¿Quién no conoce a Belén Esteban?
Les cuento, hace uno meses, durante una cena, un amigo muy informado se sorprendió de que no conociese a Belén Esteban.
- Imposible –me dijo- ¿pero en qué mundo vives tú?
Le dije que en el mío, y la cosa no llegó a más. Yo seguí sin saber quién era esa señora, aunque me informaron que ejercía de ex de Jesulín de Ubrique y que no era nada más, por lo que no sentí ningún interés en investigar sobre su persona.
Todo hubiese quedado ahí si la semana pasada el nombre de BE no hubiera vuelto a salir en otra cena con amigos.
- Es imposible que no la conozcas –reiteraban-. Eso lo dicen quienes quieren pasar por alguien que no ve la TV.
- No se puede opinar del mundo –aseguraban a coro más de dos- si no se conoce a BE. Es un fenómeno social.
- No estás en la Tierra. Hay que ver la TV para saber de qué va esta sociedad del espectáculo.
Lo que me llamó la atención fue la beligerancia de esas opiniones, la firmeza con que se atribuían quienes sí conocían a BE, sobre aquellos que no la conocíamos –he de decir que éramos tres aquella noche- un mayor conocimiento de la realidad; la pretendida imposición de un mundo que no estaba relativizado, pues no existía junto a otros, sino que se suponía EL MUNDO, objetivo y palpable, el único que era imprescindible conocer. Daba igual que estuviese leyendo durante esos días a Montaigne, Gayatri Spivack o a Peter Sloterdijk, pues el hecho de no conocer a BE era tan censurado como antaño lo fuese para un profesor de literatura no haber leído El Quijote. Y los seres que poblaban mi mundo tan ignorados, y tan irrelevantes, como para el ingenioso hidalgo la realidad.
Defendí mi posición teóricamente, incluso televisivamente, pues apelé a un reclamo publicitario que estuvo hace tiempo de moda: Hay otros mundos, pero están en este. Les informé de que el asunto de la telebasura lo había estudiado en varios libros enjundiosos, que el ascenso del a insignificancia o la soberanía del hombre común eran conceptos que me resultaban familiares. Les dije, para mi desgracia, que no era necesario conocer a BE para analizar los fenómenos de masas. Que defendía una separación radical del ser humano de la ignorancia, la gula, la zafiedad, la pura y simple expresión de los impulsos primarios. Afirmé que defendería siempre a capa y espada la superioridad de la cultura sobre la barbarie; que reivindicaba un mundo donde nadie conociera a BE. Aquí se me tachó de aristócrata.
El tufo antidemocrático que al parecer desprendían mis argumentos fue mi perdición y en la réplica se me acusó de elitista, de exclusiva, de rara, de darle la espalda al mundo real, al gusto de la MAYORÍA, que, me dio la impresión, era preciso considerar sólo porque era el de muchos.
Me sentí mal. ¿Qué nos está pasando? ¿Por qué en lugar de avergonzarnos de los insultos, los tacos, la ignorancia, la banalidad, la chabacanería, la descalificación, la planicie intelectual, nos enorgullecemos de ella? ¿Por qué no huimos de personajes como BE? ¿Cómo es que no aprovechamos las múltiples ofertas culturales que se nos ofrece para elegir un itinerario de ocio y formación subjetivado, único, en la medida en que esto es posible? ¿Por qué no defendemos abiertamente como mejor el conocimiento frente a la ignorancia? Tenemos demasiado poco tiempo para no aprovecharlo bien. A mis amigos, para más INRI, no les hace maldita la gracia la telebasura.
Belén Esteban se ha operado la nariz, he leído en la web esta mañana antes de sentarme frente al folio en blanco, voces celestiales me elevan a las cumbres del conocimiento occidental. Mis neuronas echan humo.
Les cuento, hace uno meses, durante una cena, un amigo muy informado se sorprendió de que no conociese a Belén Esteban.
- Imposible –me dijo- ¿pero en qué mundo vives tú?
Le dije que en el mío, y la cosa no llegó a más. Yo seguí sin saber quién era esa señora, aunque me informaron que ejercía de ex de Jesulín de Ubrique y que no era nada más, por lo que no sentí ningún interés en investigar sobre su persona.
Todo hubiese quedado ahí si la semana pasada el nombre de BE no hubiera vuelto a salir en otra cena con amigos.
- Es imposible que no la conozcas –reiteraban-. Eso lo dicen quienes quieren pasar por alguien que no ve la TV.
