Ilimitados

 

imageDesde que supe de su existencia he sentido un rechazo instintivo hacia la llamada “maternidad subrogada”, es decir, el hecho de que una pareja sin hijos insemine por algún medio a una mujer de un país donde esta práctica es legal (Estados Unidos y la India, entre otros) y luego se quede con el hijo que ella ha llevado en su vientre, ejerciendo un control estricto sobre el embarazo. Unapráctica que también se ha llamado “vientres de alquiler”, dado que la pareja que contrata el vientre paga por ese “servicio”, y que sus defensores prefieren llamar “gestación subrogada”, pues entienden que no se subroga la maternidad, sino el embarazo, distinguiendo entre uno y otra (entre el hecho biológico de engendrar y el deseo psicológico de ser madre).

Hay algo profundamente inhumano en el hecho de“alquilar un vientre”: comporta una fragmentación de la mujer, reduciéndola a su capacidad reproductora, cosificándola y dejando al margen las circunstancias que la rodean; una mercantilización de los cuerpos de las mujeres necesitadas, y un ejercicio de poder de quienes tienen dinero sobre quienes no lo tienen.

Sucede como con el tráfico de órganos, que nos repugna, aunque en el caso de la maternidad subrogada la repulsa no es tanta, pues parece que todos nos identificarnos con los padres que “desean un hijo a toda costa”, y que todos sabemos lo difícil que es renunciar a un deseo si está en nuestra mano hacerlo realidad de algún modo. Sobre la mujer que presta su vientre a esa empresa no parece que nos detengamos demasiado.

En la cultura española, sobre todo en la rural, era frecuente prestar un hijo propio a la hermana o la cuñada que no podía tenerlos, porque los niños no se consideraban como sujetos (nadie pensaba en los sentimientos de rechazo, orfandad, diferencia, que podían sufrir al verse separados de la familia, en la que, normalmente, permanecían sus hermanos); los niños se concebían al servicio de los adultos, para atenderlos en la vejez, para llevar el negocio familiar, para cederlos a los que no los tenían, que veían así satisfecho, subrogadamente, su deseo de ser padres.

Entonces el proceso se hacía por necesidad económica, porque el mundo de los deseos era escaso. Se prestaba el hijo para que la pareja que lo adoptaba tuviese cuidados en su vejez, o le dejase sus propiedades, para aliviar la carga de la familia, entre otras cosas. Hoy, por el contrario, asistimos en este como en otros asuntos (tráfico de órganos –recordemos que es ilegal-, prostitución, cirugía estética, consumo desaforado, obesidad, transición queer…), si bien en diferentes grados, a un fenómeno cada vez más extendido que tiene que ver con la ausencia de la renuncia elevada a ideal, con la falta de reconocimiento de los límites, No limits, con la expansión, en definitiva, de un narcisismo omnipotente que nunca tiene bastante, y que nuestra sociedad neoliberal ha incrementado y colocado en el centro de su propuesta subjetiva, pues es completamente afín a los fines del mercado: consume… lo que sea, insaciablemente, sin fin.

Como la austeridad y la autocontención, si bien necesarias, son contrarios a este mismo mercado, su dificultad para penetrar en nuestra cultura es grande. Nadie quiere saber de la autocontención, que nos parece contraria a la libertad y al ejercicio de nuestras libertades individuales (la libertad llena las  bocas con argumentos a favor de estos temas), antigua e incluso retrógrada. Jorge Riechmann, a quien el concepto de autocontención le es caro, cita a un poeta estadounidense, William Carlos Williams, cuando afirma: “el hombre ha sobrevivido hasta aquí porque era demasiado ignorante para poder realizar sus deseos. Ahora que puede cumplirlos, debe cambiarlos o perecer”.

La regulación del deseo a través de la represión, y suposterior sublimación o transformación, es imprescindible en toda sociedad organizada. El ser humano sin represión caería por la pendiente de la locura, de la obesidad, la pereza, la promiscuidad extrema y autodestructiva, la agresividad, la extinción de las especies y el agotamiento de los recursos del planeta, es decir, sería incapaz de pactar con otros un contrato de convivencia factible, instalándose en la barbarie y en la ley del más fuerte. Sin contención del deseo no hay sociedad posible, ni lazos humanos que resistan su voracidad insaciable. Sin embargo, a los humanos no nos gusta contenernos, y racionalizamos y justificamos con la razón nuestra incontinencia (la esclavitud y el nazismo son ejemplos dramáticos de la construcción de imaginarios que buscan la expansión deseante de unos contra otros).

