El pacto de Cala Cortina

El caso Cala Cortina es una metáfora para los días convulsos que vivimos: saber llegar a un acuerdo en el que todos pierden, todos ganan, ninguno está satisfecho del todo ni jodido del todo.

En nuestra historia reciente hay pactos muy importantes. Los de La Moncloa, en 1977, que articularon la Transición, o el Acuerdo de Floridablanca, mucho menos conocido pero más cercano, un pacto  firmado en el hotel Floridablanca de Murcia en enero de 1979 y que nos trajo la autonomía a nuestra Región. El pacto de Cala Cortina será también histórico por lo que deja y, sobre todo, por lo que nos quita.

Para muchos, Cala Cortina es sinónimo de crimen. Para mí no. Yo conocía de antes la Cortina. Yo me he bañado en Cala Cortina. Es una playa urbana estupenda.  Es un dolor que se haya convertido en el escenario de un crimen no esclarecido pero sí con final pactado.

LO QUE NOS QUITA

Es un fraude que se haya llegado a una conformidad. Que se nos haya hurtado la posibilidad de llegar a conocer, hasta donde da la ciencia policial, qué cojones le pasó a Diego Pérez Tomás la noche del 11 de marzo de 2014.

Una de las muchas manifestaciones pidiendo justicia por la muerte de Diego.

Los que saben mucho de informaciones judiciales, como el periodista cartagenero Carlos Illán, me dicen que es un buen acuerdo, que todos ganan. Cada palabra se ha cincelado, se ha esculpido a base de llamadas telefónicas e intereses a corto y largo plazo. Para que todo encaje, incluso cuando la fórmula para encajar sea tan ambigua que pueda tener distintas interpretaciones. Conclusiones contrapuestas escuchadas a pie de Palacio de Justicia. Francisco Belda, abogado de los hermanos: los policías acusados “son homicidas confesos”. Raúl Pardo-Geijo Ruiz, defensor de uno de ellos, “es claro, meridiano y paladino, que ellos no son asesinos, sino que faltaron a su deber de garantes” porque la muerte se produjo por “acción u omisión”. Como escribía Juanjo Lara,  “el caso Cala Cortina se cierra con esa ‘u’, la vocal que, precisamente, queda turbadoramente abierta”. Parece una greguería de Gómez de la Serna.

Pero es que los propios hermanos de Diego, no parecen tampoco tenerlo claro. Manuel llega a decir en la sesión en la que declaró que lo mataron, y otro de los defensores, Mariano Bo, se niega a admitir el término “Protesto enérgicamente, señoría” le espeta al juez para que quede constancia.

Pastora Pérez, otra hermana, en un rapto de sinceridad o dejando hablar al subconsciente, protagonizó un momento que da mucho que pensar.

Fiscal: -¿Reclama usted entonces el dinero?

Pastora: -Yo reclamo algo más -llorando ante el tribunal-, una persona no vale dinero, no lo vale.

OTROS FLECOS

Luego está el tema de las indemnizaciones. Otro lío en el que el abogado del Estado, Nicolás Valero, hacía pedagogía en cada esquina para explicar que él responde por el dinero de todos los contribuyentes y no se puede dar tan a la ligera… máxime cuando no todos los hermanos cuidaban por igual a Diego, y los policías (¡suspendidos de empleo y sueldo desde 2014!) a lo mejor no pueden pagar los casi 90.000 euros cada uno, que es la parte que les toca apoquinar para alcanzar los 450.000 euros de indemnizaciones. La pela es la pela, que dirían los catalanes. Vaya si mueve montañas y cierra acuerdos.

-¿Acaso no sufrieron los hermanos?

-Muchísimo. Un trauma y una ausencia que llevarán para siempre. Pero otra cosa es que el Estado tenga que pagar.

Manuel, hermano De Diego, se dispone a declarar.

Y ¿cómo olvidar que fueron 6 los acusados y llegaron solo 5 al estrado? Gregorio Javier es un agente que lamentablemente falleció por pancreatitis cuando estaba en prisión provisional por este caso. Por si faltaba dramatismo al asunto. En la Jefatura de Policía Nacional en Murcia miraban con recelo el juicio. Había preocupación. No iban a escucharse lindezas precisamente. Y hasta en la comisaría de Cartagena, me decía un responsable policial, costó mucho levantar la frente y superar el shock de ver a los compañeros esposados. Pero había que hacerlo, y salir a patrullar.

Luego está la prensa. Que todo lo convierte en un espectáculo, y a los que se nos ha acusado de aumentar el sufrimiento de la familia de Diego. Pero parecen olvidar cuando se nos llamaba para acudir a tal o cual pública manifestación de dolor y búsqueda de justicia (ya).

Hay margen de sorpresa aún con la sentencia, que se fijará en unas semanas. Pero la verdad de lo que ocurrió no la conoceremos. Claro, que luego te pueden hacer un Rabadán: al cabo de los años, por mala conciencia o golpe de talonario, vaya usted a saber, ir a contarlo todo en un documental. A lo mejor dentro de un par de decádas nos toca Cala Cortina.