- No se puede opinar del mundo –aseguraban a coro más de dos- si no se conoce a BE. Es un fenómeno social.
- No estás en la Tierra. Hay que ver la TV para saber de qué va esta sociedad del espectáculo.
Lo que me llamó la atención fue la beligerancia de esas opiniones, la firmeza con que se atribuían quienes sí conocían a BE, sobre aquellos que no la conocíamos –he de decir que éramos tres aquella noche- un mayor conocimiento de la realidad; la pretendida imposición de un mundo que no estaba relativizado, pues no existía junto a otros, sino que se suponía EL MUNDO, objetivo y palpable, el único que era imprescindible conocer. Daba igual que estuviese leyendo durante esos días a Montaigne, Gayatri Spivack o a Peter Sloterdijk, pues el hecho de no conocer a BE era tan censurado como antaño lo fuese para un profesor de literatura no haber leído El Quijote. Y los seres que poblaban mi mundo tan ignorados, y tan irrelevantes, como para el ingenioso hidalgo la realidad.
Defendí mi posición teóricamente, incluso televisivamente, pues apelé a un reclamo publicitario que estuvo hace tiempo de moda: Hay otros mundos, pero están en este. Les informé de que el asunto de la telebasura lo había estudiado en varios libros enjundiosos, que el ascenso del a insignificancia o la soberanía del hombre común eran conceptos que me resultaban familiares. Les dije, para mi desgracia, que no era necesario conocer a BE para analizar los fenómenos de masas. Que defendía una separación radical del ser humano de la ignorancia, la gula, la zafiedad, la pura y simple expresión de los impulsos primarios. Afirmé que defendería siempre a capa y espada la superioridad de la cultura sobre la barbarie; que reivindicaba un mundo donde nadie conociera a BE. Aquí se me tachó de aristócrata.
El tufo antidemocrático que al parecer desprendían mis argumentos fue mi perdición y en la réplica se me acusó de elitista, de exclusiva, de rara, de darle la espalda al mundo real, al gusto de la MAYORÍA, que, me dio la impresión, era preciso considerar sólo porque era el de muchos.
Me sentí mal. ¿Qué nos está pasando? ¿Por qué en lugar de avergonzarnos de los insultos, los tacos, la ignorancia, la banalidad, la chabacanería, la descalificación, la planicie intelectual, nos enorgullecemos de ella? ¿Por qué no huimos de personajes como BE? ¿Cómo es que no aprovechamos las múltiples ofertas culturales que se nos ofrece para elegir un itinerario de ocio y formación subjetivado, único, en la medida en que esto es posible? ¿Por qué no defendemos abiertamente como mejor el conocimiento frente a la ignorancia? Tenemos demasiado poco tiempo para no aprovecharlo bien. A mis amigos, para más INRI, no les hace maldita la gracia la telebasura.
Belén Esteban se ha operado la nariz, he leído en la web esta mañana antes de sentarme frente al folio en blanco, voces celestiales me elevan a las cumbres del conocimiento occidental. Mis neuronas echan humo.
8 de marzo
Por las mujeres, con las mujeres, a favor de las mujeres, al lado de las mujeres.
Hetero, homo, transgénero, queer.
Por la lucha a favor de la igualdad de género.
Felicidades a todas en nuestro día, por nuestro esfuerzo solidario por salir del destino ancestral que el patriarcado nos impuso.
Queda mucho camino por recorrer, pero reuniremos fuerzas para hacerlo.
Adelante.
Elogio de Fin, de David Monteagudo
He leído en un solo día la novela de David Monteagudo, Fin, publicada porAcantilado, que tanto éxito de lectores ha cosechado desde su publicación. Y la he leído de un tirón, tumbada en la cama, lejos del mundo, inmersa en su propuesta narrativa.
¿Qué ha hecho que esta novela me seduzca?
Por supuesto, su prosa excelente, ágil, con un ritmo excepcionalmente logrado, que se detiene en aquello que merece la pena para continuar con el hilo conductor de la historia, esto es, contarnos un misterioso acontecimiento de novela de ciencia ficción, articulado con otro misterio particular, menor, que le sirve de expresión al primero, pero sobre el pivota la narración entera. Lo hace sin dilaciones innecesarias, con una prosa constructora de imágenes, podría decirse que cinematográfica.
La historia es sencilla, aparentemente: un grupo de nueve amigos se reúne para celebrar el veinticinco aniversario de una noche mítica, ocurrida allá por los años de su adolescencia. A partir de ahí pasan cosas.
