Sabado, 31 de Julio de 2010

Il y a longtemps que je t´aime (2008). Hace mucho que te quiero

hace-mucho-tiempo-que-te-quieroLa dirección y el guión de esta excelente película corre a cargo del escritor francés Philippe Claudel, conocido en nuestro país por su novela La nieta del señor Linh, publicada por Salamandra en el 2007.

Philippe Claudel nos cuenta un año después una historia escalofriante: una mujer, – interpretada con enorme solvencia por Kristin Scott Thomas–, sale de la cárcel después de quince años de condena, y la recoge su hermana menor, a la que hace ese mismo tiempo que no ve. Jugando con los diálogos tanto como con el silencio, asistimos a la reinserción de esa mujer en el mundo, en la familia de la hermana, –casada y madre adoptiva de dos niñas preciosas – , a su regreso a la vida en una ciudad francesa de provincias. El tono es pausado, objetivo, emotivo a veces, magníficamente descriptivo siempre. Lo que nos interesa es cómo la sociedad readmite a una mujer cuyo crimen, según confiesa casi provocativamente en una entrevista de trabajo a su futuro entrevistador –que la echa de la oficina acto seguido- ha sido el de matar a su hijo de seis años. El espectador, que hasta ahora no sabía de qué se trataba, retiene el aliento. ¿Seríamos nosotros capaces de amar, de emplear, de frecuentar a alguien con ese pasado a sus espaldas? La pregunta sostiene un planteamiento moral de una radicalidad extrema. Tanto el perdón como su ausencia nos interrogan. Admiramos a la hermana que le abre su hogar, que la acepta; ante nosotros desfilan cuestiones fraternas, malentendidos, la madre senil que no pudo aceptarla tras el crimen, que la expulsó hasta de la historia familiar… Y seguimos sin recuperar el aliento… hasta que el guionista Philippe Claudel decide que lo hagamos pues, en los últimos quince minutos, nos descubre el motivo de ese crimen.

No voy a desvelar ese final, malogrado a mi juicio, que hace decrecer considerablemente el nivel de la película, pero sí quiero decirles que la altura dramática, la implicación del espectador, el abanico de sentimientos que esta historia provoca –filmada con maestría, dosificada en su narración – hubiera sido mayor si el director hubiese prescindido de esos últimos datos. Porque la cuestión es suficientemente profunda en sí como para inquietarnos en lo más hondo: ¿somos capaces de perdonar a una madre asesina?, ¿es suficiente el castigo institucional para saldar un crimen semejante?, o ¿condenamos al ostracismo para siempre a los desafortunados que yerran? Aunque su delito nos espante, porque es el más terrible a los ojos del mundo, ¿tienen derecho a rehacer su vida?

Philippe Claudel no se atreve a ir hasta el final por ese camino, y consuela al espectador con un giro tan buenista como desafortunado pero que, aún así, no disminuye el interés de esta cinta, sino que nos ayuda a comprender a un director sujeto a sus propias limitaciones, a entender los límites de un autor que ha pensado y dirigido una película – a pesar de estas, a mi entender, debilidades – altamente recomendable.

Director: Philippe Claudel GUIÓN Philippe Claudel MÚSICA Jean-Louis Aubert FOTOGRAFÍA Jérôme Alméras REPARTO Kristin Scott Thomas, Elsa Zylberstein, Serge Hazanavicius, Laurent Grevill, Frédéric Pierrot, Lise Ségur, Jean-Claude Arnaud, Claire Johnston, Catherine Hosmalin, Olivier Cruveiller, Souad Mouchrik, Mouss Zouheyri PRODUCTORA UGC Images / France 3 Cinéma WEB OFICIAL http://www.ilyalongtempsquejetaime-lefilm.com PREMIOS 2008: 2 Nominaciones al Globo de oro: Película de habla no inglesa, actriz (Scott Thomas)
2008: 3 nominaciones BAFTA, incluyendo mejor película de habla no inglesa GÉNERO Drama

La pasión

La pasión
Jeanette Winterson, Lumen, 2007

Debo a Flavia Company la lectura de este hermoso libro de Jeanette Winterson. En mi biblioteca reposa otro libro de la misma autora, Escrito en el cuerpo, que nunca leí. Fue Flavia quien me llamó 5977_portada1la atención sobre esta novela que hoy recomiendo.

