Odio

Hemos perdido la vergüenza. Y la culpa no la tienen las redes sociales

¿A cuántas personas criticaste ayer en Twitter? Tal vez fue a un político acusado en el pasado por corrupción, a alguien a quien presupones una conducta indigna, puede que te rieras de algún famoso que no destaque por su coeficiente intelectual o de un futbolista que no es capaz de articular frases subordinadas. Da igual, alguien fue objeto de tu odio y te importa un comino.

Llevamos ya años suficientes administrando nuestros perfiles en redes sociales como para darnos cuenta de que la crítica a todo aquel que respire ha crecido de manera alarmante.

Antes, cuando nos referíamos a un tercero, primaba la prudencia. No puedo decir esto de alguien que no conozco en persona, cómo lo voy a poner a parir delante de este tío que puede que sea su amigo, me niego a dejar por escrito este vocabulario tan soez, etc. Nos preocupaba nuestra imagen. Temíamos hablar de lo que ignorábamos por miedo a parecer paletos ante el mundo. Eso se acabó.

Que sube la luz, ladrones; que vienen refugiados, terroristas; que que se encienden las luces de Navidad, hay cosas más importantes en las que invertir; que Amancio Ortega hace una donación a la sanidad pública, evade impuestos; que abre un nuevo Starbucks, café de mierda. Así con todo. No hay expertos suficientes en todo el mundo para refutar tanto odio en internet. De haberlos, tampoco merecería la pena.

Por supuesto, hay reacciones que están más que justificadas. La crítica es sana cuando es constructiva y todo el mundo tiene derecho a opinar y expresarse libremente; pero se pierden todas las razones cuando el insulto y las ganas de hacer daño son las únicas aportaciones.

No, no había tanto de esto cuando no teníamos Facebook y Twitter. Pero que nadie se confunda. Las redes sociales no nos han vuelto más salvajes. Son simples espejos de cada usuario. Agradezco enormemente cuando las barbaridades son expresadas desde un perfil sin foto y con un nombre falso. Un troll, vamos. Al menos, estos especímenes tienen algo de vergüenza propia y esconden su identidad para no poder ser señalados.

Lo que asusta es ver cómo cada vez hay más Nombre y Apellido, con foto acompañado de su mujer e hija, despotricando sobre alguien por un tema, que sí, que nos afecta a todos, pero que desconoce por completo. Es que le da igual. Tras el vómito, guarda el móvil en el bolsillo y sigue con su vida, no volverá al tema, pero ha dejado su bilis en la red y cualquier tipo de respuesta que reciba le es indiferente. ¿Vergüenza, yo?

Un comentario en “Odio

  1. No estoy de acuerdo contigo. El que descalifica a un tercero basando sus argumentos en juicios de valor o de intención pero firmando con su nombre y apellido, podrá ser un ignorante, un idiota y/o todos los descalificativos que se gane, pero al menos no es un cobarde que se esconde para dar rienda suelta a su espíritu manipulador o simplemente cotilla.
    Por otra parte, en este último caso, es lógico que se esconda para no quedar en evidencia ante la sociedad, pues es bien sabido que el cotilla rebusca en la vida de los demás con la esperanza de encontrar la misma infelicidad que tiene en la suya.
    La sociedad siempre ha sido así y, como ahora, ha habido, hay y habrá de todo, lo que han traído las redes sociales han sido más voces cacareando, pero el resultado es el mismo porque la gente ya va aprendiendo a distinguir quien tiene algo que aportar a una conversación y quien es un vulgar cantamañanas al que se le ignora por muy provocadoras sean sus palabras.

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