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La Tribu (Capítulo 2)

Cuando creía que mi espíritu estaba a punto de abandonar mi forma carnal, de repente, escucho una voz masculina a mi espalda decir –“tú venir del fuerte, tú ser soldado de la secreta”. Presto, me giré hacia quien en mi idioma me hablaba, encontrándome a un indio alto y con gafas. –“No, yo amigo…..forastero de más allá de río de la sardina”, le respondí. El salvaje me miró de arriba abajo y sonrió, al tiempo que decía –“yo te creo a tí”. Nunca supe el porqué del cambio repentino de criterio. Tal vez fuese porque mi físico y edad no se adecuaban al de los soldados de la empalizada, robustos y recios, en sus trajes azules acolchados. Más tarde averigüé que el indio se llamaba “reseteo amarillo”; que era experto informático. Al parecer, es una profesión muy habitual entre “los mataos”, junto a la de músico y cazadores de cabellera. Yo decidí llamarle con el nombre cristiano de Jorge, por parecerme más adecuado y recordarme a un viejo amigo de mi lejana tierra (en esos momentos no puede evitar pensar en mi hogar, y que las lágrimas se derramaran por mi rostro).

Me vendaron los ojos y me llevaron hasta el Gran Consejo que se hallaba reunido en el bajo de uno de sus miembros, un tal “Hernando”. En el centro del círculo estaba su jefe, Joaquín Contreras. Junto a él estaba su chamán, Juan Vicente. De este últimos se contaban historias terroríficas. Jorge me dijo que era un experto en construcción de chozas, y en sus ratos libres dirigía una especie de secta a la que llamaban “Los Viakingos”, cuyos ritos iniciáticos ponían el vello de punta a los hombres más curtidos, bajo los acordes de una música compuesta por el mismísimo demonio que habitaba las vías.

El Jefe de “los mataos” hablaba mi idioma. Según él mismo me contó, en su juventud había sido educado en un colegio “al otro lado de las vías”, llegando ser con el tiempo, incluso, misionero entre los suyos para que abandonasen sus antiguas creencias y se convirtieran en “civilizados”. Pero, al parecer, fue engañado muchas veces por los hombres blancos con falsas promesas por las que se comprometían a que “el AVE” cruzaría por debajo de la tierra de sus antepasados. Humillado y comprendiendo que nunca sería una realidad, decidió volver a su tribu para encabezar la lucha contra quienes querían destruir a su pueblo. Esas y otras cosas que no puedo relatar, pues una maldición caería sobre mí y los míos, me fueron desveladas aquella noche en el Gran Consejo.

Tras la reunión, y habiendo constatado que yo era  digno de confianza, me llevaron a presenciar una de sus ceremonias secretas. Arribamos a una explanada que ellos denominan “arcagjamidia”, que en nuestra lengua significa “Plaza del soterramiento”. Esta se encontraba ubicada frente a “Fort-Santiago el Mayor”, desde donde había partido tan sólo hacía un día, pero que a mí se me antojaba una eternidad. El Jefe subió a la alto de una roca y comenzó a recitar una extraña letanía, que el “indio Jorge” me iba traduciendo, y que hablaba de cuando sus antepasados llegaron a esa tierra; de cuando vivían en paz con “los del otro lado” intercambiado productos; de la llegada de nuevos colonos con los que convivían en paz y armonía, y que se ubicaron en las tierras conocidas como “Ronda Sur”. De cómo se enteraron de la próxima llegada del “tren AVE”, ya que sus tierras se encontraban dentro de “El corredor del Mediterráneo”, y de la construcción de una empalizada que las rodearía. Rogaron a los espíritus de la Comisión Europea durante mucho tiempo, pero sus plegarias no parecían tener respuesta. El gobierno cada vez enviaba más soldados a la frontera y hacía incursiones en las tierras de “los mataos”, llevándose prisioneros a algunos de ellos o multándolos. A veces el Jefe era interrumpido por un griterío de los indios, que era su manera de asentir a lo que este decía.

