Arte en el transporte público

Ana Guardiola le ha hecho una buena entrevista a Carmen Cantabella, la artista que ha decorado los autobuses urbanos. No se puede decir más con menos palabras. La artista mira a la cámara con expresión distante y retadora, los brazos cruzados: “Ya era hora de que la gente se enfrentara al arte”. Vaya, ¡para no sentirse satisfecha!
La artista ha desnudado a una reina de Velázquez, le ha puesto música de Supertramp y ha subido al conde duque de Olivares a una lata de conservas Campbell (¡para reivindicar que “el arte español puede superar, y supera”, al arte pop norteamericano!), y de paso, ya lanzada, monta en el bus a dos guardia civiles en blanco y negro y con tricornio para que escenifiquen la censura de un Picasso, y reivindicar así la importancia del arte o denunciar algo tan vigente como “la imagen de la España negra”.
La artista habla de la importancia del arte en la sociedad y a la misma vez propone un arte de evasión. Saca el arte a las calles para que se ensucien con el humo de los tubos de escape, pero nos habla de un mundo inexistente y que nada puede decir a los transeúntes de hoy, que deben de tener poco interés ahora mismo por la leyenda negra, el comisario o la vieja censura, pero, en cambio, seguro que sí disponen de una respuesta bien clarita a la pregunta que lanza Cantabella desde el bus: Crisis, ¿qué crisis?
Esta muestra es propia de alguien que piensa que el arte proporciona felicidad (”la gente que convive con el arte es mucho más feliz”, dice la artista) o que el desnudo es todavía motivo de escándalo, cuando corren tiempos en los que no hay bombero, futbolista o peluquera que se precie que no haya posado sin ropa para algún calendario. Lo que produce escándalo hoy es no desnudarse, o, en todo caso, desnudar a la familia real (la de ahora, no la del siglo XVII).
Este arte de transporte público, tan semejante a una publicidad que no vende nada, encaja bien en nuestro mundo posmoderno de experiencias fugaces, donde “todo es irreverente, irrespetuoso, cruel y comercial”. Por eso, sólo los desubicados, como los de Izquierda Unida, desprecian estas obras de arte. Menos mal que tenemos al consejero, ideólogo de la banalidad, para poner a los críticos en su sitio calificándolos de retrógrados, arcaicos, mojigatos e incultos.
Pero ¿qué pasará cuando la fiesta se acabe? Que el mundo dejará de parecernos divertido y el rosado y esbelto cuerpo, ya renegrido por los gases tóxicos del asfalto, quedará simplemente como la imagen vacía de un arte lujoso e inútil.
¿De qué se ocupa la prensa?



¿Por qué el anuncio, vía nota de prensa, del cierre ¡dentro de dos años! de un restaurante de Nueva York es noticia destacada en las portadas de los periódicos, nacionales y regionales, y en el caso de El Mundo incluso con un despliegue de dos páginas de la sección de Cultura?
A algunos lectores de La Opinión esta noticia, además de publicitaria, futurista o de ciencia-ficción, les ha parecido de mal gusto:
“Con la cantidad de pequeños restaurantes y bares que han cerrado con esta p…. crisis”
El horror artificial

