Una primavera de terremotos

Ocurrió a lo largo de todo el año 1829 pero especialmente fue en primavera cuando, toda la ciudad, vivió en permanente tensión ante la frecuencia y fuerza de los terremotos que obligaron incluso a las autoridades de la época a tomar medidas para proteger las vidas de sus conciudadanos. El miedo fue una constante y centenares de murcianos abandonaron la ciudad buscando albergues provisionales en la huerta o el campo. Instalándose, incluso, al raso protegidos únicamente por mantas, sabanas y lonas con las que formaban rústicas tiendas de campaña. El más fuerte e intenso, según las actas, ocurrió el 18 de abril. Produjo enormes daños en los edificios públicos y en numerosas casas particulares que se vieron seriamente dañadas. Derribó la torre de Santa Catalina y uno de los templetes del llamado “puente de piedra” con la efigie del Ángel Custodio. Se resintieron y dañaron todos los campanarios de la ciudad por lo que el Obispo prohibió el volteo de campanas incluso en la torre de la Catedral por el peligro que suponía. Dado que, los seísmos, se repitieron a lo largo de todo el mes de abril el Concejo mandó instalar barracones de auxilio a lo largo de todo el Malecón y en otros lugares despejados fuera de la ciudad y que sirvieran de refugio y cobijo de las familias que lo habían perdido todo o tenían sus casas en ruinas. Se reunió en varias ocasiones la llamada “Junta de Socorro de Autoridades” y se dispuso que las dependencias públicas se trasladasen donde se creyera más oportuno a sus respectivos jefes dado que, los edificios públicos, habían quedado seriamente dañados. El Ayuntamiento ocupó las “casetas de la plaza del Mercado” (Plaza de Santo Domingo) El Rey envió a Murcia, con carácter de urgencia, “dineros y socorro”. Se crearon rondas para vigilar de noche la ciudad cuyas casas, en su mayoría, habían quedado abandonadas. Se hicieron numerosas rogativas y se sacaron en procesión las imágenes de Nuestro Padre Jesús Nazareno (de la Cofradía del mismo nombre) y así mismo se trajo desde el Santuario a la Catedral la imagen de nuestra Patrona, la Virgen de la Fuensanta. Por último, significar que el Intendente de la ciudad promulgó una orden para que se dejasen abiertas las puertas y portillos de la ciudad a todas horas, incluso por la noche, a fin de que, caso de repetirse los terremotos, los murcianos pudieran huir hacia la huerta o el campo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *