Los faldones baldoneros del Real Murcia

¡Ay pena, penita, pena del equipo del alma de tantos murcianos! Y no lo digo tanto por sus extremas circunstancias económicas, que también, aunque en garitas parecidas hemos hecho algunos guardia; como por el personal que a veces asoma por su palco. No todos, claro. Y tampoco digo lo de asomar porque sean tales o cuales, líbreme el Señor, que de todo hay en su viña y son tan apreciables como respetables por humanos; sino porque lo baldonean con sus faldones al viento sobre unas fachas manifiestamente mejorables o, al menos, disimulables con estilo.

Uno puede ser más o menos apolíneo o agraciado, que de belleza natural la mayoría andamos justitos y de poco podemos presumir. E incluso en el normal desarrollo de nuestra vida somos muy libres de ir como nos venga en gana, pero si se trata de representar a algo o a alguien la cosa cambia; debemos asimilarnos. Y el Real Murcia, a pesar de sus alternos pesares con otros días de gloria, siempre fue un club señor. Una institución deportiva con la dignidad de las siete coronas interiores de su escudo y la más grande que lo preside. Y con la honra de las docenas de miles de fieles que lo han acompañado a lo largo de su centenaria historia. Esos que siempre han visto corazones en tan distinguidas coronas; el suyo propio y el de quienes tanto lo han sufrido y disfrutado, muchos de los cuales les inculcaron el cariño por su rojo pimentón. Como mis vecinos de asiento en la Nueva Condomina, José Alberto Sánchez, hijo del extraordinario futbolero Paco Sánchez Sabater, quien tanto ha hecho por el Murcia desde todas las facetas posibles por su murcianismo de pro, y su tío Prudencio Serrano, otro murcianista del alma que nunca lo ha abandonado.

Y los innumerables porteadores y portadores de sus emociones no se merecen que quienes ostentan la representación de su club lo menoscaben. Ni en palco propio ni en ajeno, ni en actos sociales ni en oficinas ni despachos ni por la calle y ni siquiera en ningún campo de entrenamiento. Y tampoco con desaliños impropios de los cargos que ostentan. Como siempre oímos a nuestros mayores: pobres, pero dignos. Y la cabeza bien alta, que la humildad nunca está reñida con la dignidad y la elegancia; patrimonios del alma.

¡Ay!, cómo recordamos al Real Murcia que tenía a gala un enorme futbolista de la tierra al que llamaban don Antonio porque era letrado. Y si unos y otros; pobres, medianos, ricos, señoras, señoritas, niños, mutilados, militares con y sin graduación, ilustrados o no, jubilados y mediopensionistas; distinguían así a nuestro querido Ruiz Abellán, quien se enojaba cuando le llamaban carrilero porque se sentía un señor, imaginen cómo trataban a su presidente y directivos. Sencillamente como caballeros; como debe ser, porque así se presentaban también ellos; pitos, pañuelos o broncas aparte, que esos disgustos también van en el cargo.

Además de la buena voluntad que cabe suponerles y de sus meritorios esfuerzos, si no es mucho pedir, y ustedes me perdonen; ¡un poquito más de clase, señores!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *