Jueves, 18 de Marzo de 2010

Jubilados de la edad tardía

El economista Nouriel Roubini ha presentado en Davos una visión apocalíptica de la economía española. Paro rozando ya el 20%, déficit público descontrolado y el peligro de caída libre en el horizonte. Ese es el dibujo de nuestra economía que ha quedado en la cumbre de Suiza. Aquella España del milagro se ha convertido en el quebradero de cabeza y principal amenaza para la Europa del euro. Davos es un escaparate, y allí la marca “España” ha cotizado claramente a la baja. El efecto de ese retrato queda amplificado porque nuestro país está bajo los focos por ocupar la presidencia semestral de la UE. En ese contexto, era esencial que el Gobierno —léase Zapatero, presidente bulímico, como Sarkozy fagocito del ejecutivo— hiciera algún movimiento para dar la impresión de que todavía puede controlar la situación.
Reducir el gasto público y retrasar la edad de la jubilación han sido los dos sonoros clarinetazos lanzados para hacerse oír en Europa y en los mercados. La coexistencia de la magnitud del déficit público y la elevada tasa de paro —que además sigue creciendo: 125.000 nuevos parados en enero— evidencia la ineficacia de las medidas que se habían tomado hasta ahora —la más ambiciosa, el Plan E— para paliar los efectos de la crisis.
El retraso en la edad de jubilación hasta los 67 años parece ser la medida estrella ahora. El problema es si servirá tan impopular medida para enderezar el rumbo de la maltrecha economía española. Si la tendencia demográfica sigue como hasta ahora, dentro de cuarenta años habría el doble de españoles que ahora con más de 65 años (la edad actual de jubilación). Y por cada diez personas en edad laboral habría casi nueve inactivas —incluyendo menores de 16 y mayores de 65 años —. Visto así, parece inevitable la medida de ir situando en una edad más avanzada la jubilación, conforme nos vayamos acercando a esa situación. Sería encomiable, en ese supuesto, la valentía de Zapatero de ir abordando una medida impopular, incluso cruenta en términos electorales, pero necesaria. Algunos analistas ya lo han señalado.
Sin embargo, esos análisis no tienen en cuenta que con una elevada tasa de paro— recordemos, casi del 20%—, retrasar la edad de la jubilación equivale a tratar de cubrirse con una manta escasa: los pies se quedan al descubierto, o se quedan los hombros, según tiremos para arriba o para abajo. Mientras no se alcance una situación cercana al pleno empleo —esto es, tasa de paro no muy por encima del 5%—, lo único que supone retrasar o no la edad de la jubilación es decidir qué franja de edad es la que permanece ocupada. Porque el mero hecho de retrasar la edad de jubilación no produce un incremento de población ocupada. Los jóvenes —cuya tasa de paro actual alcanza el escalofriante 40% en los menores de 25 años—, es cierto, tienen las redes familiares que los protegen. Los jubilados, no. Desde ese punto de vista, parecería razonable prolongar la edad de jubilación y dejar que las familias cubran las necesidades de los más jóvenes. Pero resulta que los jóvenes sin empleo se emancipan más tarde y, por consiguiente, tienen menos hijos. Por lo tanto, si se retrasa la edad de jubilación, se mantiene indefinidamente el círculo vicioso del envejecimiento de la población y se perpetúa el mismo estado de cosas.


Retrasar la edad de jubilación se puede hacer con relativa facilidad, mientras que bajar la tasa de paro es mucho más difícil y no es factible a corto plazo. Sin embargo, es imprescindible que disminuya el paro para que el retraso en la edad de jubilación tenga algún efecto realmente positivo. Para bajar la tasa de paro, el Gobierno puede hacer poco más que apostar por la formación y la inversión en I+D+i, justo lo primero que ha reducido tras el comienzo de la crisis. De todas formas, siendo realista, parece necesario reconocer que el paro es un mal endémico del modelo productivo español. Sólo hemos evitado esa maldición de millones de personas sin trabajo en la dorada época de espejismo de la burbuja inmobiliaria, causante por otra parte de nuestros actuales desajustes. Nuestra escasa productividad y nuestra cultura empresarial no nos permiten demasiado optimismo. Por ejemplo, es impensable que en Estados Unidos los empresarios mantuviesen como su máximo representante a un patrón como Díaz Ferrán. No por presunto estafador, sino por fracasado. Alguien cuya empresa se hunde irremisiblemente en la quiebra no duraría allí ni un minuto en cúpula del empresariado. Eso nos diferencia de ellos.
Frente a ese estado de cosas no hay mejor receta que las del regeneracionismo: escuela e innovación. Sociedad del conocimiento y emprendedores de verdad, no arribistas privilegiados de dinero fácil. Pero eso no se logra con decretos ni declaraciones a la prensa. Hay que luchar denodadamente por el pleno empleo y ya se verá después si es necesario y conveniente retrasar la edad de la jubilación. Lo que hay que jubilar desde ya son los atajos y las soluciones fáciles.

Publicado en La Opinión el 04/02/10

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Comentarios

La política de fuegos artificiales que producían deslumbrantes titulares, seguida hasta hoy por el señor Zapatero, nos ha acabado dejando chamuscados en cuanto se acabaron los días de verbena. Ahora nos explicamos el cansancio de Solbes, el ministro que no estaba dispuesto a firmar presupuestos “de imagen”, aunque los promocionara nuestro amado líder. Por cierto ¿Ha visto alguien a la ministra de Economía últimamente?

Dos apuntes:
-¿Quién querrá contratar a una mujer desempleada de 65 años si ya siendo mujer y con 45 no te contratan en la mitad de los sitios?
- ¿Por qué proponen que sean los directivos los que puedan jubilarse antes, cuando son los trabajadores con mayor esfuerzo físico los que en peores condiciones físicas y mentales llegan a los sesenta años?

Desolador, supongo.

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