La Tribu (Capítulo 1)

Tal vez hayan oído ustedes hablar de una extraña tribu de salvajes, “Los mataos”, que habita allende las vías y de su lengendario jefe, Joaquín Contreras. Corren rumores de que son caníbales, podemitas o satánicos; incluso hablan de un falangista renegado que se oculta entre ellos. Hasta no hace mucho nadie sabía de su existencia, pero el gobierno ha decidido trazar un ferrocarril por sus tierras y al parecer se han levantado en armas, teniendo que que recurrir al ejercito, bajo el mando del famoso general Bernabé, quien fue llamado a sofocar la rebelión indígena cuando se hallaba en la capital del reino y a punto de tomar las uvas de nochevieja. Pero el servicio es el servicio, y a disciplinado nadie gana a Paco. El caso, es que la noticia ha despertado mi innata curiosidad y decido emprender un viaje a esa tierra ignota. Si no vuelvo, quiero que sepan que marcho confesado y en paz.

Después de varias jornadas recorriendo un imenso páramo, llego a un estrecho río que los lugareños llaman “Segura”, en el cual habita una sardina gigante que según ellos devora a los piragüistas despistados en las noches de luna llena. Supongo que serán paparruchas de los nativos para asustar a los forasteros. Una vez al otro lado, el barquero me entrega un crucifijo mientras se santigua dirigiendo inmediatamente a toda prisa su embarcación a la orilla contraria.

Es de noche cuando llego a las inmediaciones de “Fort Santiago el Mayor”. Allí hay un destacamento de caballería, último bastión de la sociedad civilizada y que evita las incursiones de los belicosos indios. Me informa el capitán del campamento que lo que pretendo hacer es una locura, que seguramente no regrese vivo y, lo peor, mi muerte sea bajo terribles sufrimientos, pues de todos los habitantes de la frontera es conocida la crueldad de “la tribu”. Me comenta también, que muchos de sus hombres han tenido que ser relevados debido a la presión que sufren al vigilar la construcción de una empalizada o muro, la cual sufre continuos ataques por parte de los subversivos, haciendo que sufran de los nervios y que vean indios por todas partes. –“Yo no entré en la caballería para esto”, me comenta uno de los soldados al oído mientras se gira de repente, como si algo o alguien se le acercase por detrás. –“¿No los oye?, siempre están cantando”, me insiste. Pobre hombre, es evidente que ha perdido la razón y sufre de esa enfermedad llamada “melancolía”. He de reconocer que la conversación ha surtido efecto en mi ánimo, a pesar de haber fingido en todo momento indiferencia y un escalofrío recorre mi espalda. No se que me espera al otro lado de las vías. Aún así, la decisión esta tomada y no hay vuelta a atrás.

Está amaneciendo cuando las puertas del fuerte se abren para dejarme salir. Los soldados me observan desde lo alto de la empalicada con sus limpios y brillantes uniformes azules, con una mezcla de perplejidad y sorna en sus miradas. Comienzo a cruzar el estrecho paso rodeado de extraños sonidos a mi alrededor. Avanzo con cautela. De repente, sin saber de donde han salido, me encuentro rodeado de un grupo de mujeres armadas de lanzas y arcos. Visten unas camisetas blancas con unos extraños símbolos en negro. Creo que mis días de aventuras han llegado a su fin y encomiendo mi alma al creador. Cierro los ojos…..

 

Fin del primer capítulo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *