Regalo de boda (FICCIÓN) #cuentosdeverano

El bofetón había sido un golpe brutal que le giró la cabeza, le contorsionó el cuello y la tiró al suelo. Ya se había acostumbrado a recibir una hostia de vez en cuando, a los insultos, a ser denigrada, ninguneada… pero aquel golpe era superlativo.

Él le gritaba mientras ella se hacía un ovillo en el suelo de la cocina, se cubría la cabeza con las manos y con los brazos. Los hijos, todavía pequeños pero no cómo para no saber lo que ocurría, ya sabían que no debían salir de sus dormitorios.

Nadie en los alrededores oiría sus quejidos de dolor, ni sus gritos de bestia iracunda. El dúplex en la sierra le pareció a Ella el cénit palaciego de su vida social y familiar, con piscina, pero en verdad fue un castillo de terror donde siempre estaba aislada. Por eso empezó a fumar, a ahogar en nicotina sus penas y sus ansias de sexo.

Entonces vino la patada. No lo esperaba. Confiaba en lo de siempre. Que Él se cansara de gritar, que se le pasara la borrachera. Que luego viniera llorando a pedirle perdón (cada vez lo hacía menos). Pero aquel disparo de rugby en el abdomen la vació de aire y de esperanza, la estampó contra la pared y le abrasó los intestinos.

Aquello era un paso (una patada) más en su particular escalada de violencia diaria. Y volvió a sentir miedo como lo sintió la primera vez que le abofeteó. Un miedo que te revuelve la sangre, que hace que desaparezca el suelo bajo tus pies, que te obnubila al replantear toda tu existencia. El miedo por ti y por los tuyos.

Y fue entonces, desde el suelo, estampada contra la pared, cuando un brillo le incidió en los ojos. Mientras Él seguía vociferando groserías, un resplandor metálico desde lo alto del mueble-despensa de la cocina le llamó la atención. Le costó reconocer lo que era.

Se conocieron en la secundaria. Pero no se dieron más importancia. Hasta que volvieron a coincidir en la Facultad. Preñados de juventud y belleza, se enamoraron perdidamente. Todo fue romántico, frenético y perfecto. No necesitaban más. Tras acabar la carrera y encontrar trabajo, se casaron.

Los amigos eran comunes, todos de la primera generación adolescente que creció con móviles, todos conocidos. Ellos se lo llevaron de despedida a Mojácar. Ellas los superaron: se la llevaron a Mallorca en avión.

La boda, por la Iglesia (la familia de Ella no aceptaría otra cosa, a la de Él no le importó), fue estupenda. La celebración, todo un acierto gastronómico y festero. De hecho, una pareja de amigos que se enrollaron esa noche llegaron a casarse años más tarde (luego se divorciaron).

A la hora de partir la tarta, el mâitre les hizo entrega de una espada estilo toledano, sin filo, claro, como recordatorio del restaurante. Era de larga hoja, ancho mango y elaborada guarda con gavilanes.

-Es para ustedes, regalo de boda.

Ambos se sonrieron y con los dedos entrelazados, partieron las siete alturas de la tarta y se olvidaron de la espada y de la tarta, y de todos, y se fueron a bailar a la pista.

El amigo que les llevó en coche hasta el hotel (regalo de todos los colegas de la Facultad) cayó en la cuenta, vaya usted a saber por qué pijo, de coger la espada y echarla la maletero, junto con las maletas de los novios.

No recordaba Ella desde cuándo estaba ahí la espada de la boda. Sobresalía entre cuadros viejos y dos jarrones nunca utilizados en la parte superior del mueble. Él iba y venía del pasillo a la cocina gritando y amenazando, chocando con las paredes.

Él comenzó a quitarse el cinturón. Y Ella sabía que no era para hacerle el amor. De un respingo, se levantó del suelo. Se subió a una silla. Empuñó el regalo de boda. Él se abalanzó hacia ella. Ella se tiró desde la silla esgrimiendo el arma, apuntándole a su pecho.

Le atravesó. Aulló de dolor durante uno segundos. Se quedó sin aliento. Aún la miró desde el suelo. Más sorprendido que dolorido. Dejó de vivir. Boquiabierto. Cinturón en mano. 

Se encendió un pitillo. Exhaló dos bocanadas. Pensaba ya en el peso de las maletas. Apagó la colilla en uno de los ojos del muerto. Decidió que tomarían el tren mientras lo contemplaba ensartado en el regalo de boda.

 

 

 

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