Escrita con un lenguaje de una limpieza tal que roza la poesía, la novela cuenta dos historias paralelas que se entrecruzan; la de Henri, un cocinero fascinado por Napoleón, al que sigue en su loca y cruel conquista de Europa y Rusia, y la de Villanelle, una hermosa joven pelirroja, veneciana, de la que acaba fatalmente enamorado. Hasta aquí nada fuera de lo común en lo que a construir una historia se refiere. Amor, guerra, fatalidad. La originalidad de Winterson radica en su forma de contar la historia, pues nos sorprende alternando sin solución de continuidad el realismo casi sucio de sus escenas de guerra, con el realismo mágico de las leyendas que salpican la novela a modo de narraciones orales, contadas al calor de una hoguera, susurradas casi. La pasión por una mujer casada roba el corazón de Villenelle en sentido literal,  lleva al crimen y al ostracismo a Henri, y produce en Bonaparte peligrosos delirios de grandeza capaces de seducir a un pueblo que muere de frío y hambre en el invierno de las estepas rusas. La pasión por el juego hace que se arriesgue la vida jugando a las cartas cuando el jugador no teme ya perder ninguna otra cosa.

Un periplo singular, jalonado de metáforas brillantes, de imágenes poderosas lleva al lector en volandas, seducido por un texto que no desfallece. Hacia el final, Josefina introduce el geranio en Francia tras su divorcio de Napoleón, la vida renace, el corazón encuentra de nuevo su lugar en el pecho de Villanelle.

“Dicen que el amor esclaviza, que la pasión es un demonio y que muchos se han perdido por amor. Sé que es verdad, pero también sé que, sin amor, vamos a ciegas por los túneles de nuestras vidas y jamás vemos el sol”.

¿Una novela romántica? No. Una novela deliciosa, magníficamente escrita, un canto a la pasión por la vida y por las historias que la dotan de sentido. Una autora altamente recomendable.

Servidumbre voluntaria e indefensión aprendida

La costumbre y la obediencia de los hombres están en la base de la servidumbre voluntaria tanto como la cobardía y el miedo, afirmaba La Boécamustie en el siglo XVI. Cuatro siglos después, Martin Seligman acuñó un concepto altamente explicativo: la indefensión aprendida; el sujeto aprende asentir que no puede hacer nada por cambiar su situación y se transforma en obediente, sumiso, extremadamente pasivo.

¿No es eso lo que le sucede a los hombres y mujeres de hoy? Seligman decía que esa indefensión aprendida era el resultado de una educación particular en la que el niño había incorporado que sus acciones no eran capaces de modificar su entorno. Como sus cuidadores reaccionan según motivaciones propias, y no en base a la relación con el pequeño, éste siente que las agresiones le vienen sin saber cómo, e igualmente arbitrarias son las recompensas. Poco a poco siente que su conducta está desvinculada de lo que le acontece y sus respuestas se van apagando. ¿Para qué actuar, se dirá el pequeño, si no soy capaz de cambiar nada a mi alrededor? No hay mejor definición de lo que nos sucede a los hombres y mujeres contemporáneos.Ya no son nuestros gobiernos, a los que votamos con mejor o
peor criterio, ni siquiera nuestros vecinos –que tienen rostro, a quienes podemos retirar el saludo, dado el caso- los causantes de nuestros males, sino
algo intangible, fantasmal, ubicuo, a quien llamamos el/los Mercados. Un amo arbitrario que nos saca el dinero para seguir viviendo, nos deja sin trabajo o
nos obliga a la austeridad, ignorándonos siempre. Frente a esa plotoplasmática Cosa omnisciente e invisible nada podemos hacer, de modo que aprendemos en muy poco tiempo – extremadamente combustibles como somos – que más vale no hacer nada. Esto es, pues, un claro ejemplo de indefensión aprendida, de servidumbre voluntaria, de muerte por inanición de nuestra capacidad de respuesta.

¿Ha de ser forzosamente así? Albert Camus era clavado a mi abuelo materno. El mismo óvalo de la cara, la misma calvicie incipiente, la mismo rostro de campesino moreno. Quizás por eso le admiro como le admiraba a él. Camus elogiaba la rebeldía, la humanidad del hombre y de la mujer radica en su capacidad de respuesta frente a la injusticia, en su reacción frente a la agresión. Sigámosle ahora, hoy: seamos rebeldes, no nos dejemos vencer. Superemos el condicionamiento moderno de la indefensión aprendida y unámonos, movilicémonos, actuemos. Seamos, en definitiva, humanos. Vivamos una vida digna, responsable con el mundo que nos ha tocado vivir, luchando contra nuestros fantasmas internos y contra los fantasmas sin rostro del mundo que nos ignora, oponiéndoles sin temor nuestra resistencia de hombres y mujeres libres.

