Viernes, 12 de Marzo de 2010

Cartas a Murcialiberal: “¿El pueblo soberano?”

Siempre he tenido la costumbre de darle voz a aquellos que me quieren decir algo, aunque a veces no esté de acuerdo con la totalidad de las ideas que plasman en los artículos que me mandan. Desde que empecé a escribir este blog en La Opinión, no he insertado ninguno y eso que tengo varios esperando en la recámara.

Comienzo con el que me envió hace unos días Francisco Rodríguez Barragán, antes de la polémica del emplazamiento de los almacenes de residuos nucleares. Viene bien por la pregunta que se hacía el bueno de don Francisco sobre si el pueblo es soberano. El ejemplo que están dando los alcaldes de los municipios, que se han atrevido, por una vez, a escuchar la voz de su pueblo por encima de las consignas recibidas de sus partidos políticos, es difícil de encontrar. Estos alcaldes, con su actitud, se han acercado a la auténtica idea que tenemos muchos de lo que es realmente una Democracia, sin embargo, y por desgracia, no es lo más normal en esta España en la que vivimos, ya que en la mayoría de veces dependemos, exclusivamente, de los intereses partidistas de los políticos de cara a las próximas elecciones.

¿El pueblo soberano?

No es necesario tener un máster en ciencias políticas para reflexionar sobre la realidad de nuestra democracia; es más, todos los ciudadanos tenemos el derecho de juzgar la política y los políticos, ya que sus acciones y sus omisiones repercuten en nuestras vidas. Aunque la Constitución diga que la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado, pienso que el pueblo cada vez pinta menos en el ámbito político.

También dice la Constitución que el Congreso de los Diputados y el Senado representan al pueblo español, pero en realidad los Diputados y Senadores a quienes representan es a los partidos políticos, cuyas cúpulas dirigentes los incluyeron en unas listas cerradas y bloqueadas. La mayor parte de los españoles desconocemos a los diputados y senadores a quienes votamos. Realmente votamos con ovejuna fidelidad a unos partidos cuyos intereses no sabemos si se identifican con los nuestros, ni cuales son realmente sus programas, ni examinamos si llegaron a cumplirlos ni siquiera en parte, ni el uso que han hecho de nuestra sedicente representación.

Un voto consciente no revalidaría una y otra vez a partidos que, en el poder o en la oposición, no fueron coherentes con los programas que decían defender, no ajustaron su conducta a unos principios éticos que debían exigirse de forma radical, no buscaron el bien común, no administraron con transparencia los fondos que pusimos en sus manos los ciudadanos, no respetaron los valores que forman el entramado básico de la sociedad, sino que pretenden alterarlos en nefandas operaciones de ingeniería social.

Quizás la crisis económica y financiera que padecemos nos haga reflexionar a todos y empecemos a utilizar el sentido común. Podemos darnos cuenta de que no podemos vivir por encima de nuestras posibilidades, ni como personas ni como país. Descubriremos que la sobriedad y la honestidad tienen más futuro que el enriquecimiento injusto. Que el mejor seguro social es la familia, a la que hay que proteger en lugar de atacar. Que los intereses particulares, ya sean de personas, entidades o regiones, tienen que subordinarse al bien común. Que el poder político lleva en sí mismo peligrosos gérmenes de corrupción por lo que hay que controlarlo y vigilarlo. Que hace falta un poder judicial independiente que haga justicia con imparcialidad y rapidez.

Por el camino que vamos los ciudadanos cada vez estaremos más marginados. Por eso hay que terminar con los partidos como estructuras de poder en la que medran sus dirigentes, sus clientes, sus familiares y sus paniaguados. También hay que terminar con un sistema autonómico, caro, despilfarrador, caciquil, en el que se enriquecen oligarquías y politicastros.

Necesitamos una educación de calidad, que la sociedad misma debe organizar, para evitar que los gobiernos quieran utilizarla para adoctrinar a las nuevas generaciones. Hay que reivindicar el principio de subsidiariedad, para impedir que el estado omnipotente ocupe el espacio de acción de los ciudadanos.

Tenemos que exigir la libertad religiosa y la neutralidad del Estado y reaccionar contra la imposición desde el Gobierno de las creencias laicistas, la ideología de género, la difusión de políticas antinatalistas, la incitación a una sexualidad precoz y descomprometida.

Aunque es grave la crisis económica que nos azota, más grave me parece que se perpetúen en el poder o en la oposición estos partidos que, a mi parecer, están más preocupados por disfrutar de sueldos y privilegios que por encabezar una regeneración a fondo de esta democracia que recibimos con tanta ilusión pero nos decepciona más cada día.

Francisco Rodríguez Barragán

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Comentarios

Estoy de acuerdo con lo último que has expresado en tu escrito, pero no puedo estar en consonancia con lo que comentas sobre los partidos políticos. Estas dando pábulo a los que abogan por la Anarquía controlada. Los partidos políticos, mas que nos pese, son necesarios de momento, igual que una quimoterapia. Son los dirigentes mediocres los que hacen que todos esos males interesados nos hagan retroceder en las materias importantes. Somos nosotros los ciudadanos los que debemos aprender a no caer en las trampas de estos mediocres con suerte que llegan al poder, con eso “con mucha mierda”, válgame el dicho teatral, e intentan mantenerse en él, con electorarlísmo. Eso si que lo critico. Un saludo y te animo a seguir opinando sobre lo que de verdad interesa a los ciudadanos de a pie.

Yo creo que cambiando el asunto de elecciones de manera que el que vaya por mi pueblo/ciudad/comarca sepa que tiene que defendernos a nosotros y no lo que le ordene el partido, que gobierne el partido que más votos recaude, que el líder del partido sea elegido por todos los afiliados y no a dedo y sobre todo que se hagan referendos para asuntos serios, se arreglarían muchos problemas que arrastramos desde Dios sabe cuando.
Lo malo es que mientras el miedo de los políticos a que los ciudadanos tengamos más poder, e incluso los afiliados a su propio partido, continúe, pues así seguirá el país.

Un saludo opinador! jeje

Fijate ye yo pienso que en el “pelémico” caso de dónde almacenar esos incómodos restos, ha sido ejemplarmente democrático, por lo terrible que puede llegar a ser en sus consecuencias futuras. Es más, los que han decidido, lo han hecho en un arranque de irresponsablidad y mirando el bolsillo del pueblo.
Por mucho que digan que no es peligroso, es muy, muy peligroso y la decisión no sólo le corresponde tomarla al pueblo que decide si ubicarlo en su área, o no; si no, a un inmenso radio a sus alrrededores que necesariamente se verán afectados.
Los políticos son así. Se van a cagar a la casa del vecino para no ensuciar la suya propia y encima, les pregunta a unos pobres ignorantes al respecto a cambio de un puñado de euros…

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