“Los Viakingos” habían preparado mientras tanto una gran hoguera en el centro, y cuando el jefe bajó de la roca, se lanzaron como posesos a bailar alrededor de la misma, con sus misteriosos instrumentos y cantando como energúmenos. Según Jorge, la canción versaba giraba sobre un elegido que derribaría la empalizada. Daba la sensación de estar en el mismísimo averno, pues iban provistos, además, de unos cascos con cuernos y cubiertos por sus pinturas de guerra. El cántico iba subiendo de intensidad y se iban incorporando más y más “mataos” a la frenética danza. Hubo un momento en el que me sentí transportado, al tiempo que misteriosas figuras parecían surgir del fuego sagrado.

De repente, sin previo aviso, desde el fuerte surgieron unos carros con luces azules que arremetieron contra los indios. Estos corrieron despavoridos en todas direcciones. Los niños lloraban y algunos hombres se enfrentaban a los soldados pidiéndoles explicaciones, pero eran reducidos sin contemplaciones. No sabía que hacer, pues los soldados se dirigían hacia mí y algo me decía que daba igual que les dijese que yo no era “un matao”, porque no me iban a escucha. En esos momentos, un brazo tiró de mí y me llevó apartándome de la carga a un lugar protegido.

Continuará en el próximo y último capítulo

La Tribu (Capítulo 1)

Tal vez hayan oído ustedes hablar de una extraña tribu de salvajes, “Los mataos”, que habita allende las vías y de su lengendario jefe, Joaquín Contreras. Corren rumores de que son caníbales, podemitas o satánicos; incluso hablan de un falangista renegado que se oculta entre ellos. Hasta no hace mucho nadie sabía de su existencia, pero el gobierno ha decidido trazar un ferrocarril por sus tierras y al parecer se han levantado en armas, teniendo que que recurrir al ejercito, bajo el mando del famoso general Bernabé, quien fue llamado a sofocar la rebelión indígena cuando se hallaba en la capital del reino y a punto de tomar las uvas de nochevieja. Pero el servicio es el servicio, y a disciplinado nadie gana a Paco. El caso, es que la noticia ha despertado mi innata curiosidad y decido emprender un viaje a esa tierra ignota. Si no vuelvo, quiero que sepan que marcho confesado y en paz.

Después de varias jornadas recorriendo un imenso páramo, llego a un estrecho río que los lugareños llaman “Segura”, en el cual habita una sardina gigante que según ellos devora a los piragüistas despistados en las noches de luna llena. Supongo que serán paparruchas de los nativos para asustar a los forasteros. Una vez al otro lado, el barquero me entrega un crucifijo mientras se santigua dirigiendo inmediatamente a toda prisa su embarcación a la orilla contraria.

Es de noche cuando llego a las inmediaciones de “Fort Santiago el Mayor”. Allí hay un destacamento de caballería, último bastión de la sociedad civilizada y que evita las incursiones de los belicosos indios. Me informa el capitán del campamento que lo que pretendo hacer es una locura, que seguramente no regrese vivo y, lo peor, mi muerte sea bajo terribles sufrimientos, pues de todos los habitantes de la frontera es conocida la crueldad de “la tribu”. Me comenta también, que muchos de sus hombres han tenido que ser relevados debido a la presión que sufren al vigilar la construcción de una empalizada o muro, la cual sufre continuos ataques por parte de los subversivos, haciendo que sufran de los nervios y que vean indios por todas partes. –“Yo no entré en la caballería para esto”, me comenta uno de los soldados al oído mientras se gira de repente, como si algo o alguien se le acercase por detrás. –“¿No los oye?, siempre están cantando”, me insiste. Pobre hombre, es evidente que ha perdido la razón y sufre de esa enfermedad llamada “melancolía”. He de reconocer que la conversación ha surtido efecto en mi ánimo, a pesar de haber fingido en todo momento indiferencia y un escalofrío recorre mi espalda. No se que me espera al otro lado de las vías. Aún así, la decisión esta tomada y no hay vuelta a atrás.