Las relaciones personales se exploran con una solvencia exquisita. Los personajes están diseñados con esmero; si bien algunos son más planos que otros, todos logran moverse por el escenario con competencia. La ocultación, la irritabilidad, las viejas rencillas, la superación del miedo, pero, sobre todo, la culpabilidad, magníficamente tratadas, dan cuenta de la humanidad de los nueve amigos.
No pretendo desvelar la resolución de la obra, que me ha parecido, en contra de otras opiniones, espléndida, sino invitar a que ustedes la lean.
A pesar de la originalidad de la propuesta, he encontrado huellas de La carretera, de Cormac McCarthy en la obra de Monteagudo, no sé si voluntaria o involuntariamente. Si bien el dramatismo descarnado de ésta se aleja de la solución de Monteagudo, ya que creo que, precisamente, la originalidad de Fin consiste en hacernos familiar la catástrofe, en insertarla como si nada en las vidas de los protagonistas, que siguen siendo ellos mismos, que no saben a qué atenerse; en jugar inteligentemente con el lector anticipándose a sus dudas, a sus posibles reacciones, volviendo el relato tan próximo que parece que allí, montados en bicicleta en cualquier camino de montaña, podríamos estar nosotros mismos.
¿Médicos y corrupción? No, gracias.
Había una vez, hace de eso muchos muchos años –tenemos tantos, tantos- una asociación de profesionales de la salud que defendía una mayor transparencia entre los médicos y los laboratorios farmacéuticos, pedía que la administración central y autonómica regulase la relación entre las empresas, visitadores médicos, y estos últimos, para garantizar que ningún interés espúreo a lo meramente sanitario se colase de rondón en el delicado proceso de investigación, promoción y prescripción de los medicamentos. Eran profesionales dispuestos a no disfrutar de ninguno de los beneficios que la industria les ofrecía, mientras a su alrededor otros compañeros con menos escrúpulos viajaban a Río de Janeiro, Estocolmo, o Nueva York, con atractivos programas turísticos, y escasos objetivos científicos, a cargo de la industria farmacéutica.
Se luchó mucho, testimonial y reivindicativamente, y las cosas cambiaron poco.
La Ley del Medicamento, aprobada en 2006, prohíbe «el ofrecimiento directo o indirecto de cualquier tipo de incentivo, bonificaciones, descuentos, primas u obsequios por parte de quien tenga intereses directos o indirectos», pero el ofrecimiento se hace por otros medios, y la ley se salta.
Sin embargo, como la historia te regala a veces alegrías inesperadas, la posición ética que aquellos profesionales mantenían y pretendían extender al colectivo médico en su conjunto, fue prosperando poco a poco, y hace unos días, la plataforma ‘No, gracias’, una iniciativa que nació en los países anglosajones y que se está extendiendo como la pólvora por toda Europa, se presentaba en la región apoyada por la Asociación para la Defensa de la Sanidad Pública de Murcia (ADSP) para denunciar los viejos hechos y la falta de interés de la administración en la formación de los facultativos, que caen –decían gráficamente ellos- en manos de la industria farmacéutica en cuanto a investigación y formación se refiere, con los riesgos de introducir en un comportamiento que debería ser estrictamente regido por criterios científicos y de buena práctica, los intereses del mercado farmacéutico, tan poderoso como denostado.
La noticia debe alegrarnos, pero hasta que no se extienda la conciencia de que aceptar la injerencia del sector privado en el terreno sanitario, sin un control exhaustivo, una reglamentación y un seguimiento vinculante de lo público, no es más que aceptar un peligroso tipo de corrupción que afecta a nuestro presupuesto, en el mejor de los casos, y a nuestra salud, en el peor de ellos, no habremos ganado la batalla.
Hemos asistido en nuestro país a dos procesos sociales que pueden servirnos de ejemplo para lo que, a mi entender, debería hacerse en el asunto que hoy nos concierne y en otros semejantes: el cambio de imaginario social con respecto a los malos tratos a las mujeres y la ley anti-tabaco. En ambos ejemplos, asistimos a una modificación sustancial de los presupuestos en los que se establece el debate. En primer lugar, deja de ser considero un asunto privado para sacarlo a la esfera pública, pues el proceso se acompaña de argumentos claros, publicidad suficiente y sanción social, que, juntos, hacen que la conducta que se quiere evitar, en lo singular, en lo colectivo, y en lo que a instituciones se refiere, deje de ser considerada normal o privada, para que entre a formar parte de lo socialmente punible. Terminado el proceso, los obstáculos para la injerencia de la industria farmacéutica en la práctica médica deberán tener carácter doble: por un lado, que las trabas legales sean reales, y, por otro, que a cualquier doctor se le caiga la cara de vergüenza ante sus semejantes antes de beneficiarse de esas injerencias.