La hija de la amante

Cuando contaba treinta y un años de edad, A.M. Homes recibe una llamada del abogado de su madre biológica solicitando su permiso para ponerse en contacto con ella, la hija que dio en adopción a las pocas horas de nacer. La escritora, que siempre supo que era hija adoptiva, accede a llamarla por teléfono, a conocerla poco a poco; este es el núcleo de esta novela de autoficción.

La madre, Ellen Ballman, era una joven de veintidós años cuando se quedó embarazada del que era su amante desde los diecisiete, un hombre casado que la abandonó al poco de saber que iba a tener un hijo, incumpliendo su promesa de irse a vivir con ella. También el padre, al conocer la decisión de la madre biológica de aparecer en la vida de la hija, decide conocerla a su vez.

La novela está estructurada en dos libros, Libro primero y segundo, de similar extensión. Fotos familiares de la autora, de su madre y su padre biológico, de su familia adoptiva, de la abuela adoptiva, abren los distintos capítulos.

El Libro primero, La hija de la amante, es el mejor narrativamente hablando. Nos cuenta la sorpresa, la ilusión y la posterior desilusión del encuentro con esa madre biológica que quedó congelada en el tiempo, en el abandono de una hija a la que nunca olvidó. Una madre perturbada, extraña, que vive sola en diferentes ciudades, sin rehacer su vida en pareja, y a la que la autora decide finalmente no seguir llamando, pues las demandas de la madre hacia ella son tan pueriles como insaciables. Su muerte prematura, causada por problemas renales que Ellen Ballman decide no tratar como debía, reproducen en A.M. Homes una pasión autobiográfica, una obsesión por la indagación genealógica que la ocupa durante algunos años.

A ella está dedicada el segundo libro. Sus investigaciones por la red, así como por diferentes asociaciones que se dedican en EE.UU a las averiguaciones biográficas, la llevan muy lejos, hasta los abuelos biológicos y adoptivos, hasta reproducir el árbol genealógico de sus antepasados, inmigrantes europeos que llegaron a América cargados de sueños, y, como ella misma nos dice, no consiguieron pasar de ser gente corriente, de sobrevivir.

La hija de la amante es un libro sobre la idealización de la madre biológica. Un fenómeno común en los niños adoptados. La necesidad de idealizar a la procreadora, el sentimiento de no pertenencia a la familia de adopción, y el posterior encuentro con la realidad de la madre de carne y hueso, que la desilusiona, son el hilo conductor de la narración.

El libro está lleno de verdades minúsculas, detalles de buena escritora, como cuando dice que el padre, el señor Hecht, volvió a hacer con ella, cuarenta años después, lo mismo que hizo en su juventud con la madre: engañarla. Prometer incluirla en su familia oficial y olvidar posteriormente la promesa, hasta el punto de negarle incomprensiblemente a la autora el documento de la prueba de ADN que le había solicitado años antes, y que, según él mismo le había dicho, confirmaba que era su hija. Este episodio, cerrado magistralmente con algunas páginas donde la autora enumera las preguntas que la negativa del padre le suscita, las interrogaciones que no han encontrado respuesta, que no la encontrarán, queda abierto para el lector tanto como en la biografía de la autora.

Hacia el final del libro, la abuela materna de adopción resulta ser la figura de identificación más poderosa. Una mujer fuerte que le enseñó a confiar en los objetos (precioso el episodio de la gran mesa de madera), en la tierra, y en los relatos. Su identificación con ella le ayuda a luchar por una maternidad biológica que se le hace difícil, dos años y medio de tecnología, nos confiesa, pero que concluye con la presencia de su hija Gertrude, que la reconcilia con su identidad.

La novela es un ejercicio de búsqueda, de interrogación sobre la identidad de una mujer en tránsito entre dos familias, una niña adoptada, amada en su familia de acogida, pero que vino a sustituir en ella a un hermano muerto. ¿Quién soy yo?, es la pregunta que atraviesa el libro de un extremo al otro. Y la reconciliación con un pasado confuso, lleno de lagunas, de datos que faltan, le permite avanzar hacia el futuro en la cadena de las generaciones.

