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Domingo de Ramos con problemas

Estamos en 1784. El domingo de Ramos salía, en solemne rosario, la imagen de Nuestra Señora de las Angustias de Salzillo que hacía su entrada en la Catedral de Murcia para rezar, en su interior, los misterios dolorosos. Pero aquel cuatro de abril, el rosario, terminó mal como leemos en las actas capitulares. “Salió la procesión de san Bartolomé y detrás fue una compañía de negros. Entrando en Santa María con dicho rosario y con los sombreros puestos negándose a descubrirse. Le supo mal esto al Cabildo Catedral que se quejó al Corregidor, don Joaquín de Pareja y Obregón, quien a otro día mandó pregonar que no se consintiese en ninguna procesión presencia de comparsas de negros. Ya que los dichos negros son gentes muy indignas y algunos borrachos. El Jueves Santo, salió la procesión de los torcedores, sin convocatoria, sin negros habiéndoselo agenciado ellos mismos siendo su veedor don Antonio Lax. Fue en ese día cuando los tejedores de la seda sacaron la imagen nueva de Los Dolores hecha por don Roque López en 28 pesos. En otros días salieron sin comparsas de negro, por haberlo prohibido el señor Corregidor, las del miércoles y las dos del viernes” Eran comunes y frecuentes estas comparsas que acompañaban a las procesiones y que fueron motivo de polémicas y enfrentamientos no solo en el caso referido sino a lo largo de casi todo el siglo XVIII. Precisamente esta prohibición se sumaba a la que, años antes, había llevado a cabo el Obispo de la Diócesis de Cartagena, Luis Belluga y Moncada, precisamente por los escándalos que dichas comparsas llevaban durante los cortejos procesionales. Se dio el caso, incluso, que el Domingo de Resurrección en las fiestas que se hacían en el convento de la Trinidad para celebrar la Pascua, un miembro de una de estas comparsas de “negros” al realizar disparos al aire mató a un espectador que presenciaba la fiesta.

El suicidio de un agustino

En el año 1788 el fraile agustino conocido como Fray José Muñoz era muy querido en la ciudad por sus predicaciones y sobre todo por sus buenos consejos que siempre daba a todos los que se los pedían. Su fama se había extendido por toda la Diócesis y de otras ciudades llegaban a Murcia para poder hablar con él. Pero en los últimos meses de aquel año empezaron a notar que desvariaba e incluso que perdía la noción del tiempo. La comunidad agustina le consideró “un maniático” y le aislaron del resto de padres e incluso le prohibieron hablar con nadie. Pero en enero del año siguiente ocurrió un triste y lamentable suceso que conmovió a toda la ciudad y cuya noticia dice lo siguiente: “Estando maniático fray José Muñoz, religioso profeso de San Agustín, se fue a Santa Teresa y estuvo en ella hasta otro día que, acabado de comer, lo llevó el Rector ante el Prior de su convento y, sabiendo cómo estaba su estado, lo recibió muy bien animándolo cuanto pudo. Se fue el fraile a su celda para orar y, a las siete horas de la noche, se tiró a la plazuela por la ventana, que es la penúltima que está al lado de dicha iglesia y cayó encima de los primeros balcones. A la hora y media de haberse tirado murió. y el día dieciocho, siendo Domingo, fue enterrado, pero no pudo hacerse en sagrado ya que fray José Muñoz se había quitado la vida”

La cabeza de San Gregorio Ostiense llega a Murcia

Gregorio Ostiense, es un santo cristiano del siglo XI. Falleció en 1044. Fue abad del monasterio de san Cosme y san Damián en Roma. El Papa Juan XVIII lo nombró obispo de Ostia y luego cardenal. Es venerado como santo de la Iglesia católica y su festividad es el 9 de mayo. Vivió cinco años en España como legado (hoy sería cargo de “Nuncio”) del papa Juan XVIII. Sus reliquias se guardaban en una basílica dedicada a él en Sorlada (Navarra) que fue muy venerada durante los siglos XVII al XIX por su poder de alejar las plagas de los campos. Quizá por ser “protector de los campos” en el siglo XVIII, sus reliquias, recorrieron media España para conjurar las plagas que asolaban todos los lugares. A Murcia llegaron en 1756. Encontramos la noticia que así lo refiere: “El día dos de diciembre salió de la ciudad de Valencia la santa cabeza de San Gregorio Hostiense (se escribía con “h” en aquellos años) por lo que se esperaba que, en breve, llegara a la ciudad de Murcia y se comunicó al Cabildo para que se prepare todo lo necesario para su solemne recibimiento y estancia en nuestra Diócesis. Se decide que se coloque en la Catedral hasta su partida hacia otra ciudad de las Españas.” Por fin llegó aquí la esperada reliquia de san Gregorio y este acontecimiento tuvo lugar quince días después de haber salido de Valencia, es decir, el diecisiete de diciembre. Era viernes y llegó a mediodía. Recibió las sagradas reliquias el comisario nombrado al efecto. Y lo hizo en la Puerta de Castilla por donde entró la comitiva en la ciudad. Quedó instalada durante toda la noche en la iglesia de Santo Domingo hasta el día siguiente cuando, el Cabildo, le condujo en solemne procesión por las calles de Murcia hasta la Catedral donde se colocó en un altar levantado al efecto junto a la imagen de la Virgen de la Fuensanta que había sido trasladada a la ciudad para estar junto a la cabeza del santo.