Somos seres moralmente débiles, que cedemos a la presión del entorno con facilidad, por lo que, cuanto mayor sea el rigor con el que gestionemos las prácticas que regulan nuestra convivencia, más ética será esta.
La transparencia debería ser un requisito indispensable de cualquier comportamiento que afecte a lo público, de ahí que aplaudamos la aparición de plataformas como “No, gracias”, y alentemos a que cualquier profesional riguroso estimule y extienda su loable iniciativa.
Mujeres y hombres
Invierto el título de esta entrada, pues convencionalmente deberíamos haber dicho: hombres y mujeres, para ejemplificar desde el principio los cambios que se han producido en nuestra sociedad en la relación entre los géneros; son multitud, pero hoy sólo queremos centrarnos en una disyuntiva que persigue a las jóvenes en su relación con los hombres.
Mejor preparadas para la igualdad, entre otras cosas, porque somos las mujeres quienes ganamos con ella y los hombres quienes pierden, pues se trata de una redistribución del poder que antes estaba en manos exclusivamente de ellos; las mujeres de hoy se enfrentan a una decisión difícil: o aceptan la incompetencia del hombre que tienen a su lado para compartir las tareas domésticas y el cuidado de los hijos en condiciones de equilibrio, y dedican una parte de su tiempo a reeducarlos pacientemente; o abandonan la idea de ser queridas y deseadas por ellos. La cuestión afecta cada vez más a las parejas jóvenes, que rompen su relación a consecuencia, según estudios sobre las causas del divorcio, de estas cuestiones. De modo que son cada vez más las mujeres y los hombres que deciden no establecer ningún tipo de compromiso afectivo y cubrir sus necesidades sexuales con amigos con derecho a sexo, para evitar las miserias de la convivencia. Es lo que Marie-France Hirigoyen ha tipificado como un tipo de lo que llama “nuevas soledades”.
Por su parte, los hombres tienen un problema parecido: deben aprender a desear a una mujer autónoma, independiente, que ejerce su poder de decisión desde la igualdad; cosa nada fácil para ellos, pues el modelo de mujer deseable sigue siendo la que sateliza al hombre, sumisa y dispuesta a no entrar en conflicto con él. Cuando las mujeres se afirman, el deseo de los hombres desaparece. Para los hombres jóvenes, muchos de ellos provenientes de familias con roles de género convencionales, la afirmación de la mujer afecta a su autoestima, y sufren un deterioro narcisista en el que cualquier conflicto con ella amenaza su identidad masculina; de modo que la convivencia se hace extremadamente difícil también en este aspecto.
La ruptura es la salida a estas situaciones, ya que, paradójicamente, seguimos manteniendo una idealización del amor tan exigente que, en cuanto aparece el conflicto, la duda sobre la naturaleza de nuestros sentimientos nos asalta: “Esto no es amor”, se dicen nuestros jóvenes y lo buscan en otro lugar, sin resistir los embates de las diferencias.
Quizás con una educación sentimental menos romántica y más realista podríamos aprender a tolerar al otro en su singularidad, sin que se nos vaya el amor en el esfuerzo.
Ondas
Tomo un taxi a las nueve y veinte de la noche, martes, en la radio, una voz desconocida clama al cielo por una injusticia que considera cósmica: un joven de dieciséis años se ha sometido a la cirugía de cambio de sexo. El chico ha afirmado, sigue la misma voz, que desde los cuatro años se sintió niña. Horror, exclama el locutor –valga la cacofonía, el tratamiento y del asunto empieza a parecerme casi una broma- ¿cómo es posible que un niño sepa que se siente niña a los cuatro añitos?, pregunta enfático.
Yo tampoco lo resisto y pregunto al taxista de quién se trata. “Es César Vidal”, me contesta. Me alarmo. Jamás le había escuchado y me escandaliza la ignorancia capciosa con la que trata un tema tan delicado y complejo. Desde hace cincuenta años, sabemos que los niños/as tienen conciencia de su género –de sentirse niño o niña-, desde el año y medio, aproximadamente. ¿Cómo es posible, pues, que cuestione las declaraciones del joven transexual?