Quizás el libro segundo no sea del gusto del lector tanto como el primero, pues en él la autora vierte su indagación en forma casi documental, mientras que en la primera parte, el interés del tema, la sorpresa de la llamada de la madre biológica, los acontecimientos que giran alrededor de su aparición ­­–tanto como de la del padre –, ayudan a acrecentar la tensión narrativa, y a seguir la novela adictivamente.

En el libro segundo, decimos, la narración se hace más, podríamos calificar de ensayística, y la autora innova en el discurso narrativo al presentarle al lector los avances de sus pesquisas como si se tratara de una investigación histórica, ya que lo es, a fin de cuentas.

Sin embargo, si nos desprendemos de las convenciones de la novela, el libro segundo nos cautiva. Asistimos en él a la pasión de A. M. Homes por saber, por salir del desconocimiento, de la ausencia en su vida de niña adoptada de esos relatos familiares que nos colocan en la cadena de generaciones, y a su esfuerzo por procurárselos con los medios que la tecnología moderna le permite. Interesante la aparición del concepto de estirpe. La búsqueda de identidad se apoya en pequeñas coincidencias, gestos comunes que la autora encuentra en una madre y un padre que nunca conoció de niña. Como si lo biológico impusiese una ley sumergida, misteriosa, de la repetición de ciertas características familiares, y Homes estuviera dispuesta a encontrar su rastro.

La lectura de este Libro segundo me ha recordado otro de Félix Romeo, Amarillo –ni novela, ni ensayo, estaríamos también aquí en el territorio de la autoficción- que indaga en el suicidio de un amigo de juventud aportando sus artículos, entrevistas, documentos, en lo que se va construyendo como una empresa detectivesca alrededor del misterio de la voluntad de morir del amigo, Chusé Izuel, cuando sólo tenía veinticuatro años.

Literatura original, necesaria, de la que se sale más sabia, y mejor.

A. la_hija_de_la_amanteM. Homes (2007), La hija de la amante. Anagrama, Barcelona, 2008

¿Quién es mamá?

97884339753482Mi madre, Richard Ford, 1998. A pesar de las excelentes críticas que ha recibido esta obra (Anagrama, 2010), lo primero que me sorprende como lectora es la escasa capacidad de introspección del autor en relación a su madre. El protagonista, Richard Ford, habla de su ella con un distanciamiento enumerativo que poco  o nada deja lugar a los sentimientos. El esfuerzo por rememorar las idas y venidas de uno y otro para procurar sus esporádicos  encuentros, ocupa más extensión que los pensamientos o los sentimientos que le dedica a lo que ha sucedido en estos.  Parece como si un intento de objetividad se impusiese a lo que esperaríamos de una propuesta autobiográfica como la presente. La pobreza analítica de la obra puede ser el resultado de una verdad: Richard Ford, hijo, casi nada sabía de su madre, Edna Akin. Como mucho, algunos datos que un biógrafo mediocre podría recoger en una investigación mínima. Quizás sea ese desconocimiento lo que nos golpea con más fuerza durante la lectura del libro. ¿Es posible que esto sea todo? ¿Es esta opacidad propia de las relaciones madre-hijo? Como el mismo Ford dice en las últimas páginas: “¿Alguna vez se tiene una relación con la madre? No. Pienso que no”.

Como señaló Anna Caballé en su reseña (ABCD, 2 mayo 2010) “El punto de partida es este, aceptar como buena y satisfactoria la relación que tuvieron… ni crítica ni reproche, tampoco un excesivo amor”.

Con esa pasión tan americana por los hechos, como si éstos fuesen monolíticos, unívocos – a X hecho le corresponde Y motivación-, Ford lleva al lector desde una sucinta exploración en la familia paterna y materna hasta el diagnóstico de cáncer y la muerte posterior de su madre.

Otro escritor, Patrick Modiano, Un pedigrí (Anagrama, 2007) hace el mismo intento rememorativo aparentemente con la misma propuesta: la de dejar hablar a los hechos, pero Modiano consigue que estos sean tan elocuentes que el resultado es un libro tan honesto como terrible. El mismo título, Un pedigrí, asimila la genealogía de Modiano con la de un animal; dice el autor de su madre: “Era una chica bonita de corazón seco. Su novio le había regalado un Chow-crow, pero ella no le hacía caso y lo dejaba al cuidado de diversas personas, como hizo conmigo más tarde. El Chow-crow se suicidó tirándose por la ventana. Ese perro aparece en dos o tres fotos y debo admitir que me conmueve muchísimo y me siento bastante próximo a él”(pag 9). Es difícil encontrar una afirmación más dura del lugar que un hijo siente que ocupa en el corazón (seco) de la madre.

