Archivos mensuales: mayo 2017

El pasillo de los padres

Hay estancias frías. Como la sala de autopsias, o algunas salas de vistas. Pero por cada espacio de tortura, por cada lugar de muerte,  por cada rincón de oprobio, hay un pasillo aún más frío para los padres.

Estaban sentados en las escaleras. No era el lugar ni tenían la edad. Porque era el Palacio de Justicia y ellos rondaban, por lo menos, los sesenta años de edad. Parecían dos colibrís mojados, macho y hembra acurrucados, azotados por la tempestad. aquietados en un escalón como las aves que se refugian en un árbol que no es el suyo.

No pegaban en aquel sitio. Me costó ubicarlos. Miraban al suelo con vergüenza, apesadumbrados, casi bovinos. Enmudecidos en el espacio marmóreo y aristocrático de un Palacio de Justicia.

Yo a lo mío. Ese día, juicio por tentativa de homicidio.

Él era un hombre con la vida hecha y los gustos definidos. Les gustaban jóvenes, guapos y desinhibidos. Nada malo hay en ello. Se conocieron en el chat de Chueca. Ese día podían verse. Cuando terminó su jornada cogió el coche y cruzó la Región a su encuentro. Era una fiesta privada. Había otros jóvenes como su nuevo amigo. Colabora con los 50 euros por barba para el guateque. Pero el único que ha pagado, parece, es él. Y con ese billete van a pillar farlopa. Él incluso los lleva. Hace un poco la vista gorda, porque la vista se la tiene echada al anfitrión, el que conoció por Internet. La juventud, divino tesoro, se empolva la nariz, pero él pasa.  

-Como yo no tomaba drogas, pues cogí un libro. Un libro de filosofía -dice a los jueces.

Acusado y víctima durante la primera sesión del juicio

Cuando se quedan solos el ‘business’ parece claro. Uno pone la pasta, y él otro le tiene que poner, aunque sea caliente. Venga, pues un masaje. Fuera los pantalones. Desnudicos. Un poquico de gel para la piel seca. Todo era gel sobre hojuelas. Pero saltó el cable pelado (psiquiátricamente reconocido, que hay un problema). Y coge el cuchillo de hacer las rayas y le mete dos machetazos. El hombre que quería conocer jóvenes en un chat corre tapándose los genitales y las hemorragias. Escapa de milagro. Llega la ambulancia, la policía, la denuncia y el juicio. Y con ello la petición de la Fiscalía, de primeras, de 9 años de cárcel para el joven masajista. 

Los de la escalera eran los padres del joven. Ése era el pesar. El mirar al suelo. El dolor en la paternidad. Pero hay cosas peores.

El rostro del dolor ha sido esta semana el de Cayetano Ros, el padre de Beatriz, la joven asesinada en Molina por un hombre (casado y) por ella despechado. El dolor se hizo carne y aliento cansado en Cayetano. A preguntas de mi compañera Blanca Núñez, bajó su estrecho bigote, soltó aquello que le haría al asesino de Beatriz de haberlo sabido:

-Me lo comía.

Hay estancias frías. Como la sala de autopsias, o algunas salas de vistas. Pero por cada espacio de tortura, por cada lugar de muerte,  por cada rincón de oprobio, hay un pasillo aún más frío para los padres. Y allí sí que se hielan los corazones. Pocas cosas hay más duras que sobrevivir a un hijo. De verlo escarnecido. No lo puedo concebir. Por si no ha quedado claro, esto va sobre lo que duelen los hijos, que ya me lo decía mi madre:

-Cuando seas padre comerás huevo.

Vienen al mundo entre gritos de dolor y envueltos en sangre derramada. Es lo mismo que queda si los tienes que ver marcharse. Gritos. Dolor. Sangre.

El chalé

No es un adosado de ninguna urbanización. No es un dúplex en primera línea de costa. Es una metáfora de ruindad humanística.  El Bloque B-10 de La Paz es el ejemplo de todo lo malo de una sociedad farisea.

Debe de haber uno en cada ciudad. O varios. Con retranca, le bautizaron como ‘El Chalé’. Pero es un conglomerado de chapas, pintarrajos, meados, y ladrillos superpuestos. Y dentro… dentro el suelo es pegajoso. Es un erial hediondo de suciedad y papel de plata quemado.

