Quien primero lo huele, debajo lo tiene

Me sorprendo esta semana con un suceso ocurrido en algún lugar de Valencia. Y casi que me parto el pecho, si no fuera, si no fuera porque varios sí que acabaron a  punto de desangrarse con el pecho atravesado. Pero, claro, había pedos de por medio. Y eso siempre da risa. Caca, culo, pedo, pis…

Resulta que uno quiso echar un aire. Pero muy cerca pasaba otro, que no tuvo otra ocurrencia que responderle con los mismos gases. Y ahí se lía un quién eres tú, pues anda que tú, dos empujones, cuatro tacos, doce santos, trece vírgenes, y al final salen las armas. Si no lo leo no lo creo. Unos tiros y cuatro tipos sangrando en unas calles de Torrent.

Y todo por unos pedos. Esos que la gran mayoría dejan escapar a escondidas. Menos cuando hay un exceso de confianza. Porque las confianzas dan asco. En el sentido más literal. Y aun así todos lo hacen (a escondidas), no se conoce excepción. Pero da lugar a chistes, a tratados de arte y a ¡trágame, tierra!, ese no he sido yo…. Que por cierto, yo soy Cayo, Cayetano Cuerva… que llevaba ya algún tiempo sin entrar por aquí.

Hace unos días tuve que llevar un paquete a las torres gemelas, o así las llaman, esas que están a la entrada de Murcia. Yo subía al último piso y en el ascensor éramos seis: cuatro tipos con corbata, una chiquilla vestida de secretaria y un servidor, con el casco en una mano y el paquete en la otra. El fétido olor empezó a sentirse a la altura del cuarto, y cuando íbamos por el sexto la cara de la chica ya era un tomate de esos con aditivos que crían por Águilas, con poco sabor, sí, pero rojo, bien rojo.

Los cuatro encorbatados la miraban a hurtadillas, y la pobre, con cara de dinamita, derramaba sus ojos en el suelo del ascensor. Yo, para disimular mi estómago revuelto y lo mal que me sentía, la observaba fijamente. Supongo que sería tímida, que sólo se avergonzaba de que alguien pudiera pensar que la culpable era ella. Pero no. Puedo dar fe. Ella no fue.

Abstract background of beautiful Blue Smoke

Son historias de pedos. De las flatulencias que nos hacen reír. De las cuales Dalí, todo un genio, hizo una clasificación según su sonido y olor en sus ‘Confesiones inconfesables’. Si hasta Disney permitió que el jabalí Pumba echara sus gases en los dominios del mismísimo Rey León. Y sonreímos cuando un bebé se tira un pedete. Y nos morimos y seguimos soltando aires hasta varias horas después de que el corazón dejara de latir.

Y mientras, durante nuestra vida rutinaria, nos escondemos, claro, cerramos la puerta del aseo del bar. Y desde allí oímos en las noticias, entre el ruido de la cafetera y las tazas cayendo sobre la barra plateada,  cómo algunos buscan pactos responsables para decidir nuestro futuro. Y eso sí que da risa. No los pedos. De hecho, a veces le entra a uno mal cuerpo. Pero malo, malo. Y yo, en mi caso, cuando los oigo, como educado que soy, me quedo más tiempo en esos excusados. Pero ya estamos hablando de asuntos de fuerza mayor. Y este artículo iba solo de pedos. 

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