Todos los artículos de: José Alberto Pardo

Yo también soy fuerte

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“No donáis por mí, donáis por vosotros, por un mundo más solidario, por vuestros hijos, por vuestros amigos…”

Pablo Ráez

 

Hoy creo en el mundo. Hoy creo en esta pequeña región murciana. Y hoy casi creo en España. Así, en mayúsculas, casi de la mano, como una hermandad. Y es que hoy, yo, que apenas soy nadie, he dado un paso de gigante en mi vida. Hoy el corazón me estalla, casi casi como una patata.

Y todo surgió hace unos meses, entre reparto y reparto, cuando me llegó como a tantos a través de las redes la historia de este chaval. Que no temo a la muerte, decía, con apenas veinte añitos y carcomido por un cáncer que le agotaba la sangre. Que no temo a la muerte.

Y a mí, Cayetano Cuerva, Cayo para los amigos, que a veces sí la temo, el drama de ese chico casi que me hizo pensar. Pero en realidad ni sé si pensaba. La cabeza se me metió en el pecho. Y era el pecho el que pensaba a golpes de corazón.

Y entre reparto y reparto, a golpes de corazón, me sentía más importante. Yo, que casi no soy nadie, un simple ordenanza que de vez en cuando se cuela en este blog, un mindundi, apenas un parias que viaja del polígono hasta el barrio de La Paz.

Pero si yo pudiera, si dentro de mí estuviera… Y me sentí importante. Y dejé a un lado las trifulcas de sociatas y peperos, podemitas y ciudadanos de pro en busca de un buen gobierno; me olvidé de burundangas en Pamplona, de reencuentros en OT, de si sale a la calle la parricida de Santomera, del médico que diagnóstico a una paciente que follara más,… Me olvidé.

Porque tengo el elixir me sentí importante. Y hoy, si no lo leo no lo creo, compruebo en el artículo que firma una tal Pilar Benito que se ha disparado el número de donantes de médula en la Región a raíz de la tragedia de este muchacho malagueño. Y yo no quiero ser menos.

Yo, que entre reparto y reparto voy desvencijado, que casi he quemado mi vida teniendo apenas treinta. A mí, que nadie me toma en serio. Y ahora descubro que tengo un tesoro entre pecho y espalda. No, yo también soy fuerte, y por eso hoy mismo me he inscrito como donante. No basta con quitarse el sombrero por todos los que lo han hecho.

Y por eso hoy me siento feliz, como en una hermandad, porque voy mirando a la cara de la gente por la calle y reconozco a los que se encuentran satisfechos, y adivino a los importantes, como yo, y me siento orgulloso de vivir aquí. Porque mi cabeza es un corazón a punto de estallar, porque mi corazón no es más que una patata, y si lo pones en agua empiezan a surgir brotes. Y es una maravilla verlos crecer. Porque yo sí, yo también soy fuerte.

“No temo a la muerte y soy libre, de ahí me viene toda la fuerza. Cuando dejas de tener miedo eres libre. Sólo tengo ganas de vivir y ser feliz. Cada momento es tremendamente único”.

Pablo Ráez

En nuestra edición digital puedes leer el reportaje

El ‘efecto Pablo Ráez’ dispara las donaciones de médula en la Región de Murcia

¿Qué hacemos con Paquita?

Paquita González, la parricida de Santomera, ha salido por vez primera de prisión con un permiso. Ha tenido que esperar casi quince años para poder acercarse a ver el mar, para poder caminar ante un horizonte sin muros. Y es que lo que hizo Paquita no fue precisamente una broma. Estrangular a sus hijos de cuatro y seis años con el cable del cargador del móvil. Y poca defensa podían poner ellos. Gritos y los arañazos que lucía la madre en el entierro, minutos antes de ser detenida, en su gran función de madre destrozada, ojerosa y llorosa; todo el pueblo la besó, todos le dieron sus condolencias antes de saber que fue ella, ella quien segó en una noche de celos y de coca la vida de dos de sus hijos.

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¿Y qué hacemos ahora con Paquita?

Paquita González, la parricida de Santomera, ha salido por vez primera de prisión. Y muchos se llevan las manos a la cabeza. No han pasado ni quince años. Debería seguir pudriéndose entre rejas, al menos hasta que cumpla los cuarenta años de condena. Pero Paquita ha salido esta semana, con cerca de sesenta años a sus espaldas. Y no parecía peligrosa.

Pero, ¿qué hacemos ahora con esta mujer? Nuestro sistema penal habla ante todo de reinserción. En la mayoría de casos no lo consigue. Y en otros, como en el de Paquita, no es necesario. ¿Alguien de verdad cree que la parricida de Santomera es un peligro público? Llegamos entonces al carácter punitivo de la condena. El que la hace la paga. Hay que castigar y, a la vez, que ese castigo sirva de ejemplo al resto de la sociedad.

La ejemplaridad del castigo como método para evitar nuevos delitos también es más que cuestionable. No son extraños los casos en los que el autor de un crimen acaba quitándose la vida. Para estos, evidentemente, no vale la ejemplaridad del castigo. Y en otros casos, como en el de nuestra parricida, cabría preguntarse si acaso a alguien le va a arredrar su ejemplo a la hora de cometer un crimen.

Pese a todo, pese a la inutilidad, buscamos venganza. Y nos sorprende y nos duele que Paquita se pasee libre después de su crimen de hace quince años. No la tememos. Todos sabemos que no es un peligro. Solo queremos que purgue.

José Rabadán, el chico que con 16 años mató a toda su familia a golpes de catana en el barrio murciano de Santiago el Mayor, lleva ya años paseándose en libertad por el norte de España. No se le conoce nuevo delito alguno, pese a que su juicio fue una farsa en la que se le admitió haber cometido los crímenes bajo un ataque epiléptico (no se lo cree ni él). Parece que lo que importa no es el castigo; más bien el olvido.

Paquita ha empezado a pasearse esta semana. Su primer permiso. Después de cerca de quince años a la sombra, que se dice pronto. Alguno responderá que son los mismos años que llevan sus dos hijos en un nicho del cementerio de Santomera. Es cierto. Es un dilema. Y ahora, ¿qué hacemos con la parricida de Santomera?

Ciudadano Champi

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¡Vaya semanita! Ciudadanos, el matarife de la corrupción, el espadachín implacable, resulta que también tiene trapos que esconder. Más pequeños o más grandes (el tamaño sí importa), pero los tiene. Iglesias, en su racionalismo pedagógico (que afán de la izquierda por la pedagogía), nos viene a decir que Otegui no es tan malo. El PP saca otra vez el calendario y nos da nuevas fechas para la apertura del aeropuerto de Corvera. Y el PSOE, el PSOE no sé qué dice. Si alguien lo entiende, que me lo explique.

Mientras tanto, Champi, un perro sin pedigrí, casi sin nada, así como a manchas, espera con el hocico pegado a las puertas cristalinas del hospital Reina Sofía a ver si sale su dueño. Que mira que entró con dolores. Pero ahí espera, Champi.

Y me vuelve a prometer el consejero que lo de Corvera está hecho, y me da otra vez las mismas fechas, pero cambiadas de año. Y yo, que no soy analista político, que trabajo de repartidor, ahí, con mi moto partiéndome la cara día a día, cada vez me creo menos. Porque yo, no sé si lo he dicho, soy Cayo, Cayetano Cuerva. Y sí, me interesa el aeropuerto. Pero mucho, mucho. Y no porque tenga preparadas las maletas, que ya quisiera, sino porque tengo un amigo que tiene un amigo cuya prima asegura que una cafetería será suya (que tiene un amigo). Y lo mejor, la jornada sería de ocho horas. ¡¡Ocho horas!! Si es que hasta me da igual cobrar menos de los 600 euros que me dan ahora. ¡Ocho horas! ¡Qué pasada!

Pero me disperso… se me va la cabeza. Si al fin y al cabo quería hablar de Champi, que yo también me hice una foto con él, en un reparto, lo típico, que sabes que el perro espera a su dueño, que pasas por el hospital, y que dices por qué no…

Lo que ocurrió es que me llegó la alerta del guasap de que habían destituido a uno de los hombres fuertes de Ciudadanos en la Región. Que sí, que sí, que hay facturas endosadas a todos cuando son del partido (matarifes de la corrupción, espadachines implacables…). Pero eso no sorprende, ¿a quién va a sorprender a estas alturas esto?

Sorprende que entre los adalides de la anticorrupción el tal Mario Gómez dice que no se va de su puesto de concejal hasta que no se aclare esto. Y a mí me da la risa. Lo he oído tantas veces. Pero, ¿no erais vosotros las manos limpias de España? Manos limpias… otro lapsus, ya digo que no sé dónde tengo la cabeza…

Y me da la lágrima floja cuando vuelvo a pasar por el Reina Sofía, y paro para saludar al Champi… pero me dicen que no, que se lo llevaron, por culpa de los de la perrera, que molestaba… y aprieto el puño de la moto pensando en qué entendemos por molestar, hasta dónde tenemos que tragar…, traga gasolina, traga, no pienses, aprieta el puño… que dentro de nada llega de nuevo la fiesta de la democracia. Traga, traga, traga,… y aprieta el puño

¡Que lo aGARREn!

