Muerte en Nochebuena

Alfonso Belando, de 48 años, falleció cuando trabajaba de repartidor. Fue arrollado por unos jóvenes ladrones que huían de la Policía Nacional. No puede haber mayor tragedia para su familia y, encima, el día de Nochebuena.

El periodista se acerca al lugar del siniestro. Escucha la grava bajo sus pies mientras camina por la mediana. Han pasado varios días desde el terrible accidente pero aún hay restos de la tragedia. La sensación es terrible. Frente a él,  inertes pero metafóricos, los objetos hablan.

-Confirmado, son ellos -dijo el agente de policía comprobando la placa.

La noche del 23 de diciembre debía ser normal, la normal de un sábado noche previo a las fiesta navideñas. Quizá no muy normal, pero no complicada. A los agentes que están patrullando les habían pasado un número de matrícula. Se trata de un Mercedes que había sido robado. El zeta o coche patrulla está en la zona de Los Dolores. Son parte del dispositivo que vigila las vías del ferrocarril. Pero ven el coche robado.

-Recibido -contestan por la radio.

Lo siguen.

Los coches pasan velozmente. El periodista contempla el suelo casi una semana después del accidente que ha costado tres vidas. Los conductores circulan con dolorosa indiferencia, con sus prisas y sus problemas. Solo ven a un tipo que se ha quitado la gorra y mira al suelo en una mediana. El periodista, en cambio, recuerda unas palabras del argentino Hugo Mújica “En lo hondo no hay raíces, hay lo arrancado”.

Lugar del accidente en una imagen tomada ayer.

Son restos de lo que habría en la furgoneta de reparto que fue terriblemente arrollada. Una flor de Pascua caída y arrancada, es la Navidad violada y destrozada de una familia (de varias en verdad). Un boli doblado por la acción del violento choque, la vida del repartidor truncada injustamente. Mendrugos de pan duro, sucios y ennegrecidos, son la esencia misma de la maldad.

El coche de la maldad circula tranquilamente. Va de Los Dolores hacia Puente Tocinos. El zeta los sigue. A cierta distancia. No se han percatado. Pero los cuatro ocupantes del Mercedes tienen mucha mili. El coche patrulla no se les quita de detrás y tienen motivos para sospechar de la coincidencia.  Llevan guantes porque no van a pedir el aguilando, sino a dar palos. Lo vienen haciendo desde hace tiempo.

Son unos quinquis. Jóvenes, muy jóvenes, de entre 14 y 19 años, pero profesionales de lo suyo. Se dedican al robo en viviendas. Para ello, previamente robaban un coche y se movían con comodidad por la ciudad. Son vecinos de El Palmar, y Murcia se les debía antojar su puto reino. Se movían como querían y hacían lo que les salía de los huevos. Eran tan atrevidos o temerarios que el Mercedes del accidente lo habían tomado prestado ya antes para otros robos ¿Qué sensación de impunidad debían tener? Hay que pensar qué sociedad les ha criado.

-¡Aceleran! -grita el agente que les persigue-. Se han dado cuenta… A todas las unidades: el coche robado con cuatro individuos se mete en Miguel Induráin hacia Los Dolores.

Hay pan por todos lados, se fija el periodista. El pan es algo sagrado, como la vida. En el cristianismo llega a ser la mismísima carne del Salvador. Antes a los pequeños les decían que si iban a tirar la puntica del bocadillo que le dieran un beso. Por eso llamaba tanto la atención el suelo  alfombrado de pan. Barras por todos lados. Ennegrecidas de combustible, aceite y sangre.

El coche robado vuela que se las pela, atraviesa el puente sobre el oscuro y escuálido Segura. Un dispositivo de urgencia moviliza a más policías que intentan hacer la tenaza e impedir la huida. Pero entonces se cuela la tragedia. El semáforo marca rojo pero el Mercedes se lo salta. Se lo salta justo cuando pasan dos furgonetas. Se estampa contra una de ellas.

Seguro que los huidos no querían estrellarse, ni matar a nadie, ni matarse, pero la colisión fue brutal en palabras de quienes la vieron. Lanzó la furgoneta del repartidor a varios metros del sitio. El triste resultado es conocido.

Siniestro del pasado 24 de diciembre. Instantes después de la colisión.

El periodista no conocía a Alfonso Belando ni a su familia, pero sí ha visto un vídeo promocional de la panadería que difundieron en julio. En él aparece el fallecido. Es un hombre menudo, sonriente. Un tipo madrugador y que trata con mucha gente en muchos comercios solo puede ser simpático, campechano y amable. Además, lo más repetido en los múltiples comentarios de pésame es que era un hombre dispuesto y muy buena persona. El periodista hace suyo el dolor, piensa en su padre y se le hace un nudo de la garganta. Tira un par de fotos con el móvil y vuelve a su coche. Luce el sol sobre los panes caídos.

Un comentario en “Muerte en Nochebuena

  1. Maestro, su pluma cada vez se desliza mejor. Tiene Vd. Alejo esencia de escritor. Desde el periodismo llegaron Pérez Reverte y Gabo. Vd. ya empieza a apuntar a buena pluma y a ser narrador de una realidad colocando múltiples cámaras a la vez. Escribe Vd. a 360 grados. Se huele la realidad, se percibe el sentimiento y deja al lector pensando en esa flor de pascua abatida y esos chuscos de pan que jamás serán ingeridos por esas casualidades de la vida. Feliz año, Maestro!

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