Jueves, 18 de Marzo de 2010

Guerra justa, guerra sucia

Gran Torino

“Get off my lawn!”

(¡Sal de mi jardín!”)

Se le concedió el premio Nobel de la Paz por sus ideas esperanzadoras y sus promesas de reforzar el diálogo como instrumento fundamental de las relaciones internacionales, a pesar de que, instalado ya en la Casa Blanca, respirada ya la atmósfera del terror, vista de cerca la cara del enemigo, sus mensajes empezaban a hablar menos de esperanza que de represión. “Hay que capturar o matar a Bin Laden“, ha dicho Hillary Clinton.

El clímax de esta evolución fue el discurso de Oslo, cuya palabra más pronunciada ha sido ‘guerra’, lo que ha desconcertado a sus amigos de la izquierda, mientras que sus opositores se han cargado de razón: “Obama dice ahora lo mismo que decía Bush”, “Obama se ha vuelto neocon“.

Siempre se acusó a Bush de actuar aterrorizado por el 11-S. El terror le llevó a la venganza, se dijo. Sin embargo, el terror (al sufrimiento, al fracaso, a perder votos) también puede llevar a la rendición. Las consecuencias en los dos casos serán perjudiciales a largo plazo.

Pero no creo que Obama se haya vuelto neocon. Hay todavía una diferencia entre lo que está haciendo él y lo que hizo Bush. Lo que convirtió a Bush en un enemigo de la libertad no fue que ordenara la invasión de Irak, sino que lo hiciera con mentiras y pruebas falsas. Lo que ha hecho Obama es admitir que la paz suele exigir un precio, que el diálogo está bien, pero sólo cuando no es una coartada del miedo. Y esto es lo que lo diferencia de nuestro Zapatero y de los socialdemócratas españoles.

El diálogo acaba cuando nos enfrentamos a situaciones extremas en las que la inacción o la cesión contribuyen a propagar el mal (o aquello a lo que se intenta poner freno con el diálogo). El uso de la fuerza es necesario cuando ya se han agotado todas las alternativas. La guerra no siempre es lo peor. (Eso lo sabe todo el mundo excepto los pacifistas al estilo Gandhi). Y entonces se usa la fuerza legítima. Y son las guerras justas de las que habla Obama.

Lo que ocurre es que las guerras justas tienen la manía de convertirse en guerras sucias.

Así que el debate más honesto debería ser: ¿utilizamos métodos sucios en algún caso? ¿nos saltamos el paso del diálogo para ganar tiempo? ¿nos quedamos a este lado de la ley y soportamos las consecuencias y pagamos el precio? Un tribunal islámico sentencia a muerte a una mujer por adulterio… en Tarragona: ¿Qué hacemos mientras esperamos a la Policía?

Walt Kowalski sí sabe lo que hay que hacer: no está dispuesto a quedarse sentado en el porche de su jardín.

“No se hará”

¿Qué piensa Valcárcel?, se preguntaba Montiel… “que nadie ponga sus esperanzas en Valcárcel, al menos a esta hora, para salvar San Esteban. Pero tampoco abandonen la posibilidad de rescate a través de una intervención suya, directa o discreta”.

Afortunadamente Montiel se equivocó (para ser justos, fue el único error de su análisis) al predecir, en el destacado de su artículo, que “de Valcárcel puede esperarse poco”.

No se hará. El parking no se hará. La magnitud de los restos hallados hacen imposible la construcción de un aparcamiento”.

Pero aplaudir la intervención del presidente no implica dejar de exigir responsabilidades políticas por la forma en que se ha llevado desde el Gobierno todo este asunto. Si seguimos el razonamiento de Montiel, la decisión del presidente es un motivo más para el despido de su consejero de Cultura. No puede convertirse en valedor de los restos arqueológicos y pretender que eso no supone una desautorización del consejero.