Tal vez por este y otros precedentes (La hija de la amante, A. M. Homes, Anagrama 2009) esperábamos más de Ford. Esperábamos saber quién era ella o, al menos, qué tipo de vínculo les unía, no ese superficial acercamiento a esa persona sencilla que Ford acepta tal cual, sin intentar comprender, precisamente, el origen de su dificultad para hacerse preguntas. Esperábamos más, pero nos hemos quedado con las ganas.

Exilio

Me refugio en la literatura para no saber de la realidad. Pero la realidad se empeña en penetrar en mi refugio. Me asquea. España es más oscura, más inquisitorial. Me avergüenza esa justicia ciega que mira interesadamente a través de la venda de sus ojos. Asco. Exilio. Me iría de aquí a un país en el que las cosas no fueran como en este, pero ¿dónde? La derrota es absoluta. El desencanto no tiene límites. Sólo el olvido momentáneo, en tanto se digiere la ignominia, en tanto se elabora intelectualmente el acontecimiento, sirve de mínimo sosiego. Dimito de las palabras y de las acciones.
Mientras tanto: yo apoyo a Garzón.

Agota Kristof, el lenguaje originario

Hacía tiempo que no leía una novela que me retuviese el aliento como esta. Tanto como hace que leí a Herta Müller o a Elfriede Jelinek. En todas ellas el lenguaje parece recuperar su esencia, su minimalismo, dotando a las palabras con las que nos cuentan sus historias de una originalidad edénica. Es una escritura esencial, ajena al barroquismo superfluo, exenta de cualquier digresión innecesaria.

Claus y Lucas, la trilogía de Agota Kristof, es un alegato contra la guerra en el que parece que la guerra fuese consustancial al ser humano. La guerra y sus efectos colaterales, como diría hoy cualquier magnatario belicista. Son los efectos colaterales de la guerra los que, precisamente, matan, violan, reducen a la condición animal a los hombres y mujeres que la sufren. Claus y Lucas son dos hermanos gemelos que viven en plena Segunda Guerra mundial, en la Hungría invadida por los nazis, en un mundo donde el mal está presente todos los días, y donde su afán por sobrevivir les lleva a asumirlo como parte de una racionalidad plenamente justificada. Claus y Lucas son folios en blanco donde se escriben las enseñanzas de la historia. Y estas lecciones son escalofriantes.

Como Müller o Jelinek, Agota Kristof dosifica las escenas de su narración con maestría, configurando un puzzle que permite dar cuenta de lo interior, contando exclusivamente lo externo. Un interior que el lector construye, que escribe para sí mismo en paralelo a la autora.

En la línea de otra gran escritora, Carol Joyce Oates, aunque Oates con un estilo completamente distinto, estas maestras de la escritura se empeñan en contarnos al ser humano en sus aspectos menos amables, en su complejidad más honda, en su inaccesible y siniestra ambivalencia.

He leído Claus y Lucas y no he salido indemne de la novela, porque la escritura que me interesa es justamente esta, la que marca, la que complica, la que nos enfrenta a nuestra intimidad y la interroga.

Peligro

Con frecuencia me interrogo sobre la frontera entre lo íntimo y lo público. Mucho más desde que escribo este blog. ¿Dónde se establece la línea que divide los pensamientos ocultos de los que pueden ser vertidos en él?
Es domingo, paseo por un monte amarillo, pletórico de arbustos florecidos y rumor de abejas. Todo a mi alrededor es de una belleza natural apacible y renovada que invita a disfrutar de la vida y, sin embargo, tengo la lacerante impresión de que el mundo se ha convertido en un lugar plano. De que mi país es una estepa hostil donde se juzga a quienes quieren que se haga justicia, que en mi región se arruina el tejido cultural de una sociedad voluntariosa, que lo ha ido tejiendo poco a poco en años de iniciativas modestas, policromadas e independientes, sustituyéndolo por una cultura espectáculo vacía, demasiado efímera para perpetuarse, ajena a las vidas de los ciudadanos. Sufro por estas y otras muchas cosas, como si la esfera que pretendo construir a mi alrededor, la esfera que protege mi vida privada y profesional, no pudiera impedir el acoso de la zafiedad de una derecha católica y feroz, de la ignorancia de lo público de nuestros gestores, disfrazada de cultura de élite, de la pasividad de nuestros conciudadanos, en fin, de tantas agresiones que la realidad, esta mañana a saber porqué aún mas implacable, se empeña en propinarle. Comento: “Hace seis años que volví y tengo de nuevo ganas de irme”.
Maruja Torres (www.elpais.com/articulo/portada/Espana/pais/peligroso/), en un artículo que leo de vuelta a casa, sorprendida por sus enormes coincidencias con mi estado de ánimo, afirma que regresa por temor al retroceso. Maruja es valiente y su determinación me alivia. Pero necesitamos muchas voces como la suya para que este país se haga más habitable. ¿Están ustedes ahí? ¿Quieren  formar parte del coro?

