Petrarca para viajeros.

PetrarcaClara Obligado, Pre-textos 2015 (XXIII Premio Juan March Cencillo de novela breve)

La nouvelle de Clara Obligado se estructura en base a tres relatos en tercera persona, intercalados en secuencias breves: la aventura de Noa, la bella joven recién casada que, llevada por no sabemos qué motivos, decide cambiar bruscamente de vida; la del joven Andrés, cuyo periplo por Europa le transformará; y el relato del viejo guardagujas, que nos remite a un pasado determinante en la vida de otro protagonista, el joven de origen argentino que viaja con Andrés, para cuya abuela la lágrima del guardagujas significó la única brecha de esperanza en un momento demasiado negro de la historia europea, que la autora ha visitado en su ficción en otras ocasiones.

Clara Obligado intercala estas historias con elipsis continuas y eficaces, alternando el ritmo rápido, factual, casi telegráfico, con el que narra la aventura de los dos jóvenes, con otro más pausado, de musicalidad más íntima, que sostiene la dramática historia del viejo guardagujas y su fría mujer, Madeleine, testigos del paso de “el tren de las mujeres”, un viaje real y terrible que emprenden, a comienzos de la segunda guerra mundial, los refugiados españoles hacia los campos de Mauthausen. El “tren de las mujeres” es el representante de un enigma que también ha visitado Obligado otras veces: el de la indiferencia o, directamente, la clara negación del dolor ajeno y del saber sobre ese dolor.

El mundo estable de la riqueza de occidente se contrapone con la inestabilidad de la inmigración y de las víctimas de los conflictos. Los prejuicios hacia los extranjeros se confrontan en la novela con la realidad posterior de unas relaciones más solidarias y menos utilitaristas que las que mantienen entre sí las clases pudientes, como son las que nos ofrecen, si nos acercamos a ellos.

¿Quién es Noa? En la nouvelle, la protagonista es una joven ensimismada como Narciso en su propia imagen, impulsiva, que se abandona a la deriva, dejándose llevar por sucesivos encuentros, entregándose a los hombres de los que obtiene el dinero suficiente para satisfacer sus gustos caros y frívolos. Una joven sin aparente voluntad, pero con la belleza pelirroja de la Venus de Botticelli, que deslumbra a quienes se cruzan con ella, como le sucede a Andrés, que no acierta a saber quién es e inventa nombres y vidas alternativas para llenar un vacío y un tedio irreflexivo que es lo único que parece habitar su cuerpo perfecto.
Frente a ella, el joven alemán representa el dolor que Noa ni siquiera puede percibir, el mundo inestable frente al mundo aparentemente estable del dinero, cuyos vínculos no se sostienen más allá de la utilidad que unos se proporcionan a otros (así interpretamos la traición de Mimí, o el abrupto abandono de Noa de su marido).

Observamos en esta novela la marca característica del estilo de Obligado: trenes, viajes, maletas, vidas que se bifurcan, homenajes (central el de Bohumil Hrabal), coincidencias y simetrías. Una prosa ágil y precisa, quirúrgica, una frialdad de acero. El libro funciona milimétricamente, los trenes se cruzan con puntualidad suiza, las coincidencias se parecen cada vez más a premoniciones o a una transmisión telepática: como cuando un nombre, Laura, se instala en la mente de los protagonistas que se encuentran a kilómetros de distancia el uno del otro.

Hay una ironía aguda en la escritura de Clara Obligado; la escritura toda podríamos decir que se establece desde una distancia irónica, pues el narrador es dueño absoluto del destino de sus personajes; pero también la observamos, más ácida si cabe, cuando confronta los prejuicios raciales con la realidad, o cuando Andrés piensa: Está bien charlar con gente diferente, conocer otros puntos de vista, y lo que observa el lector es, precisamente, su temor a esas diferencias.
Unas palabras sobre las mujeres que habitan esta novela, la mayoría de ellas depredadoras, como la efímera amante de Andrés, frívolas e inconsistentes, como Noa, como las amantes de Tassi, o como su hija, Mimí. Todas excepto las abuelas, y las albanesas, hermanadas casi en sus vocales y en unas historias de supervivencia y coraje amenazadas constantemente por el olvido. También los hombres parecen alejados de su propio eje: el maquinista y su incapacidad de hablar, los nuevos ricos, la gente del pueblo, obstinada en la negación de los hechos. Sólo una emigrante, una albanesa, parece capaz de comprender la situación del otro, y con ella comienza el último giro del texto.

Construye la autora un mundo de lujo y ceguera, sin historia aparente, que contrapone con aquel en el que prevalece la necesidad y la supervivencia, donde la historia se hace cuerpo, determinando el destino. Sobre este universo sobrevuela Petrarca, cuyos versos lee Andrés, la Venus de Botticelli, la inquietante pregunta sobre la banalidad o la utilidad del arte.

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