Emociones sin razón

“El presunto autor de la muerte entraba en los juzgados

con rostro impasible…”

Decía en el comentario anterior que la razón sin las emociones es ciega ante los valores. Entonces llegaron los periódicos del sábado. Y el ABC se quedó como pegado encima de la mesa del salón. Allí estuvo varios días, con esa fotografía y ese titular que identificaba la mirada de un asesino. ¿Cómo mira un asesino? Algo se me removía por dentro y no sabía qué era. Ahora creo que era lo siguiente: uno puede ser un asesino, pero su mirada nunca será la de un asesino. Es decir, un periodista puede decir “ese hombre ha sido condenado por matar”, pero no puede decir: “tiene mirada de asesino”. A no ser que caiga en un delirio de ficción o entienda que su trabajo consiste en contar las cosas con la ambición de un escritor de historietas de kiosco. Las emociones sin la razón nos pueden abocar a los más oscuros abismos. Cuando no están al servicio de la reflexión sino del sensacionalismo y el morbo, cuando no sirven para profundizar sino para facilitar la construcción de baratas historias de buenos y malos, las emociones desatan los peores instintos.

La marioneta en el periódico

Emociones y periodismo

¿Qué papel juegan las emociones en la percepción e interpretación de los acontecimientos políticos? ¿Qué peso tienen en el proceso de formación de nuestras opiniones? ¿Puede la deliberación racional inspirarse o guiarse por las emociones?

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La sensibilidad guía nuestra atención hacia aquello que importa, afila nuestra percepción sobre las cosas a las que damos valor. Aunque a veces pueda confundirnos, a menudo ilumina la razón porque nos informa sobre la verdadera naturaleza de una situación práctica.

Las emociones no son arrebatos ciegos, sino que están ligadas a las creencias: a nuestra concepción de cómo es el mundo y qué nos parece importante. Son, por lo tanto, componentes de nuestra estructura ética, que nos facultan para percibir matices que profundizan en el razonamiento intelectual y agudizan nuestro juicio racional.

Las emociones no garantizan la verdad ética, pero es indudable que la relación entre sentimiento y juicio es más rica de lo que parece. Una buena deliberación requiere una compleja percepción y una respuesta emocional adecuada que capte no solo las ideas abstractas sino lo concreto de los afectos implicados en las situaciones sobre las que se piensa. Captar la verdad exige en ciertas situaciones un equilibrio entre la reflexión y la emoción.

Y si esto es así, el periodismo, que es un registro de acciones humanas, no puede descuidar esa faceta de la sensibilidad como un modo ético de percepción. Pero el hecho de que estén las emociones tan ligadas a las creencias es lo que las convierte tan a menudo en agentes distorsionadores de la percepción. Cuando nuestras creencias se alejan de la virtud, o son indiferentes a una idea del bien, corremos el peligro de alentar a dirigentes que ocultan tras sus discursos y banderas la semilla de la destrucción.

Somos responsables de nuestras emociones y deberíamos asumir la responsabilidad de aquello que nos infunde simpatía. Fomentar una imagen amable de personajes como Chávez y Castro, aunque sólo sea por lo extravagante de sus indumentarias de boina roja o chándal, es un error intelectual en el que todavía se sigue cayendo.

Hechos, discursos

Tras el atentado del 11-S, Bush invadió Irak.

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Tras la matanza de la base de Fort Hood, Obama hizo un discurso: “Puede ser difícil comprender la lógica retorcida que llevó a esta tragedia. Pero lo que sí sabemos es que ninguna fe justifica estos actos asesinos y cobardes; ningún dios justo y amoroso los mira con favor. Y por lo que hizo, sabemos que el asesino debe enfrentar la justicia; en este mundo, y en el siguiente”.

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¿Qué hará Zapatero tras el secuestro del Alakrana?

Nuestros marineros están libres y vuelven a casa. ¿Saben lo que de verdad me importa?, que los marineros vuelven a casa, todos a estar con sus familias”.

¿Cómo ocultará su impotencia? ¿su incompetencia? ¿sus mentiras?