Ahora que nos viene una lluvia (no de agua, que es la que hace falta, sino) de millones sobre Murcia del nuevo Míster Marshall (léase FEDER), a ver si le echan torería al asunto, meten la pala, y arrasan con algunos bloques del Polígono de La Paz y de La Fama. Aquellos nidos de ratas y papelinas de heroína. Los putrefactos lugares que nadie quiere. Los verdaderos vecinos de La Fama y La Paz no lo quieren cerca, solo pueden resignarse.

Porque eso es lo cojonudo. De alguna cloaca surge el nombre de algún fulano que no pisa nunca ‘el chalé’, pero aparece en la pantalla del ordenata, que está ahí domiciliado, y claro, no se puede meter la pala. Conclusión… Año tras año, el Estado gasta recursos humanos y físicos en meter medio centenar de policías para limpiar aquello de toxicómanos.

Yo los he visto. Usted nos los querría cerca en la cola del supermercado, aunque sabe que existen. Están chutándose y compartiendo miserias y venéreas. Los sacan a capazos. Con las manos atadas porque no hay tantos grilletes. En 2015, cuando hubo dos entradas y registros, detuvieron a 47 personas en una y luego a 34. Po-bre-ti-cos. Mellados, asustados, mugrientos, perdidos, olvidados.

Alguien saca tajada de eso. Alguien que no tiene ni por qué aparecer por allí. Pero que se preocupa en poner puertas blindadas. Accesos de hierro forjado toscamente concluído, pero duro como la madre que lo parió. Tardan 5 minutos en abrirlo. Que los policías más bien parecen hipercerrajeros. Pero esos 300 segundos de tardanza bastan. Con dos ¡AGUA!, o ¡AIRE!,  ya están avisados los de dentro, y a correr a deshacerse de la droga.

Claro, luego con la poca sustancia que se incauta, con alguna coma extraña susceptible de libre interpretación en el acta del secretario judicial, con alguna dilación indebida… pues los cargos quedan en nada.

La zona no es un lugar donde se reciban con agrado a los reporteros. Pero tampoco es territorio comanche tal y como lo acuñó el cartagenero Pérez-Reverte: “territorio comanche es el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta; donde siempre parece a punto de anochecer y caminas pegado a las paredes”. No. Lo cierto es que con esta luz mediterránea y murciana no hay problemas de visibilidad. Eso sí, suelo caminar por el centro, porque si te pegas a la pared a alguien se le puede caer algo desde alguna ventana. La última vez que estuve para un reportaje fui bien recibido. Hasta reconocido. Una señora, bebé en brazos, comentó:

– Anda, ése es Alejo Saura (sic), el del 1-1-2. Hijo, ten cuidado.

En fin.

La verde invasión

Los que regaban las mil planticas… pobres diablos, barrigudos, mal vestidos, casi sucios. En la cocina, un almanaque presidido por la imagen de la Fuensanta. El calendario lleva las anotaciones del cultivo día a día de la marihuana. El manto de la Patrona murciana es verde. Toma ya.

Hay una invasión verde, pero no de marcianos, sino de marihuana.

Eran las diez de la mañana, pero el sol murciano ya se clavaba en los cogotes. El equipo de reporteros aparcaron su coche frente a un viejo local. Nada en la pedanía hacía sospechar lo que ocurría dentro. En el patio del antiguo club, los policías desmantelaban el tinglado. Mientras el cámara pillaba foco, el periodista se encaramó a unos palets para ver por encima de la valla. Desde la acera no se veía. La valla tenía una tela opaca. Una tela verde. 



La natural tendencia de los murcianos a la huertanía y los ínfimos sueldos de estos lares, hacen de esta productiva tierra un bullicioso caldo de cultivo (justo eso) para estas mal llamadas drogas blandas.
No es mi deseo convertir este espacio en un editorial, pero a algunos me los imagino como los patricios romanos de la antigüedad… “Dejen, dejen que pasen los godos, que ya los controlaremos”. Luego vinieron la invasiones bárbaras.

El operativo se acaba. Comienza el trasiego de vehículos policiales. Los sabuesos de Policía Judicial se quitan el chaleco. Llevan la frente sudorosa. Sonríen satisfechos. El palo ha estado bien, y no es ni mediodía. Plantas. Macetas. Focos. Gomas para riego. Depósitos de fertilizantes. La infraestructura es meritoria. Han modificado el lugar y compartimentado los espacios para poner plantaciones. En el jacuzzi, en vez de júbilo libidinoso, se amontonan sacos de estiércol. En la pista de baile, macetas. En la barra, depósitos de riego.


El cámara graba las macetas ya huérfanas de plantas.

