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Andrew Sandy Irvine

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Cuando fue encontrado el cadáver de Mallory, estaba pegado a una roca, con algunos huesos visiblemente rotos, pero relativamente bien conservado debido al frío, ese frío que debe de helar el alma a poco más de quinientos metros de la cumbre del Everest. Tan pegado estaba a la roca que la decisión más sensata fue la de dejar su cuerpo allí, y su sepultura se cubrió de hielo y piedras, a unos pocos metros del techo del mundo, a los pies del cielo.

Cuando fue encontrado su cadáver, en mayo de 1999, habían pasado ya 75 años de la muerte de Mallory, de George Herbert Leigh Mallory, un inglés que se jugó el triunfo a una carta; hasta en tres ocasiones. “La suerte está echada. De nuevo, por última vez, avanzamos por el glaciar de Rongbuk en pos de la victoria o de la derrota final”.  Y ganó la derrota.

Era su tercera expedición, su tercer intento por rozar esa victoria final. Y hay quien sospecha que lo consiguió. Que su muerte fue en el descenso, que por eso no llevaba la botella de oxígeno. Que por eso tampoco se encontró, en su cuerpo aferrado a una piedra, la imagen de su esposa, la foto que prometió dejar en la cima del mundo. Hay quien piensa que si ya no llevaba esa imagen era porque ha de estar en algún lugar de la cumbre, sepultada entre hielo y rocas.

La hazaña de Mallory, si es que acaso llegamos a creer que consiguió la hazaña, ocurrió en el año 1924. El montañero, un aventurero y profesor respetable que tuvo entre sus alumnos a un tal Robert Graves, contaba entonces 38 años. Y no fue hasta 1952 cuando alguien, esta vez sin dudas de ningún tipo, demostraba haber hollado esa cumbre, el neozelandés Edmund Hillary.

Así, Hillary pasó a la historia como el primer hombre en pisar la cima del Everest, y en bajar para contarlo. Cuentan que cuando ascendía iba buscando pistas de aquel que le pudo arrebatar la gloria casi treinta años antes. Y él mismo, una vez triunfante, no debía de estar muy convencido de ser el primero. Si no, no se entienden algunas de sus declaraciones: “Si escalas una montaña por primera vez y mueres en el descenso, ¿es realmente el primer ascenso completo a la montaña? Yo, personalmente, me inclino a pensar que tal vez es igualmente importante el descenso. Y la escalada completa de una montaña supone llegar a la cima y volver abajo sano y salvo”. ¡Oh, Hillary! Te habrías hecho un favor manteniendo la boca cerrada.

Pero esta no es la historia de Hillary, que al fin y al cabo es un héroe. Ni siquiera en esta sección de estrellados y no de estrellas cabe hablar de Mallory, el que fuera padrino de bodas de Robert Graves, el hombre arrogante, triunfador de cualquier modo, pese a su fracaso histórico, pese a las dudas; este blog, este brindis con agua, no está pensado para hombres que se convierten en leyenda, hombres que son capaces de desafiar al mundo con frases lapidarias. Hombres que cuando la prensa pregunta por su obsesión por coronar el Everest se limitan a decir “porque está ahí”.

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Este blog está pensado para otro tipo de hombres, como Andrew Sandy Irvine, el joven de 22 años que acompañaba a Mallory en su loco arrebato por convertirse en leyenda. Las frases que anotó en el diario antes de la ascensión no son tan grandiosas (“Mi cara está dolorosamente cortada y mis labios hechos pedazos”) y su nombre, bueno, su nombre siempre aparece atado, como por la misma débil cuerda que los unió en la muerte, al del gran Mallory.

“Mi cara es pura agonía. He preparado dos aparatos de oxígeno para nuestra salida mañana por la mañana”. Fueron las últimas anotaciones de Irvine en su diario. Luego nunca más se supo. Cerca de treinta años después Hillary consumó la hazaña. Y tuvieron que pasar 75 para que se encontrara el cadáver de Mallory, aferrado a una roca, y darle sepultura. El cuerpo de Andrew Irvine sigue perdido en algún lugar entre hielo y piedras casi rozando el cielo, allá donde se estrellan las nubes.

Los desertores

De pequeños nos enseñaron que quien retrocede no vale. Y conforme vamos creciendo, el discurso se repite en múltiples variantes. Hay que fijar las metas, y luchar por ellas (“Debes ganar, y pisa fuerte, hay que impresionar”, cantaban a principios de los noventa Los Enemigos). Hay que luchar por las metas fijadas… pero, ¿quién las fijó?, ¿y si el que lo hizo no pensó para nada en ti?, ¿y si sus objetivos no son los tuyos?