A veces la realidad parece irreal, por insólita, por nunca vista. Estoy pensando en los cuerpos recogidos con palas y depositados en una plaza de Puerto Príncipe. ¿Qué hace la televisión con esos fragmentos de irrealidad? Parece como si hubiera sido inventada para captar momentos así. Lo irreal se vuelve entonces, a base de repeticiones y de aproximaciones, un horror artificial. Cómo escribir sobre Haití, se preguntaba David Trueba ayer. En la televisión, sin embargo, nadie se pregunta qué mostrar.
¿Qué tenemos derecho a ver? No porque algo sea real tiene que ser visto. Una época en la que se ve en directo, y repetido hasta el aburrimiento o la anestesia de la razón, la imagen de los cuerpos amontonados está abocada a comportamientos humanos que nadie es capaz de predecir. Ver esos cuerpos convertidos en objetos hiere la sensibilidad, algo insano nos atraviesa. Verlos a todas horas y en todas partes es una forma de tortura. Mostrarlos, por lo tanto, sin saber muy bien el motivo, sólo porque están ahí, es una agresión injustificada a la ciudadanía. “El peligro que corremos tras la torrentera de imágenes –decía Trueba- es el de la banalización, el efectismo sin sustancia, el abuso de la emoción, hasta degenerar en la indiferencia. Hay demasiadas pantallas, demasiadas ventanas, para que cualquier suceso no pase a ser carnaza, alimento del morbo y finalmente una vulgaridad”.
Eso no significa que tengamos que dar la espalda al horror. Pero ¿por qué no aceptar que no estamos allí? Cuando ir hacia el horror se convierte en una especie de industria o viaje organizado (maratones de solidaridad con presentadoras sonrientes que más bien parecen animadoras de fiesta de cumpleaños) o una oportunidad de negocio, las palabras y las imágenes que nos traen quienes allí van son tan destructivas de lo real que todo viaje habrá sido vano.
Afortunadamente, en el lugar de la tragedia no hay sólo cámaras. También hay reporteros. Los enviados especiales de los periódicos llegaron a Puerto Príncipe el viernes. Ya habíamos visto todas las imágenes, habíamos estado allí entre los cadáveres. Qué puede aportar una crónica, dos páginas de texto que relata lo que ya hemos visto. Lo que da una crónica bien escrita es precisamente lo que nos ha robado la televisión. El lugar visto por una persona. Es decir, la catástrofe humanizada, en el buen sentido. El dolor visto como dolor. Los cuerpos vistos como pérdidas humanas, con toda la trascendencia de la muerte. La televisión, sin embargo, es el lugar visto por una máquina, la cámara. La catástrofe, deshumanizada. El dolor visto como puro grito. Los cuerpos muertos como objetos, como carne plastificada, la muerte sin trascendencia.
Viendo los telediarios, el periodismo me da asco. Leyendo las crónicas de los periódicos el periodismo se vuelve tan necesario como lo ha sido siempre.
La falta de ayuda transforma la angustia en ira, Pablo Ordaz
Earthquakes and journalism, Steve Coll
It looks like the end of the world
A brave virginian-pilot: no fear, better than words, and a bold and necessary front page
Feliz 2010
La vida es menos bella sin Eric Rohmer
y sin Vic Chesnutt
Ellos estarían de acuerdo con James Salter
cuando dice, tras quemar los días, que
“Sólo en los libros encuentra uno la perfección,
sólo en los libros ésta no puede estropearse”.
Guerra justa, guerra sucia