En tiempos de tsunamización

A finales del pasado año, Celia Amorós escribía un artículo en Babelia sobre Simone de Beauvoir en el que acuñaba este término, tsunamización para nombrar la actual tendencia de naturalizar prácticas y opciones humanas perversas, como decir, señalaba la filósofa, que la actual crisis financiera es un tsunami. Esto es, achacar al efecto de la naturaleza, desresponsabilizando a la clase financiera y política que la causaron con su ambición desmedida y su negligencia y debilidad –respectivamente-, lo que no es más que debido al ejercicio de formas de gobierno humano.

Coincide Amorós al señalar esta tendencia con una psicoanalista muerta no hace mucho cuya obra no dejo de admirar: Silvia Bleichmar. Para ella, estamos asistiendo a un intento de demolición de una subjetividad altruista, moralmente obligada a favorecer el bien común, sin que se ofrezcan propuestas alternativas que sirvan de modelo a la construcción de una subjetividad contemporánea alternativa. El individualismo, señala, rompe con la noción de proyecto histórico compartido –aquí de nuevo se establecen puentes, ahora con la Beauvoir filósofa existencialista-, y, junto a la subordinación de la moral a la pragmática, es signo del desmantelamiento de una subjetividad que durante muchos años compartió ideales de justicia social y de igualdad de oportunidades. Una subjetividad que está siendo arrasada por nuevas propuestas socio-culturales que naturalizan la desigualdad, banalizando el dolor, desmintiendo la injusticia, borrando la noción de sujetos iguales que era el pivote de la subjetividad en vías de desaparición.

En efecto, podríamos calificar a nuestra sociedad de perversa por el tipo de goce que pretende imponer. La perversión, para el psicoanálisis, es una práctica sexual y afectiva donde el semejante es considerado como una parte de uno mismo, como un objeto; la relación entre el perverso y los otros comporta siempre una desubjetivación, pues los demás pasan a ser considerados como meras prótesis o instrumentos de su placer. Serían perversas las relaciones entre el maltratador y su víctima, por ejemplo. Como lo son, las relaciones que impone el liberalismo como modelo económico, con los más débiles.

La precariedad laboral no es más que un ejemplo de la relaciones económicas perversas que impone el modelo liberal. La actual crisis económica es la apoteosis de la perversión del modelo financiero: el enriquecimiento de una clase especulativa que no genera riqueza compartida, y que toma al resto de los ciudadanos como meros objetos de sus ansias de poder, y no como sujetos de derechos y de necesidades. Unas necesidades que, en el modelo de subjetividad anterior, eran consideradas iguales para todos los seres humanos: educación, vivienda, trabajo digno, tal y como se reconoce en la Declaración Universal de Derechos Humanos, y en nuestra constitución; pero que hoy parecen borradas del ideario de las cúpulas financieras, al tomar al ciudadano en su faceta objetal de consumidor-trabajador silencioso, y no como sujeto íntegro.

La naturalización de las consecuencias de una determinada política económica es un fenómeno peligroso que el feminismo ha denunciado hace tiempo respecto a los modos de funcionamiento del patriarcado. De ahí la alusión primera a Amorós. Se produce en multitud de ámbitos, pero hoy nos llama la atención la actual tendencia a naturalizar la precariedad.