César Vidal continúa su repaso por las últimas medidas del gobierno. La ministra Aido deja que las niñas aborten sin el permiso de sus padres. “Ya no necesitan permiso de nadie para nada”, afirma escandalizado, de ahí que el adolescente se queje de tener que haberlo solicitado, y obtenido, de sus propios padres. ¡Que barbaridad!, en qué mundo vivimos, parece decirnos César Vidal. Ni un testimonio, ni una opinión especializada, sólo la vociferante exposición de una ideología conservadora, plana, casi diría que totalitaria, que transmite a sus oyentes sus opiniones sin argumento alguno, sin contrastar. La connotación negativa y el prejuicio se expanden por encima del razonamiento y el debate.
Abandono el taxi y subo a mi coche, en La Ser, el tema de la tertulia es el mismo, pero la exposición radicalmente distinta: especialistas y varios transexuales dan cuenta de su sa
ber y de sus experiencias de rechazo, de acoso, de recuperación, de su opción por el cambio de sexo, o no – me siento hombre sin necesidad de tener un pene, afirma uno de ellos-. El clima es dialogante, alegre. Se nota que han superado las barreras y las dificultades que les puso delante su diferencia; se congratulan de que el adolescente origen de la noticia haya tenido la oportunidad de cambiar su sexo anatómico de acuerdo con su identidad de género a una edad en que ellos aún eran insultados por ser distintos.
Me hubiera gustado que en ese programa estuviese como invitado César Vidal.
La vida, la muerte
A Javier Balibrea
Es sábado y hace frío. Como cada sábado salimos al campo a pasear. Vamos muy abrigados, lo que produce una sensación reconfortante de protección frente a la intemperie. Nos dolemos de un nuevo vertido de escombros a un lado del camino, ¿estaba ya la semana pasada? Nos adentramos en el monte. El paisaje es espléndido: pinos, ramblas profundas repletas de palmitos e higueras, pequeños valles que se abren entre montañas sensuales. Apenas un par de ciclistas nos saludan. Buenos días. Dos o tres paseantes se cruzan con nosotros. Los charcos, que el agua de las últimas lluvias ha formado en el centro del camino, están congelados. Disfrutamos como niños arrojando una piedra sobre su superficie, acariciamos la placa sólida que se resiste a nuestra presión. El milagro del agua convertida en hielo. Nuestra perra da unos tímidos pasos sobre ella y regresa a la orilla. Nos detenemos en cada uno, admirando los efectos del frío, tan raro en estos parajes. La tierra está porosa, agujereada, el hielo la ha esponjado y se hincha, frágil, como embarazada.
Los cazadores recogen sus escopetas y sus perros; comen naranjas cuya piel, rizada, dejan caer al suelo. Buenos días. Charlamos, rehacemos el mundo. Disfrutamos del privilegio de vivir en una sociedad tranquila, segura.
Llegamos al final de nuestro recorrido, al rito de mirar el valle que se extiende hacia Alicante. El silencio es roto demasiado a menudo por los amantes del moto-cross, que erosionan el monte enfundados en sus armaduras de colores, anónimos bajo sus cascos salpicados de barro.
Volvemos.
En el teléfono cae una señal de llamada perdida. La cobertura es defectuosa en esta geografía. Es un amigo que intenta ponerse en contacto con nosotros. Le llamamos. La exclamación. La sorpresa, la incredulidad, el sinsentido, el dolor es apenas atisbado a lo lejos, porque el dato no viene aún acompañado por la emoción, que se resiste a venir a su encuentro. La emoción, que camina más lenta que la vida.
Es sábado y hace frío. En su casa, apaciblemente, tan vivo un minuto antes como lo estamos nosotros ahora, un hombre bueno ha muerto.
Miedo, dos
Del otro lado están ellos. Todos ellos. Los que disfrutan desde hace años del poder y se sienten inmunes frente a la justicia. Están los que apuestan a caballo ganador, los que se sostienen en sus cargos cediendo al pragmatismo, defendiendo lo indefendible, amoldando sus conciencias al chato día a día.
Del otro lado están los que dan miedo.
Son vengativos, ya que, si la venganza es dulce, los seres humanos íntegros sólo deberíamos disfrutarla en nuestras más culpables fantasías. Ejecutarla no sería sino síntoma de ruindad. Pero ellos, los poderosos, los que creen naturalizado su puesto, los que confunden un encargo temporal con su auténtico valor; una coyuntura, tal vez azarosa, con la esencia de su mérito; la llevan adelante con orgullosa desfachatez. Ellos se vengan. Son psicópatas de lo social.
Dan miedo.