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Pero, ¿quién es este tipo?, ¿por qué lo entrevistan? ¿Qué interés puede tener?… Espera, espera, que estoy buscando, sí, ya lo tengo… Aquí pone que es presidente de la Junta Local de Torre Pacheco… ¿Y dónde está eso? Y yo que sé… a saber… Espera, espera, que sale en la wikipedia, si debería haber empezado por ahí…

Y en Génova están que trinan. Soraya nI se ha enterado. Está entrando en ese momento en el plató de La 1. Que sí, que sí, que ya lo tengo, aquí está, fue presidente de Murcia… ¿Cómo que de Murcia?, ¿pero no era Varcárcel, o Valcárcel… o algo así? Ya, ya me acuerdo, si me sonaba el nombre. Si precisamente fue Varcárcel, perdón, Valcárcel, el que le dejó la presidencia… pero nada, cosa de nada, de unos meses, una mera transición. Sí, me suena, Alberto Garre, me suena…

Tranquilos, tranquilos, un advenedizo, desahuciado…, que no, que no, que no es peligro, que se le subió a la cabeza…. Claro, toda la vida en el partido, te ves de presidente y empiezas a montarte castillos en el aire. Es lo que tiene poner al secundario en la primera fila, que se lo puede creer.

Si hasta le hizo frente al delfín de Murcia, al Lumbreras, perdón, al de ese sitio, es que no me acuerdo, pero era algo así, ¿no? Sí, sí, espera que lo busque, que no caigo ahora en el nombre del presidente, ese señor de Murcia, pero del pueblo sí, para eso está wikipedia, eso es, Puerto Lumbreras.

Y vaya de juegos sucios que hubo allí, ya lo recuerdo todo… con los juzgados de por medio y dimisiones a favor del partido… Pero al final sacamos adelante al Lumbreras, perdón, ya sabéis, a ese señor de Murcia… Ya, ya, si te entendemos, pero espera, que le acaban de preguntar a la Soraya, que está en directo….

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Muy bien contestado, sí, señor…, no hay que dar tregua a estos polizones que pretenden dinamitar el partido desde dentro, secundarios con ínfulas… ¿Cuándo se ha visto que un segundón, por estar mucho tiempo en el partido, por estar mucho tiempo siguiendo las consignas de su líder…. cuándo se ha visto que sea incapaz de echarse a un lado y dejar paso por el bien del partido, por el bien de España?

¿Estás hablando de Rajoy?… Estás loca, hablaba del Guerra, perdón, del Garre…

(Y Alberto Garre habló de “un clamor silencioso” dentro del PP que reclama la retirada de Rajoy para, en el fondo, llegar a un pacto con PSOE. Los primeros espadas salieron defendiendo al ‘líder’. Yo sí creo que muchos (quizás secundarios con ínfulas, o no) se callaron. El objetivo es el mismo: detener al ‘enemigo rojo’).

Quien primero lo huele, debajo lo tiene

Me sorprendo esta semana con un suceso ocurrido en algún lugar de Valencia. Y casi que me parto el pecho, si no fuera, si no fuera porque varios sí que acabaron a  punto de desangrarse con el pecho atravesado. Pero, claro, había pedos de por medio. Y eso siempre da risa. Caca, culo, pedo, pis…

Resulta que uno quiso echar un aire. Pero muy cerca pasaba otro, que no tuvo otra ocurrencia que responderle con los mismos gases. Y ahí se lía un quién eres tú, pues anda que tú, dos empujones, cuatro tacos, doce santos, trece vírgenes, y al final salen las armas. Si no lo leo no lo creo. Unos tiros y cuatro tipos sangrando en unas calles de Torrent.

Y todo por unos pedos. Esos que la gran mayoría dejan escapar a escondidas. Menos cuando hay un exceso de confianza. Porque las confianzas dan asco. En el sentido más literal. Y aun así todos lo hacen (a escondidas), no se conoce excepción. Pero da lugar a chistes, a tratados de arte y a ¡trágame, tierra!, ese no he sido yo…. Que por cierto, yo soy Cayo, Cayetano Cuerva… que llevaba ya algún tiempo sin entrar por aquí.

Hace unos días tuve que llevar un paquete a las torres gemelas, o así las llaman, esas que están a la entrada de Murcia. Yo subía al último piso y en el ascensor éramos seis: cuatro tipos con corbata, una chiquilla vestida de secretaria y un servidor, con el casco en una mano y el paquete en la otra. El fétido olor empezó a sentirse a la altura del cuarto, y cuando íbamos por el sexto la cara de la chica ya era un tomate de esos con aditivos que crían por Águilas, con poco sabor, sí, pero rojo, bien rojo.

Los cuatro encorbatados la miraban a hurtadillas, y la pobre, con cara de dinamita, derramaba sus ojos en el suelo del ascensor. Yo, para disimular mi estómago revuelto y lo mal que me sentía, la observaba fijamente. Supongo que sería tímida, que sólo se avergonzaba de que alguien pudiera pensar que la culpable era ella. Pero no. Puedo dar fe. Ella no fue.

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Son historias de pedos. De las flatulencias que nos hacen reír. De las cuales Dalí, todo un genio, hizo una clasificación según su sonido y olor en sus ‘Confesiones inconfesables’. Si hasta Disney permitió que el jabalí Pumba echara sus gases en los dominios del mismísimo Rey León. Y sonreímos cuando un bebé se tira un pedete. Y nos morimos y seguimos soltando aires hasta varias horas después de que el corazón dejara de latir.

Y mientras, durante nuestra vida rutinaria, nos escondemos, claro, cerramos la puerta del aseo del bar. Y desde allí oímos en las noticias, entre el ruido de la cafetera y las tazas cayendo sobre la barra plateada,  cómo algunos buscan pactos responsables para decidir nuestro futuro. Y eso sí que da risa. No los pedos. De hecho, a veces le entra a uno mal cuerpo. Pero malo, malo. Y yo, en mi caso, cuando los oigo, como educado que soy, me quedo más tiempo en esos excusados. Pero ya estamos hablando de asuntos de fuerza mayor. Y este artículo iba solo de pedos. 

Bendita democracia, bendito capital

Cómo nos ilusionamos. Como si hubiéramos ganado. Era el fin del bipartidismo; de las mayorías absolutas y los rodillos. Casi daba igual a quién hubiéramos votado. Adiós Cánovas, adiós Sagasta.  Ahora habrá que negociar, pensamos, nadie podrá ya imponer una reforma laboral indecente dirigida al beneficio de unos pocos salvadores que nos saquen del atolladero ( “¿Cómo quieres que me apriete al cinturón si al mismo tiempo me pides que me baje los pantalones?”, leí en una pancarta). Pero el capital se esconde. Qué miedo. Qué incertidumbre. Esto es la revolución. Esto es Venezuela, ¿presuntos gobernantes del país hablando con presuntos etarras? ¿Codeándose con separatistas? ¿Qué va a pasar? Yo me guardo el dinero hasta que no lo vea claro, hasta que no vea el campo expedito, las reformas laborales, los mínimos costes. Y bendita democracia. Donde todos los votos son iguales, valen lo mismo. Pero algunos pesan más que otros. ¿Podrá ese capital permitir que gobiernen otros que no sean Cánovas o Sagasta?

Porque el juego de la derecha y la izquierda en el que movieron ficha años y años PSOE y PP ya no se lo cree nadie. Lo dijo el iluminado Anguita en sus tiempos: están en la misma orilla. ¿Quién si no empezó con los contratos basura, con la reforma laboral? Y claro, pactar entre ellos les rompe el juego. ¿Cómo se entiende? Por la seguridad del país, dicen. Este país donde nos están cayendo bombas día a día, donde se queman las iglesias, donde nuestra vida corre peligro. Por la seguridad del país.

Y la cosa está tan floja que hasta el mismo Rajoy habla de un pacto con el PSOE. Y uno se vuelve loco. ¿Tan peligrosos son los otros? ¿Nos van a pasar a cuchillo? ¿No era el juego de la democracia? Bendita democracia apuntalada con grandes soportes de hormigón dialéctico. El que mande aquí, que dé un golpe en la mesa. (Perdón, que a veces se me va la cabeza, quizás por leer demasiado a Marx en mi adolescencia.)

Bendita democracia. Hasta que las cosas salen mal. Bendita democracia. Y oigo por las calles, por los rincones de los bares, que debe ser presidente el del partido más votado. Y oigo por las calles, por los otros rincones, que no debe ser presidente alguien a quien, en su mayoría, la gente ha votado contra él. Qué difícil.

Y como si no fuera con nosotros (puñetera y bendita democracia) ahora ellos con los votos en la saca se hacen sus cábalas. Y empieza un juego de poder, como de damas (no llega al ajedrez, la inteligencia política parece que en este país no da para tanto). Un suma y resta, qué me da esto y qué me quita. Y el honorable Rajoy le dice a su majestad que no, que no lo ve claro. Te toca tirar. (Mientras tanto, el ingenuo votante las ve pasar).

Los votantes ya han desaparecido. Como en un espectáculo de ilusionismo. Ahora las vemos pasar. Es un juego de tronos, de poderes. Uno quiere ser vicepresidente y le tiende el cetro al otro, al que siempre estuvo en la otra orilla. Y Rajoy, el hombre recto que daba una colleja a su hijo en un programa deportivo, el del plasma, se pone serio. Y nuestras papeletas ya son escaños. Y ellos juegan. Pero, espera, que falta alguien.

