A las puertas del Cielo

Como una travesía en el desierto después de que las aguas se abrieran, saltando de un continente a otro en embarcaciones maltrechas, decenas, cientos o miles de africanos se lanzan a la mar en busca de una tierra nueva. Y hay niños, embarazadas, familias enteras, tanto cuerpo contra cuerpo que casi se desborda.

Hasta que se dan cuenta de que están perdidos. Que las olas no avanzan. Que son decenas, varios cientos en una apretada barca. Y entonces llegan los nervios. Y los gritos y los llantos. El Mediterráneo es un mar que navega sobre muertos, pequeños huesos frágiles que esconden a los cangrejos, resaca de cadáveres, de chancletas y de zapatos gastados de tanto cruzar desiertos, de tanto caminar la arena.

Y en el horizonte azul se dibujan las siluetas de dos barcos, que son casi dos ángeles que los llevarán al Cielo. Los náufragos ven la luz, su sueño en cuestión de metros, bajo bandera extranjera. Y la ansiedad les pierde, y se arrojan como un todo, todos hacia el mismo lado. Y la embarcación maltrecha que no aguanta, no da más de sí y vuelca.Surviving migrants are seen aboard a life-rafts in the area where their wooden boat capsized and sank off the coast of Libya

Si no lo leo no lo creo. Los barcos que fueron ángeles se disfrazan de demonios. Y el mar es un hervidero de cientos de peces negros. Desde cubierta, como un juego de tragedias, van ‘pescando’ cuerpos empapados. Las olas, mientras tanto, han sacado sus guadañas. Chapoteo, gritos, lamentos… Los rescatadores no dan abasto.

Pero, ¿cuántos sois? ¿quinientos? ¿seiscientos? ¿quizá setecientos? Entre los dos barcos cuentan cerca de cuatrocientos. Eso los vivos. Los muertos suman varias decenas. Y los que se lleva el mar. ¿Cuántos cientos? Como un bulevar de Sabina, el Mediterráneo es un mar cargado de sueños rotos.

Cuando los barcos llegan a puerto, hay quien piensa bajo su manta que imaginó más bonito el Cielo; a su hermano, quizá a su hijo, se lo tragó la marea. Cerca de allí, sobre la arena, en una bonita playa, Europa sigue durmiendo, a la sombra de una sombrilla, con las chanclas en el agua.

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