Amparados en sus cargos se arropan unos a otros: trapichean. Arrancan páginas de informes desfavorables, mutilan declaraciones contrarias a sus intereses, despiden opositores, degradan funcionarios insumisos, envían a los sótanos a quienes no les hacen la pelota. Critican y expulsan a quienes informan. Amenazan, extorsionan. Y ocultan sus tropelías con los mecanismos turbios del poder, en secretas e inmorales conductas mafiosas.
Son legión. De uno y otro signo.
A ellos les debemos una de las consecuencias más nefastas de sus tenebrosas prácticas: el descrédito de la palabra política.
Ser político es hoy sinónimo de sospechoso. La actividad más generosa y civilizadora, el gobierno de la res pública, se ha convertido poco a poco en manos de estos desaprensivos en un ejercicio degradante y degradado. Hoy día, basta para legitimarse en el uso de la palabra iniciar el discurso con una afirmación que, en sentido estricto, debería ser desatinada: “Yo no soy político”.
Este es su triste legado, su herencia cochambrosa.
Frente a ellos sólo cabe identificarles, denunciarles, separarnos radicalmente de sus modos antidemocráticos, para evitar el fácil contagio, y no sucumbir nunca a nuestro miedo.
Miedo, uno
Adoraba a Gary Cooper, admiraba la heroica decisión que asume hasta las últimas consecuencias en Sólo ante el peligro. El sheriff Will Kane que, en el último día de su mandato, elige quedarse para defender al pueblo que ya no depende de él contra los malhechores, en lugar de marcharse con su mujer en viaje de bodas. Su fortaleza psíquica brilla con luz propia por encima de la mezquina cobardía de sus conciudadanos.
Hollywood podrá ser denostado por muchas cosas, no cabe duda, pero nunca seremos lo bastante generoso con él por su defensa de la estética de la valentía. Clint Eastwood en Sin perdón, Katharine Hepburn en La reina de África, Peter O´Toole en Lawrence de Arabia, la más actual Buenas noches y buena suerte de Georges Cloony. Iconos que representaban la tensión de los hombres entre sus temores y el deber de afrontar la vida de acuerdo a los valores que les mueven y en los que creen.
Hoy casi nadie le canta a los héroes. La sociedad se ha quedado huérfana de ideales, es complaciente con la tibieza, está enferma de debilidad moral, de adaptación pragmática a las conveniencias particulares por encima del bien colectivo. Hoy nos consume el miedo.
Tengo amigos que son pequeños héroes. Héroes anónimos que no llevan la cámara a cuestas para dar cuenta de su heroicidad. Son arqueólogos sin pelos en la lengua, directores de museos y gestores culturales que programan libremente, conservadores del patrimonio que ponen en riesgo sus puestos de trabajo por amor a la verdad, periodistas que se oponen a lo políticamente correcto para contar lo que pasa, profesores que se comprometen con la sociedad en la que viven, artistas que se arriesgan a ser condenados al ostracismo institucional y al desprecio de los poderosos por decir lo que piensan, restauradores que no supeditan su criterio al beneficio de sus humildes negocios, y así, un largo etcétera. Se distancian de esa masa complaciente, cobarde, pasiva, vasalla del poder y de sus servidumbres, miedosa, y se quedan en su sitio, defendiendo lo que piensan una y otra vez. Aunque su apuesta tenga represalias.
Mis amigos tienen miedo, por supuesto, no son ingenuos, ni están hechos con otra materia que no sea la que homogeniza a todos los hombres y mujeres de este mundo: carne y huesos. Pero se enfrentan a él. Lo toman en una de sus manos, mientras en la otra sopesan la dignidad de la que no quieren desprenderse, y deciden hacerle frente y apostar por esta última.
Son como Gary Cooper, pero no tienen a nadie que les cante.
Me siento enormemente orgullosa de ellos.
El amor desgarrado de Angélica Liddell
La casa de la fuerza. Angélica Liddell
Fui a ver a La casa de la fuerza, la obra que Angélica Liddell llevó al Centro Párraga el pasado 28 de noviembre. Cinco horas y cuarto de espectáculo teatral, un tríptico, divididas por dos intermedios de quince o veinte minutos cada uno. Un reto tanto para los actores como para el público.
Si lo que podríamos llamar primer acto abre expectativas en varias direcciones, plantea tanto la cuestión de la mujer abandonada, humillada, a través de las canciones entonadas por una banda de mariachis que acompañan la voz de la artista; tanto como el consuelo que las mujeres encuentran unas en otras, una solidaridad femenina que la directora explota con cierta carga de erotismo reprimido, que sirve de acicate, de atractivo, a la obra. La segunda parte se abre con el verdadero leit-motiv que le dio origen: Angélica cuenta-confiesa a los espectadores una separación afectiva: lleva un año sola, escribe un diario, se recupera del desamor, de una relación que vivió como humillante, de un hombre que la denigró y la humilló, buscando en el gimnasio, en el trabajo y el esfuerzo, un consuelo, la salida a un dolor que vive como absoluto. Además, busca en Internet hombres sin rostro que eyaculan mientras contemplan a Angélica en ropa interior a través de sus webcam.
Quiero destacar que esta parte central es de una belleza indiscutible. Los recursos son medidos, bien pensados, y las imágenes impactantes, de una plasticidad rara, yo diría que clásica. Los colores, con un predominio del blanco en el vestuario, así como las imágenes, tienen una fuerza teatral destacable, un ritmo maestro. Pero no puedo compartir en absoluto la propuesta de la autora.
La obra se erige en una reivindicación de los sentimientos. Entre ellos, el amor aparece como fundamento de la vida de esas mujeres, las tres actrices que la conducen, que se hacen extraer sangre en escena para sacarla acto seguido de las jeringuillas y manchar con ella sus camisas blancas, justo encima del corazón. Un corazón desgarrado. La mujer aparece como una encarnación del amor pasión, entregada al hombre amado, abandonándolo todo por él, de manera que la separación se constituye en un desgarro imposible de curar, una pérdida del impulso vital que Angélica Liddell –como es habitual en otros espectáculos suyos- muestra como pérdida de sangre real: autolesionándose con cortes de cuchilla en brazos y rodillas. La sangre, como pintura, declara la directora en sus entrevistas. La herida, la fuerza y el trabajo como obligado entrenamiento en los no-sentimientos, también en palabras de la autora, de unas mujeres alienadas en los suyos.
Estas tres actrices son una sola mujer - ¿las mujeres?-, pues sus historias no aparecen subjetivadas, sino homogenizadas en un singular coro griego, realizan esfuerzos hercúleos, mueven pesados sofás de un lado al otro del escenario, modelan hombrecitos de plastilina rosa que acompañan su soledad extenuada, y, en una escena de enorme impacto visual, vacían sacos de carbón en el escenario, vestidas de blanco, de nuevo, y desplazan la montaña de piedras negras de un lado a otro, inútilmente, como parece que quiere hacernos ver que resultan todos los esfuerzos por reparar la herida amorosa a través del trabajo. Finalmente caen vencidas, agotadas, mientras el sonido de las paladas del carbón se demora, se extingue poco a poco.
Y es aquí, a partir de este punto, cuando creemos que la propuesta se hace insostenible, casi me atrevería a decir que insultante. A esas mujeres europeas, dañadas, que pueden viajar solas a Venecia para investigar en sí mismas los efectos demoledores de su desamor, las reparan cariñosamente tres actrices mexicanas que Angélica trajo consigo desde Chihuahua. Tres mujeres que portan cruces rosas, las cruces que simbolizan para el mundo los feminicidios de Ciudad Juárez.
La comparación es ofensiva. Angélica Liddell no interroga ese imaginario amoroso alienante, que somete a las mujeres a la tiranía de los sentimientos, no lo desmonta para desentrañar la patraña de una entrega pasional que se convierte en sumisión, sino que establece una continuidad entre el dolor de las mujeres humilladas en el primer mundo, mujeres educadas en una concepción patriarcal, falsa, del amor, acomodadas, subjetivadas, y el dolor, la impotencia y la muerte de las cientos de mujeres anónimas asesinadas en Ciudad Juárez; y este símil es un insulto a la inteligencia y a la verdad que Angélica Liddell no parece haber advertido.
La realidad de Ciudad Juárez, es representada casi como una crónica, pues las mujeres mexicanas nos cuentan en soliloquios emotivos la situación de indefensión de sus compatriota; n una crónica no exenta de cierto paternalismo, ya que las mujeres rotas de la segunda parte dan de comer tiramisú –levántame- a las mujeres mexicanas, lavándose mutuamente las heridas, reparándose entre sí, lo que las convierte en la misma mujer herida; la realidad de Ciudad Juárez, decía, está presente en el escenario que es ahora de un kish colorista y elocuente, que nos sitúa en el país cuyo gobierno acaba de ser condenado por el tribunal latinoamericano como responsable de los asesinatos de ocho de estas jóvenes víctimas.