¿Y el capital?, ¿dónde está?, ese capital del que dependemos todos, hasta la democracia. En la partida es como el Joker. Todos lo quieren. Bendito capital.

Andrew Sandy Irvine

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Cuando fue encontrado el cadáver de Mallory, estaba pegado a una roca, con algunos huesos visiblemente rotos, pero relativamente bien conservado debido al frío, ese frío que debe de helar el alma a poco más de quinientos metros de la cumbre del Everest. Tan pegado estaba a la roca que la decisión más sensata fue la de dejar su cuerpo allí, y su sepultura se cubrió de hielo y piedras, a unos pocos metros del techo del mundo, a los pies del cielo.

Cuando fue encontrado su cadáver, en mayo de 1999, habían pasado ya 75 años de la muerte de Mallory, de George Herbert Leigh Mallory, un inglés que se jugó el triunfo a una carta; hasta en tres ocasiones. “La suerte está echada. De nuevo, por última vez, avanzamos por el glaciar de Rongbuk en pos de la victoria o de la derrota final”.  Y ganó la derrota.

Era su tercera expedición, su tercer intento por rozar esa victoria final. Y hay quien sospecha que lo consiguió. Que su muerte fue en el descenso, que por eso no llevaba la botella de oxígeno. Que por eso tampoco se encontró, en su cuerpo aferrado a una piedra, la imagen de su esposa, la foto que prometió dejar en la cima del mundo. Hay quien piensa que si ya no llevaba esa imagen era porque ha de estar en algún lugar de la cumbre, sepultada entre hielo y rocas.

La hazaña de Mallory, si es que acaso llegamos a creer que consiguió la hazaña, ocurrió en el año 1924. El montañero, un aventurero y profesor respetable que tuvo entre sus alumnos a un tal Robert Graves, contaba entonces 38 años. Y no fue hasta 1952 cuando alguien, esta vez sin dudas de ningún tipo, demostraba haber hollado esa cumbre, el neozelandés Edmund Hillary.

Así, Hillary pasó a la historia como el primer hombre en pisar la cima del Everest, y en bajar para contarlo. Cuentan que cuando ascendía iba buscando pistas de aquel que le pudo arrebatar la gloria casi treinta años antes. Y él mismo, una vez triunfante, no debía de estar muy convencido de ser el primero. Si no, no se entienden algunas de sus declaraciones: “Si escalas una montaña por primera vez y mueres en el descenso, ¿es realmente el primer ascenso completo a la montaña? Yo, personalmente, me inclino a pensar que tal vez es igualmente importante el descenso. Y la escalada completa de una montaña supone llegar a la cima y volver abajo sano y salvo”. ¡Oh, Hillary! Te habrías hecho un favor manteniendo la boca cerrada.

Pero esta no es la historia de Hillary, que al fin y al cabo es un héroe. Ni siquiera en esta sección de estrellados y no de estrellas cabe hablar de Mallory, el que fuera padrino de bodas de Robert Graves, el hombre arrogante, triunfador de cualquier modo, pese a su fracaso histórico, pese a las dudas; este blog, este brindis con agua, no está pensado para hombres que se convierten en leyenda, hombres que son capaces de desafiar al mundo con frases lapidarias. Hombres que cuando la prensa pregunta por su obsesión por coronar el Everest se limitan a decir “porque está ahí”.

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Este blog está pensado para otro tipo de hombres, como Andrew Sandy Irvine, el joven de 22 años que acompañaba a Mallory en su loco arrebato por convertirse en leyenda. Las frases que anotó en el diario antes de la ascensión no son tan grandiosas (“Mi cara está dolorosamente cortada y mis labios hechos pedazos”) y su nombre, bueno, su nombre siempre aparece atado, como por la misma débil cuerda que los unió en la muerte, al del gran Mallory.

“Mi cara es pura agonía. He preparado dos aparatos de oxígeno para nuestra salida mañana por la mañana”. Fueron las últimas anotaciones de Irvine en su diario. Luego nunca más se supo. Cerca de treinta años después Hillary consumó la hazaña. Y tuvieron que pasar 75 para que se encontrara el cadáver de Mallory, aferrado a una roca, y darle sepultura. El cuerpo de Andrew Irvine sigue perdido en algún lugar entre hielo y piedras casi rozando el cielo, allá donde se estrellan las nubes.

El sueldo del médico de la Pepa

Vuelvo a este blog porque estoy preocupado. Es más, casi que me siento culpable. Me ha llamado hace unas horas mi prima Pepa, la que trabaja de conserje en una escuela de Abarán, y me ha dicho que está de baja. Que cómo se me ocurre meterme en este blog, que ni siquiera es mío, para pregonar al mundo su sueldo.

Yo (que me llamo Cayo, Cayetano Cuerva, y que no pienso decir aquí lo que cobro de ordenanza) le respondo que la culpa no es mía, que la culpa es del Gobierno. Pero ella me responde que esa es una frase manida, que es lo que se dice siempre: la culpa es del Gobierno. Y continúa con su letanía de quejas e imprecaciones. “Si no lo leo no lo creo, primo, lo que escribiste de mí, que fui la comidilla del pueblo, ¡y cómo se puso mi Juan cuando se enteró, que ya ni me quiere pasar la pensión!”

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María Dolores Pagán, consejera de Presidencia, en la reunión con los representantes de los empleados públicos. Foto: Arturo Manzaneque

Intento convencerla de que es el Gobierno, en un alarde de transparencia, quien ha decidido publicar en Internet los sueldos de todos los empleados públicos. Pero ella me contesta que los ha buscado y que no están. Claro, Pepa, claro,… es que ese mismo Gobierno se ha dado cuenta ahora de que quizá se ha pasado algún pueblo y ha retirado la publicación. Se ha dado cuenta, quizá, de que la difusión de tu sueldo, tus estudios o tu carné de conducir no aporta mucho a esa transparencia que nos quisieron vender. ¿Se habrá dado cuenta de que no era esa la transparencia que pedían muchos de los votantes? ¿Que eran otras cuentas, otros movimientos de dinero, los que exigían conocer en lugar de tu sueldo, Pepa? Pero eso no se lo digo, pobre, buena está ella para que encima le haga preguntas…

Y sigue sin dejarme hablar, me dice que miento, que tuvo que ir al médico atacada de los nervios y que le contó la causa. Y que don José, el facultativo, le respondió que no (casi sin inmutarse, sin sobresaltos), que nunca, que los cerca de 20.000 sueldos que dependen del Servicio Murciano de Salud nunca se harán públicos con nombres y apellidos. Y ahora yo me siento culpable.

Me siento culpable porque yo le dije que sí, prima, que sí, que el Gobierno lo ha prometido; que después de vosotros van los de la docencia y la sanidad. ¿Y quién me mandó a mí fiarme de ellos? Porque hoy esta vez soy yo quien sólo lo creo porque lo leo, porque leo que el Sindicato Médico se lo dejó bien clarito a la consejera de Presidencia: que se te vaya borrando de la cabeza, que nuestros datos no se publican. Y yo recuerdo no hace mucho, cuando los recortes, todavía con Valcárcel, que ese Sindicato Médico volvió a dejarlo clarito. Y no le salió demasiado mal la cosa.

Pero, bueno, ¿de quién se va a fiar ahora mi prima, de mí o del médico? ¿O del Gobierno, que dice que cumple la ley, que es una ley (traíganme una jofaina donde lavarme las manos) aprobada bajo la presidencia de Garre? Creo que de todos menos de mí, que soy un ‘cabecica’ loca y no dejo de pensar, entre reparto y reparto, en aquellos que se empeñan en hacer cumplir una ley que, quién dice que no, puede estar incumpliendo la Ley.

Y creo que he perdido a mi prima. Tuve la convicción cuando me dijo que mañana tiene una nueva cita con el médico, con don José, ése que a saber lo que gana… Porque me da a mí que nunca lo sabremos.

El sueldo de la Pepa

¡¡¡¡Juasssss!!!! Me parto y me mondo; voltereta, voltereta y vuelta atrás. Pues no que me acabo de enterar que mi prima, la Pepa, la que trabaja de conserje en San Cosme y San Damián, se levanta cada año más de 16.000 euros. Y eso no es casi nada si lo comparamos con la directora, que encima fue elegida a dedo (perdón, por libre designación), y que suma más del doble. Para que luego digan que no viven bien en Abarán.

Y lo más fuerte es que me enteré de todo esto gracias al Gobierno regional, que ahora es  transparente. Y yo que tantas veces llegué a creer que era invisible. Pero no, es transparente; por eso ha colgado en la web los sueldos de ocho mil de sus empleados (a otros cuarenta mil los ha dejado fuera de momento). Si no lo leo no lo creo. Llevo media tarde repasando uno a uno cada nombre; y a muchos los conozco; como a la Pepa; para que luego diga que no puede hacer regalos por Navidad. La he pillado a contrapié. Me lo ha dicho el Gobierno.

