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Cronología de un gordo anunciado

Cuanto más se acerca la Navidad, más vídeos de Rollin’ Wild se comparten en las redes. ¿Casualidad?

¿Qué pasaría si los animales se volvieran todos obesos? Esta es la idea de Rollin’ Wild, un proyecto de animación que nació en 2012 y que, lejos de quedarse en unos meros dibujos para niños, consiguen que medio mundo se identifique con ellos, sobre todo en Navidad. Y es que ya están aquí las fechas en las que te toca conquistar más mundo. Ocupar más espacio. Tragarte a ti mismo. En Rollin’ Wild tienen hasta clips navideños, a ellos tampoco se les ha pasado por alto…

El hecho es que vas a engordar entre dos y cinco kilos, quieras o no. Puede que intentes amortiguar la subida con ejercicio y días de alimentación saludable entre despiporre y despiporre. Eso de pedir leche desnatada con el cortado después de una comida de cinco platos más aperitivo y postre. Al fin y al cabo, cada uno se engaña como quiere.

Comida del trabajo

Todo comienza con la denostada comida con los compañeros de trabajo. Fatídica. No quieres estar allí, no sabes cómo escapar y maldices no haber cogido esa gripe que tiene tu vecina. Pero estás allí. Tu jefe, desde la otra esquina, te mira y sonríe cada dos minutos, pues tú haces como que estás disfrutando de tus mejores amigos cada dos minutos. Y bebes. Aquí la comida no prima, sino la cerveza, vino blanco, vino tinto y ginebra que te puedas meter en el cuerpo. Las bebidas alcohólicas nos proporcionan lo que se conoce como “calorías vacías”. Además, el alcohol contribuye al almacenamiento de las grasas, ya que frena la quema de las mismas. Es un bucle demoníaco que termina con la resaca en el trabajo al día siguiente. Pero tu jefe ya no sonríe.

Nochebuena

Continuamos para bingo. Nochebuena. Hay infelices que van por la mañana al gimnasio para atiborrarse sin temor durante la velada. Ja. Olvidas que antes te vas de Tardebuena, ese fenómeno que hemos creado para engordar un poco más echándole más alcohol al cuerpo. Yo lo entiendo, hay familias a las que no se debe ver sin estar al borde del coma etílico, pero luego no te quejes a la báscula.

Estás en esa mesa que no puede ser más hortera. Los colores chillones de la servilleta luchan a muerte contra las tonalidades de la camisa de tu cuñado. Horror. Ya vas ‘ciego’, pero te tomas otra copa del vino “buenísimo, tienes que probarlo” que ha llevado tu hermano. Y esta vez, a diferencia de la comida navideña del trabajo, y para evitar el comentario de tu madre, te vas a cebar. Y no es una crema de verduras lo que tienes en el plato. Te mira, le miras. Sabes que esos 500 gramos de cochinillo que te han servido van a acabar en tu estómago (no sabemos por cuánto tiempo).

Navidad

Abres los ojos, estás vivo. Es 25 de diciembre, Navidad oficialmente. Te pones a llorar. Lo de ayer solo fue un entrenamiento. Hoy te toca ir a casa de los abuelos. Intentas incorporarte, pero no puedes. Ah, claro, que después de la cena hubo más fiesta, ya con amigos, y bebiendo algo más que agua con gas.

Tu cuerpo te pide H2O, pero ya estás tan hinchado como la jirafa de Rollin’ Wild y el dolor de cabeza solo se te va a ir con una cerveza… No sabes cómo, pero lo has hecho. Estás en pie después de la llamada de tu padre preguntando dónde estás. Metes barriga y consigues entrar en el pantalón que te quedaba genial hace dos semanas. Consigues salir de casa y vas camino al infierno.

Casa de tu abuela, alguien te mete un canapé en la boca sin preguntar cuando traspasas la puerta de entrada. Foie. Está bueno. Cerveza en la otra mano, esto te suena. La comida es indecente, ni multiplicando la familia por cuatro se acabaría con todo. Pero claro, para que le abuela no se pase la mañana cocinando, cada uno ha llevado un plato. Lo que no esperaban es que la abuela no se fiara y ha cocinado para todos igualmente, “por si acaso”.

