Todos los artículos de: La Opinión de Murcia

¡¡¡Me siento vivo!!!

La capacidad de sorpresa puede ser un eficaz indicativo de la vitalidad de cada cual. Parece lógico pensar que aquel que ya no se sorprende, aquel para el que los días llegan a ser tan similares como las rebanadas prefabricadas de un paquete de pan de molde, ese puede estar más cerca de un cactus que de un mono con la promesa de conseguir evolucionar hasta convertirse en un hombre. Puede ser.

Y si este básico razonamiento fuera más o menos certero, que no aspiro a llegar a concluir que sea cierto, si partimos de esta hipótesis, últimamente debo de ser uno de los hombres más vivos del mundo. O al menos de esta bendita región.

No sé si se me llega a ver saltar por las calles, cruzar la Gran Vía de Murcia dando volteretas, regalando ramilletes de flores. No sé cómo se me puede ver desde fuera. Pero sorprendido, lo confieso, sorprendido estoy. De hecho, no hago más que leer y releer para comprobar que es cierto lo que veo. Porque sí, como dice el epígrafe de esta sección que nació más como un ímpetu que por una convicción: Si no lo leo no lo creo?

Y es que me cuesta asimilar que un partido como el PP, en el que su máximo líder actual en Murcia se encontraba hasta hace no mucho con el cartel de imputado colgado del cuello, como si se tratara de una foto policial; un partido que ha mantenido hasta hace bien poco en sus cargos a concejales, alcaldes o consejeros envueltos en causas judiciales con olor a podrido; un partido, en fin, que ha puesto en tela de juicio nada menos que a la Justicia; pues este partido acaba de llevar a cabo a contrarreloj una depuración que casi recuerda a una limpieza étnica.

Como si le faltara tiempo para aplicar la ética, para predicar con el ejemplo. Político imputado, político fuera. Somos los más honestos. Y es que sí que le faltaba tiempo. Porque las fechas estaban fijadas. Y esas causas judiciales que antes revoloteaban sobre las cabezas de sus líderes como moscas cojoneras se convirtieron ahora en impedimento absoluto para alcanzar poltronas, bastones de mando y despachos presididos con la foto del rey. Sorprendido me hallo.

Y la sorpresa aumenta cuando me detengo a contemplar al artífice del radical cambio, Ciudadanos, un partido que aprovechó el tirón del descontento, del cansancio de las mismas caras, del espectacular crecimiento de las formaciones emergentes, de la tradicional, consuetudinaria y casi perpetua desunión de la izquierda, y del temor al supuesto extremismo de alguna de estas nuevas agrupaciones.

Adalides de la ética, con una posición confusa, indefinida, Ciudadanos ha sido el espadachín que ha puesto contra la pared a cualquier político bajo sospecha. Y el PP no ha tardado en rendirse. Sus concesiones fueron, en algún momento, casi irreverentes. El poder de la poltrona.

Demos gracias pues a Ciudadanos, ese partido dirigido en España por un joven sofista, un experto de la dialéctica y la ambigüedad que presume en su currículo de haber sido campeón en las competiciones de debates (desconfía de aquel que te puede convencer de una cosa y de su contraria, aprendí de niño), secundado de un regimiento de frustrados políticos con pasado que no encontraron su trozo de pastel en otras formaciones. Adalides de la ética, del buen hacer.

Capacidad de sorpresa. Todo cambia y todo permanece. Al menos en ciudades como Murcia. Todo cambia: ni rastro de imputados en la corporación municipal. Todo permanece: el bastón de mando sigue en manos del PP. Todo cambia: nuevos rostros y nuevas formaciones que tienen a los populares en minoría dispuesto a hacer más y más cesiones. Todo permanece: ¡Me suena tanto la cara de este alcalde!

Y pese a todo, imbuido como estoy de carga positiva, me felicito, estoy vivo, vivo como nunca. Y no dejo de sorprenderme.

Que te quiero, verde

Verde, que te quiero verde. Que hace sólo unos días celebramos el Día Mundial del Medio Ambiente. Y todos se pusieron sus mejores galas color de yerba. Daba igual que meses antes nos cortaran las palmeras, recalificaran terrenos o cementaran nuestras plazas… Verde, que te quiero verde.