Y conozco a muchos más, el listado no acaba. De hecho he llamado a algún colega para comentarlo. Pues no que el Damián no debió terminar la carrera. Pero eso sí, tiene carné hasta de chófer. Y todo lo sé, una vez más, gracias al Gobierno regional. ¡Viva la transparencia! Que, la verdad, no sé si esto va a dar algún fruto; pero entretener, entretiene…

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Perdón, que a estas alturas aún no me presenté: soy Cayetano, Cayo Cuerva; los que me conocen me llaman Cayo. Y no aparezco en el listado. Ya quisiera yo: ganar lo que ganan algunos de esos que aparecen de libre designación. Yo no, yo voy con mi moto repartiendo paquetes y recados, y, a decir verdad, no me molaría un pelo que me metieran en un listado para pregonar lo que gano o lo que dejo de ganar. Bastaría eso para que la Juani, mi ex, me pidiera más dinero.

Pero la cosa es que a nuestro Gobierno regional le han entrado las ganas de la regeneración, de decir que, para limpios, nosotros. Y, mientras tanto, cuando tapa un agujero en una parte le salta un imputado en la contraria, como en el juego de la rana. Y, así, son de otro partido los que le marcan el paso. Pero nuestro Gobierno, cristalino, presume y nos dice que nos ha bajado el precio del agua, desalada. Cristalino.

Y me ha dicho Damián, que eso no lo sé yo, pero me lo ha dicho Damián, que tiene el carné de chófer, que abundan los altos cargos que cobran muchas prebendas, muchas dietas,… pero eso no, no aparece entre tanta transparencia…

Entre tanta transparencia, que les hace ser de cristal, aquí se ve cualquier cosa, y el sentido común existe; tan de cristal como un Licenciado Vidriera, temeroso de romperse; o como un desconsolado ciego, que lo veía todo hasta que alguien abrió de sol a sol las cortinas y se hundió, de tanta luz, en un pozo sin fondo.

Posdata: Y ahora yo me pregunto, poniéndome un poco serio, ¿qué tiene que ver mi prima, la Pepa, con el proyecto transparente de Pedro Antonio Sánchez?

Los desertores

De pequeños nos enseñaron que quien retrocede no vale. Y conforme vamos creciendo, el discurso se repite en múltiples variantes. Hay que fijar las metas, y luchar por ellas (“Debes ganar, y pisa fuerte, hay que impresionar”, cantaban a principios de los noventa Los Enemigos). Hay que luchar por las metas fijadas… pero, ¿quién las fijó?, ¿y si el que lo hizo no pensó para nada en ti?, ¿y si sus objetivos no son los tuyos?

En el fondo, en la inmensa mayoría de los desertores tuvieron que latir esas preguntas. En el que retrocedió cuando había que alcanzar una trinchera (y aparece inmediata la imagen de Kirk Douglas, con el arma en la mano, en la película de Kubrick, cuando debía ajusticiar a cada uno de los cobardes), en el que intentó escapar antes de ser alistado para luchar por una gloria que no era la suya, o en los que, de forma más fría, más racional, se rebelaron en un acto ejemplar de ‘cobardía’ y no cumplieron las órdenes de sus superiores.

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Muchos de ellos, cientos, fueron ajusticiados. Al fin y al cabo, por cobardes. Porque huir es de cobardes, nos inculcaron desde pequeños, no luchar es de miedosos. No en vano, la primera acepción del verbo ‘huir’ de la Real Academia Española de la Lengua nos dice que no se trata de otra cosa sino de “Alejarse deprisa, por miedo o por otro motivo, de personas, animales o cosas, para evitar un daño, disgusto o molestia”.

Así las cosas, en cualquier guerra, justa o injusta, los desertores han sido tratados como miedosos, cobardes (gente “pusilánime, sin valor ni espíritu”, dice la RAE), sin tener en cuenta que muchos de ellos pudieron preferir mantener un terruño con su familia, con sus hijos, a dejarse la sangre por unos intereses que consideraban demasiado lejanos.

En la I Guerra Mundial, era mayo de 1917, muchos ‘cobardes’ se unieron para no salir de las trincheras francesas, hartos de que los ‘estrategas’ de la gloria los usaran como carnaza ante el enemigo. Unos meses después ocurrió lo mismo en el frente ruso. Se calculan en cientos los fusilados en Francia y unos doscientos en Rusia. Todos por balas amigas. En Gran Bretaña se ha estimado que los ejecutados por cobardía en esa misma guerra superaron los trescientos. Siempre tras juicios sumarísimos de más que dudosa legalidad. “Y los enemigos del hombre serán los de su propia casa”, escribía Mateo en su Evangelio.

La historia se ha repetido en todos y cada uno de los países que han vivido, sufrido, una guerra. El cobarde, el que no sirve a los intereses de la comunidad, guiada muy a menudo por los que anteponen sus propios intereses a los de esa propia comunidad, puede acabar ‘justamente’ en el cadalso. Y el oprobio no acaba con la muerte.

La deshonra se extiende a sus familias, que suelen esconder que sus ‘caídos’ lo fueron por cobardía. Sus viudas no tienen derecho a pensión alguna. John Major, quien fuera primer ministro británico, justificó su oposición a reconocer a los ejecutados por deserción alegando que sería un insulto hacia aquellos que murieron honorablemente en el campo de batalla. Aquellos que, en ocasiones, se encaminaron al sacrificio siguiendo estrategias que algunas veces no buscaron más que desviar la atención del enemigo.

Bastaría con salir de las trincheras con las manos vacías –escribía William Faulkner en ‘Una fábula’ sobre este asunto vista desde el frente francés-, no con las manos en alto para rendirnos, sino con las manos abiertas, para mostrar que ni tenemos nada con qué hacer daño, nada con que herir a nadie; no salir corriendo, tropezando; tan solo caminando como hombres libres. Bastaría con uno de nosotros, con un único soldado; imagínese a un solo hombre y luego multiplíquelo por un batallón; imagínese a todo un batallón nuestro, que solo quiere volver a casa, ponerse ropa limpia, trabajar, beber un poco de cerveza por las noches, charlar un rato y luego acostarse y dormir y no tener miedo. Y quizá, solo quizá, otros tantos alemanes que tampoco quieren otra cosa, o quizá baste con un alemán que quiera lo mismo, y que él o ellos dejen los fusiles y las granadas y también salgan de las trincheras con las manos vacías, pero no para rendirse, sino para que cualquiera pueda ver que no llevan nada que sirva para hacer daño o para herir a nadie…”

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En Francia, hace dos años, antes del centenario del inicio de la I Guerra Mundial, hubo una petición para honrar a las víctimas de los al menos setecientos fusilamientos ejemplarizantes que se llevaron a cabo en su ejército. También en Gran Bretaña hubo una solicitud similar. Lo cierto es que no trato de buscar un reconocimiento para nadie desde esta sección atípica, en este brindis con agua. Me basta con que los pocos que se detengan a leer estas líneas sean conscientes de la existencia de estos ‘cobardes’. Y es que la cobardía y la valentía pueden estar mucho más cerca de lo que parece a simple vista; al fin y al cabo, el miedo es libre y “todos los hombres son valientes si se les asusta lo suficiente” (W. Faulkner).

Ensancha el alma, Pepe López, ensancha el alma

Leo. Releo. Vuelvo a leer. Y como ya va siendo habitual, no doy crédito. Y no me refiero al pregón del alcalde de Cartagena, un tal Pepe López, en las fiestas de Carthagineses y Romanos, sino a los debates, comentarios, eyaculaciones mentales y discursos de chalanes que se han levantado como espadas del ejército de un tal Escipión en eso que llamamos las redes sociales.

Y aclaro, soy Cayo, Cayetano Cuerva, y me he metido otra vez en el blog que creó este tipo con el dedo en la ceja, para darle uso más que nada. Y nací en Murcia, cerca, muy cerca de la paz, del barrio, con mayúsculas, del barrio de La Paz. Pero, vamos, que igual que nací en Murcia, podía haberlo hecho en Elche, o en Albacete, o en el norte de África, o vete tú a saber. Me contaron que la que fue mi madre viajaba mucho por entonces. Necesitaba dinero para levantar a un crío. Dicen.

Pero a lo que voy, que en cuestión de nada llegan a la oficina y si me pillan en el ordenador de Ramírez se me cae el poco pelo que me queda. Pues este tipo, el tal Pepe López, que me cuentan que está ahí en la alcaldía de Cartagena con el beneplácito del PSOE (qué malos son el ansia de poder y los repartos, siempre lo dije) hizo un discurso festero plagadito de rencores, llamémoslo sutilezas –nada sutiles-, hacia la ciudad de Murcia. Que si usurpadores de templos, que si roban corazones de reyes, que si encadenan, oprimen…

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Foto: Felipe García Pagán

Hasta ahí nada extraño. Totalmente previsible. Por ese pregón, nunca me hubiera puesto a escribir este artículo en un blog titulado ‘Si no lo leo no lo creo’. No me sorprende nada el discurso en boca del mismo -un tal Pepe López- que ya manifestó su deseo de que estuviera cerrado un hospital “la próxima vez que se queme la asamblea”.

Sí me sorprende, sin embargo, la tropelía de comentarios que tratan de justificar su ‘pregón’. Que no, hombre, que no, dicen, que él no se ha metido con Murcia, que hace un llamamiento a la igualdad de los pueblos. Y como a menudo presumo de estar equivocado vuelvo a leer de nuevo el pregón. Y no, este tipo, respaldado en la alcaldía por un partido político tan respetable como el PSOE, ha ido a saco.  A fomentar no se sabe qué, a alimentar no se sabe qué.