Lo que es una barbaridad es la facilidad con la que trepa este verde cultivo por todos lados. Todo lo muta la invasión verde. No hace falta tener contactos en el cártel de Sinaloa o de Medellín para ser un narco marihuanero. Lo puede ser cualquier fulano. Necesita pocos recursos para empezar, algunos conocimientos para pinchar la luz, nociones de cultivo propias de Google, un poco de tiempo y una motivación: dinero.

Los reporteros se trasladan. Otro municipio. Otro registro de la Operación Coliseum. De la zona oriental de Murcia van en coche hacia Fortuna, junto al Embalse de Santomera. Carretera RM-423. El cámara conduce y fuma. Piensa en que ojalá lleguen a tiempo de ver las plantas para grabarlas bien. Si llegan, moverá algunas con sus propios dedos para que se aprecie el tamaña en la secuencia. A su lado el periodista mira por la ventanilla. En el arcén, prostitutas bajo sombrillas en horas de trabajo. Algunas sonríen. Otras siguen con su móvil. Otras han dejado la silla vacía, trabajando de verdad. ¿Qué es peor: prostituirse o cultivar marihuana?




Parte de la plantación hallada en Fortuna

Porque ahí es donde quería llegar. Para hallar un porro de marihuana no hay que irse a un sórdido callejón de yonquis. Lo tienes a la puerta de tu casa. Está en el parque de tus hijos. Lo fuma tu vecino. Y ¿de dónde salen? De todos lados. Somos región exportadora.

Chalet enorme. Varios pisos. Patio con fuente. Fuente con escultura. El olor es tan fuerte que golpea. El verde se palpa, se paladea letra a letra. Mil plantas sólo allí, en Fortuna. Dos detenidos. Los que regaban las mil planticas. Pobres diablos, barrigudos, mal vestidos, casi sucios. En la cocina, un almanaque presidido por la imagen de la Fuensanta. El calendario lleva las anotaciones del cultivo día a día de la marihuana. El manto de la Patrona murciana es verde. Toma ya. 

Almanaque de la Fuensanta usado para el cultivo de cannabis

Hay que joderse. Al final me ha salido un editorial.

De (super)héroes y villanos

Yo de pequeño leía los tebeos de Mortadelo y Filemón. Quizá por eso crecí pensando que lo español es chapucero y casposo. Cuando adolescente, elegí cómics de superhéroes. Tienen su complejidad y lirismo. No puedes salvar al mundo y a ti mismo. Uno acaba jodido. Como la vida misma. Pero ellos siempre saben qué elegir. Falta épica en nuestro día a día, pero tampoco nos es ajena. Ahí van unos ejemplos.

JUAN CARLOS MAYA Y EL GUACHO

Auto de la jueza Ana Belén Carrión

Hoy Archena homenajea a un superhéroe. Hoy le entregan a título póstumo el Escudo de Oro a Juan Carlos Maya. Muchos municipios pueden destacar a científicos, deportistas o artistas. Pero no a un superhéroe. Y lo dice bien claro la jueza Ana Belén Carrión en un merecido y casi necesario rapto de sinceridad personal y gracia literaria: “con una conducta heroica propia de un superhéroe de cómic, superando, nuevamente, la realidad a la ficción”.

Toma ya. Eso, créanme, no se suele leer en autos judiciales ordinarios. Claro, pero es que lo que hizo Juan Carlos fue extraordinario. Juan Carlos “forcejeó con el agresor para quitarle el cuchillo”. El Guacho, Ramón Jiménez, las imágenes parece que no dejan duda, iba a quitarle la vida a la chica a la que quería agredir.

No sabemos a qué se refería la Juzgadora con aquello de “nuevamente”, pero sí que superó la ficción.

Por desgracia, aquí, el superhéroe lo pagó con su vida.

EL CHIQUÍTÍN Y EL CHINO

Carlos Jesús cuando competía como culturismo

Blue Diamond. Alcantarilla. 22:40 horas. 21 de noviembre de 2014. Siete disparos. Dos fallecidos. Uno que pasaba por allí, y otro que se puso ante las balas.

Horas antes empezó la fiesta de cumpleaños, a lo bestia, tanto que el grupo de machos alfa es invitado a marcharse, porque iban pasaos y uno en especial, Mariano Garrido, alias El Chino,  que quería camareras para ellos solos y para bailar.

Están ya en la puerta. Arman bulla. Llaman incluso a la Policía. El grupo se va. Llegan los polis. “Na, ya se ha ido”. Se marchan los agentes. Pero vuelven los del cumple. De la espalda Mariano se saca un revolver Llama, modelo Martial, calibre 38 especial, es decir, 8 cartuchos.