Y yo monto un flashmoob, y yo un concurso de cuentos, otro de artesanía… La consejera se arremanga y se sube hasta El Valle. Se respira natural. Verde viento, verde rama. En Murcia nos regalan miles de flores en macetas. Todas ordenadas, casi nuevas. Paradoja del medio ambiente (“Arranqué un ramo de flores, se los regalé a mi amante; dijo que no las quería, que estaban mejor antes”, gritaba Extremoduro), como si bastara para querer el mar un pez en una pecera. Verde, que te quiero verde. El barco sobre la mar.

Pero como algo premeditado, planeado (no podía ser de otra forma tratándose de la Guardia Civil), ellos nos dieron el mejor regalo en el Día Mundial del Medio Ambiente. Con sus camisas verdes, su Seprona, las gorras que reemplazaron a los tricornios, nos destaparon que toneladas y toneladas de residuos tóxicos se escondían bajo la tierra en Escombreras. Feliz Día Mundial del Medio Ambiente. Los líquidos se vertían directamente a los caudales públicos. Verde, que te quiero verde. El barco sobre la mar. Y la mierda en Escombreras.gtyui

Pero hasta aquí nada me inquieta. No me hace falta leerlo para creerlo. Busco, rebusco, y cuanto más busco más me sorprendo. Pues no que a los detenidos por los hombres de verde los vinculan a una empresa. Pues no que esa firma, que esconde la basura bajo la alfombra, resulta que se dedica a la gestión de residuos. Y más me sorprendo, y aquí sí, si no lo leo no lo creo, cuando dice en su publicidad que se trata de “una compañía internacional que aporta soluciones tecnológicas innovadoras en la gestión de residuos industriales, teniendo muy presente su responsabilidad para contribuir a crear un mundo sostenible”.

Deme una flor, señor alcalde, aunque sea en una maceta€ Que lo de Escombreras es muy fuerte… Menos mal que estuvieron ellos… esos señores de verde.

Imputado Juan Carlos

Él, que llegó a soñar despierto con encabezar la candidatura regional del Partido Popular, recibiendo visitas incluso en un flamante despacho de San Esteban… y lo que son las cosas, como si de una extraña Justicia Divina se tratase, un juez mucho más terrenal ha acabo imputando a Juan Carlos Ruiz. Y eso que ese mismo juez ya le había apuntado cerca, señalando a miembros de su equipo y metiéndolos en la trama del caso Púnica.

Pero el consejero de Industria no se dio por aludido y participó de forma activa en ese batalla que parecía entre hermanos dentro del PP por auparse hasta el número uno. Ruiz no contaba con el apadrinamiento de Valcárcel, pero a su favor, o eso pensó él, mostraba un expediente limpio de cualquier imputación judicial. Y lo utilizaba frente a su competidor, el delfín del expresidente, Pedro Antonio, que todavía se hallaba envuelto en líos judiciales a cuenta de un auditorio en Puerto Lumbreras que todavía no se sabe muy bien si está acabado o se encuentra en obras.

¡Cómo cambia la vida, Juan Carlos! ¡Las vueltas que puede dar una tortilla! ¿Quién te iba a decir que tus aspiraciones dentro del PP acabarían tan mal para ti y, para colmo, que algunos jueces limpiarían el expediente de Pedro Antonio mientras que otro se ha cebado contigo? Y ya no te queda otra. Tú pedías gobiernos sin imputados. Y Pedro Antonio no lo está. Y tú sí.

Por si fuera poco, el PP actúa ahora sin contemplaciones. No hay perdón para el imputado (Uy, Bascuñana, cuando las barbas de tu consejero veas cortar…). Y de eso no tiene culpa tu partido popular, Juan Carlos, que ha paseado imputados por gobiernos y ayuntamientos de toda España sin el menor rubor.

Los verdaderos culpables de esta oleada ética que invade ahora a todos los partidos no son otros que las formaciones emergentes con las que se ve obligado a pactar el PP.

Y de rebote, Juan Carlos, quienes han ganado un poder que casi habían olvidado son los jueces. Una decisión suya hace retumbar ahora los cimientos de las sedes políticas. Yo imputo, tú desapareces. Y Pedro Antonio seguirá sin dormir tranquilo hasta que el Supremo no se pronuncie sobre el envío de su caso a los juzgados de Lorca. ¿Quién lo iba a decir? Leer para creer.