Todos los artículos de: joseluisortin

Los faldones baldoneros del Real Murcia

¡Ay pena, penita, pena del equipo del alma de tantos murcianos! Y no lo digo tanto por sus extremas circunstancias económicas, que también, aunque en garitas parecidas hemos hecho algunos guardia; como por el personal que a veces asoma por su palco. No todos, claro. Y tampoco digo lo de asomar porque sean tales o cuales, líbreme el Señor, que de todo hay en su viña y son tan apreciables como respetables por humanos; sino porque lo baldonean con sus faldones al viento sobre unas fachas manifiestamente mejorables o, al menos, disimulables con estilo.

Uno puede ser más o menos apolíneo o agraciado, que de belleza natural la mayoría andamos justitos y de poco podemos presumir. E incluso en el normal desarrollo de nuestra vida somos muy libres de ir como nos venga en gana, pero si se trata de representar a algo o a alguien la cosa cambia; debemos asimilarnos. Y el Real Murcia, a pesar de sus alternos pesares con otros días de gloria, siempre fue un club señor. Una institución deportiva con la dignidad de las siete coronas interiores de su escudo y la más grande que lo preside. Y con la honra de las docenas de miles de fieles que lo han acompañado a lo largo de su centenaria historia. Esos que siempre han visto corazones en tan distinguidas coronas; el suyo propio y el de quienes tanto lo han sufrido y disfrutado, muchos de los cuales les inculcaron el cariño por su rojo pimentón. Como mis vecinos de asiento en la Nueva Condomina, José Alberto Sánchez, hijo del extraordinario futbolero Paco Sánchez Sabater, quien tanto ha hecho por el Murcia desde todas las facetas posibles por su murcianismo de pro, y su tío Prudencio Serrano, otro murcianista del alma que nunca lo ha abandonado.

Y los innumerables porteadores y portadores de sus emociones no se merecen que quienes ostentan la representación de su club lo menoscaben. Ni en palco propio ni en ajeno, ni en actos sociales ni en oficinas ni despachos ni por la calle y ni siquiera en ningún campo de entrenamiento. Y tampoco con desaliños impropios de los cargos que ostentan. Como siempre oímos a nuestros mayores: pobres, pero dignos. Y la cabeza bien alta, que la humildad nunca está reñida con la dignidad y la elegancia; patrimonios del alma.

¡Ay!, cómo recordamos al Real Murcia que tenía a gala un enorme futbolista de la tierra al que llamaban don Antonio porque era letrado. Y si unos y otros; pobres, medianos, ricos, señoras, señoritas, niños, mutilados, militares con y sin graduación, ilustrados o no, jubilados y mediopensionistas; distinguían así a nuestro querido Ruiz Abellán, quien se enojaba cuando le llamaban carrilero porque se sentía un señor, imaginen cómo trataban a su presidente y directivos. Sencillamente como caballeros; como debe ser, porque así se presentaban también ellos; pitos, pañuelos o broncas aparte, que esos disgustos también van en el cargo.

Además de la buena voluntad que cabe suponerles y de sus meritorios esfuerzos, si no es mucho pedir, y ustedes me perdonen; ¡un poquito más de clase, señores!

De los ‘Hunos’ a los ‘Hotros’

Me perdonarán que use una genialidad lingüística del insigne don Miguel de Unamuno, de quien en diciembre se cumplieron ochenta y un años de su desolado fallecimiento, por la soledad de sus últimos dos meses en la no menos deprimente Salamanca de 1936; para lamentar también el espectáculo poco edificante que a veces, demasiadas, nos endilgan algunos de nuestros políticos a uno y otro lado del río u océano grotesco que se empeñan en que les separe.

Y es que, en lugar de tender puentes de entendimiento en favor de sus sufridos votantes y paganos tantas veces de tanto desmán, andan pensando de dónde sisar votos. Y en ese proceloso y ruin proceder, también demasiadas veces enchufan el ventilador en cuando huelen la caca ajena, sin reparar en que la propia tampoco es agua de rosas. Ni en que nos apestan a todos por igual, y así opina la gente cuando preguntan. Y en ocasiones no hace falta ni eso; lo gritan desgraciadamente urbi et orbe.

Y no hablamos ya solo de imputados, investigados, condenados, pasmarotes, caraduras, mamandurriados ni de trincones o despilfarradores en camino de lo público, sino de lo que deberían ser simples y rotundos ejemplos para la ciudadanía.

Hace años leía a un publicista excelso, Agustín Medina, quien en un delicioso librito de reflexiones comprometidas terminaba una diciendo que “demasiadas veces desaprovechamos el tiempo pequeño, muy pequeño, que tenemos para sincerarnos con nosotros mismos”.

Y viene lo anterior a cuento de lo poco que declinan tales personajes, sin engañarse a solas, el sanísimo verbo dimitir. A niveles grandes, lejanos o cercanos, no hace falta abundar, pues hay irresponsables, incompetentes, chorizos y payasos para todos los disgustos, pero en Murcia, sin embargo, hemos tenido dos casos recientes de lo contrario.

El concejal pepero Ortiz dimitió rápido por equivocarse en la forma y en el fondo de algo que dijo, cosa que le honra a pesar de todos los pesares, sin valorar su decencia, eficacia o dedicación política.

Y enfrente, hace unos meses lo hizo el concejal socialista Gras por coherencia y honestidad personales frente al aparato de su partido, lo que le honra todavía más.
Por cierto, qué pena que alguna de las ideas de esa Murcia amable que atesoraba no vayan a ver la luz. Tal vez el alcalde Ballesta, o quien le suceda si es el caso cuando sea, harían bien en hablar más con él. Siempre demostró que su objetivo, más allá de mezquinos intereses electorales, eran Murcia y los murcianos. Su primera obligación.

Que cundan ejemplos tan salubres socialmente.