El horror artificial

A veces la realidad parece irreal, por insólita, por nunca vista. Estoy pensando en los cuerpos recogidos con palas y depositados en una plaza de Puerto Príncipe. ¿Qué hace la televisión con esos fragmentos de irrealidad? Parece como si hubiera sido inventada para captar momentos así. Lo irreal se vuelve entonces, a base de repeticiones y de aproximaciones, un horror artificial. Cómo escribir sobre Haití, se preguntaba David Trueba ayer. En la televisión, sin embargo, nadie se pregunta qué mostrar.
¿Qué tenemos derecho a ver? No porque algo sea real tiene que ser visto. Una época en la que se ve en directo, y repetido hasta el aburrimiento o la anestesia de la razón, la imagen de los cuerpos amontonados está abocada a comportamientos humanos que nadie es capaz de predecir. Ver esos cuerpos convertidos en objetos hiere la sensibilidad, algo insano nos atraviesa. Verlos a todas horas y en todas partes es una forma de tortura. Mostrarlos, por lo tanto, sin saber muy bien el motivo, sólo porque están ahí, es una agresión injustificada a la ciudadanía. “El peligro que corremos tras la torrentera de imágenes –decía Trueba- es el de la banalización, el efectismo sin sustancia, el abuso de la emoción, hasta degenerar en la indiferencia. Hay demasiadas pantallas, demasiadas ventanas, para que cualquier suceso no pase a ser carnaza, alimento del morbo y finalmente una vulgaridad”.
Eso no significa que tengamos que dar la espalda al horror. Pero ¿por qué no aceptar que no estamos allí? Cuando ir hacia el horror se convierte en una especie de industria o viaje organizado (maratones de solidaridad con presentadoras sonrientes que más bien parecen animadoras de fiesta de cumpleaños) o una oportunidad de negocio, las palabras y las imágenes que nos traen quienes allí van son tan destructivas de lo real que todo viaje habrá sido vano.
Afortunadamente, en el lugar de la tragedia no hay sólo cámaras. También hay reporteros. Los enviados especiales de los periódicos llegaron a Puerto Príncipe el viernes. Ya habíamos visto todas las imágenes, habíamos estado allí entre los cadáveres. Qué puede aportar una crónica, dos páginas de texto que relata lo que ya hemos visto. Lo que da una crónica bien escrita es precisamente lo que nos ha robado la televisión. El lugar visto por una persona. Es decir, la catástrofe humanizada, en el buen sentido. El dolor visto como dolor. Los cuerpos vistos como pérdidas humanas, con toda la trascendencia de la muerte. La televisión, sin embargo, es el lugar visto por una máquina, la cámara. La catástrofe, deshumanizada. El dolor visto como puro grito. Los cuerpos muertos como objetos, como carne plastificada, la muerte sin trascendencia.
Viendo los telediarios, el periodismo me da asco. Leyendo las crónicas de los periódicos el periodismo se vuelve tan necesario como lo ha sido siempre.
La falta de ayuda transforma la angustia en ira, Pablo Ordaz
Earthquakes and journalism, Steve Coll
It looks like the end of the world
A brave virginian-pilot: no fear, better than words, and a bold and necessary front page
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Comentarios
Me he puesto a buscar el libro de Sontag por las estanterías del salón y no hay manera. Después de revisar los sitios en los que debería estar, cambio de estrategia y lo busco por los rincones donde me hubiera gustado que no estuviera: me agacho, me pongo en cuclillas, me echo debajo del escritorio. Tampoco está. Pero en el ángulo más escondido de la estantería de pladur, a ras de suelo, detrás de una de las patas de la mesa, donde se enmarañan los cables del ordenador me topo con ‘El hombre en busca de sentido’.
PD. Estoy de acuerdo con lo que dices, pero lo que ocurre es mucho peor. En televisión lo importante no es la condición de la imagen o los límites de lo que se muestra. La clave está relacionada con lo que tú planteas: su falta de entendimiento, su incapacidad para pensar. De ahí vienen sus males en forma de vulgaridad, morbosidad, sensacionalismo y banalización. Ver información en televisión es como escuchar a Mozart en un radiorreceptor con las pilas caducadas.
Gracias a ti.
Estoy confundido con vosotros dos o no entiendo ni jota del post.
¿Puede que todas estas imagenes hayan sido el detonante para recabar la cantidad ingente de ayuda?
Yo he visto lagrimas en los ojos de gente viendo las noticias, las imagenes, el dolor.
¿Que hacemos cerramos la ventana y miramos para otro lado?
No lo entiendo.
Saludos,
Jesús
No se trata, Jesús, de ocultar o suavizar la realidad de un suceso tan trágico como el del terremoto de Haití. Pero no por mostrar, sin una previa reflexión, todo lo que ocurre se garantiza la integridad de la realidad. Además del hecho de mostrar ciertas imágenes que no respetan no respetan a las personas, vivas o muertas, que carecen de contenido informativo y cuya finalidad es el morbo, lo que más contribuye a distorsionar la realidad es el exceso y la ausencia de un propósito que vincule la descripción de la realidad con valores como la dignidad humana y la compasión. Y en ciertas situaciones, el único gesto de respeto posible es apartar la mirada.

Una entrada radical (no esperaba otra cosa :)), pero necesaria.
Supongo que la clave, aparte del sentido común, es lo que pueda aportar la imagen en sí. Desde un punto de vista periodístico, quiero decir. No es lo mismo un cuerpo descuartizado como consecuencia de una bomba terrorista, o de la guerra, que el resultado de un accidente o de una catástrofe natural. En ambos casos, de todos modos, los límites deberían estar suficientemente claros para el periodista, o para el editor, por más que siempre haya situaciones en los que surjan dudas nada fáciles de resolver, porque ni esto es una ciencia exacta ni los criterios son universales. Lo importante es que, en esos casos, la foto pase el tiempo suficiente sobre la mesa del redactor jefe mientras éste se devana los sesos sobre qué hacer con ella; que exista debate, que se cuestione su relevancia al máximo nivel. Que se avise (¿no se hacía antes siempre?) al lector, o al telespectador… Pero corren malos tiempos para el periodismo reflexivo. En fin, no seamos pesimistas (’ni conformistas!). Rendirse no es una opción. Hagamos nosotros, en la medida de nuestras posibilidades, el periodismo que pensamos que debe hacerse. Detrás de esas máquinas de imágenes sigue habiendo seres humanos que eligen qué o a quién reflejar, cómo, cuándo, dónde y por qué.
Gracias por el artículo, y por los enlaces.
PD. Imagino que has leído “Ante el dolor de los demás”, de S. Sontag. Sí, creo recordar que sí.