Si pensamos que es natural que nuestra sociedad arrumbe a sus miembros no productivos, ancianos y/ o parados, escatime en el empleo de sus jóvenes, margine a los inmigrantes, subemplee a las mujeres, descargamos de responsabilidad a nuestros gobernantes y a los poderes fácticos que están tras estos hechos y nos mecemos en el conformismo, contribuyendo notablemente a nuestra propia destitución como sujetos, haciéndonos cómplices de la perversión que nos objetualiza,

No comprendo el conformismo de los jóvenes, su apatía social, su falta de proyecto colectivo, si no es como un efecto de estos mecanismos de naturalización y desubjetivación que las relaciones económicas perversas imponen, tanto en lo particular como en lo colectivo.

Dice Simone de Beauvoir: “Todo sujeto se afirma concretamente a través de sus proyectos como una trascendencia; cada vez que la trascendencia recae en la inmanencia se da una degradación de la existencia “en sí”.. Es (esta caída en la inmanencia) una falta de moral si es consentida por el sujeto; si le es infligida, se transforma en una frustración y una opresión; en ambos casos es un mal absoluto”. Si no hago proyectos me rebajo como ser humano y me equiparo a las cosas, a los objetos, abandono mi proyecto como sujeto. Y esta es, precisamente, la propuesta del sistema actual.

Recuerdo terribles escenas de Saló, de Passolini, en la que los jóvenes son rebajados a esa condición de objetos para disfrute perverso de los mayores, ¿no es esto mismo lo que estamos queriendo de ellos ahora?

¿Quién no conoce a Belén Esteban?

Les cuento, hace uno meses, durante una cena, un amigo muy informado se sorprendió de que no conociese a Belén Esteban.
- Imposible –me dijo- ¿pero en qué mundo vives tú?
Le dije que en el mío, y la cosa no llegó a más. Yo seguí sin saber quién era esa señora, aunque me informaron que ejercía de ex de Jesulín de Ubrique y que no era nada más, por lo que no sentí ningún interés en investigar sobre su persona.
Todo hubiese quedado ahí si la semana pasada el nombre de BE no hubiera vuelto a salir en otra cena con amigos.
- Es imposible que no la conozcas –reiteraban-. Eso lo dicen quienes quieren pasar por alguien que no ve la TV.
- No se puede opinar del mundo –aseguraban a coro más de dos- si no se conoce a BE. Es un fenómeno social.
- No estás en la Tierra. Hay que ver la TV para saber de qué va esta sociedad del espectáculo.
Lo que me llamó la atención fue la beligerancia de esas opiniones, la firmeza con que se atribuían quienes sí conocían a BE, sobre aquellos que no la conocíamos –he de decir que éramos tres aquella noche- un mayor conocimiento de la realidad; la pretendida imposición de un mundo que no estaba relativizado, pues no existía junto a otros, sino que se suponía EL MUNDO, objetivo y palpable, el único que era imprescindible conocer. Daba igual que estuviese leyendo durante esos días a Montaigne, Gayatri Spivack o a Peter Sloterdijk, pues el hecho de no conocer a BE era tan censurado como antaño lo fuese para un profesor de literatura no haber leído El Quijote. Y los seres que poblaban mi mundo tan ignorados, y tan irrelevantes, como para el ingenioso hidalgo la realidad.
Defendí mi posición teóricamente, incluso televisivamente, pues apelé a un reclamo publicitario que estuvo hace tiempo de moda: Hay otros mundos, pero están en este. Les informé de que el asunto de la telebasura lo había estudiado en varios libros enjundiosos, que el ascenso del a insignificancia o la soberanía del hombre común eran conceptos que me resultaban familiares. Les dije, para mi desgracia, que no era necesario conocer a BE para analizar los fenómenos de masas. Que defendía una separación radical del ser humano de la ignorancia, la gula, la zafiedad, la pura y simple expresión de los impulsos primarios. Afirmé que defendería siempre a capa y espada la superioridad de la cultura sobre la barbarie; que reivindicaba un mundo donde nadie conociera a BE. Aquí se me tachó de aristócrata.
El tufo antidemocrático que al parecer desprendían mis argumentos fue mi perdición y en la réplica se me acusó de elitista, de exclusiva, de rara, de darle la espalda al mundo real, al gusto de la MAYORÍA, que, me dio la impresión, era preciso considerar sólo porque era el de muchos.
Me sentí mal. ¿Qué nos está pasando? ¿Por qué en lugar de avergonzarnos de los insultos, los tacos, la ignorancia, la banalidad, la chabacanería, la descalificación, la planicie intelectual, nos enorgullecemos de ella? ¿Por qué no huimos de personajes como BE? ¿Cómo es que no aprovechamos las múltiples ofertas culturales que se nos ofrece para elegir un itinerario de ocio y formación subjetivado, único, en la medida en que esto es posible? ¿Por qué no defendemos abiertamente como mejor el conocimiento frente a la ignorancia? Tenemos demasiado poco tiempo para no aprovecharlo bien. A mis amigos, para más INRI, no les hace maldita la gracia la telebasura.
Belén Esteban se ha operado la nariz, he leído en la web esta mañana antes de sentarme frente al folio en blanco, voces celestiales me elevan a las cumbres del conocimiento occidental. Mis neuronas echan humo.

