Rupa Saa

La historia de Rupa Saa bien la podían haber contado los hermanos Grimm. Tiene casi todos los elementos necesarios: una joven bonita, una madrastra cruel, un prometido, el padre conformista y hasta algún espejito, espejito. Si no fuera porque el último de los hermanos murió en 1863 y ella nació hace 22 años; ellos llevaron una vida cómoda como reconocidos profesores universitarios y ella sobrevivía en Muzaffarnagar, una abultada urbe del norte de India donde se confunden más de cuatro millones de habitantes.

Ella fue a la escuela; y ayudaba en las cosas de casa. Y hasta ahí todo marchaba bien. Su madrastra estaba satisfecha y su padre llevaba siempre a su boca con la mano derecha los alimentos que encontraba en su mesa cada día. Quizás fuera como un cuento, rutinario, monótono, casi feliz, hasta que a Rupa la pidieron en matrimonio.

La madrastra cruel no lo iba a consentir. Quedarse sin su hijastra, su criada, para que fuera a prestar a otro los servicios, a otro que no la había mantenido durante esos quince años que tenía ya la niña, la mujer; no, debía evitar a toda costa el enlace. Y en India, a toda costa no supone mucho coste. Un bote de ácido es barato, tan barato que cada día unas tres mujeres son rociadas con ellos.

Era de noche y Rupa Saa dormía cuando su rostro empezó a arder. Qué barato es un bote de ácido.  Qué poco cuesta hacer de un cuento una tragedia. Y a Rupa se le quemó el alma entera. Y el prometido nunca recordó haber hecho promesa alguna.

Empezó entonces la reclusión. La joven india cubrió su cara y los alimentos le llegaban, siempre con la mano derecha, a través de una pequeña ranura entre las telas que la ocultaban. Y desaparecieron los espejos. Rupa Saa se condenó, como en un cuento, a no ver nunca su reflejo.

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Fue un tío de la adolescente quien hizo de príncipe bueno. Y la quiso convencer de que no se enterrara en vida. Durante años la chica sólo salió de casa para rodearse de médicos. Más de diez operaciones para recuperar su cuerpo.

Hasta que Rupa rasgó todos sus velos y dejó de temer a los espejos. Hoy regenta un café con otras víctimas del ácido. Allí expone pañuelos y otras telas que diseña. De su padre no quiere saber nada, renunció a su apellido. La mala madrastra sólo pagó 18 meses en la cárcel. Sheroes Hangout se llama la cafetería, perdida en la ciudad de Agra.

No muy lejos de allí, en la misma urbe multitudinaria, se levanta un edificio sacado de otro cuento. Era el siglo XVII y el emperador Sha Jahan esperaba que su esposa le diera el decimocuarto hijo. Pero ella, Mumtaz Mahal, murió durante el parto. Desconsolado, el marido, quiso brindarle la mayor ofrenda conocida.

Poco después de acabar la obra, el soberano cayó enfermo. Y sus hijos se apresuraron a luchar por el imperio, hasta el punto de encerrar al padre en una habitación de un palacio. Desde allí Sha Jahan podía ver el mausoleo de su esposa. A su muerte, fue enterrado junto a la madre de sus hijos, en el Taj Mahal, quizá el panteón más bonito del mundo.

“Pero ­–como diría Michael Ende– eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión”.

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