Una declaración de intenciones

Desde hace algunos años, llevo haciendo mis pinitos como articulista aficionado en las redes sociales, principalmente en Facebook. Durante todo este tiempo he comentado sobre diversos temas, tales como el soterramiento y la llegada del AVE en superficie, con su correspondiente muro. He escrito sobre música –al fin y al cabo fui DJ en mi juventud- , derecho –que es mi profesión- e , incluso, me he atrevido a hacerlo sobre política, un mundo que he conocido más de lo que quisiera y en el que nunca he salido bien parado, por determinadas circunstancias que otro día contaré. Me comentan la mayoría mis allegados que soy, quizá, demasiado prolífico. Sin embargo, otro sector de ellos –el más temerario e inestable mentalmente- me ha estado animando a que me tome en serio lo de escribir. Más allá de un pequeño baño de ego, nunca me he dejado llevar por cantos de sirena; ya no se si por vergüenza o por ser consciente de mis limitaciones.

Pero he aquí, que un día, sin saber como, alguien de “La Opinión” se pone en contacto conmigo para ofrecerme la posibilidad de dar rienda suelta a mi incontinencia verbal, escrita y gestual, a través de una nueva sección de blogs que han creado. Y yo, claro, henchido de orgullo y falsa modestia, contesto afirmativamente, convencido de mi valía e imaginando mi nombre compartido por miles de lectores ávidos de mis periódicas opiniones, como exégetas de un nuevo evangelio; hasta había pensado en dejarme la barba al “estilo profeta”.

Y, por fin, llegó el día de la verdad; el día que me siento frente al ordenador. Despejo la mesa alrededor del teclado, cruzo los dedos hasta hacerlos crujir, miro a la pantalla y ella me mira a mí. Sonrío y la pantalla me devuelve la sonrisa….. Pasan los minutos, y la cara reflejada en el cristal ya no sonríe; es la faz del miedo, del fracaso….del miedo escénico y del “síndrome del folio en blanco”. Mil ideas corretean por mi mente y me hablan, como pequeños diablillos que disfrutan con el espectáculo de mi derrota: “¿No eras tú el que no dejaba de escribir comentarios hirientes contra los políticos por el tema del AVE en superficie?, ¿acaso no eres la misma persona que sacaba el látigo contra aquellos que hablaban de tu pasado político como único argumento para desacreditarte?. ¿Y dónde esta esa pasión dialéctica defendiendo las causas justas –o injustas, pero eso no viene al caso-, contra gigantes, molinos de viento y todo aquello que se te opusiera?”. ¡Callad, malditos!. Sinceramente, hubiese preferido escuchar aquella frase de “memento mori” que le recitaban a los emperadores romanos en sus desfiles triunfales.

Tras un periodo de tiempo, que calculo en tres canciones de Belle and Sebastian y un anuncio de coches en el youtube, la paz retorna a mi cabeza. Ya no escucho las voces ni la música (¡maldito wifi!). Por fin he comprendido la verdad: da igual lo que escribas, pues a nadie le interesa y probablemente tampoco te lean. Y es entonces cuando descubro que he escrito mi primer no-artículo. Aunque yo prefiero pensar que es una declaración de intenciones.

Prometo que la próxima vez (si antes el director no ha borrado mi blog, previo exorcismo), escribiré algo sesudo sobre esos temas de los que, con tanta frecuencia, suelo hacerlo para los amiguetes. Pero hoy, la realidad se ha impuesto a la soberbia. Eso sí, a partir de ahora, cada vez que lea un artículo de cualquier otro, sabré apreciar el esfuerzo y el buen hacer del autor, e intentar aprender.

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