George Junius Stinney

En el mes de marzo todavía no suele hacer calor en Carolina del Sur. Digamos que es un tiempo suave. Muy distinto de junio, de mediados de junio, cuando las temperaturas pueden llegar a rozar los cuarenta grados centígrados. A George Junius Stinney lo mataron el 16 de junio de 1944. Y ese día debía de hacer mucho calor en Carolina del Sur.

Stinney era un crío enclenque, negro,  con ojeras en las fotos policiales. Dicen que confesó. Que reconoció haber cometido los crímenes. Dicen…

George Stinney Jr

Cuentan que no hubo forma de encajarlo en la silla eléctrica… que hubo que prepararla… hay quien afirma que hubo incluso que apilar libros para que se sentara encima, para que su cabeza alcanzara la altura de los electrodos,… Nunca antes se había ejecutado a alguien con solo catorce años.

Unos meses antes, el 24 de marzo de 1944, más de cien personas salieron en busca de dos niñas. Dos niñas que no volvieron a sus casas y que fueron en bicicleta a buscar flores. Tenían ocho y once años. En aquellos tiempos, en Carolina del Sur, los negros y los blancos vivían en zonas bien diferenciadas. Y las dos niñas de piel rosada, Betty June y Mary Emma, pedalearon hasta salir de su barrio para encontrar flores negras.

Cuentan que hallaron las bicicletas en una zanja, cubiertas de fango. En esas fechas suele llover en Carolina del Sur. Y allí estaban los dos pequeños cuerpos de Mary Emma y Betty June, con las cabezas destrozadas… y muy cerca el arma del crimen. Hay quien asegura que fue un pico de ferroviario, otros hablan de una viga de las vías que difícilmente hubiera podido sostener un chico como Stinney.

Todavía no se habían cumplido 24 horas y la Policía detenía a George Junius, que había participado en el operativo de búsqueda. Alguien mantiene que incluso dijo que las había visto el mismo día de la desaparición. Quizás eso le perdió.

La versión oficial, la que difundieron entonces las autoridades de Carolina del Sur, fue que Stinney no tardó en confesar. Que intentó abusar de Betty June, de once años; que Mary Emma, de ocho, quiso defenderla; que él cogió el arma homicida y la emprendió a golpes con la más pequeña; que su cráneo quedó hecho añicos; que después fue hacia Betty June y prosiguió la matanza…

Nunca hubo documento alguno que confirmara aquella supuesta confesión.

Pese a ello, el proceso sí fue rápido. En Carolina del Sur, en 1944, la población blanca exigía justicia. Las autoridades de entonces, en aquel estado, querían responder a las demandas de la población. Se jugaban votos, ascensos, credibilidad…

Sólo un mes después de la aparición de los cadáveres, el 24 de abril de 1944, George Junius Stinney estaba sentado en el banquillo de los acusados frente a un jurado popular compuesto solo por blancos. Bastaron treinta días, muy cortos frente a cualquier caso que nos pueda venir a la cabeza: dos años han pasado desde la aparición en Murcia de los cadáveres de Visser y su pareja, y los acusados todavía intentan retrasar la fecha del juicio; ni se sabe cuánto tiempo lleva en instrucción el caso Umbra, con un ya exalcalde como imputado, y hay dudas de que acaso llegue a celebrarse un juicio…

En Carolina del Sur, en 1944, el proceso fue mucho más expeditivo. Bastó una jornada para celebrar la vista oral y al jurado no le hicieron falta más de diez minutos para deliberar y confirmar la sentencia. Stinney, que no llegaba al metro sesenta de altura ni a cincuenta kilos de peso, se convirtió en el preso más joven ajusticiado en la silla eléctrica en Estados Unidos.

Hace unos meses, el 17 de diciembre de 2014, la juez de Carolina del Sur Carmen Tevis Mullen emitió un dictamen en el que reconocía que el proceso contra George Junius Stinney había estado plagado de “violaciones fundamentales y constitucionales”

El pasado 17 de junio, un joven blanco de 21 años, Dylann Roff, irrumpió en una iglesia afroamericana de Charleston con una pistola cargada con munición del calibre 45. Cuando agotó los ocho cargadores, sobre el suelo del templo quedaron sin vida nueve cuerpos negros, tan negros como las flores que buscaran Betty June y Mary Emma hace más de setenta años. Entre las víctimas se encontraba un senador, Clementa Pinckney.

Y en pleno mes de julio, hace sólo unos días, con el calor que hacía en Carolina del Sur, decenas de encapuchados decidieron esperar a la tarde para echarse a las calles de Columbia. Como orgullosos miembros del Klu Klux Klan, bajo sus sábanas blancas, se quejaban de que la gobernadora del Estado hubiera decidido quitar la bandera confederada de los edificios públicos, entre ellos el Capitolio de Carolina del Sur.

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La gobernadora esgrimió, para justificar su decisión, las connotaciones racistas de la bandera. Todo ello a raíz de la matanza de Dylann Roof, que será juzgado, previsiblemente, en julio del próximo año. Es muy probable que Dylann acabe sentado en una silla eléctrica. Parecida, muy parecida a aquella en la que se sentó George Junius Stinney. Pero en esta ocasión no habrá que poner libros sobre el asiento.

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