En el fondo, en la inmensa mayoría de los desertores tuvieron que latir esas preguntas. En el que retrocedió cuando había que alcanzar una trinchera (y aparece inmediata la imagen de Kirk Douglas, con el arma en la mano, en la película de Kubrick, cuando debía ajusticiar a cada uno de los cobardes), en el que intentó escapar antes de ser alistado para luchar por una gloria que no era la suya, o en los que, de forma más fría, más racional, se rebelaron en un acto ejemplar de ‘cobardía’ y no cumplieron las órdenes de sus superiores.

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Muchos de ellos, cientos, fueron ajusticiados. Al fin y al cabo, por cobardes. Porque huir es de cobardes, nos inculcaron desde pequeños, no luchar es de miedosos. No en vano, la primera acepción del verbo ‘huir’ de la Real Academia Española de la Lengua nos dice que no se trata de otra cosa sino de “Alejarse deprisa, por miedo o por otro motivo, de personas, animales o cosas, para evitar un daño, disgusto o molestia”.

Así las cosas, en cualquier guerra, justa o injusta, los desertores han sido tratados como miedosos, cobardes (gente “pusilánime, sin valor ni espíritu”, dice la RAE), sin tener en cuenta que muchos de ellos pudieron preferir mantener un terruño con su familia, con sus hijos, a dejarse la sangre por unos intereses que consideraban demasiado lejanos.

En la I Guerra Mundial, era mayo de 1917, muchos ‘cobardes’ se unieron para no salir de las trincheras francesas, hartos de que los ‘estrategas’ de la gloria los usaran como carnaza ante el enemigo. Unos meses después ocurrió lo mismo en el frente ruso. Se calculan en cientos los fusilados en Francia y unos doscientos en Rusia. Todos por balas amigas. En Gran Bretaña se ha estimado que los ejecutados por cobardía en esa misma guerra superaron los trescientos. Siempre tras juicios sumarísimos de más que dudosa legalidad. “Y los enemigos del hombre serán los de su propia casa”, escribía Mateo en su Evangelio.

La historia se ha repetido en todos y cada uno de los países que han vivido, sufrido, una guerra. El cobarde, el que no sirve a los intereses de la comunidad, guiada muy a menudo por los que anteponen sus propios intereses a los de esa propia comunidad, puede acabar ‘justamente’ en el cadalso. Y el oprobio no acaba con la muerte.

La deshonra se extiende a sus familias, que suelen esconder que sus ‘caídos’ lo fueron por cobardía. Sus viudas no tienen derecho a pensión alguna. John Major, quien fuera primer ministro británico, justificó su oposición a reconocer a los ejecutados por deserción alegando que sería un insulto hacia aquellos que murieron honorablemente en el campo de batalla. Aquellos que, en ocasiones, se encaminaron al sacrificio siguiendo estrategias que algunas veces no buscaron más que desviar la atención del enemigo.

Bastaría con salir de las trincheras con las manos vacías –escribía William Faulkner en ‘Una fábula’ sobre este asunto vista desde el frente francés-, no con las manos en alto para rendirnos, sino con las manos abiertas, para mostrar que ni tenemos nada con qué hacer daño, nada con que herir a nadie; no salir corriendo, tropezando; tan solo caminando como hombres libres. Bastaría con uno de nosotros, con un único soldado; imagínese a un solo hombre y luego multiplíquelo por un batallón; imagínese a todo un batallón nuestro, que solo quiere volver a casa, ponerse ropa limpia, trabajar, beber un poco de cerveza por las noches, charlar un rato y luego acostarse y dormir y no tener miedo. Y quizá, solo quizá, otros tantos alemanes que tampoco quieren otra cosa, o quizá baste con un alemán que quiera lo mismo, y que él o ellos dejen los fusiles y las granadas y también salgan de las trincheras con las manos vacías, pero no para rendirse, sino para que cualquiera pueda ver que no llevan nada que sirva para hacer daño o para herir a nadie…”

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En Francia, hace dos años, antes del centenario del inicio de la I Guerra Mundial, hubo una petición para honrar a las víctimas de los al menos setecientos fusilamientos ejemplarizantes que se llevaron a cabo en su ejército. También en Gran Bretaña hubo una solicitud similar. Lo cierto es que no trato de buscar un reconocimiento para nadie desde esta sección atípica, en este brindis con agua. Me basta con que los pocos que se detengan a leer estas líneas sean conscientes de la existencia de estos ‘cobardes’. Y es que la cobardía y la valentía pueden estar mucho más cerca de lo que parece a simple vista; al fin y al cabo, el miedo es libre y “todos los hombres son valientes si se les asusta lo suficiente” (W. Faulkner).

