.

Como si fuera esta noche la última vez

Como si fueraAntonio Ansón. Los libros del lince, 2016

Siempre ha habido escritores que han construido personajes femeninos con maestría. Mujeres inolvidables, aunque deudoras también de la época en la que se escribieron y de la representación de la mujer vigente en esa época. La Bovary de Flaubert, la Ana Ozores de Galdós, o la Anna Karenina de Tolstoi, por citar tres ejemplos paradigmáticos. En nuestro país, he disfrutado con los personajes femeninos de Álvaro Pombo, y me han entristecido algunos de otros escritores que dibujan a la mujer como un arquetipo sin hondura.

El caso de Antonio Ansón se incluiría entre los primeros. Ansón ha dado voz a Julia, una mujer que ronda los cuarenta, casada y madre de dos hijos, Loren y Fito, ocupada en las tareas domésticas, que se enfrenta a un matrimonio agostado con Juan Manuel, un hombre que la quiere pero de quien no se casó enamorada:

No me casé enamorada de Juan Manuel, lo reconozco con dolor, pero nos hemos querido. Hemos sido capaces de construir algo hermoso (pag. 159).

Hubiera tenido que divorciarme hace tiempo. Y no ha sido por falta de valor. Tampoco por falta de ganas. Dicen que los pequeños son más lanzados. Rosa tiene dos años menos que yo. Rosa es una descerebrada, siempre lo fue, pero el caso es que Rosa se tira a la piscina. Dice que se divorcia y se divorcia (pag. 100).

La novela se estructura en capítulos que corresponden a los meses de julio a mayo del año siguiente. Y la narración corresponde a la misma Julia, protagonista central de la historia, y a su hijo Fito quien, con una lograda voz de niño, recoge las impresiones del mundo familiar que le rodea y, sobre todo, de su relación con la madre.

Una madre, y este es un logro de la novela, que a pesar de que sus tareas sean las convencionales, nos muestra una personalidad llena de ambivalencias, de dudas, que nos la hacen interesante y cercana.

Imaginar que pertenezco a otro lugar, que puedo escaparme y regresar para ser de nuevo la madre y la esposa como si no pasara nada, pero sí que pasa. ¿Cuánto tiempo durará este ir y venir de mí a mí misma sin perderme en el camino?¿Siempre?(pag. 10)

Además, asistimos en primera persona a la aparición de un cáncer de pecho que atraviesa la novela y la vida de su protagonista.

…Esta casa patas arriba sin una mano de mujer que ponga orden. Juanma, Loren y Fito solos. ¿Cómo se las van a arreglar si yo me muero? (pag. 68).

De manera que Julia escribe para su familia: Escribo desde mi ausencia, nos dice; en secreto, mientras asiste paralelamente al renacer de una vieja relación con Enzo Ruano, un novio de la facultad que ha regresado después de mucho tiempo, cuyo amor por Julia se mantiene intacto y que acompañará a la protagonista durante la enfermedad.

La sensatez de la voz de Julia contrasta con otro personaje bien perfilado, Rosa, su hermana menor, a cuyo divorcio, a causa de la infidelidad del marido, asistimos con una sonrisa en los labios. Rosa es una mujer alegre, superficial, egocéntrica y encantadora al mismo tiempo, que salpica la narración con sus ocurrencias llenas de humor. Tomemos un solo ejemplo; de su hijo, que no consigue aprobar, afirma Rosa lo siguiente:

… la primera evaluación aprobó caligrafía, que eso se le da estupendamente, se aplica una barbaridad y le encanta copiar frases en el cuaderno, me da que terminará de escritor, o periodista, porque es tonto y escribe bien (pag. 25).

A través de una prosa precisa y amena, fluida y sin artificios, que recoge el habla pero transformándola al modo en que Cynthia Ozick dice que han de ser los diálogos –simulacros de diálogos, simulacro del habla coloquial –, Ansón nos narra estos diez meses de vital importancia en la vida de los protagonistas, donde lo que transcurre es la propia vida, sin aventuras espectaculares, pero llena de profundidad y de emociones intensas, expuestas con parquedad y elegancia.

