Emociones sin razón
“El presunto autor de la muerte entraba en los juzgados
con rostro impasible…”
Decía en el comentario anterior que la razón sin las emociones es ciega ante los valores. Entonces llegaron los periódicos del sábado. Y el ABC se quedó como pegado encima de la mesa del salón. Allí estuvo varios días, con esa fotografía y ese titular que identificaba la mirada de un asesino. ¿Cómo mira un asesino? Algo se me removía por dentro y no sabía qué era. Ahora creo que era lo siguiente: uno puede ser un asesino, pero su mirada nunca será la de un asesino. Es decir, un periodista puede decir “ese hombre ha sido condenado por matar”, pero no puede decir: “tiene mirada de asesino”. A no ser que caiga en un delirio de ficción o entienda que su trabajo consiste en contar las cosas con la ambición de un escritor de historietas de kiosco. Las emociones sin la razón nos pueden abocar a los más oscuros abismos. Cuando no están al servicio de la reflexión sino del sensacionalismo y el morbo, cuando no sirven para profundizar sino para facilitar la construcción de baratas historias de buenos y malos, las emociones desatan los peores instintos.

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