No entiendo las luchas cuyo objetivo está más o menos a la altura del ombligo del que las alimenta. Y no entiendo que la historia se utilice para rebuscar argumentos más o menos creíbles o, al menos,  convincentes en los que apoyarse. Si cualquier integrista islámico utilizara razonamientos similares a los que utilizó el alcalde de Cartagena para reivindicar Al Andalus –y podría encontrarlos, muy probados, muy documentados y muy históricos- nos tiraríamos de los pelos.

Pero al fin y al cabo son discursos primarios, muy lejos de la razón. Los oímos a menudo para defender los localismos, nacionalismos, corporativismos incluso. Sabino Arana, un santo para algunos vascos, llegó a hablar de la diferencia sanguínea. Cataluña también los emplea, aunque de trasfondo; en su discurso siempre predomina la ‘pela’. Los oímos en Serbia, en la Alemania que soñó Hitler y en la Gran Rusia de Catalina la Grande que quiso recuperar Stalin.

Frente a todos ellos me quedo con la utopía, con aquellos que llegaron a concebir que sus problemas como clase tenían mucho más en común que las diferencias transnacionales. Hablo de aquellos que dijeron “proletarios del mundo, uníos” (“pobres obreros”, cantarían mucho después los Clash), de aquellos que levantaron el puño para cantar La Internacional, sin feudos ni historias milenarias.

Al fin y al cabo es la apertura de mente frente a la cerrazón; frente a la estrechez de miras, acoger como si el pecho fuera inmenso. “Ama, ama, ama y ensancha el alma”, decía el poeta Manolillo Chinato. Y no es que yo lea poesía, pero es que escucho mucho a Extremoduro.

Y ahora me voy pitando, que veo desde la ventana que el ordenanza de la competencia ya está arrancando la moto. Y luego presume de que me da mil vueltas, que entrega más que yo. Y en mi empresa, claro, me echan la bulla. Sólo me consuela pensar, en el fondo, que tenemos el mismo sueldo de mierda. Pero algún día le demostraré que somos mejores, que ‘mi’ empresa fue la que impulsó el sector en esta región. Sólo hay que remitirse a la historia.

Los magos de La Paz

No he podido resistirme. Lo juro. Fue leerlo y no poder resistirme Y casi me da la risa. Por eso me colé de nuevo en este blog. Porque leer para creer. Porque la Policía no aprende. Y tiene problemas con la paz. Perdón, con La Paz, así, en mayúsculas, ese barrio murciano que no está muy lejos de La Fama. Bueno, me presento por si alguien no me recuerda: Soy Cayo, Cayetano Cuerva, trabajo de ordenanza y me crié en la paz, perdón, con mayúsculas, en el barrio de La Paz.

Leo sobre otra gran operación contra la droga alrededor de un bloque. Y lo estoy viendo: un furgón detrás de otro, y venga a bajar policías, unos a cara descubierta, los menos; otros con cascos, los más. Y varios de ellos con sierras y el ‘marro’ en la mano, siempre las mismas mazas.

Foto: Israel Sánchez

Foto: Israel Sánchez

En las viviendas todavía quedan muchos durmiendo la siesta. Pero siempre hay alguien asomado a la ventana. Las alarmas suenan sin necesidad de sirenas. Como si viajaran por tuberías. Un, dos, tres…, nada por aquí, nada por allá,… ¿Alguien dijo droga? No, señor policía,  aquí nunca hubo droga. Como en un truco de magia.

Y el policía, claro, pues se mosquea. Si no puede entrar en la casa, con rejas y puerta reforzada. Me imagino a los de dentro: “Anda, que ya nos han jodío el material otra vez”. Y el material vuela, o navega por las tuberías donde suenan las alarmas, se desintegra.

Y la Policía, eso sí, detiene a muchos, a muchos… Esta vez han sido unos treinta… hace cuatro meses llegaron a cuarenta… espectaculares fotos, impresionante despliegue… pero, ay, que no hay, que de droga ni el olor. Toca vuelta a casa, eso sí, con los furgones bien llenos, de los mismos que estarán en la calle mañana.

Pero es que no hay nada nuevo. No había nacido yo cuando, me contaron, se montó la primera gran operación contra la droga en el barrio. He visto las fotos y son de la prensa en blanco y negro. Y reconozco a un fiscal, al que ahora es el jefe, al López Bernal, que antes se ocupaba de este tipo de cosas. Y en las fotos se ven las mismas mazas, y los retretes, por donde escapaba el caballo, arrancados y en la calle. Un colega me contaba que parecía Navidad, que ese día nevó desde las ventanas de La Paz.

Pero lo de siempre. Fue la primera vez. La venta era tan obvia que hasta los yonquis formaban cola. Pero nada, la droga requisada, bien escasa. Años después, muchos, se celebró el juicio. Hubo que mudarse de sede. No cabían tantos detenidos en el Tribunal de Justicia. Fue en Alfonso X, en un edificio de usos múltiples. Y allí, tras la sentencia, me contaron, nadie pisó la cárcel.

Y la historia se repite cada cierto tiempo. Y muchos de los vecinos de ese barrio en cuestión creen que el asunto es de traca. Doy fe. No muy lejos de La Paz, en un bloque de La Fama, les despertó otra redada cuando no había salido ni el sol. A una secretaria judicial casi le tiemblan las piernas aún al recordar qué cerca le pasó aquella televisión que lanzaron desde una ventana. Y vaya motín que montaron, los secretarios judiciales, exigiendo a la Policía mayor protección en esos impresionantes despliegues contra la droga en La Paz, o en La Fama.

Pero nada, una vez más, la Policía se vuelve con las manos vacías. Habrá que hacérselo mirar. En La Paz no paran de reír, y las carcajadas llegan a La Fama. Y es que yo sé de alguno que, cuando va a esos barrios, así, caminando, sin sirenas ni furgones, con las manos vacías, vuelve mucho más cargado que todos los miembros del operativo especial desplegado esta semana. Nada por aquí, nada por allá.

Rupa Saa

La historia de Rupa Saa bien la podían haber contado los hermanos Grimm. Tiene casi todos los elementos necesarios: una joven bonita, una madrastra cruel, un prometido, el padre conformista y hasta algún espejito, espejito. Si no fuera porque el último de los hermanos murió en 1863 y ella nació hace 22 años; ellos llevaron una vida cómoda como reconocidos profesores universitarios y ella sobrevivía en Muzaffarnagar, una abultada urbe del norte de India donde se confunden más de cuatro millones de habitantes.

Ella fue a la escuela; y ayudaba en las cosas de casa. Y hasta ahí todo marchaba bien. Su madrastra estaba satisfecha y su padre llevaba siempre a su boca con la mano derecha los alimentos que encontraba en su mesa cada día. Quizás fuera como un cuento, rutinario, monótono, casi feliz, hasta que a Rupa la pidieron en matrimonio.

La madrastra cruel no lo iba a consentir. Quedarse sin su hijastra, su criada, para que fuera a prestar a otro los servicios, a otro que no la había mantenido durante esos quince años que tenía ya la niña, la mujer; no, debía evitar a toda costa el enlace. Y en India, a toda costa no supone mucho coste. Un bote de ácido es barato, tan barato que cada día unas tres mujeres son rociadas con ellos.

Era de noche y Rupa Saa dormía cuando su rostro empezó a arder. Qué barato es un bote de ácido.  Qué poco cuesta hacer de un cuento una tragedia. Y a Rupa se le quemó el alma entera. Y el prometido nunca recordó haber hecho promesa alguna.

Empezó entonces la reclusión. La joven india cubrió su cara y los alimentos le llegaban, siempre con la mano derecha, a través de una pequeña ranura entre las telas que la ocultaban. Y desaparecieron los espejos. Rupa Saa se condenó, como en un cuento, a no ver nunca su reflejo.

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Fue un tío de la adolescente quien hizo de príncipe bueno. Y la quiso convencer de que no se enterrara en vida. Durante años la chica sólo salió de casa para rodearse de médicos. Más de diez operaciones para recuperar su cuerpo.

Hasta que Rupa rasgó todos sus velos y dejó de temer a los espejos. Hoy regenta un café con otras víctimas del ácido. Allí expone pañuelos y otras telas que diseña. De su padre no quiere saber nada, renunció a su apellido. La mala madrastra sólo pagó 18 meses en la cárcel. Sheroes Hangout se llama la cafetería, perdida en la ciudad de Agra.

No muy lejos de allí, en la misma urbe multitudinaria, se levanta un edificio sacado de otro cuento. Era el siglo XVII y el emperador Sha Jahan esperaba que su esposa le diera el decimocuarto hijo. Pero ella, Mumtaz Mahal, murió durante el parto. Desconsolado, el marido, quiso brindarle la mayor ofrenda conocida.

Poco después de acabar la obra, el soberano cayó enfermo. Y sus hijos se apresuraron a luchar por el imperio, hasta el punto de encerrar al padre en una habitación de un palacio. Desde allí Sha Jahan podía ver el mausoleo de su esposa. A su muerte, fue enterrado junto a la madre de sus hijos, en el Taj Mahal, quizá el panteón más bonito del mundo.

“Pero ­–como diría Michael Ende– eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión”.