La descripción de cómo experimenta Julia los protocolos del tratamiento de su enfermedad es íntima, al tratarse de una narración en primera persona y, a mi entender, acertada. A lo largo del libro, Julia se va autorizando a sentir, se convierte en una mujer valiente que decide disfrutar de lo que la vida le ofrece cuando parece que va a perderla: su amor por Enzo, su propia imagen sin pelo, sus sentimientos.

Mentiría si dijera que mi vida ha sido ejemplar. He traicionado. He sido deshonesta. He tenido miedo. Tengo miedo. Sí, mi madre aseguraba, estirando mucho el dedo índice, que sólo los valientes tienen miedo. Yo debo de ser muy valiente. Pero mucho. (pag. 153)

Hay una decidida apuesta por la vida en esta novela que nos habla, paradójicamente, de la muerte. La mayor felicidad de la vida es estar vivo, decía siempre, la madre de Julia.

Y hay también muchos aciertos en el autor cuando describe los sentimientos de Julia respecto a la enfermedad:

Con el cáncer la gratitud me desborda exultante. Cada pequeño momento de mi existencia repito en voz alga gracias una y otra vez, a pesar del dolor y del miedo, por estar aquí, respirando, abrazando y besando apasionadamente la vida (pag. 199).

La enfermedad como oportunidad de revisar las prioridades, de gozar de cada instante, de descubrir un yo que ha estado enmascarado en el trasiego de la vida.

Desde que tengo cáncer cada vez soy más yo (pag. 197).

Asistiendo a la transformación de Julia, testigo ingenuo y lleno de gracia, está Fito, el hijo menor, como dijimos, a quien deberemos finalmente la lectura de esta novela profunda y ligera al mismo tiempo, ligera como los mismísimos pies de Aquiles.

Diario de campo

Diario de campo fotoRosario Izquierdo Chaparro. Caballo de Troya, 2013

Lo primero que asalta al lector al enfrentarse a esta novela llena de aciertos son sus dudas respecto a su género. ¿Es un diario como nos apunta su título?, ¿mera ficción?, ¿un cuaderno de campo?, ¿autobiografía?, ¿un híbrido de todo esto? Hacia esta última respuesta nos orientamos poco a poco. Es evidente la relación autobiográfica que mantiene el texto con la autora, de quien se nos dice que ha realizado estudios e investigaciones en el campo de la exclusión social, como la protagonista misma del texto que hoy reseñamos, pero también lo es que el pacto que propone la autora es de ficción, y que de su mano entramos en las páginas de este libro como si fuese una novela.

Estructurada en cuatro capítulos, la historia nos cuenta el periplo de una mujer que sufre en sus propias carnes la precariedad laboral, por haber decidido, nos confiesa, criar personalmente a sus hijos. Una universitaria que encontrará dificultades para insertarse posteriormente en el mundo del trabajo al haberlo dejado en su día, decisión en la que se reafirma cuando se enfrenta a esta circunstancia años después. Nos relata también una investigación sobre mujeres marginadas realizada en la periferia de Sevilla. La marginalidad de la primera se convierte en privilegio frente a las mujeres investigadas, y el diálogo interno y externo que se establece entre una y otras es el núcleo central de la novela.

En el testimonio de las mujeres entrevistadas se muestran las condiciones extremas de su vida, su falta de educación, los determinantes de un mundo que vive al margen de la sociedad, cerrado en sí mismo, fuera de la cultura que aprecia la entrevistadora y quienes no vivimos en la periferia de una ciudad y hemos tenido la suerte de contar con más oportunidades de acceso a la cultura.

Diario de Campo mantiene un pulso incesante entre el investigador y las mujeres investigadas, una tensión que se nutre de identificaciones, de diferencias, de curiosidad intelectual, de afecto y enorme respeto. Rosario Izquierdo escribe con una neutralidad que me ha recordado al Primo Levi de Si esto es un hombre, pues nos habla de la protagonista y de los demás personajes con la misma agudeza e idéntica distancia óptima. Esta narradora que nos guía, que ha pasado la cuarentena, con dos hijos que ya están criados y un marido al que amó, y sigue amando de otra manera, se toma a sí misma como objeto y repasa su vida, su pareja, su maternidad, sus errores y sus aciertos, con una mirada de una extraña objetividad, que nos seduce y nos admira, construyendo un texto que interpela al lector tanto como la narradora se siente interpelada, a su vez, por las mujeres que entrevista.
Un libro sincero y logrado que recomiendo.