Si hoy podemos hablar y convivir es porque hubo renuncias. No obstante, la modernidad se abrió paso defendiendo la libertad individual y el laicismo (que coloca al hombre en el centro del universo y no a dios), y hoy celebramos ese rescate del sujeto que trajo consigo la autodeterminación, las revoluciones burguesas, la democracia, pero que, indudablemente, ha de tener sus límites.

Por que, ¿podemos seguir prescindiendo de la represión de algunos de nuestros deseos?, ¿de la negociación entre deseos propios y derechos de otros?

Es en esta tensión donde se encuentra la aceptación o el rechazo de la “maternidad subrogada”. ¿Es lícito ampliar las posibilidades de realizar el deseo de hijo de una pareja con medios mediante el “alquiler de un vientre”? En sentido estricto, lo sería si la madre decidiese hacerlo “gratuitamente”, como un acto de generosidad. La relación entre pareja solicitante y madre de alquiler se haría de forma menos desigual, y con una motivación altruista de parte de esta, que tiene derecho a dar a su hijo a otros, si así lo desea. Pero, ¿alguna mujer cedería entonces la azarosa experiencia de un embarazo? Creemos que pocas. ¿Existen, por otra parte, los derechos del niño?, ¿es tener hijos un derecho reproductivo, como afirman los defensores de los vientres de alquiler? Establecer límites suena siempre a retrógrado, porque nuestras sociedades identifican modernidad con libertad sin restricciones, tal y como el neoliberalismo triunfante ha definido.

Lo que sucede es que median importantes sumas de dinero que complican la relación entre iguales y la convierten en una relación de poder, como la que se establece entre el cliente y la prostituta. ¿Prohibir la prostitución?, ¿legalizar la maternidad subrogada? De ahí la dificultad para legislar estos deseos en nuestras sociedades, que quedan desregulados sine die.

En el fondo estamos hablando de la gestión de los deseosy de nuestra negativa a limitarlos. Tanto en la prostitución como en “los vientres de alquiler” nos encontramos con que el universo que se expande es el de quienes más tienen, que hacen valer sus deseos sobre quienes necesitan dinero prestando su cuerpo para conseguirlo.

Tanto en la prostitución como en los vientres de alquiler, los argumentos a favor reposan sobre la supuesta libertad de quienes ceden su cuerpo al otro. Un argumento también afín al neoliberalismo, la libertad individual es irrenunciable, pero muy poco realista en ambos casos. Repito: gratis, ninguna mujer se dejaría utilizar sexual ni reproductivamente por otros, si no mediaran otros afectos, como el amor. Si lo hace es porque necesita sobrevivir. Luego la libertad no es una motivación en el caso de la mujer cuyo cuerpo está en juego, y tendríamos que retomar el problema en base a otros argumentos más contextualizados, menos neoliberales.

Para mí, la cuestión reside en establecer un límite: el de la dignidad humana y la inviolabilidad del cuerpo de los seres humanos (hombres y mujeres; sabemos que el tráfico de órganos afecta más a los hombres de los países subdesarrollados). Con este objetivo deberían censurarse y prohibirse cualquier uso mercantilista de ese mismo cuerpo: prostitución, tráfico de órganos, experimentaciónmédica, vientres de alquiler. No es solo un tema que afecte a las mujeres sino a todos los seres humanos y a nuestrosderechos fundamentales.

Ampliar el campo del deseo sin querer saber de sus limitaciones, es un mecanismo perverso, sadiano, que nuestra sociedad ha autorizado porque amplía las áreas de mercado, de compra-venta, las oportunidades de negocio, pero disminuye irremediablemente la consideración de lo humano, y edifica sujetos desvalidos de una parte y omnipotentes de otra, ampliando el abismo, como lo hace el dinero, entre la pobreza y la riqueza, entre quienes tienen y pueden hacer realidad su deseo de tener más, y quienes no.

Esto es lo que pienso, y por lo que apoyo el Manifiesto No somos vasijas. http://nosotrasdecidimos.org/nosomosvasijas/

 

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