“Get off my lawn!”
(¡Sal de mi jardín!”)
Se le concedió el premio Nobel de la Paz por sus ideas esperanzadoras y sus promesas de reforzar el diálogo como instrumento fundamental de las relaciones internacionales, a pesar de que, instalado ya en la Casa Blanca, respirada ya la atmósfera del terror, vista de cerca la cara del enemigo, sus mensajes empezaban a hablar menos de esperanza que de represión. “Hay que capturar o matar a Bin Laden“, ha dicho Hillary Clinton.
El clímax de esta evolución fue el discurso de Oslo, cuya palabra más pronunciada ha sido ‘guerra’, lo que ha desconcertado a sus amigos de la izquierda, mientras que sus opositores se han cargado de razón: “Obama dice ahora lo mismo que decía Bush”, “Obama se ha vuelto neocon“.
Siempre se acusó a Bush de actuar aterrorizado por el 11-S. El terror le llevó a la venganza, se dijo. Sin embargo, el terror (al sufrimiento, al fracaso, a perder votos) también puede llevar a la rendición. Las consecuencias en los dos casos serán perjudiciales a largo plazo.
Pero no creo que Obama se haya vuelto neocon. Hay todavía una diferencia entre lo que está haciendo él y lo que hizo Bush. Lo que convirtió a Bush en un enemigo de la libertad no fue que ordenara la invasión de Irak, sino que lo hiciera con mentiras y pruebas falsas. Lo que ha hecho Obama es admitir que la paz suele exigir un precio, que el diálogo está bien, pero sólo cuando no es una coartada del miedo. Y esto es lo que lo diferencia de nuestro Zapatero y de los socialdemócratas españoles.
El diálogo acaba cuando nos enfrentamos a situaciones extremas en las que la inacción o la cesión contribuyen a propagar el mal (o aquello a lo que se intenta poner freno con el diálogo). El uso de la fuerza es necesario cuando ya se han agotado todas las alternativas. La guerra no siempre es lo peor. (Eso lo sabe todo el mundo excepto los pacifistas al estilo Gandhi). Y entonces se usa la fuerza legítima. Y son las guerras justas de las que habla Obama.
Lo que ocurre es que las guerras justas tienen la manía de convertirse en guerras sucias.
Así que el debate más honesto debería ser: ¿utilizamos métodos sucios en algún caso? ¿nos saltamos el paso del diálogo para ganar tiempo? ¿nos quedamos a este lado de la ley y soportamos las consecuencias y pagamos el precio? Un tribunal islámico sentencia a muerte a una mujer por adulterio… en Tarragona: ¿Qué hacemos mientras esperamos a la Policía?
Walt Kowalski sí sabe lo que hay que hacer: no está dispuesto a quedarse sentado en el porche de su jardín.
“No se hará”
¿Qué piensa Valcárcel?, se preguntaba Montiel… “que nadie ponga sus esperanzas en Valcárcel, al menos a esta hora, para salvar San Esteban. Pero tampoco abandonen la posibilidad de rescate a través de una intervención suya, directa o discreta”.
Afortunadamente Montiel se equivocó (para ser justos, fue el único error de su análisis) al predecir, en el destacado de su artículo, que “de Valcárcel puede esperarse poco”.
“No se hará. El parking no se hará. La magnitud de los restos hallados hacen imposible la construcción de un aparcamiento”.
Pero aplaudir la intervención del presidente no implica dejar de exigir responsabilidades políticas por la forma en que se ha llevado desde el Gobierno todo este asunto. Si seguimos el razonamiento de Montiel, la decisión del presidente es un motivo más para el despido de su consejero de Cultura. No puede convertirse en valedor de los restos arqueológicos y pretender que eso no supone una desautorización del consejero.
Emociones sin razón
“El presunto autor de la muerte entraba en los juzgados
con rostro impasible…”
Decía en el comentario anterior que la razón sin las emociones es ciega ante los valores. Entonces llegaron los periódicos del sábado. Y el ABC se quedó como pegado encima de la mesa del salón. Allí estuvo varios días, con esa fotografía y ese titular que identificaba la mirada de un asesino. ¿Cómo mira un asesino? Algo se me removía por dentro y no sabía qué era. Ahora creo que era lo siguiente: uno puede ser un asesino, pero su mirada nunca será la de un asesino. Es decir, un periodista puede decir “ese hombre ha sido condenado por matar”, pero no puede decir: “tiene mirada de asesino”. A no ser que caiga en un delirio de ficción o entienda que su trabajo consiste en contar las cosas con la ambición de un escritor de historietas de kiosco. Las emociones sin la razón nos pueden abocar a los más oscuros abismos. Cuando no están al servicio de la reflexión sino del sensacionalismo y el morbo, cuando no sirven para profundizar sino para facilitar la construcción de baratas historias de buenos y malos, las emociones desatan los peores instintos.

Emociones y periodismo
¿Qué papel juegan las emociones en la percepción e interpretación de los acontecimientos políticos? ¿Qué peso tienen en el proceso de formación de nuestras opiniones? ¿Puede la deliberación racional inspirarse o guiarse por las emociones?