Olvido Duro, Zaida Sánchez Terrer

Olvido-duroEditorial Amarante, 2016

Olvido Duro es el nombre de una mujer, pero también el gesto que esta mujer realiza para alejar su vida anterior de la que quiere llevar a partir de una separación y de un largo viaje.

Además, es el nombre de la novela de Zaida Sánchez Terrer. Un artefacto literario que podría encuadrarse dentro de la novela llamada posmoderna, por su carácter fragmentario y no lineal y el uso del juego metaliterario. La segunda novela de Zaida Sánchez nos cuenta la historia de dos mujeres de treinta y cinco y treinta y seis años, Laura y Lola, vecinas, que establecen una amistad profunda que, sin embargo, lleva dentro algunas sorpresas. De estas sorpresas nos habla el libro.

Laura es editora y lee un manuscrito que se llama Olvido Duro, el que nosotros, lectores, tenemos precisamente entre las manos. En el manuscrito, Lola cuenta su historia, la de Laura y la de ella, salpicado de relatos que la amiga ya conocía, y que se intercalan en el texto ampliando el tiempo presente hacia un pasado que, entendemos nosotros, sirve de anclaje a las emociones que asaltan a las protagonistas.

Así sucede explícitamente con el relato I believe in yesterday, que toma por título un verso de la canción de los Beatles, donde la protagonista, Isabel descubre que no percibe los sabores.

No podría determinar cuándo había dejado de saborear las cosas. Solo la tranquilizó reconocer que no le estaba pasando algo distinto a lo que sentía por dentro y continuó comiendo con cierto esfuerzo porque al no llegarle sabor alguno, la presencia de la carne se transformaba en una pasta informe y absurda que costaba tragar, como le ocurría con otras cosas de su vida (pag. 126).

Lo que le ocurre a Isabel, ¿le ocurre también a Lola, la autora de esos relatos? Sospechamos que sí.

Pero no acaba aquí la pirueta metaliteraria, que se amplía en una espiral cada vez más amplia. El uso de los mismos nombres en la narración en tercera persona del Preámbulo que nos presenta a Laura y a Lola, y el de las protagonistas del manuscrito que la primera lee, confunden y enriquecen las interpretaciones de la novela. Afectos, infidelidad, amores que no perduran, reflexiones sobre las emociones que salpican una narración amena e interesante.

Así, con este juego , vamos asistiendo a la infancia y a la vida de estas dos mujeres, a sus relaciones familiares más íntimas y significativas, a los secretos y ambivalencias, las historias y las confidencias que se hacen literatura, como sucede con la vida misma cuando se está cerca un escritor/a.

Hay relatos de corte más clásico como La confesión, que contiene una nota de humor, y otros formalmente innovadores, como el que lleva por título Desamor, cuyo narrador es el desamor mismo, donde se afirma:

Casi nadie se da cuenta del día en que aparezco (pag. 72)

O Los primos gemelos, que inserta la historia de una ilusión con una sesión de psicoanálisis.

La novela de Zaida cuenta los vasos comunicantes que se establecen en una relación amistosa, la traslación de los asuntos de la vida a la literatura, la insatisfacción y el deseo de cambiar drásticamente la propia existencia; y lo hace con una estructura inteligente y una prosa fluida, sin alardes poéticos, pero muy eficaz para llevar adelante la historia.

Quizás el rasgo más sobresaliente de su estructura sean esos registros de escritura que se superponen: el de Zaida, nuestra autora, el de Lola, y el de Olvido Duro, de tal forma que el resultado final es un juego que muestra la complejidad de las relaciones entre realidad y ficción, cuyas fronteras este juego difumina, y cuyas claves no podemos desvelar más aquí para no evitarle al lector el placer de su descubrimiento.