Iosu Expósito

Iosu08Iosu Expósito vino a nacer un día antes de la celebración de la Nochebuena de 1960 en la Margen Izquierda del Nervión. Y crecer allí, en aquellos años, no era motivo precisamente de celebraciones. Iosu confesó en vida que de pequeño soñaba con ser futbolista del Athletic o músico. En la escuela no pensaban que ninguna de ambas opciones fueran realmente salidas profesionales. Él nunca lo entendió y finalmente acabaría abocado a la música, si es que a aquello se le pudo llamar música.

Y en aquella margen izquierda la música dejaba pocas opciones. Rebeldía, protesta, ‘Anti todo’, como bautizarían uno de los discos de Eskorbuto. Punk en estado puro; punk en las guitarras y punk en la esencia vital. Vive rápido, muere joven. Una patada en la boca, un escupitajo al buen gusto, sin ideales, sin banderas: “Tenía muchas ilusiones, pocas esperanzas, pero muchas ilusiones”.

Y es que no debían de abundar alrededor los motivos para tener grandes esperanzas: La crisis del petróleo de mediados de los setenta desangraba el País Vasco, la reconversión obligada a partir de los ochenta convertía Santurce en un desierto industrial, la droga tenía vía libre en sus calles y ETA encontraba allí su caldo de cultivo.

En ese escenario, dos jóvenes, Iosu (voz y guitarra) y Juanma Suárez (voz y bajo) fundan Eskorbuto junto a un batería que siempre se mostró en segundo plano. A veces no cantaban, vomitaban. “¿Que por qué nos hemos dedicado a la música? Hostia, no sé, es que no nos hemos dedicado a la música, lo nuestro es que teníamos que decir que lo que teníamos que decir de alguna manera; personalmente creo que ninguno de nosotros somos músicos, lo nuestro es lo que intentamos decir con nuestra forma de ser”.

Por eso no se plegaron a banderas. La esencia punk no entiende de etiquetas políticas. De ahí que los intentos de encuadrarlos en el rock radical vasco saltaron de inmediato en pedazos. Era pleno mes de agosto de 1983, en Madrid, y acababan de grabar su primera maqueta; deambulaban por la capital de España y a la Policía no le debieron de gustar mucho sus pintas. Primero, la identificación y, después, en el registro salió la maqueta. Ese día, en la Comisaría, no dejaron de sonar dos canciones: ‘ETA’ y ‘Maldito país España’. “Hacienda cabrona sube la renta, así el poder adquiere más poder, crisis laborales, más obreros en las calles, ¡y mientras, a ETA la llaman terrorista!”, gritaba la primera; “Policía Nacional, picoletos de mierda, capitanes generales; este maldito país es una gran pocilga”, bramaba la segunda.

La reacción policial no se hizo esperar. Aplicación de la Ley Antiterrorista y los de Eskorbuto pasan 36 horas incomunicados en los calabozos de Madrid. Mientras tanto, las gestoras Pro-Amnistía, aquellas que creyeron encontrar un filón en el nuevo rock radical vasco, no mueven un dedo.

La reacción de Iosu tampoco se hizo esperar. Apenas unos días después había un nuevo tema en su repertorio: “A la mierda el País Vasco” (“Laberinto vasco, laberinto vasco / Euskadi sigue rodando y rodando / cayéndose por el barranco / a la mierda, a la mierda, a la mierda el País Vasco. / Las gestoras Pro-Amnistía dormían / mientras nosotros nos pudríamos de asco. / A la mierda el País Vasco”.

El idilio con la lucha independentista de Euskadi, si es que alguna vez lo hubo, estaba finiquitado y rubricado. Iosu aprovechaba sus escasas entrevistas para lanzar soflamas contra esos grupos que querían alimentar la lucha armada con una banda sonora de guitarras distorsionadas y a menudo mal afinadas, la izquierda abertzale que se empleó a fondo para boicotearles e impedir que tocaran en el País Vasco. Hasta el difunto y supuestamente libertario diario Egin ejerció la censura, y lo hizo con ellos, con una entrevista que nunca llegó a ver la luz.

“Ellos, Herri Batasuna, querían un grupo para manejar en cada provincia –manifestaba Iosu en una de esas pocas entrevistas-. En Guipuzkoa podían llamar a los RIP, en Álava tenían a La Polla y Hertzainak, de Navarra era Barricada, y les faltaba un grupo en Bizkaia. Pero con nosotros metieron la pata, les mandamos a tomar por culo”.

Y así las cosas, Eskorbuto siguió organizando lo que pudo, sin apoyos ‘institucionales’, llenando recintos a pesar de muchos, y viviendo su futuro, un futuro cada vez más efímero (“¿El futuro? Mi futuro es mañana”, decía Juanma), cada vez más rápido, con más caballo en las venas. Y eso pasa factura. Como lo hizo con Cicatriz, con sus cuatro miembros enterrados, o con RIP, con dos de ellos. Eskorbuto, entre risas y risas, no iba a ser diferente: “Muchos dicen que este mundo es un valle de lágrimas, y nosotros no paramos de reírnos” (Iosu).

Los años pasaban como los días, como sus conciertos, cada vez más rápidos, más cortos. Y cada vez más demacrados. Con menos fuerzas. Se hace duro estar de vuelta de todo. Tras varios discos, llega la oportunidad del primer concierto fuera de España, en México. Pero Iosu ya no podía. Mucha policía, sí, pero también demasiada diversión. ¿Diversión, Iosu? Poco antes del final te prestaste a hacer un anuncio contra la droga. Tú, el más punky de todos, el líder de “la banda más honrada que ha pisado el planeta en millones de años”.
Pero quizá ahí sí fuiste consecuente. Aunque tus argumentos pecaban de peregrinos. Que si la heroína es mala porque no sabes con qué la cortan, que la jeringa iba de mano en mano, que era como una ruleta rusa con todas las balas cargadas…

Y el 31 de mayo de 1992, aún no habías cumplido los 32 años, tu cuerpo no dio más de sí. Parecía que Eskorbuto había muerto. Pero Juanma decía que no, que nadie iba a matar aquello. Y Juanma también se equivocaba. ¿O no, Iosu? Apenas aguantó poco más de cuatro meses. El nueve de octubre de ese mismo 1992, Juan Manuel Suárez, con treinta años, también se rendía ante la droga.

El batería, Paco Galán, lo intentó, es cierto, aseguró que “Eskorbuto nació para morir protestando” y que no había Dios que lo parara. Pero fueron fanfarronadas. Quitando las herencias que dejaron Iosu y Juanma, la carrera fue cuesta abajo, como el título del último disco, ‘Dekadencia’.

Después, algún intento aislado de honrar la ‘historia triste’ de estos ‘cerebros destruidos’. Se les quiso poner una calle en su Santurce, incluso enterrarlos juntos. La verdad es que no sé si lo consiguieron. Tampoco me interesa. Me quedo con algún consejo, para lo bueno y para lo malo: “Dejad que los niños se acerquen a Eskorbuto” (Iosu).

A las puertas del Cielo

Como una travesía en el desierto después de que las aguas se abrieran, saltando de un continente a otro en embarcaciones maltrechas, decenas, cientos o miles de africanos se lanzan a la mar en busca de una tierra nueva. Y hay niños, embarazadas, familias enteras, tanto cuerpo contra cuerpo que casi se desborda.

Hasta que se dan cuenta de que están perdidos. Que las olas no avanzan. Que son decenas, varios cientos en una apretada barca. Y entonces llegan los nervios. Y los gritos y los llantos. El Mediterráneo es un mar que navega sobre muertos, pequeños huesos frágiles que esconden a los cangrejos, resaca de cadáveres, de chancletas y de zapatos gastados de tanto cruzar desiertos, de tanto caminar la arena.

Y en el horizonte azul se dibujan las siluetas de dos barcos, que son casi dos ángeles que los llevarán al Cielo. Los náufragos ven la luz, su sueño en cuestión de metros, bajo bandera extranjera. Y la ansiedad les pierde, y se arrojan como un todo, todos hacia el mismo lado. Y la embarcación maltrecha que no aguanta, no da más de sí y vuelca.Surviving migrants are seen aboard a life-rafts in the area where their wooden boat capsized and sank off the coast of Libya

Si no lo leo no lo creo. Los barcos que fueron ángeles se disfrazan de demonios. Y el mar es un hervidero de cientos de peces negros. Desde cubierta, como un juego de tragedias, van ‘pescando’ cuerpos empapados. Las olas, mientras tanto, han sacado sus guadañas. Chapoteo, gritos, lamentos… Los rescatadores no dan abasto.

Pero, ¿cuántos sois? ¿quinientos? ¿seiscientos? ¿quizá setecientos? Entre los dos barcos cuentan cerca de cuatrocientos. Eso los vivos. Los muertos suman varias decenas. Y los que se lleva el mar. ¿Cuántos cientos? Como un bulevar de Sabina, el Mediterráneo es un mar cargado de sueños rotos.

Cuando los barcos llegan a puerto, hay quien piensa bajo su manta que imaginó más bonito el Cielo; a su hermano, quizá a su hijo, se lo tragó la marea. Cerca de allí, sobre la arena, en una bonita playa, Europa sigue durmiendo, a la sombra de una sombrilla, con las chanclas en el agua.