Les cuento, hace uno meses, durante una cena, un amigo muy informado se sorprendió de que no conociese a Belén Esteban.
- Imposible –me dijo- ¿pero en qué mundo vives tú?
Le dije que en el mío, y la cosa no llegó a más. Yo seguí sin saber quién era esa señora, aunque me informaron que ejercía de ex de Jesulín de Ubrique y que no era nada más, por lo que no sentí ningún interés en investigar sobre su persona.
Todo hubiese quedado ahí si la semana pasada el nombre de BE no hubiera vuelto a salir en otra cena con amigos.
- Es imposible que no la conozcas –reiteraban-. Eso lo dicen quienes quieren pasar por alguien que no ve la TV.
- No se puede opinar del mundo –aseguraban a coro más de dos- si no se conoce a BE. Es un fenómeno social.
- No estás en la Tierra. Hay que ver la TV para saber de qué va esta sociedad del espectáculo.
Lo que me llamó la atención fue la beligerancia de esas opiniones, la firmeza con que se atribuían quienes sí conocían a BE, sobre aquellos que no la conocíamos –he de decir que éramos tres aquella noche- un mayor conocimiento de la realidad; la pretendida imposición de un mundo que no estaba relativizado, pues no existía junto a otros, sino que se suponía EL MUNDO, objetivo y palpable, el único que era imprescindible conocer. Daba igual que estuviese leyendo durante esos días a Montaigne, Gayatri Spivack o a Peter Sloterdijk, pues el hecho de no conocer a BE era tan censurado como antaño lo fuese para un profesor de literatura no haber leído El Quijote. Y los seres que poblaban mi mundo tan ignorados, y tan irrelevantes, como para el ingenioso hidalgo la realidad.
Defendí mi posición teóricamente, incluso televisivamente, pues apelé a un reclamo publicitario que estuvo hace tiempo de moda: Hay otros mundos, pero están en este. Les informé de que el asunto de la telebasura lo había estudiado en varios libros enjundiosos, que el ascenso del a insignificancia o la soberanía del hombre común eran conceptos que me resultaban familiares. Les dije, para mi desgracia, que no era necesario conocer a BE para analizar los fenómenos de masas. Que defendía una separación radical del ser humano de la ignorancia, la gula, la zafiedad, la pura y simple expresión de los impulsos primarios. Afirmé que defendería siempre a capa y espada la superioridad de la cultura sobre la barbarie; que reivindicaba un mundo donde nadie conociera a BE. Aquí se me tachó de aristócrata.

El tufo antidemocrático que al parecer desprendían mis argumentos fue mi perdición y en la réplica se me acusó de elitista, de exclusiva, de rara, de darle la espalda al mundo real, al gusto de la MAYORÍA, que, me dio la impresión, era preciso considerar sólo porque era el de muchos.
Me sentí mal. ¿Qué nos está pasando? ¿Por qué en lugar de avergonzarnos de los insultos, los tacos, la ignorancia, la banalidad, la chabacanería, la descalificación, la planicie intelectual, nos enorgullecemos de ella? ¿Por qué no huimos de personajes como BE? ¿Cómo es que no aprovechamos las múltiples ofertas culturales que se nos ofrece para elegir un itinerario de ocio y formación subjetivado, único, en la medida en que esto es posible? ¿Por qué no defendemos abiertamente como mejor el conocimiento frente a la ignorancia? Tenemos demasiado poco tiempo para no aprovecharlo bien. A mis amigos, para más INRI, no les hace maldita la gracia la telebasura.
Belén Esteban se ha operado la nariz, he leído en la web esta mañana antes de sentarme frente al folio en blanco, voces celestiales me elevan a las cumbres del conocimiento occidental. Mis neuronas echan humo.