Está amaneciendo cuando las puertas del fuerte se abren para dejarme salir. Los soldados me observan desde lo alto de la empalicada con sus limpios y brillantes uniformes azules, con una mezcla de perplejidad y sorna en sus miradas. Comienzo a cruzar el estrecho paso rodeado de extraños sonidos a mi alrededor. Avanzo con cautela. De repente, sin saber de donde han salido, me encuentro rodeado de un grupo de mujeres armadas de lanzas y arcos. Visten unas camisetas blancas con unos extraños símbolos en negro. Creo que mis días de aventuras han llegado a su fin y encomiendo mi alma al creador. Cierro los ojos…..

 

Fin del primer capítulo.

Una declaración de intenciones

Desde hace algunos años, llevo haciendo mis pinitos como articulista aficionado en las redes sociales, principalmente en Facebook. Durante todo este tiempo he comentado sobre diversos temas, tales como el soterramiento y la llegada del AVE en superficie, con su correspondiente muro. He escrito sobre música –al fin y al cabo fui DJ en mi juventud- , derecho –que es mi profesión- e , incluso, me he atrevido a hacerlo sobre política, un mundo que he conocido más de lo que quisiera y en el que nunca he salido bien parado, por determinadas circunstancias que otro día contaré. Me comentan la mayoría mis allegados que soy, quizá, demasiado prolífico. Sin embargo, otro sector de ellos –el más temerario e inestable mentalmente- me ha estado animando a que me tome en serio lo de escribir. Más allá de un pequeño baño de ego, nunca me he dejado llevar por cantos de sirena; ya no se si por vergüenza o por ser consciente de mis limitaciones.

Pero he aquí, que un día, sin saber como, alguien de “La Opinión” se pone en contacto conmigo para ofrecerme la posibilidad de dar rienda suelta a mi incontinencia verbal, escrita y gestual, a través de una nueva sección de blogs que han creado. Y yo, claro, henchido de orgullo y falsa modestia, contesto afirmativamente, convencido de mi valía e imaginando mi nombre compartido por miles de lectores ávidos de mis periódicas opiniones, como exégetas de un nuevo evangelio; hasta había pensado en dejarme la barba al “estilo profeta”.

Y, por fin, llegó el día de la verdad; el día que me siento frente al ordenador. Despejo la mesa alrededor del teclado, cruzo los dedos hasta hacerlos crujir, miro a la pantalla y ella me mira a mí. Sonrío y la pantalla me devuelve la sonrisa….. Pasan los minutos, y la cara reflejada en el cristal ya no sonríe; es la faz del miedo, del fracaso….del miedo escénico y del “síndrome del folio en blanco”. Mil ideas corretean por mi mente y me hablan, como pequeños diablillos que disfrutan con el espectáculo de mi derrota: “¿No eras tú el que no dejaba de escribir comentarios hirientes contra los políticos por el tema del AVE en superficie?, ¿acaso no eres la misma persona que sacaba el látigo contra aquellos que hablaban de tu pasado político como único argumento para desacreditarte?. ¿Y dónde esta esa pasión dialéctica defendiendo las causas justas –o injustas, pero eso no viene al caso-, contra gigantes, molinos de viento y todo aquello que se te opusiera?”. ¡Callad, malditos!. Sinceramente, hubiese preferido escuchar aquella frase de “memento mori” que le recitaban a los emperadores romanos en sus desfiles triunfales.

Tras un periodo de tiempo, que calculo en tres canciones de Belle and Sebastian y un anuncio de coches en el youtube, la paz retorna a mi cabeza. Ya no escucho las voces ni la música (¡maldito wifi!). Por fin he comprendido la verdad: da igual lo que escribas, pues a nadie le interesa y probablemente tampoco te lean. Y es entonces cuando descubro que he escrito mi primer no-artículo. Aunque yo prefiero pensar que es una declaración de intenciones.

Prometo que la próxima vez (si antes el director no ha borrado mi blog, previo exorcismo), escribiré algo sesudo sobre esos temas de los que, con tanta frecuencia, suelo hacerlo para los amiguetes. Pero hoy, la realidad se ha impuesto a la soberbia. Eso sí, a partir de ahora, cada vez que lea un artículo de cualquier otro, sabré apreciar el esfuerzo y el buen hacer del autor, e intentar aprender.