La obra avanza entre gestos de reparación que unas mujeres realizan sobre las otras, intentando unir dos extremos que nos parecen irreconciliables.
Pero las cosas van a más. En boca de una de las actrices mexicanas se lanza un panfleto redencionista, un alegato, una solución, entendemos que metafórica, para que la violencia de los hombres hacia las mujeres no vuelva a repetirse: criemos hombres débiles. Acostémonos con nuestros hijos para que el horror del incesto lastre sus vidas hasta convertirlos en hombres débiles, que no maten, que no humillen a las mujeres. Aquí está la solución. Para ilustrarla, el forzudo mexicano que Angélica Liddell se trajo de aquellas tierras sale a escena, vuelca un coche repleto de flores, levanta una pesada piedra, y se adormece después en un sofá mientras las seis mujeres, y el violonchelista –maravillosa voz, ejecución limpia- coloquen sobre su cuerpo de gigante los blandos hombrecitos de plastilina que simbolizan al hombre del futuro. Por si quedaba alguna duda.
Hay dos líneas claramente entrecruzadas, a nuestro juicio de modo fallido, en esta, por otra parte estimulante, obra; la primera es la que nos cuenta el dolor de una mujer que espera del amor la redención, el sentido de su vida. Una mujer identificada, atravesada radicalmente, con los valores de género patriarcales, por más que la libertad de su conducta sexual pueda hacernos creer lo contrario. Una mujer que, parodiando el famoso best-seller, ama demasiado. Podría haberse quedado ahí la artista, y haber sido acusada de un exceso de narcisismo, de llorar por la herida, de sublimar una venganza personal, pero elevando su dolor y su rabia a una creación artística interesante, provocadora, que nos interroga sobre nuestros afectos, sobre la invención del amor en Occidente, sobre la servidumbre amorosa de las mujeres que mamamos ese imaginario. Estamos hablando de la parte central de la obra, la que transcurre entre un intermedio y otro.
Pero no, la otra línea, la que pretende elevar a universal un dolor exagerado, entrecruzándolo con los feminicidios, con los asesinatos de las maquinadoras que trabajan por un dólar hasta catorce horas diarias, que son secuestradas, violadas, torturadas, mutiladas y asesinadas, sin que la policía ni el estado haga nada por evitarlo –aún conociendo de sobra el nombre de los asesinos; remito a la magnífica investigación de Diana Washington Valdez[1], Cosecha de mujeres, amenazada también de muerte por su empeño en denunciar la impunidad de los asesinatos[2]- es, bajo mi punto de vista un desvarío. Y un desvarío teórico y formal al mismo tiempo, pues la obra se resiente, se hace plana, se adelgaza en sus significados, se banaliza en sus propuestas estéticas y en sus contenidos, en el último de los tres actos.
Lejos quedó la niña del inicio, su presencia cándida y efímera que, nos parece, remite a esos sueños románticos, a aquella ingenuidad infantil que la vida, esa vida cuyo sentido la directora dice haber interrogado en esta obra más que en ninguna otra, nos arranca con dolor y desgarro.
No obstante, y a pesar de esta polémica, que sentía como impostergable exponer aquí, es evidente que la propuesta no nos deja indiferentes, que esas cinco horas y cuarto merecen la pena, que levantan ampollas, que trasmiten emociones contradictorias, que nos incumben profunda y directamente.
El comienzo arranca una sonrisa: en un escenario despojado, apenas una mesa y unas sillas, unos estilizados micrófonos a un lado, una niña de seis o siete años se sube a un avión de juguete y se desplaza de un extremo a otro del espacio escénico sin emitir ninguna palabra. La imagen de la inocencia, de los sueños infantiles. Quizás. Luego, dos actrices se quitan las bragas, se tumban en el suelo y nos cuentan semidesnudas su desamor. Un hombre que amaba y que me amaba me dio una bofetada la otra noche. Confiesa, aproximadamente, una de ellas. El amor se convierte en eje del espectáculo. Un amor de corrido mejicano, un amor desgarrado y roto, un amor pasión que, como grita la misma Angélica Liddell en la parte central de la obra, lo entrega TODO, TODO, TODO.
[1] Washington Valdez, D.: Cosecha de mujeres. Safari en el desierto mexicano. Editorial Océano, 2005.
[2] Para saber más sobre el tema, consultar el libro de Sergio González Rodríguez, Huesos en el desierto, Anagrama, 2002. Así como en la entrevista digital que Amelia Castilla realiza a la autora en: http://www.elcoloquiodelosperros.net/curioso18dia.htm
