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Cuando crees en ti, te vuelves optimista

 

Cuando hablamos de optimismo y pesimismo, siempre explico la misma diferencia; la manera de trabajar y de esforzarse para lograr resultados, ya que ambos, están basados en un futuro incierto cargado de experiencias pasadas.

Me gusta el término optimismo inteligente porque te lleva a la acción y a no esperar un buen resultado sin hacer prácticamente nada; no te van salir mejor las cosas porque seas optimista; aunque si te lo curras, quizá el resultado obtenido será muy parecido a lo que deseaste.

Ni tan maravilloso es ser un optimista sin barreras, ni tan malo es ser una persona pesimista “por naturaleza”. Sería conveniente reflexionar, teniendo en cuenta que los extremos son complicados de gestionar. Es cuestión de cambiar un poco la perspectiva. Es un error perder de vista la realidad que nos rodea; tenemos que jugar o convivir con ella. El pesimista ve un muro, una pared y un imposible; el optimista piensa que  se puede trepar y que es cuestión de actitud.

Tus ilusiones, motivaciones y pasiones te llevarán a realizar lo que te has marcado; si confías en ti y eres una persona segura de tus posibilidades, sabiendo afrontar y esquivar una realidad que a veces no lo pone nada fácil; tocarás tus retos con las yemas de los dedos. Cuando te das cuenta de ello, sientes ese optimismo que no es desmedido, y que te ha acompañado hasta ese momento, no es otra cosa que actitud y ganas.

Seas como seas, trata de acercarte a aquello que te hace sentir bien;  a esos momentos en los que te sientes preparado para todo, a rememorar logros y visualizar tus éxitos… sé consciente de lo que te rodea y en vez de quejarte por el aire que te da en la cara, disfruta de verte capaz de superarlo.

 

¡Soy así!

 

¿Cuántas veces nos hemos escondido detrás de un “soy así” para no querer cambiar, y justificar lo que hacemos sin mirada crítica ni constructiva?

Es evidente que cambiar es difícil, sobre todo si llevamos una vida pensando, creyendo y haciendo lo mismo. Cuando tenemos la lucidez suficiente como para darnos cuenta de ello, se nos oscurece una vez más el panorama al pensar que un cambio es algo complicado,  costoso emocionalmente y por lo tanto, casi imposible. Preferimos quedarnos como estamos y no variar nuestra actitud vaya a ser que lo que nos vamos a encontrar sea peor que lo que tenemos.

Ese salto a una zona más atractiva, más productiva, más optimista y más deseada, es algo más que un paso. Ese “soy así” te va a mantener inmóvil para toda tu vida, no va a dejar que entre aprendizaje de cualquier ámbito, va a suponer un lastre que cada día va a pesar más, va a cerrar puertas a nuevos horizontes, personas… es decir, supone una cerrazón que te va a traer solamente penas.

Es claro que la palabra ‘cambio’ asusta… ¿Y si… es a mejor? Cuando estás anclado en algo que te hace daño o que no te motiva, piensa que no vas a estar peor, como mínimo, igual. ¿Qué de malo hay en probar nuevos estilos, en pasear por nuevos lugares, en conversar con nuevas gentes, en cambiar la perspectiva sobre el negro, y hacerla un poco más grisácea?

Las personalidades se mantienen, el carácter se moldea, las ilusiones se alzan, el movimiento aparece y la motivación te empuja. Es momento  de cambiar, de saltar, de mirar, de observar, de reflexionar…

Es momento de olvidar el “Soy así” y utilizar el “Fui así” para tener el “Voy a ser”.