El Muro

El Muro en Letras Libres

La bloguera cubana Yoani Sánchez ha denunciado que fue retenida y maltratada, junto a otros blogueros, por efectivos de la Seguridad del Estado cuando se dirigía a una manifestación en favor de la no violencia. Según cuenta en su blog, varios policías la metieron a la fuerza en un vehículo y la maltrataron: “Fui secuestrada al peor estilo siciliano, con violencia verbal, física, llaves de inmovilidad, rodillazos”. Cuando pidió auxilio a los viandantes que presenciaron la agresión, los agentes dijeron: “No se metan, estos son unos contrarrevolucionarios”.

Dice que cuando la liberaron pensó en su hijo: “Por Dios cómo voy a explicarle todos estos morados. Cómo voy a decirle que vive en un país donde ocurre esto, cómo voy a mirarlo y contarle que a su madre, por escribir un blog y poner sus opiniones en kilobytes, la han violentado en plena calle. Cómo describirle la cara despótica de quienes nos montaron a la fuerza en aquel auto, el disfrute que se les notaba al pegarnos, al levantar mi saya y arrastrarme semidesnuda hasta el auto”.

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“Tiene razón Iván de la Nuez -decía este miércoles Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia-, cuando escribe que nuestra generación, los que andábamos por la veintena hace dos décadas, nos abrimos al mundo ‘gracias a la experiencia liberadora de aquel 1989′. Lo dice él, que fue niño en el castrismo, y lo digo yo, que fui niño en el franquismo”.

Pero no fue una liberación fulminante. Tuvieron que pasar todavía algunos años, y muchos libros y muchos periódicos, para ir despegando con convicción los posters del Che de la pared, la estrella roja de la cazadora, para ir arrinconando en el desván los discos de Silvio y Pablo o las películas Reds o Novecento…

Pero sí, ahora lo veo

1989. El primer año de la libertad, y también del amor y del periodismo.

El último año de la inocencia o del engaño.

El fin de la adolescencia.

Ejemplaridad pública

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En un mundo colmado de medios, pero indiferente acerca de los fines y las normas

No importa lo que uno haga

No importan las razones de la fama

De ahí que se diga: “Lo que hace no me gusta, pero hay que reconocer que es un maestro en la forma de hacerlo”

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Los mismos que arremeten contra la publicación de basura, encumbran (y cubren de dinero) a los responsables

Estos fósiles de una época en la que la transgresión era el motor de la libertad, se han convertido ahora, que ya no hay Estado opresor, en conspiradores de la vulgaridad

Y si entendemos el periodismo, la comunicación, las artes en general, como agentes de civilización

habrá que recordar que los cínicos no sirven (para este oficio)

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Las artes acumulan “un enorme poder carismático y transformador del corazón humano y están llamadas a desempeñar un alto cometido educativo en nuestra época post-ideológica, igualitaria y secularizada”. Se espera de ellas que “colaboren en la tarea de forjar una individualidad emancipada y socializada en plenitud”.

Javier Gomá, en su libro Ejemplaridad pública (Aguilar)

Esposas y democracia

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Crisis económica, quiebra de las ideologías, corrupción generalizada, descomposición moral, alejamiento de la política, apatía ciudadana, resignación. Todo eso ya lo vivimos en los años 80.

Ahora, como entonces, se elevan las voces que reclaman un rearme moral y nuevas formas de liderazgo intelectual.

Nunca llegó ese rearme moral entonces, y no llegará ahora, cuando el cinismo parece ya una condición de supervivencia. Como consecuencia, vuelven a escucharse quejas por el aumento de la desafección ciudadana hacia la política. Algo que no debería extrañar a quien lea los periódicos:

Blanqueo de dinero, comisiones de constructoras, tráfico de influencias y cohecho, adjudicaciones amañadas de obras públicas, etc.

La corrupción salpica toda la geografía española, Cataluña incluida, y afecta a los principales partidos. La sucia (por dentro) y resplandeciente (por fuera) red de negocios, política y mafia que sostiene las estructuras del poder parece tan indestructible que desmoraliza a cualquiera.

