Archivos mensuales: marzo 2017

Carnaval en el Contraste

En 1769, el Carnaval en Murcia se desarrolló en un escenario nada usual, pues las llamadas funciones de máscaras se celebraron en el interior del desaparecido Contraste de la ciudad, en la actual plaza de Santa Catalina.

El motivo fue que en esos años era el lugar más espacioso que tenía Murcia para que se desarrollaran estas fiestas y, asimismo, el Concejo sacó extraordinarios beneficios de su arrendamiento y alquiler.

También se colocaron puestos ambulantes en el interior de dicho local que pagaban impuestos al Concejo para poder vender sus mercancías. Encontramos cumplida información de esta extraordinaria fiesta de Carnaval que se efectuó en aquel histórico edificio, por desgracia, hoy desaparecido.

«La ciudad de Murcia arrendó el Contraste para la función de máscaras y fueron sus arrendadores don Juan Prats, primer violín; don Tadeo Tornel, don Ambrosio Ponce, don Nicolás Marín, don Francisco Díaz y don Jerónimo Guirao, quien arrendó su parte a Antonio Túnez, maestro mayor del gremio de los plateros en cuarenta pesos y cuatro pesos que habría de dar a la ciudad, libres, cada noche de función y todos por cuenta de dichos arrendadores, que eran todos músicos menos el que era platero.

Y dicha función se empezó el 11 de febrero a las ocho de la noche y se terminaba a las doce. Si bien había la ciudad concedido permisos para rematar otras a las dos de la madrugada. Cada persona que entraba pagaba cuatro reales en la puerta y por guardar capa, sombrero y espada, de todo cuatro cuartos cada uno, y habían de entrar con la máscara puesta, pues era de obligado cumplimiento.

Habíase colocado dos tablados de música y se bailaban minuetos, paspiés, contradanzas, fandangos, seguidillas y cuando paraba una orquesta comenzaba la otra. Esta mudanza de los señores músicos era en cada género de baile y duraba una media hora. Dentro del edificio se pusieron puestos de pastelería, botellería, bizcochos, vinos y aguardiente.

El clero estaba muy enojado con el Concejo, pues decían que era lugar propicio para que el demonio anduviera suelto con las tentaciones de la carne y la concupiscencia. El ultimo día de Carnaval hubo altercados, pues por haberse llevado el corregidor, que era don Alberto de Suelves, las llaves de la puerta, nadie pudo salir en toda la noche y el baile se acabó a otro día, Miércoles de Ceniza a las siete de la mañana, cuando la ronda entró al escuchar que todavía permanecía la fiesta.

El extender el Carnaval hasta la mañana de Ceniza no gustó al Cabildo, que mostró su enfado ante el señor corregidor y publicó un escrito advirtiendo del pecado en el que había incurrido la ciudad al prolongar las fiestas de máscaras aun habiéndose iniciado el tiempo de penitencias y mortificaciones. El corregidor pidió perdón al Cabildo y explicó que todo fue debido a llevarse las llaves sin percatarse que dejaba cerrado el salón del Contraste».

Prohibida la presencia de pobres y pedigüeños

En varias ocasiones, estos últimos años, hemos asistido a prohibiciones, controles e identificación de los mendigos en nuestras ciudades. Incluso en algunos casos se ha llegado a la detención y puesta a disposición judicial sin mayores perjuicios, desde luego, pues los jueces después de tomarles declaración en todos los casos volvían a dejarlos en libertad.

Estas campañas que han llevado a cabo diversos ayuntamientos en España no son nada nuevo o que nos pueda llamar la atención si tenemos en cuenta que, en siglos pasados, también los regidores luchaban contra la mendicidad, a la que llamaban ‘gentes pobres’ y procuraban apartarlos de las calles y que no pudieran pedir limosnas.

Este curioso documento lo hemos encontrado en las actas capitulares, dirigidas al Cabildo de la Catedral, y podemos leer en el mismo como en 1781, en Murcia, se prohibía la mendicidad e incluso se perseguía. «Se recibe escrito de don Alfonso de Fonseca, alcalde mayor y teniente corregidor de esta ciudad de Murcia, suplicando al Cabildo que procure que no se pida limosna dentro de las iglesias con motivo de haber dado orden de recoger a todos los pobres de las calles.

El señor de Fonseca hace uso de sus facultades y justicia para informar a este Cabildo de la presencia de numerosos pobres en las calles de la ciudad que dificultan el normal desenvolvimiento de la vida de las personas decentes.

Se acordó en el Cabildo que los celadores no permitan a los pobres pedir limosnas dentro de la Catedral y hacerlo en las demás iglesias de esta Diócesis, pero con prudencia y sin armar escándalos. Sean echados a la calle del interior del templo y una vez allí las justicias de la Ciudad se harán cargo de ellos para echarlos de la ciudad si procediere».

El mújol del Mar Menor y el Concejo

Curioso documento en las actas capitulares donde encontramos el modo de repartir las ganancias obtenidas con la venta de pescado del Mar Menor, conocido como pescado de la Encañizada o ‘cañizada’, por parte del Concejo de Murcia ya que, en aquellos años, sus aguas, y por tanto las pescas obtenidas, eran propiedad de la ciudad a la que se tenía la obligación de dar cuenta de las capturas que se hicieran. Pero quizá lo más llamativo es que en las actas solo se habla de una especie en concreto, la del mújol.

A lo que parece y según hemos visto en posteriores documentos de ventas y exenciones, este pescado era abundantísimo en el Mar Menor hasta el punto de venderse en grandes cantidades en Murcia con el consiguiente abaratamiento de sus precios e incluso estar considerado como ‘pescado para pobres’ dada su gran abundancia y sobre todo los bajos precios por ejemplares ya que no se vendía, al parecer, al peso. Pero veamos lo que correspondía a cada caballero del Concejo según las capturas.

Este documento, un acta capitular, de repartición está fechado en el mes de abril de 1680 y dice así: «La ciudad habiendo tratado y conferido largamente sobre las raciones del pescado del mújol que se da por tablilla a los caballeros capitulares, acordó que, desde hoy en adelante, y en conformidad de lo resuelto en esta razón, siempre que venga pescado de la Cañizada, viniendo una tanda de dos cargas, se dé ración a cada caballero regidor tres libras y a cada caballero jurado dos de ellas; y viniendo dos tandas, que son cuatro cargas, se den cuatro libras a cada regidor y tres a cada caballero jurado»

El ayuntamiento de Murcia comunica la muerte del Conde de Floridablanca

A las seis de la mañana del 30 de diciembre de 1808, en la ciudad de Sevilla, falleció José Moñino y Redondo, conde de Floridablanca. En esos momentos de su fallecimiento ostentaba el cargo más alto de la nación, serenísimo señor presidente de la Junta Suprema del Reino.

El secretario general de dicha Junta, Martín de Garay, comunica a la ciudad de Murcia la noticia. La comunicación se recibe en esta ciudad días después y el Ayuntamiento, reunido el día 5 de enero de 1809, acuerda lo siguiente: «Y penetrada la ciudad del más justo y debido sentimiento que le ha causado la muerte del serenísimo señor conde de Floridablanca por sus particulares méritos contraídos en los años que ejerció la primera secretaría de Estado y del despacho y los singulares servicios hechos a la corona, que son bien notorios y dignos de eterna memoria, y todas las demás circunstancias con que estaba adornado y especialmente la de ser natural de esta ciudad, acuerda en el día de hoy 5 de enero de 1809, se publiquen los lutos por medio de bando, por término de nueve días, y ponerse de acuerdo con el deán y cabildo de la Catedral, para que las honras revistan aquella solemnidad que es debida y propia a los infantes de España».

Estas honras fúnebres se celebraron los días 9 y 10 de marzo de dicho año 1809. El obispo de la Diócesis de Cartagena celebró la solemne Misa de Pontifical y dijo la oración fúnebre el cura párroco de Santa Catalina, el doctor en Sagrada Teología don José Escris, asistiendo al acto una comisión de todas las comunidades religiosas de Murcia.

El Ayuntamiento en pleno y muchísimos murcianos, estaban presentes, hasta el punto que fueron centenares los congregados en las puertas de la Catedral al no poder pasar a su interior por encontrarse las naves repletas de público. El Ayuntamiento decía en la oración fúnebre, que se costeó con dinero público, lo siguiente: «Todos rindieron sus homenajes a tan digno héroe con el dolor propio de su pérdida; pero con el gusto correspondiente a su alto merecimiento y a la especialidad de ser patricio de que tanto honor resulta la ciudad de Murcia».