La sensibilidad guía nuestra atención hacia aquello que importa, afila nuestra percepción sobre las cosas a las que damos valor. Aunque a veces pueda confundirnos, a menudo ilumina la razón porque nos informa sobre la verdadera naturaleza de una situación práctica.
Las emociones no son arrebatos ciegos, sino que están ligadas a las creencias: a nuestra concepción de cómo es el mundo y qué nos parece importante. Son, por lo tanto, componentes de nuestra estructura ética, que nos facultan para percibir matices que profundizan en el razonamiento intelectual y agudizan nuestro juicio racional.
Las emociones no garantizan la verdad ética, pero es indudable que la relación entre sentimiento y juicio es más rica de lo que parece. Una buena deliberación requiere una compleja percepción y una respuesta emocional adecuada que capte no solo las ideas abstractas sino lo concreto de los afectos implicados en las situaciones sobre las que se piensa. Captar la verdad exige en ciertas situaciones un equilibrio entre la reflexión y la emoción.
Y si esto es así, el periodismo, que es un registro de acciones humanas, no puede descuidar esa faceta de la sensibilidad como un modo ético de percepción. Pero el hecho de que estén las emociones tan ligadas a las creencias es lo que las convierte tan a menudo en agentes distorsionadores de la percepción. Cuando nuestras creencias se alejan de la virtud, o son indiferentes a una idea del bien, corremos el peligro de alentar a dirigentes que ocultan tras sus discursos y banderas la semilla de la destrucción.
Somos responsables de nuestras emociones y deberíamos asumir la responsabilidad de aquello que nos infunde simpatía. Fomentar una imagen amable de personajes como Chávez y Castro, aunque sólo sea por lo extravagante de sus indumentarias de boina roja o chándal, es un error intelectual en el que todavía se sigue cayendo.
Hechos, discursos
Tras el atentado del 11-S, Bush invadió Irak.

Tras la matanza de la base de Fort Hood, Obama hizo un discurso: “Puede ser difícil comprender la lógica retorcida que llevó a esta tragedia. Pero lo que sí sabemos es que ninguna fe justifica estos actos asesinos y cobardes; ningún dios justo y amoroso los mira con favor. Y por lo que hizo, sabemos que el asesino debe enfrentar la justicia; en este mundo, y en el siguiente”.

¿Qué hará Zapatero tras el secuestro del Alakrana?
“Nuestros marineros están libres y vuelven a casa. ¿Saben lo que de verdad me importa?, que los marineros vuelven a casa, todos a estar con sus familias”.
¿Cómo ocultará su impotencia? ¿su incompetencia? ¿sus mentiras?
El Muro
La bloguera cubana Yoani Sánchez ha denunciado que fue retenida y maltratada, junto a otros blogueros, por efectivos de la Seguridad del Estado cuando se dirigía a una manifestación en favor de la no violencia. Según cuenta en su blog, varios policías la metieron a la fuerza en un vehículo y la maltrataron: “Fui secuestrada al peor estilo siciliano, con violencia verbal, física, llaves de inmovilidad, rodillazos”. Cuando pidió auxilio a los viandantes que presenciaron la agresión, los agentes dijeron: “No se metan, estos son unos contrarrevolucionarios”.
Dice que cuando la liberaron pensó en su hijo: “Por Dios cómo voy a explicarle todos estos morados. Cómo voy a decirle que vive en un país donde ocurre esto, cómo voy a mirarlo y contarle que a su madre, por escribir un blog y poner sus opiniones en kilobytes, la han violentado en plena calle. Cómo describirle la cara despótica de quienes nos montaron a la fuerza en aquel auto, el disfrute que se les notaba al pegarnos, al levantar mi saya y arrastrarme semidesnuda hasta el auto”.

“Tiene razón Iván de la Nuez -decía este miércoles Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia-, cuando escribe que nuestra generación, los que andábamos por la veintena hace dos décadas, nos abrimos al mundo ‘gracias a la experiencia liberadora de aquel 1989′. Lo dice él, que fue niño en el castrismo, y lo digo yo, que fui niño en el franquismo”.
Pero no fue una liberación fulminante. Tuvieron que pasar todavía algunos años, y muchos libros y muchos periódicos, para ir despegando con convicción los posters del Che de la pared, la estrella roja de la cazadora, para ir arrinconando en el desván los discos de Silvio y Pablo o las películas Reds o Novecento…
Pero sí, ahora lo veo
1989. El primer año de la libertad, y también del amor y del periodismo.
El último año de la inocencia o del engaño.
El fin de la adolescencia.