Sin embargo, no deberíamos olvidar que la solución al mal funcionamiento de nuestra democracia pasa por impulsar la democracia. Y que es gracias a ella que podemos asistir a este desfile de corruptos esposados como una escena de autodefensa del sistema. Es decir, a nadie debería escandalizarle que los políticos roben. Lo que debería importarnos es la fortaleza de las instituciones encargadas de su vigilancia. Por ejemplo, la Guardia Civil, la Policía, los jueces, el parlamento. Y, por supuesto, la prensa.

¿Dónde estaba la prensa estos últimos años mientras la Policía hacía su trabajo pisándole los talones a los políticos que ahora han sido detenidos?

¿Dónde estaba la prensa cuando los políticos implicados en el caso Gürtel se repartían el pastel con los mafiosos?

Si hubiera habido entonces tantos periodistas como había hoy a las puertas de la sede del PP (sólo porque, oh, iba a hablar el líder), los corruptos no habrían podido actuar con tanta impunidad. Si la prensa prestara tanta atención a lo que hacen los políticos como se la prestan a lo que dicen, la tentación del robo sería menor.

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Aparte: ¿Por qué se publican las imágenes de los políticos presuntos delincuentes? Porque aparecieron. Porque estaban ahí delante. Porque ocurrió realmente. Y porque es un asunto relacionado con la vida pública.

Especuladores

Periodismo de anticipación o de previsión, que se atreve a adelantar lo que va a ocurrir.

Abunda justo donde menos debería hacerlo: en los deportes, que cuando son realmente deportes son imprevisibles.

Que se lo digan a los lectores del Marca.

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Está más cerca de la especulación, en el sentido peyorativo de la palabra: perderse en hipótesis sin base real. O traficar con hechos que todavía no se han producido.

Y frente a los especuladores, la rara venganza de la realidad cuando se presenta maravillosa:

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El secreto de sus ojos

El tren

Por la tarde me compré un libro de Susan Sontag (todos sus ensayos y relatos han sido reeditados en bolsillo) y por la noche fui al cine con mi mujer a ver El Secreto de sus Ojos. La sala estaba llena y a los espectadores les gustó la película, a juzgar por el silencio que reinó durante toda la proyección. Algunos incluso aplaudieron cuando se encendieron las luces. A mí también me gustó. Me parece una película intensa y, a ratos, sobrecogedora. Y sincera.

Va sobre un hombre que, al jubilarse y verse solo en su casa, se dedica a recordar una época crucial de su vida. Ambientada en la Argentina de comienzos de los años 70 y a partir de una historia de amor y de la investigación de un crimen, la película trata sobre la fugacidad de la vida y sobre las cosas que dejamos pasar y no se hacen, es decir, sobre las distintas vidas que caben en una sola vida, y de cómo todas ellas se funden en los recuerdos. ¿Sucedió así o lo que tengo es el recuerdo de un recuerdo?, se pregunta uno de los personajes cuando en su rememoración de los días pasados empieza a dudar de los hechos.

Es todo lo que nos pasa tan incierto, dudoso y frágil… nos viene a decir esta historia. Por eso el protagonista decide escribir una novela sobre aquellos años tan importantes de su vida: para comprenderlos, como un acto de rebeldía ante lo que la vida nos niega continuamente.

La película cuenta los efectos que produce el contraste entre esa fragilidad de las cosas y la rotundidad de nuestras decisiones individuales en el amor observado a través del tiempo. Y lo hace, fundamentalmente, y esto es cine del grande, mediante las miradas de los dos actores protagonistas: Ricardo Darín y Soledad Villamil. Y tras proponer un final, que es un principio, como no podía ser de otra manera, la puerta se cierra, ocupando toda la pantalla. Como debe ser.

Al día siguiente leí un artículo de Susan Sontag en el que reivindica el orden, el juicio moral, la trama y los finales como componentes básicos de las historias de ficción, entendidas como viajes a través del espacio y el tiempo. “La novela imita las estructuras esenciales por las cuales sentimos que vivimos en el tiempo y habitamos un mundo e intentamos dar sentido a nuestras vivencias. Pero consigue lo que las vidas vividas no pueden ofrecer, salvo después de que hayan concluido. Le confiere -y sustrae- el significado o sentido de una vida”.