La estaca era él

Una buena parte de la historia de España de los últimos cincuenta años se resume en la figura de Lluís Llach. El que hoy es principal emblema del neofascismo catalán, el que amenaza y advierte del sufrimiento que ha de sobrevenirles a quienes se opongan a la nueva Cataluña, el que se pasea por Europa con un discurso en el que presenta a España como un país miserable y odioso, llegó a ser hace cuarenta años un símbolo de la libertad y la lucha contra la dictadura. Su canción L’estaca, aunque no la mejor, era himno obligado en cualquier reunión, manifestación, huelga o merienda campestre de los jóvenes que entonces creíamos que nacionalistas catalanes y vascos, como todos los demás, luchaban con nosotros contra Franco. Más tarde supimos que no se oponían a Franco por ser un dictador, sino por ser español (los gallegos antifranquistas sólo eran gallegos, miembros del ‘Galeuska’; los franquistas, sin embargo, empezando por Franco, eran españoles, según la acertada división del mundo que opera en las cabezas ‘nazionatas’), y que una vez en democracia los separatistas vascos iban a dedicarse a matar en nombre de la raza; y los catalanes, a construir un cimiento de odio a España que les condujera, como fruta madura, a la independencia. No sospechábamos que era ese odio a nosotros y a nuestra lengua lo que alimentaba las canciones de Llach, esas que entonábamos con emoción, y con la admiración hacia una Cataluña que creíamos el paraíso prometido de todas las libertades, y que hoy, como Llach, su vocero, ha terminado por ser la encarnación de una tiranía anunciada. Esa es la detestable Cataluña xenófoba de Llach. Pero no debemos olvidar nunca que hay otra Cataluña que es la que ya sufre y a la que se le anuncia más sufrimiento.

Empecé a aprender catalán con Llach y por Llach. Su disco Ara i aquí, de 1970, donde estaba incluida L’estaca, llegó a mi casa en aquellos años junto al primer tocadiscos que tuvimos (uno ‘de maleta’). Lo escuché tanto que aún me sé de memoria casi todos sus ‘temas’, sobre todo Aquel vaixell, Per un tros del teu cos o Jo també he dormit al alba. Años más tarde, uno de mis hermanos apareció con Lluís Llach à l’Olympia, y luego conseguí grabarme dos discos fundamentales: I si canto trist y, sobre todo, el Viatge a Ítaca, que se convirtió en otro de los himnos de mi generación, no por político, sino porque expresaba el sentido de la vida aventurero y antiburgués que queríamos para nosotros. Y porque incluía Escriu-me aviat, una canción que le cantábamos a la preciosa novia catalana de un amigo mío, a la que todos hubiéramos querido, en verdad, escribirle. Toda la melancolía de la lengua catalana, una lengua que, cantada, es de las más dulces y melodiosas que existen (tan distinta de la que usan los carodes), estaba en las canciones de Llach.

Lo penoso es escuchar a este Llach de hoy y recordar al que fue. O mejor, al que creímos que era. Recordar aquel Campanades a mort contra la represión policial en Vitoria, y saber que hoy es el ángel vengador que anuncia la represión que viene contra quienes se les opongan. Por su boca envenenada avisan de que aplicarán las leyes implacablemente. Sus leyes. Las dictadas por quienes hoy incumplen todas las leyes, empezando por la Constitución que a todos nos obliga. En fin, los que preparan un golpe de Estado informan del sufrimiento que le sobrevendrá.

Al menos esta vez no engañan a nadie. Entonces, sí, nos engañaron. Llach nos engañó. Todo en él era falso. No era Ítaca lo que nos esperaba, ni era la libertad lo que se escondía tras sus cantos, sino un nuevo totalitarismo en el que la clase dominante catalana controlara e impusiera su dominio y las condiciones para ser catalán. No quería acabar con la estaca, sino sustituirla. L’estaca era él.

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