Rupa Saa

La historia de Rupa Saa bien la podían haber contado los hermanos Grimm. Tiene casi todos los elementos necesarios: una joven bonita, una madrastra cruel, un prometido, el padre conformista y hasta algún espejito, espejito. Si no fuera porque el último de los hermanos murió en 1863 y ella nació hace 22 años; ellos llevaron una vida cómoda como reconocidos profesores universitarios y ella sobrevivía en Muzaffarnagar, una abultada urbe del norte de India donde se confunden más de cuatro millones de habitantes.

Ella fue a la escuela; y ayudaba en las cosas de casa. Y hasta ahí todo marchaba bien. Su madrastra estaba satisfecha y su padre llevaba siempre a su boca con la mano derecha los alimentos que encontraba en su mesa cada día. Quizás fuera como un cuento, rutinario, monótono, casi feliz, hasta que a Rupa la pidieron en matrimonio.

La madrastra cruel no lo iba a consentir. Quedarse sin su hijastra, su criada, para que fuera a prestar a otro los servicios, a otro que no la había mantenido durante esos quince años que tenía ya la niña, la mujer; no, debía evitar a toda costa el enlace. Y en India, a toda costa no supone mucho coste. Un bote de ácido es barato, tan barato que cada día unas tres mujeres son rociadas con ellos.

Era de noche y Rupa Saa dormía cuando su rostro empezó a arder. Qué barato es un bote de ácido.  Qué poco cuesta hacer de un cuento una tragedia. Y a Rupa se le quemó el alma entera. Y el prometido nunca recordó haber hecho promesa alguna.

Empezó entonces la reclusión. La joven india cubrió su cara y los alimentos le llegaban, siempre con la mano derecha, a través de una pequeña ranura entre las telas que la ocultaban. Y desaparecieron los espejos. Rupa Saa se condenó, como en un cuento, a no ver nunca su reflejo.

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Fue un tío de la adolescente quien hizo de príncipe bueno. Y la quiso convencer de que no se enterrara en vida. Durante años la chica sólo salió de casa para rodearse de médicos. Más de diez operaciones para recuperar su cuerpo.

Hasta que Rupa rasgó todos sus velos y dejó de temer a los espejos. Hoy regenta un café con otras víctimas del ácido. Allí expone pañuelos y otras telas que diseña. De su padre no quiere saber nada, renunció a su apellido. La mala madrastra sólo pagó 18 meses en la cárcel. Sheroes Hangout se llama la cafetería, perdida en la ciudad de Agra.

No muy lejos de allí, en la misma urbe multitudinaria, se levanta un edificio sacado de otro cuento. Era el siglo XVII y el emperador Sha Jahan esperaba que su esposa le diera el decimocuarto hijo. Pero ella, Mumtaz Mahal, murió durante el parto. Desconsolado, el marido, quiso brindarle la mayor ofrenda conocida.

Poco después de acabar la obra, el soberano cayó enfermo. Y sus hijos se apresuraron a luchar por el imperio, hasta el punto de encerrar al padre en una habitación de un palacio. Desde allí Sha Jahan podía ver el mausoleo de su esposa. A su muerte, fue enterrado junto a la madre de sus hijos, en el Taj Mahal, quizá el panteón más bonito del mundo.

“Pero ­–como diría Michael Ende– eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión”.

Iosu Expósito

Iosu08Iosu Expósito vino a nacer un día antes de la celebración de la Nochebuena de 1960 en la Margen Izquierda del Nervión. Y crecer allí, en aquellos años, no era motivo precisamente de celebraciones. Iosu confesó en vida que de pequeño soñaba con ser futbolista del Athletic o músico. En la escuela no pensaban que ninguna de ambas opciones fueran realmente salidas profesionales. Él nunca lo entendió y finalmente acabaría abocado a la música, si es que a aquello se le pudo llamar música.

Y en aquella margen izquierda la música dejaba pocas opciones. Rebeldía, protesta, ‘Anti todo’, como bautizarían uno de los discos de Eskorbuto. Punk en estado puro; punk en las guitarras y punk en la esencia vital. Vive rápido, muere joven. Una patada en la boca, un escupitajo al buen gusto, sin ideales, sin banderas: “Tenía muchas ilusiones, pocas esperanzas, pero muchas ilusiones”.

Y es que no debían de abundar alrededor los motivos para tener grandes esperanzas: La crisis del petróleo de mediados de los setenta desangraba el País Vasco, la reconversión obligada a partir de los ochenta convertía Santurce en un desierto industrial, la droga tenía vía libre en sus calles y ETA encontraba allí su caldo de cultivo.

En ese escenario, dos jóvenes, Iosu (voz y guitarra) y Juanma Suárez (voz y bajo) fundan Eskorbuto junto a un batería que siempre se mostró en segundo plano. A veces no cantaban, vomitaban. “¿Que por qué nos hemos dedicado a la música? Hostia, no sé, es que no nos hemos dedicado a la música, lo nuestro es que teníamos que decir que lo que teníamos que decir de alguna manera; personalmente creo que ninguno de nosotros somos músicos, lo nuestro es lo que intentamos decir con nuestra forma de ser”.

Por eso no se plegaron a banderas. La esencia punk no entiende de etiquetas políticas. De ahí que los intentos de encuadrarlos en el rock radical vasco saltaron de inmediato en pedazos. Era pleno mes de agosto de 1983, en Madrid, y acababan de grabar su primera maqueta; deambulaban por la capital de España y a la Policía no le debieron de gustar mucho sus pintas. Primero, la identificación y, después, en el registro salió la maqueta. Ese día, en la Comisaría, no dejaron de sonar dos canciones: ‘ETA’ y ‘Maldito país España’. “Hacienda cabrona sube la renta, así el poder adquiere más poder, crisis laborales, más obreros en las calles, ¡y mientras, a ETA la llaman terrorista!”, gritaba la primera; “Policía Nacional, picoletos de mierda, capitanes generales; este maldito país es una gran pocilga”, bramaba la segunda.

La reacción policial no se hizo esperar. Aplicación de la Ley Antiterrorista y los de Eskorbuto pasan 36 horas incomunicados en los calabozos de Madrid. Mientras tanto, las gestoras Pro-Amnistía, aquellas que creyeron encontrar un filón en el nuevo rock radical vasco, no mueven un dedo.

La reacción de Iosu tampoco se hizo esperar. Apenas unos días después había un nuevo tema en su repertorio: “A la mierda el País Vasco” (“Laberinto vasco, laberinto vasco / Euskadi sigue rodando y rodando / cayéndose por el barranco / a la mierda, a la mierda, a la mierda el País Vasco. / Las gestoras Pro-Amnistía dormían / mientras nosotros nos pudríamos de asco. / A la mierda el País Vasco”.

El idilio con la lucha independentista de Euskadi, si es que alguna vez lo hubo, estaba finiquitado y rubricado. Iosu aprovechaba sus escasas entrevistas para lanzar soflamas contra esos grupos que querían alimentar la lucha armada con una banda sonora de guitarras distorsionadas y a menudo mal afinadas, la izquierda abertzale que se empleó a fondo para boicotearles e impedir que tocaran en el País Vasco. Hasta el difunto y supuestamente libertario diario Egin ejerció la censura, y lo hizo con ellos, con una entrevista que nunca llegó a ver la luz.

“Ellos, Herri Batasuna, querían un grupo para manejar en cada provincia –manifestaba Iosu en una de esas pocas entrevistas-. En Guipuzkoa podían llamar a los RIP, en Álava tenían a La Polla y Hertzainak, de Navarra era Barricada, y les faltaba un grupo en Bizkaia. Pero con nosotros metieron la pata, les mandamos a tomar por culo”.

Y así las cosas, Eskorbuto siguió organizando lo que pudo, sin apoyos ‘institucionales’, llenando recintos a pesar de muchos, y viviendo su futuro, un futuro cada vez más efímero (“¿El futuro? Mi futuro es mañana”, decía Juanma), cada vez más rápido, con más caballo en las venas. Y eso pasa factura. Como lo hizo con Cicatriz, con sus cuatro miembros enterrados, o con RIP, con dos de ellos. Eskorbuto, entre risas y risas, no iba a ser diferente: “Muchos dicen que este mundo es un valle de lágrimas, y nosotros no paramos de reírnos” (Iosu).

