Crimen en El Bojal

Semana de vértigo. Un alijo de 3,5 kilos de cocaína tras una persecución policial, una británica fallecida en una acequia, dos detenidos por una reyerta con fallecido en Puerto Lumbreras. Y luego está lo de El Bojal

La terrible muerte de Arturo este martes, a sangre fría, con disparos a bocajarro, no sólo acaba con una vida, sino que destroza a una familia y conmociona a todo un pueblo. Cuando llegamos, lo juro, nos encontramos a un policía aún temblando.

-Joder, me lo he comido entero, he llegado el primero y lo he visto, con los tres tiros, y los casquillos en el suelo -nos dice.

Son las 12 del mediodía. Hace calor y la temperatura aún iba a subir más. La emocional y la meterológica, porque ese día superaríamos un récord con los 26 grados en pleno invierno. Cambio climático, bienvenido tío.

Estamos a la entrada de El Bojal. Ver al policía con la respiración agitada y escuchar el relato que nos había hecho nos puso la piel de gallina. Al agente lo han puesto lejos de la escena del crimen para controlar el tráfico. Está a la entrada de El Bojal, que es un barrio de Beniaján, una pedanía ubicada en la zona oriental de Murcia. Congrega 11.000 habitantes y linda con la sierra, que se alza verde y señera.

Zona acordonada por la Policía Local de Murcia en la pedanía de Beniaján.

Zigzagueamos derrapando por las calles hasta llegar al sitio de la tragedia y de la noticia. No es difícil localizarlo. Hay un perímetro policial que impide el acceso a la zona cero. Han cortado todas las calles adyacentes que rodean el cruce donde un vehículo se encuentra con las puertas abiertas.

Decenas de personas se agolpan enel carril Márquez a mirar lo ocurrido. Pasado un rato llegarán hasta manadas de adolescentes con sus mochilas y sus móviles.

-Hola, somos periodistas.

-Ni un paso más de ahí, ¿entendido? -responde otro agente. El nerviosismo se palpa a los dos lados de la cinta policial. Llevan chaleco de protección

Hay un joven que destaca entre la multitud por la descomposición de su rostro. Lleva un perrito en un brazo y con la otra mano no suelta el móvil mientras da un paso para adelante y otro atrás. Rodrigo no sabe qué hacer.

-Me ha llamado mi cuñada -explica Rodrigo-. Me ha dicho que hablaba con mi hermano por teléfono cuando él salía del gimnasio. Entonces ha oído que alguien hablaba con mi hermano, luego unos ruidos y después nada. Yo he venido aquí, y allí -señalando a unos cien metros desde donde estábamos- está su coche. ¡Pero no sé si él esta allí!

Son los peores momentos. Todo es confuso. El coche de Arturo, el hermano de Rodrigo, está huérfano, puertiabierto, desangelado.

Mi compañero y yo vamos entendiendo lo que ocurre. Aún no se ha confirmado lo que intuimos. Yo no paro de preguntar a todo el mundo y él no para de grabar con la cámara, planos detalles de la cinta, del coche a los lejos, generales de la gente que se agolpa a curiosear, paneo de la gente al coche y viceversa…

Restos de sangre de la víctima del crimen en El Bojal.

Un coche llega y frena en seco muy cerca de la multitud. Una mujer se baja gritando. Pide saber si está su hijo y si está muerto. La intentan consolar. Es terrible.

El cámara y yo nos movemos a otro punto para seguir haciendo el reportaje. Subimos y bajamos ribazos, y llegamos a otra vía cortada. Por allí se cuela una mujer también nerviosa. Es la esposa de Arturo. Se iba hacia el coche. La coge un policía y un guardia. Le pasan la mano por el hombro y la sientan. La pobre mujer grita, y la decena de vecinos que está conmigo al otro lado de la calle oyen su relato.

-Lo he oído todo. Iba hablando por teléfono -dice angustiada- y alguien le ha dicho ¿me llevas?, y luego he escuchado golpes.

Es el capitán de la Policía Judicial el que mira a los ojos a la señora y le confirma lo peor. Que el fallecido de la calle de arriba es su marido. El dolor se derrama por la calle en forma de gritos inconsolables.

A veces, como periodista, nos ceñimos a los datos y resultados: un delito = una detención. Pero no somos capaces de reflejar todo el dolor que causa el delito, ni la tremenda humanidad de quienes tienen que mirar a esos ojos para comunicar la tragedia.

Los lugareños dicen muchas cosas. A veces son “testigos disparatados” que hacen perder un tiempo precioso en pistas sin sentido ni fuste. Pero los agentes lo miran todo. Todo. Los he visto igual en otras ocasiones. El rostro contenido y grave.

Pulula incluso un audio de whatsapp que dice que el cabrón que ha metido los tres tiros a la víctima se ha entregado. Yo también lo recibo y flipo. Me lo desmienten al instante. La gente está ida de la cabeza. Inventarse algo así.

Cuando me voy del lugar veo a los agentes subir y bajar calles. Están peinando caseríos a la búsqueda de testigos y un golpe de suerte. Solo necesitan uno. Los malos pueden correr, pero pierden el fuelle. La Guardia Civil es perseverante, y les alcanzará. He visto el dolor que ha causado esta acción criminal y necesito ver que se engrilleta al responsable. Solo espero poder estar también allí y verlo.

2 comentarios en “Crimen en El Bojal

  1. Dice Vd: “A veces son “testigos disparatados” que hacen perder un tiempo precioso en pistas sin sentido ni fuste”. A veces , en los juicios, estos testigos disparatados hacen cometer muchas injusticias a los jueces. Aún así , esto cada vez se parece más al Bronx. Maestro.

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