Gambas, ensaladilla rusa, jamón ibérico, tostas con salmón ahumado. No hemos llegado al primer plato. Piénsalo, algo no va bien. No tienes ganas de vomitar, por lo que tu estómago ha debido de ensancharse un mínimo de cinco centímetros y tú sin darte cuenta. Chistes malos, comentarios de mal gusto, preguntas sobre tu vida personal que no quieres contestar. Llega el primero. Das gracias a Dios porque es caldo. Pero no las des, van acompañadas de dos pelotas del tamaño de un balón de baloncesto. Es tu abuela, qué esperabas. De segundo, un buen filete de ternera con patatas. Riégalo todo bien con vino porque si no se hace bola. Turrón, besos y para casa. ¿O has vuelto a quedar con amigos? Maldito seas.

El 26 estás acabado. Piensas en que tienes por delante seis días para volver a ser persona. El 31 por la noche volverá la angustia. Vida sana, ven a mí. Pero no viene. Tu nevera aguarda cinco ‘tuppers’ de restos de anoche. Tu madre, que sufre la incipiente obesidad como tú, siempre pensando en alimentar a sus retoños aunque a simple vista ya se entiende que no necesitan ninguna ayuda para eso. Rollin’ Wild también tiene un clip para la ocasión.

Acuérdate de devolver los ‘tuppers’ o te cortarán la cabeza. La buena pinta de la comida ha tornado a algo… diferente. Qué demonios, el microondas hará milagros. Tienes para comer sin gastarte un duro un año. Y para seguir rellenando el flotador que tienes en la cintura. Piensa en el lado positivo. La grasa abriga y es invierno.

Nochevieja

Llegamos al último día del año. El Apocalipsis. No has perdido ni un gramo desde la última comilona. Entre otras cosas, porque habéis hecho cena de clase. Lleváis sin veros doce años pero alguien abrió un grupo de WhatsApp y tuvo la maravillosa idea. Lo pasado, pasado está. Antes de la gran noche, un amigo dijo eso de “a que no hay huevos” y habéis quedado para celebrar la Tardevieja. Es de locos y lo sabes. Te sientes contento e incluso pruebas a ligar. El cortejo se ha vuelto algo esperpéntico. Piensa que eres un ser incapaz de articular palabra después de cinco mojitos, que no llegas a verte el ombligo y, además, no le interesas y no te das cuenta. A los animales gordos también les pasa.

Tras el fracaso vuelves al nido familiar para la cena de Nochevieja. Van pasando platos y ya no sabes ni lo que te metes en la boca. Algún alma cándida te explica cómo ha hecho el pichón y las frutas que lleva la salsa. Como si fuera pan con aceite. Tus papilas gustativas convocaron la huelga hace dos días y esperan una negociación que no les vas a ofrecer todavía. A estas alturas solo piensas en tomarte las doce uvas y volver a la fiesta y el alcohol. Ya no hay náuseas, no hay dolor. Eres inmune. Dios. O Buda, por el tamaño que estás cogiendo.

Pasas del postre y no te importan las lágrimas que le caen a tu madre por la mejilla. Se abre el champán y aparecen Anne Igartiburu y Ramón García por televisión. Vuelve la angustia, pero esto dura poco. Cuartos, campanadas, besos, brindis, brindis. El tercer brindis ya lo haces tú solo. Abrigo y a la calle. En el ascensor te miras al espejo y no te reconoces. Podría ser un hermano desconocido o algún primo, pero tú no eres.

Año Nuevo

En blanco. Te despiertas y no recuerdas nada de lo que pasó anoche. Tu cerebro ha desconectado también. Que te den, fue lo último que dijo. Tienes comida de Año Nuevo. Pero ya dijiste que no ibas a ir. Hay que ponerse límites. El día 1 es para pasarlo en cama y nada ni nadie te van a quitar esa idea.

Tienes casi una semana para ser un niño bueno, si no, no cabrá el roscón de Reyes. Ya hablaremos de la ‘operación bikini’…