Los años pasaban como los días, como sus conciertos, cada vez más rápidos, más cortos. Y cada vez más demacrados. Con menos fuerzas. Se hace duro estar de vuelta de todo. Tras varios discos, llega la oportunidad del primer concierto fuera de España, en México. Pero Iosu ya no podía. Mucha policía, sí, pero también demasiada diversión. ¿Diversión, Iosu? Poco antes del final te prestaste a hacer un anuncio contra la droga. Tú, el más punky de todos, el líder de “la banda más honrada que ha pisado el planeta en millones de años”.
Pero quizá ahí sí fuiste consecuente. Aunque tus argumentos pecaban de peregrinos. Que si la heroína es mala porque no sabes con qué la cortan, que la jeringa iba de mano en mano, que era como una ruleta rusa con todas las balas cargadas…

Y el 31 de mayo de 1992, aún no habías cumplido los 32 años, tu cuerpo no dio más de sí. Parecía que Eskorbuto había muerto. Pero Juanma decía que no, que nadie iba a matar aquello. Y Juanma también se equivocaba. ¿O no, Iosu? Apenas aguantó poco más de cuatro meses. El nueve de octubre de ese mismo 1992, Juan Manuel Suárez, con treinta años, también se rendía ante la droga.

El batería, Paco Galán, lo intentó, es cierto, aseguró que “Eskorbuto nació para morir protestando” y que no había Dios que lo parara. Pero fueron fanfarronadas. Quitando las herencias que dejaron Iosu y Juanma, la carrera fue cuesta abajo, como el título del último disco, ‘Dekadencia’.

Después, algún intento aislado de honrar la ‘historia triste’ de estos ‘cerebros destruidos’. Se les quiso poner una calle en su Santurce, incluso enterrarlos juntos. La verdad es que no sé si lo consiguieron. Tampoco me interesa. Me quedo con algún consejo, para lo bueno y para lo malo: “Dejad que los niños se acerquen a Eskorbuto” (Iosu).

George Junius Stinney

En el mes de marzo todavía no suele hacer calor en Carolina del Sur. Digamos que es un tiempo suave. Muy distinto de junio, de mediados de junio, cuando las temperaturas pueden llegar a rozar los cuarenta grados centígrados. A George Junius Stinney lo mataron el 16 de junio de 1944. Y ese día debía de hacer mucho calor en Carolina del Sur.

Stinney era un crío enclenque, negro,  con ojeras en las fotos policiales. Dicen que confesó. Que reconoció haber cometido los crímenes. Dicen…

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Cuentan que no hubo forma de encajarlo en la silla eléctrica… que hubo que prepararla… hay quien afirma que hubo incluso que apilar libros para que se sentara encima, para que su cabeza alcanzara la altura de los electrodos,… Nunca antes se había ejecutado a alguien con solo catorce años.

Unos meses antes, el 24 de marzo de 1944, más de cien personas salieron en busca de dos niñas. Dos niñas que no volvieron a sus casas y que fueron en bicicleta a buscar flores. Tenían ocho y once años. En aquellos tiempos, en Carolina del Sur, los negros y los blancos vivían en zonas bien diferenciadas. Y las dos niñas de piel rosada, Betty June y Mary Emma, pedalearon hasta salir de su barrio para encontrar flores negras.

Cuentan que hallaron las bicicletas en una zanja, cubiertas de fango. En esas fechas suele llover en Carolina del Sur. Y allí estaban los dos pequeños cuerpos de Mary Emma y Betty June, con las cabezas destrozadas… y muy cerca el arma del crimen. Hay quien asegura que fue un pico de ferroviario, otros hablan de una viga de las vías que difícilmente hubiera podido sostener un chico como Stinney.

Todavía no se habían cumplido 24 horas y la Policía detenía a George Junius, que había participado en el operativo de búsqueda. Alguien mantiene que incluso dijo que las había visto el mismo día de la desaparición. Quizás eso le perdió.

La versión oficial, la que difundieron entonces las autoridades de Carolina del Sur, fue que Stinney no tardó en confesar. Que intentó abusar de Betty June, de once años; que Mary Emma, de ocho, quiso defenderla; que él cogió el arma homicida y la emprendió a golpes con la más pequeña; que su cráneo quedó hecho añicos; que después fue hacia Betty June y prosiguió la matanza…

Nunca hubo documento alguno que confirmara aquella supuesta confesión.