George Junius Stinney

En el mes de marzo todavía no suele hacer calor en Carolina del Sur. Digamos que es un tiempo suave. Muy distinto de junio, de mediados de junio, cuando las temperaturas pueden llegar a rozar los cuarenta grados centígrados. A George Junius Stinney lo mataron el 16 de junio de 1944. Y ese día debía de hacer mucho calor en Carolina del Sur.

Stinney era un crío enclenque, negro,  con ojeras en las fotos policiales. Dicen que confesó. Que reconoció haber cometido los crímenes. Dicen…

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Cuentan que no hubo forma de encajarlo en la silla eléctrica… que hubo que prepararla… hay quien afirma que hubo incluso que apilar libros para que se sentara encima, para que su cabeza alcanzara la altura de los electrodos,… Nunca antes se había ejecutado a alguien con solo catorce años.

Unos meses antes, el 24 de marzo de 1944, más de cien personas salieron en busca de dos niñas. Dos niñas que no volvieron a sus casas y que fueron en bicicleta a buscar flores. Tenían ocho y once años. En aquellos tiempos, en Carolina del Sur, los negros y los blancos vivían en zonas bien diferenciadas. Y las dos niñas de piel rosada, Betty June y Mary Emma, pedalearon hasta salir de su barrio para encontrar flores negras.

Cuentan que hallaron las bicicletas en una zanja, cubiertas de fango. En esas fechas suele llover en Carolina del Sur. Y allí estaban los dos pequeños cuerpos de Mary Emma y Betty June, con las cabezas destrozadas… y muy cerca el arma del crimen. Hay quien asegura que fue un pico de ferroviario, otros hablan de una viga de las vías que difícilmente hubiera podido sostener un chico como Stinney.

Todavía no se habían cumplido 24 horas y la Policía detenía a George Junius, que había participado en el operativo de búsqueda. Alguien mantiene que incluso dijo que las había visto el mismo día de la desaparición. Quizás eso le perdió.

La versión oficial, la que difundieron entonces las autoridades de Carolina del Sur, fue que Stinney no tardó en confesar. Que intentó abusar de Betty June, de once años; que Mary Emma, de ocho, quiso defenderla; que él cogió el arma homicida y la emprendió a golpes con la más pequeña; que su cráneo quedó hecho añicos; que después fue hacia Betty June y prosiguió la matanza…

Nunca hubo documento alguno que confirmara aquella supuesta confesión.

Pese a ello, el proceso sí fue rápido. En Carolina del Sur, en 1944, la población blanca exigía justicia. Las autoridades de entonces, en aquel estado, querían responder a las demandas de la población. Se jugaban votos, ascensos, credibilidad…

Sólo un mes después de la aparición de los cadáveres, el 24 de abril de 1944, George Junius Stinney estaba sentado en el banquillo de los acusados frente a un jurado popular compuesto solo por blancos. Bastaron treinta días, muy cortos frente a cualquier caso que nos pueda venir a la cabeza: dos años han pasado desde la aparición en Murcia de los cadáveres de Visser y su pareja, y los acusados todavía intentan retrasar la fecha del juicio; ni se sabe cuánto tiempo lleva en instrucción el caso Umbra, con un ya exalcalde como imputado, y hay dudas de que acaso llegue a celebrarse un juicio…

En Carolina del Sur, en 1944, el proceso fue mucho más expeditivo. Bastó una jornada para celebrar la vista oral y al jurado no le hicieron falta más de diez minutos para deliberar y confirmar la sentencia. Stinney, que no llegaba al metro sesenta de altura ni a cincuenta kilos de peso, se convirtió en el preso más joven ajusticiado en la silla eléctrica en Estados Unidos.

Hace unos meses, el 17 de diciembre de 2014, la juez de Carolina del Sur Carmen Tevis Mullen emitió un dictamen en el que reconocía que el proceso contra George Junius Stinney había estado plagado de “violaciones fundamentales y constitucionales”

El pasado 17 de junio, un joven blanco de 21 años, Dylann Roff, irrumpió en una iglesia afroamericana de Charleston con una pistola cargada con munición del calibre 45. Cuando agotó los ocho cargadores, sobre el suelo del templo quedaron sin vida nueve cuerpos negros, tan negros como las flores que buscaran Betty June y Mary Emma hace más de setenta años. Entre las víctimas se encontraba un senador, Clementa Pinckney.

Y en pleno mes de julio, hace sólo unos días, con el calor que hacía en Carolina del Sur, decenas de encapuchados decidieron esperar a la tarde para echarse a las calles de Columbia. Como orgullosos miembros del Klu Klux Klan, bajo sus sábanas blancas, se quejaban de que la gobernadora del Estado hubiera decidido quitar la bandera confederada de los edificios públicos, entre ellos el Capitolio de Carolina del Sur.

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La gobernadora esgrimió, para justificar su decisión, las connotaciones racistas de la bandera. Todo ello a raíz de la matanza de Dylann Roof, que será juzgado, previsiblemente, en julio del próximo año. Es muy probable que Dylann acabe sentado en una silla eléctrica. Parecida, muy parecida a aquella en la que se sentó George Junius Stinney. Pero en esta ocasión no habrá que poner libros sobre el asiento.

Presentación (a la sombra de la mala estrella)

Hay quien nace con estrella. Y hay quien nace estrellado. Hay quien viene al mundo con un pan bajo el brazo. Y quien se vanagloria y da lecciones. Y muestra su colección de medallas. Hay quien piensa que todos los esfuerzos serán recompensados.

Hay quien llega a la vida con una flor en el culo. Y hay quien siempre fue de culo de flor en flor. Hay gente muy válida, gente con vocación de peón que asciende hasta llegar a ser el rey de espadas. Y otra gente que no, que termina, pronto o tarde, prendiendo fuego a la baraja.

Hay conductores ejemplares y pilotos suicidas. Hay Correcaminos rodeados de Coyotes. Y esta sección que hoy nace, quizá estrellada, sin una flor en el culo, sin ni siquiera unas migas de pan debajo del brazo, quiere dedicarse a muchos de esos ilustres que no llenaron tantas páginas como lo hicieron tantos hombres de bien. Ilustres ignorados.

O quizá ni siquiera ilustres. Quizá farsantes, desertores, transgresores, perroflautas, jineteras, carne de vicio o de penitenciaría, desdentados, alimañas, víctimas, cobardes, gente que llegó a pisar el lugar equivocado en el peor momento, cabezas de turco…

Personas que levantaron su copa hacia la mala estrella. Como si no supiéramos ya todos que hay que brindar con cava, o al menos con un vino, aunque sea de cartón. Pero no, siempre ha habido radicales, descerebrados, ignorantes, insolentes o insensatos dispuestos a brindar con agua.

¡¡¡Va por ellos!!!

¿Hacemos un ‘simpa’?

Le he pillado el gusto a esto de meterme en este blog a través del ordenador de Ramírez. Hoy seguro que no me descubre. Son las tantas de la noche, y yo, como ordenanza, tengo llaves de la empresa. Él debe de estar durmiendo ya en la cama de su madre. Y el autor del blog, ni me importa, ¿para qué lo crea si luego no lo cuida y permite que entre cualquiera? Es como levantar una casa, quitarle las puertas y no ir siquiera a dormir. Allá él. Yo soy Cayo, de Cayetano, Cayetano Cuerva. Y aunque parezca mentira, me preocupa Grecia.

Y en la moto, mientras voy con el casco enfundado desde el Tontódromo hasta el Polígono Oeste, no dejo de darle vueltas a la cabeza: Grecia, los griegos, Pericles, la democracia, la Venus de Milo, Micenas, espectáculos taurinos, el Partenón, con sus frisos en el centro de Londres

Y reconozco que no sé nada de política. Es que ni la entiendo. Juegos de intereses como si fueran tronos. Pero todo en peligro. Toda Grecia pendiente de un hilo porque el primer ministro quiere hacer un ‘simpa’. Y toda Europa alarmada. Como el dueño de un bar. Si se me van estos sin pagar, ¿quién me dice que después no lo harán otros, España, Portugal…?

Estate al loro, deben de decir en la troika, que esto se contagia, que mira a España, que a las barbas de Rajoy se le suben gente con coletas y con apellidos que parecen objetivos a quemar, con piercings, abuelas respondonas y murcianas a las que hace unos cuantos años les dio por mear en mitad de la Gran Vía. Radicales de izquierda. ¿Radicales? Sí, yo soy radical. Ni de izquierdas ni de derechas. Pero nada del centro. Radical.

A statue of Greek philosopher Plato is seen in central Athens

 

Pese a ello, y a los tres lunares de tinta azul que me marcan desde hace tiempo en mi mano derecha, he leído mucho. Y lo sigo haciendo. Entre fiesta y fiesta. Entre moto y moto, cigarro y cigarro. Paginillas de Chomsky, de Russell, de Keynes, de Galbraith, de Marco Aurelio y de Maquiavelo… Porque sí, porque si no leo no lo creo.

De la cultura del terrorismo y de la cultura del miedo. Y he visto mucho. Tanto como para describir la política del miedo. Esa que surge en cada campaña en cada uno de nuestros pueblos. Eso de “¡que vienen, que vienen!”, que te quitarán el pan, que violarán a tus hijas, que no tendrás reposo ni techo. ¡Ufff! Que vienen, que vienen. En Grecia, Murcia o Nicaragua. Siempre vienen, y lo alimentan, el miedo a que vengan, a que lleguen de una vez. Y yo eso, eso aún no lo he visto.