Una primavera de terremotos

Ocurrió a lo largo de todo el año 1829 pero especialmente fue en primavera cuando, toda la ciudad, vivió en permanente tensión ante la frecuencia y fuerza de los terremotos que obligaron incluso a las autoridades de la época a tomar medidas para proteger las vidas de sus conciudadanos. El miedo fue una constante y centenares de murcianos abandonaron la ciudad buscando albergues provisionales en la huerta o el campo. Instalándose, incluso, al raso protegidos únicamente por mantas, sabanas y lonas con las que formaban rústicas tiendas de campaña. El más fuerte e intenso, según las actas, ocurrió el 18 de abril. Produjo enormes daños en los edificios públicos y en numerosas casas particulares que se vieron seriamente dañadas. Derribó la torre de Santa Catalina y uno de los templetes del llamado “puente de piedra” con la efigie del Ángel Custodio. Se resintieron y dañaron todos los campanarios de la ciudad por lo que el Obispo prohibió el volteo de campanas incluso en la torre de la Catedral por el peligro que suponía. Dado que, los seísmos, se repitieron a lo largo de todo el mes de abril el Concejo mandó instalar barracones de auxilio a lo largo de todo el Malecón y en otros lugares despejados fuera de la ciudad y que sirvieran de refugio y cobijo de las familias que lo habían perdido todo o tenían sus casas en ruinas. Se reunió en varias ocasiones la llamada “Junta de Socorro de Autoridades” y se dispuso que las dependencias públicas se trasladasen donde se creyera más oportuno a sus respectivos jefes dado que, los edificios públicos, habían quedado seriamente dañados. El Ayuntamiento ocupó las “casetas de la plaza del Mercado” (Plaza de Santo Domingo) El Rey envió a Murcia, con carácter de urgencia, “dineros y socorro”. Se crearon rondas para vigilar de noche la ciudad cuyas casas, en su mayoría, habían quedado abandonadas. Se hicieron numerosas rogativas y se sacaron en procesión las imágenes de Nuestro Padre Jesús Nazareno (de la Cofradía del mismo nombre) y así mismo se trajo desde el Santuario a la Catedral la imagen de nuestra Patrona, la Virgen de la Fuensanta. Por último, significar que el Intendente de la ciudad promulgó una orden para que se dejasen abiertas las puertas y portillos de la ciudad a todas horas, incluso por la noche, a fin de que, caso de repetirse los terremotos, los murcianos pudieran huir hacia la huerta o el campo.

Se trasladó la corrida de toros para no pagar a los vecinos

Curioso lo que ocurrió en Murcia en el mes de mayo de 1763. Una corrida de toros que se había previsto hacer en la Plaza de San Agustín se cambió de ubicación, a última hora, porque los frailes agustinos, que eran los organizadores, no estaban de acuerdo en pagar el canon establecido a los vecinos de dicha plaza por la utilización de los balcones como palcos. Los agustinos dijeron, en su defensa, que la corrida era a beneficio de la construcción de su nuevo templo y que no era correcto pagar impuestos por la utilización de balcones y ventanas de la plaza ya que no se trataba de negocio alguno sino de sacar dinero para ayuda a la construcción de su templo. Como no hubo acuerdo entre las partes, los frailes, decidieron a última hora cambiar el lugar para celebrarla. Así lo refieren las actas de la ciudad: “Se hace en el paraje de la Torre de la Marquesa una corrida de toros, que se debía haber hecho en la Plaza de San Agustín, para recoger fondos destinados a la obra de la iglesia de San Agustín. Por no llegar a un acuerdo los frailes de dicho convento con los amos de las casas de dicha plaza y como quiera que la comunidad agustina no estaba dispuesta a pagar a dichos vecinos el canon establecido por la utilización de palcos en las casas, los frailes, decidieron realizar la dicha corrida de toros en el paraje de la Torre de la Marquesa y así evitar pago alguno. El Concejo lo autoriza ya que no ve impedimento alguno para su prohibición”.