Una, grande y libre. (FICCIÓN) #cuentosdeverano

Me habían dicho que era un tema de máxima urgencia. Con tres cadáveres.

Mi agencia de detectives no iba mal. Me dedicaba a descubrir infidelidades, que eran muchas, y a destapar a antiguos falangistas represores, que no eran pocos. Estábamos en la nueva España tras Franco, y un universo de delitos no morales se abría con la llegada de rubias noruegas a las costas murcianas.

Llegué sin mucho ánimo al despacho. Lancé el sombrero a la percha y cuando iba a subir los pies a la mesa entró Josefina con su sempiterno moño y una carpeta que nunca llevaba nada.

– Hola jefe. Le esperan. Hotel Floridablanca. Triple asesinato. Los cadáveres aún goteando.

– ¿Tres? Eso es demasiado. Que vaya la Policía.

– Eso es lo que no quieren, que vaya la Policía.

Reflexioné unos segundos.

-No me van a dejar hacer nada, y si lo hago, dirán que escondí pruebas y que protegía a alguien.

– Esto… jefe, mmm… el que ha llamado ha dicho que era de la Diputación Provincial.

– Pues ahora sí que estamos jodidos.

Crucé el río Segura, escuálido como nunca, verde como siempre,  y me planté allí en pocos minutos. Un tipo me abordó.

– Usted es el detective, ¿verdad?

– Sí, ¿y usted?

– No, yo no. Pero eso no importa. Lo importante es que no le vea la prensa gráfica.

-¿Prensa? ¡Qué carroñeros! Qué rápido se han enterado.

– Se equivoca, no lo saben aún.

No entendía nada pero le seguí. Entramos por la puerta de servicio. El Floridablanca es un hotel serio y relativamente céntrico. Muy señorial. No se usa como picadero, y si lo fuera, sería muy caro. Subimos varios pisos también por la escalera de servicio. Luego me introdujo en una sala sin que nadie me viera en el pasillo.

Había tanto humo en el ambiente que me golpeó en la cara como un puñetazo.

Pero los que tenían la cara desmayada eran los de ahí dentro. Todos, de traje y corbata aflojada,  se callaron y apretaron sus dientes, sus bigotes y sus cigarros.

– Señores, el detective –me presentó pomposamente.

El silencio se masticaba,  como el humo.

Se abrió la puerta. Entró un hombre orondo con el mostacho finicorto a lo Gutiérrez Mellado, aperturista pero comprometido con el régimen establecido.

– La prensa se está poniendo nerviosa, y no sé si voy a poder ocultarlo más.

– No se preocupe -dijo uno de los señores que había pasado la madrugada en vilo y vestía traje Magenta-, ya ha llegado el detective y él lo va a solucionar – y dirigiéndose a mí-: Vaya con el gerente y vea el problema que tenemos.

El Magenta mandaba. Salí como entré. Sin abrir la boca y sin ver nada claro.

De nuevo escaleras. Bajamos al sótano. Una especie de despensa de alimentos y material del restaurante. La escena estaba guapa. El gerente gordo se santiguó tres veces.

Era un caos de estropicio, desorden y sangre. Los tres cadáveres estaban en el suelo. Formaban un extraño triángulo perfecto. Los brazos de cada uno sobre las piernas del siguiente. Uno teniendo un cuchillo junto a la mitad de su cuello rebanado.  Otro un tenedor en un ojo.  El tercero un plato de cerámica partido por la mitad y encajado en el corazón.

Con un pañuelo en mi mano empecé a interrogarlos. Muchas pesetas, los tres eran funcionarios y eran de Albacete, Almería y Alicante.  La triple A. Fui a encenderme un cigarro y…

– ¡No, aquí no! Pues sí señor. Bastante lío tengo yo. Se me van a ahumar los jamones. Admití que se hiciera en mi hotel esta reunión,  que sabía que no podía traer nada bueno la política,  pero me decían “Será una cita histórica, todos los recordarán”, y los muy atrevidos me cegaban con frases como “vendrán al Hotel Floridablanca en peregrinaje, tendrás que poner una placa de recordatorio”. Y yo, venga, habilito el salón primero, y organizo la comida con los periodistas para después del acto, que se tenía que hacer casi ya, tras la firma del documento –yo le miraba boquiabierto, cigarro sin encender en la mano-,  y luego me dicen que vendrían estos señores de fuera de Murcia para participar y dar el sorpresón,  y la sorpresa me la he llevado yo, bueno, y ellos, pero a ellos que están muertos, pues ya les da igual.  ¿Ha hecho usted lo que tenía que hacer? Pues subamos, fume usted allá arriba con todos los demás, pero denme una solución a este entuerto.

Escaleras arriba. Otra vez. En un rellano me escapé.

– ¡Oiga! ¡No puede! No le pueden ver….

Di un portazo rápido, eché la llave y me quedé en un pasillo de habitaciones. ¿Quién no puede verme? Subí a la planta donde estaba la reunión de señores preocupados. Entré por otra puerta. Allí estaban. La canallesca. Los señores periodistas. Desaliñados. Sin parar de fumar. Sin parar de masticar. Sin parar de hablar. Me pegué a la puerta. Los escuché mientras no me veían.

-Yo digo que algo ha pasado. Tenían que haber firmado ya el estatuto del ente preautonómico. Nos dijeron que podríamos tomar unas instantáneas de recuerdo y luego tendríamos un almuerzo –dijo uno con gafas de montura redonda.

– Como siga así,  será una cena –dijo otro cargado con una cámara.

– Llevan meses con esto –apuntaba un tercero con un lápiz-. Hay que llevarlo cuanto antes al Ministro de las Regiones.  Murcia no se puede quedar atrás

– A lo mejor es que corren demasiado. Me han dicho…. –de nuevo el de gafas.

– Ya estas con tus fuentes secretas –le atajó otro que lucía pajarita.

– Secretas y bien informadas.

– No te hagas el interesante y desembucha –le espetó el del lápiz señalándolo con la punta afilada.

– El retraso –explicó, ajustándose las gafas- podría deberse a un magistral golpe de efecto de los ucedistas.

– ¡¿Cómo?! –se interesaron todos.

El de las gafas, se las ajustó, y también el pantalón. Paladeaba el momento de saberse centro de atención.

– Se llamará Región del Segura, y quiere agrupar a todo el sureste peninsular. ¿Os imagináis?  Una región con cuatro provincias. Y no está mini-región que es la provincia.

– O sea –recapitulaba el del lápiz-: Murcia y Albacete, como siempre ha sido, más… ¿Alicante y Almería?

– Pero ¿y la capital?  -preguntó el de la pajarita.

– Murcia, por supuesto.

– Por supuesto –asintieron varios.

– ¿Y cómo lo van a hacer?

– Se espera la llegada de emisarios de las provincias limítrofes, para firmar. La gracia es que con un pacto así bajo el brazo creen que en sus respectivas diputaciones se decidirán a seguirnos, o al menos tendrían más difícil bajarse del carro.

– Con Albacete hay que reconciliarse –decía el del lápiz rascándose con él la frente-, y si se les hace una buena oferta a Alicante y Almería, podrían sumarse. Pero no es fácil.

– Para unos el parlamento autonómico, para otros una nueva universidad, para otros la Delegación del Gobierno y a los cuartos… pues les organizamos gratis un bando de la Huerta.

Rieron al unísono, los muy canallas.

– Y si no –concluyó el de las gafas-, el plan pasaría por dejar el texto del estatuto abierto con una fórmula con así como “… y los que quieran unirse a nosotros serán bien recibidos.” Y Sanseacabó.

– Seguro que todos se suman. ¡Cuatro provincias! –dijo el fotógrafo-. La de kilómetros que tendríamos que hacer para hacer fotos.

– Una, grande y libre –dijo el del lápiz.

– ¡Schsssst! ¡Calla! –le espetó el de la pajarita-. No mentes a la bicha.

Volvieron a reír. Tras un silencio retomaron.

-Seguro que firman.

-Eso, si han venido.

-¿Y usted quién es?

Se dirigían a mí.

Levanté la mano a modo de tímido saludo. Crucé la estancia, abrí la puerta de la sala de los señores políticos, y dejé a los señores periodistas con sus dudas y sus elucubraciones.

– Aquí está el detective –decía el orondo dueño-, y ¡viene de estar con la prensa! ¡Inaudito! –le faltó abanicarse por el sofoco.

– Da igual –dijo Magenta, señalando a otro que hablaba por teléfono- esto está solucionado.

El del teléfono era un barrigón de traje azul Celeste. Colgó el auricular. Celeste y Magenta se miraron. Y asintieron.

– Hemos recibido una importante llamada, y nos han dado permiso para tapar el asunto. Esto nunca ha ocurrido –explicó Magenta.

– Pero, entonces ¿quién los ha matado? –preguntó un barrigón de traje Azulón.

-Eso da igual –atajó Celeste-. Lo que importa es el Proyecto.

-Eran unos simples fontaneros de la Nueva Política. Sus familias recibirán una Gratificación y un palmadica en la espalda –sentenció Magenta-. Murieron por la Transición.

Después de tanta grandilocuencia y letras en mayúsculas, me miraron.

– Sus servicios aquí ya no son necesarios. Aunque… –Magenta se me acercó reforzando sus palabras con el dedo índice amenazador-  le exigimos confidencialidad so pena de prisión por revelar secretos de Estado.

– Bueno, secretos de Autonomía –rectificó Azulón apoyando las manos en su barriga.

-Sí, eso. De Autonomía.

Les hice un leve saludo de cabeza y giré sobre mis talones. Atravesé a los periodistas (“¿Es usted de Albacete? ¿De Almería? ¿Quizá Alicante? ¿Cuándo almorzaremos?”) y volví al despacho.

Nada más verme, Josefina abrazó más su carpeta.

– Ya estás aquí –suspiró-. Esos que no te han dado el caso.

– Te equivocas –hablé por fin-. Ya está resuelto.

– Pues vaya. ¿Quién fue? ¿Un militar descontento? ¿Un banquero arruinado?

– Ellos mismos –dije sentándome-. A tenor de los visto… se han matado entre ellos. De pura avaricia. Estaban encerrados en una despensa. Discutirían sobre política. Pero van a echar tierra sobre el asunto.

– Será tierra sobre los cadáveres.

– También. Da igual. El meollo será que nos quedamos solos para tratar nuestros asuntos, y ya veremos si estamos preparados.

Josefina no dijo nada y salió del despacho.

Subí los pies a la mesa. Lance el sombrero a la percha. Me fijé en el calendario de al lado, en la pared: Lunes 27 de marzo de 1978. Me encendí por fin el pitillo, y dije en voz alta:

– No me va a faltar el trabajo en esta nueva España.

Me recliné en la silla. Eché el humo. Sonreí.

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