Pese a ello, el proceso sí fue rápido. En Carolina del Sur, en 1944, la población blanca exigía justicia. Las autoridades de entonces, en aquel estado, querían responder a las demandas de la población. Se jugaban votos, ascensos, credibilidad…

Sólo un mes después de la aparición de los cadáveres, el 24 de abril de 1944, George Junius Stinney estaba sentado en el banquillo de los acusados frente a un jurado popular compuesto solo por blancos. Bastaron treinta días, muy cortos frente a cualquier caso que nos pueda venir a la cabeza: dos años han pasado desde la aparición en Murcia de los cadáveres de Visser y su pareja, y los acusados todavía intentan retrasar la fecha del juicio; ni se sabe cuánto tiempo lleva en instrucción el caso Umbra, con un ya exalcalde como imputado, y hay dudas de que acaso llegue a celebrarse un juicio…

En Carolina del Sur, en 1944, el proceso fue mucho más expeditivo. Bastó una jornada para celebrar la vista oral y al jurado no le hicieron falta más de diez minutos para deliberar y confirmar la sentencia. Stinney, que no llegaba al metro sesenta de altura ni a cincuenta kilos de peso, se convirtió en el preso más joven ajusticiado en la silla eléctrica en Estados Unidos.

Hace unos meses, el 17 de diciembre de 2014, la juez de Carolina del Sur Carmen Tevis Mullen emitió un dictamen en el que reconocía que el proceso contra George Junius Stinney había estado plagado de “violaciones fundamentales y constitucionales”

El pasado 17 de junio, un joven blanco de 21 años, Dylann Roff, irrumpió en una iglesia afroamericana de Charleston con una pistola cargada con munición del calibre 45. Cuando agotó los ocho cargadores, sobre el suelo del templo quedaron sin vida nueve cuerpos negros, tan negros como las flores que buscaran Betty June y Mary Emma hace más de setenta años. Entre las víctimas se encontraba un senador, Clementa Pinckney.

Y en pleno mes de julio, hace sólo unos días, con el calor que hacía en Carolina del Sur, decenas de encapuchados decidieron esperar a la tarde para echarse a las calles de Columbia. Como orgullosos miembros del Klu Klux Klan, bajo sus sábanas blancas, se quejaban de que la gobernadora del Estado hubiera decidido quitar la bandera confederada de los edificios públicos, entre ellos el Capitolio de Carolina del Sur.

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La gobernadora esgrimió, para justificar su decisión, las connotaciones racistas de la bandera. Todo ello a raíz de la matanza de Dylann Roof, que será juzgado, previsiblemente, en julio del próximo año. Es muy probable que Dylann acabe sentado en una silla eléctrica. Parecida, muy parecida a aquella en la que se sentó George Junius Stinney. Pero en esta ocasión no habrá que poner libros sobre el asiento.

Presentación (a la sombra de la mala estrella)

Hay quien nace con estrella. Y hay quien nace estrellado. Hay quien viene al mundo con un pan bajo el brazo. Y quien se vanagloria y da lecciones. Y muestra su colección de medallas. Hay quien piensa que todos los esfuerzos serán recompensados.

Hay quien llega a la vida con una flor en el culo. Y hay quien siempre fue de culo de flor en flor. Hay gente muy válida, gente con vocación de peón que asciende hasta llegar a ser el rey de espadas. Y otra gente que no, que termina, pronto o tarde, prendiendo fuego a la baraja.

Hay conductores ejemplares y pilotos suicidas. Hay Correcaminos rodeados de Coyotes. Y esta sección que hoy nace, quizá estrellada, sin una flor en el culo, sin ni siquiera unas migas de pan debajo del brazo, quiere dedicarse a muchos de esos ilustres que no llenaron tantas páginas como lo hicieron tantos hombres de bien. Ilustres ignorados.

O quizá ni siquiera ilustres. Quizá farsantes, desertores, transgresores, perroflautas, jineteras, carne de vicio o de penitenciaría, desdentados, alimañas, víctimas, cobardes, gente que llegó a pisar el lugar equivocado en el peor momento, cabezas de turco…

Personas que levantaron su copa hacia la mala estrella. Como si no supiéramos ya todos que hay que brindar con cava, o al menos con un vino, aunque sea de cartón. Pero no, siempre ha habido radicales, descerebrados, ignorantes, insolentes o insensatos dispuestos a brindar con agua.

¡¡¡Va por ellos!!!