Séneca (a quien también he leído pese a llevar tatuado un ‘amor de madre’ en mi brazo izquierdo) vino a decir acerca del miedo: “No nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles, pero en realidad son difíciles porque no nos atrevemos a hacerlas”.

Bueno, dejo esto que acabo de recibir un whatsapp de un colega, que están en El Botellas, y allí casi nunca pagamos.

Relajado

Perdonen, en primer lugar, por usar este espacio. Porque yo no soy José Alberto Pardo, ese tipo que aparece en la foto del blog, con un dedo estirado a lo largo de la cara, seguro que igual que él, un estirado. La gente que tiene cargos suele ser así. Se les suben a la cabeza. No, yo soy Cayo, de Cayetano, Cayetano Cuerva para más señales. Y trabajo de ordenanza.

Y a menudo, en mi empresa, pues qué queréis que os diga, me meto en algún ordenador para ver la internet. Que en casa no tengo. En realidad me pongo siempre en el mismo, en el de Ramírez, que está en un rincón tan gris como él, denso como el agua sucia; pero no voy a hablar de Ramírez, que seguro que es un funcionario ejemplar. Eso sí, en un rincón, alejado del resto y lleno de telarañas que atrapan todos los sueños, como si fueran moscas.

Yo venía a hablar de lo que he leído. Y escribo aquí porque sí, porque me vi identificado en eso del ‘si no lo leo no lo creo’. Parece ser que Ramírez sigue este blog. Lo tiene en sus favoritos. Y yo he aprendido a descifrar contraseñas de internet.

Pues decían en el artículo del que hablo que el heavy metal es un relajante. Y, claro, me sorprendió. Dicen que incluso el punk. Que todo es un relajante. Lo cuentan unos investigadores de la Universidad de Queensland, que, según la noticia, debe de estar en Australia. Yo no he ido nunca tan lejos; casi siempre, cuando no trabajo, me muevo entre El Progreso y La Fama. Y no, no tengo estudios.

Pero escucho mucho heavy, eso sí, y mucho rock. Y sólo me quedo con frases incendiarias. “Voy a empaparme en gasolina una vez más, voy a rasparme a ver si prendo”. Que va a ser que no, que relajado, relajado, no estoy. Pero, claro, si hay un estudio, y de la universidad de Queensland, que literalmente debe de estar en el culo del mundo, de nuestro mundo… ¿Quién soy yo para negarlo?

fuego

Y tan relajado me encuentro que me he pasado al punk, supongo que en un proceso evolutivo normal, y me pongo a bailar pogo en cuanto tengo ocasión. Patadas, codazos, los que llaman extremistas me quedan demasiado a la derecha,…

Lanzo escupitajos y leo a Zola, voy con pantalones de cuadros y casi nunca sé hacia donde. Pero, no, por más que lo lea, no lo creo. Yo no me relajo. Cada día me hago un piercing y sueño con partirle la cara a un profesor de Australia. Ya me veo dándole al puño de la moto de empresa. Quemar la ciudad. Siempre y cuando me dé la dieta para la gasolfa. Pero callo, yo, Cayo, silencio,… abren la puerta y, cómo no, es Ramírez, este tipo piensa que va a heredar la empresa… tengo que cortar aquí… Como me pille en su ordenador no sé qué va a pasar… Igual hasta me echan. Apago. ¡Qué estrés!

Pobre delegado

Las cosas no le han ido bien a este pobre delegado. ¿Cómo se iba a imaginar lo que se le venía encima, a él, que presidió desfiles tras desfiles de fuerzas de seguridad del Estado armadas hasta los dientes, cuadrándose a su paso? ¿Cómo no se iba a sentir fuerte, poderoso, respetado, con toda una carrera política que se abría al ritmo de sus pasos?

Primero aquellos trapos sucios, presuntos, que se remontaban a los años en los que se sentaba en el despacho de la consejería de Obras Públicas. Era junio del año pasado y el juez lo llamaba a declarar como imputado por un caso con un apelativo épico, Novo Carthago. Pobre Bascuñana, la carrera empezaba a ir cuesta abajo.

Pero no había de qué preocuparse. La sociedad estaba ya hecha a nombres y nombres de tramas y causas judiciales: Umbra, Biblioteca, Totem, Zerrichera,… Y además, aquí él no estaba solo. Le acompañaban en el listado de políticos señalados por Novo Carthago otros rostros conocidos como el de Antonio Cerdá y una nutrida representación de ex altos cargos del Gobierno regional. Hasta se le debió de dibujar una sonrisa cuando el juez apuntó después a Pilar Barreiro y, para más inri, al omnipotente y omnívoro Ramón Luis Valcárcel. Estos dos últimos salieron, por el momento, de rositas. Y el tiempo no jugó a tu favor, pobre delegado.

Cerdá, tu único compañero de cuitas en activo, fue devorado por su padre Saturno, omnímodo Valcárcel, en una estrategia de partido para allanar el camino de la nueva promesa, a quien se le dibuja, ladrillo a ladrillo, toda una esperanzadora carrera política. Y entonces te quedaste solo en Novo Carthago. Y las voces pidiendo tu dimisión no cesarían desde entonces de resonar en tu cabeza. Pero tú te aferrabas. Tú seguías siendo el delegado del Gobierno.

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Y para colmo aquel incidente. Mira que debió de ponerte nervioso. Si al fin y al cabo no fue nada, pensabas. Pero la prensa se había enterado. Y ahí sí, ahí tuviste que empezar a pensar por vez primera que aquella prometedora carrera que te construiste estaba en peligro. Por eso, cuando alguien de este periódico llamó a tu gabinete de prensa a preguntar por lo sucedido de madrugada en la rotonda de Isla Grosa tú movilizaste a tus altos cargos en la Guardia Civil. Fue uno de ellos, un muy alto cargo, el que respondió después al periodista. No pasó nada. No hay constancia. No existe informe de nada.

Pero tú sí sabes que existe informe. Y también sabes que te equivocaste. Pero cómo lo ibas a prever. Venías de Molina, de las fiestas patronales, un sábado dedicado al ocio. Y era ya de madrugada cuando os encontrasteis con el control de tráfico. Tú ibas de copiloto, sí, pero por qué tenías que suponer que el agente debía reconocerte de inmediato, cuadrarse y dejarte marchar. Eso no nos pasa a casi nadie, pobre delegado. Demasiados desfiles y caminos abriéndose a tu paso.

¿Alguna novedad?, le preguntaste. Y la cara del guardia civil se debió de quedar a cuadros. ¿Alguna novedad? Yo no tengo por qué darle novedades. Y tres amigos tuyos de testigo, y tú saliste del coche, esto lo arreglo yo. Soy Joaquín Bascuñana, delegado del Gobierno. Y el agente que te pide el dni. Y tú que no cedes y que insistes. Con lo fácil que hubiera sido, como todo hijo de madre. Pero no, páseme a un superior. Y al final los agentes acceden. Y llaman al capitán de tráfico. Y el capitán lo arregla todo y te deja ir. Y por eso acaba envuelto, como tú, en otra causa judicial. Él, por actuar mal a sabiendas; tú, por no obedecer las órdenes de la Guardia Civil, precisamente tú, pobre delegado del Gobierno.

Digamos que quizá pecaron de exceso de celo, o quizá de precavidos, porque nunca se sabe lo que puede pasar dentro del cuerpo en un incidente con el delegado. Pero el hecho es que, pese a que no se hizo referencia en el parte diario a lo ocurrido, al parecer por orden superior, los agentes sí relataron lo ocurrido en un informe interno. Y quizá se habló de otras cosas que no son delito, como lo de ir con alguna copa de más, pero que no ayudaban a tu imagen.

Al día siguiente, cuando llamó la prensa, cuando llamaron desde este periódico, comenzó la caza de brujas. Y el informe llegó a tus manos. Y lo leíste. Y se ordenó su desaparición. Y se buscó a los agentes. Y se les localizó. Y se les intimidó.

Y volviste a dejar pasar el tiempo. Hasta que la lucha política no te dejó más opción. Y fueron Novo Carthago y el nuevo mapa político los que te dejaron fuera de juego. No puede haber altos cargos imputados. De eso depende el nuevo Gobierno del PP. Eran demasiadas las voces pidiendo tu dimisión. Y tú, aferrado, postergando. Hasta que no hubo más vuelta de hoja. Pero eso sí, por la puerta grande, como el político que hubieras deseado llegar a ser de no encontrar tantas piedras en esa carrera que soñaste (¿qué tendrá el poder que el que lo prueba se engancha tanto?). Chafando las portadas de los diarios a todos los demás discursos con motivo del Día de la Región, el momento que elegiste para decir adiós. ¿Qué guardia civil te va a preguntar ahora quién eres? ¿Cómo no te va a reconocer?

Pero sigues empeñado en decir que no pasó nada en ese control de la rotonda de Isla Grosa. Y lo que es peor. En que los agentes nunca redactaron un informe contando lo sucedido. Sí no lo leo no lo creo. Es cierto que lo borrasteis de los ordenadores. Es cierto. Pero, ¿has pensado, pobre delegado, en que alguien hubiera guardado una copia, una copia que todavía duerme en un cajón de un domicilio particular?