En la puerta la gente que entra y sale. El dueño del local, que habla con dos clientes. El portero. El portero que los había echado.

Según la investigación, El Chino descerraja cinco tiros a Carlos Jesús, alias El Chiquitín, llamado así porque medía 1.90 metros, era culturista, era natural de Valdepeñas y quería opositar a bombero en 2015. Se podría decir que le salvó la vida al dueño del local. El otro fallecido era Pedro Ruiz, un empresario de Algezares.

LA TESTIGO DEL MÓVIL Y HRISTO IVANOV

Frame del vídeo grabado por la testigo.

Éste caso es el que más debate puede generar, pero su acto cambió el curso de esta historia. Le dijo a una amiga “voy a grabar porque me parecen que van a por ellos”. No hizo gran sacrificio. Tan solo movió un dedo. El necesario para darle al REC del vídeo del móvil. Y lo que grabó fue al búlgaro Hristo Ivanov dándole un brutal puñetazo a Andrés Martínez, el joven de Alcantarilla que a punto estuvo de fallecer y que estuvo casi un mes inconsciente en la UCI. En cuanto vino la Policía y Andrés aún estaba en el suelo de la plaza les pasó el vídeo. Sin ese vídeo no se habría visto la traicionera acción de Ivanov, la demoledora fuerza de su impacto, la frialdad con que lo abandonaron. No se habría visto.

La elección de Juan Carlos

Este caso se resume en dos imágenes colectivas. La plaza de Archena llena de gente compungida alrededor del ataud, y una turba exacerbada jaleando al homicida confeso a la voz de “Estamos con Ramón”.  

La María se iba a partir la cara con otra. Las cosas son así. A estas alturas ya da igual el motivo. Quedaron en el barrio de Fátima, en Molina, que está como para peregrinar a Lourdes pese al esfuerzo de algunos vecinos por dignificar aquello.

Lo que no se esperaba la María es que la otra llegase con refuerzos. Le dieron p’al pelo. Pero ella también soltó. Así que las otras querían denunciarle y a éstas les dijeron que mejor con un parte de lesiones. Se fueron para Urgencias.

-Nene, que me han pegao, están en el hospital de Molina.

Allí se presentó él. A buscarlas. A la hermana del Guacho no la toca nadie. Ramón Jiménez tiene la cara aniñada, pero no la mirada. Tiene casi 20 años, y como cantaría Nino Bravo, ya está cansado de vivir. Lleva mili. Antecedentes policiales por hurto y tal.

Lo imagino bufando por la nariz. Se metió en la sala de espera. Localizó su objetivo. Sacó su arma, un cuchillo de 15 centímetros de hoja y mango de madera. Lo esgrimió.

Allí está la primera fatalidad. La coincidencia.


Juan Carlos Maya levantaría la cabeza. Quizá miraba el móvil distraído. Cuarenta y seis años recién cumplidos. Camionero. Archenero. Casado. Dos hijos. Uno de ellos, en el quirófano por un traumatismo. “No, hombre -pensaría-, así no se hacen las cosas”.

Dicen que el ataque fue cosa de segundos, pero con consecuencias para toda la vida, porque precisamente eso fue lo que le quitó. Le clavó el cuchillo en el pecho.

Esa fue la segunda jodida fatalidad. Hay toreros que se han escapado de la muerte con más cornás y en peores enfermerías.

-Solo hemos objetivado una herida -explicó el doctor que lo atendió-. Debió de afectarle un pulmón y algún vaso importante (del corazón). Entró por su propio pie, pero comenzó a tener fallos y en siete u ocho minutos se nos fue.

Qué puta es la vida. Ahora lee usted esto, o está en una sala de espera, y al día siguiente, a la misma hora, lo llevan a hombros en un féretro. Pum. Se acabó. Adiós a las vacaciones de este verano. Adiós a ver a tus hijos crecer. Adiós.


Por más barbaridades que vea uno en este oficio, nunca estás curado. Lo de Juan Carlos es como un puñetazo en la nariz. Te deja sentado, absorto y lagrimeando.

¿Puede haber algo más ruin? Sacar un cuchillo y partir el corazón a un desconocido sin más es excesivo, una canallada.

Dice el abogado defensor, Jorge Novella que no fue hasta la noche siguiente cuando el Ramón comenzó a ser consciente de la que había liado, que entonces estaba nervioso y ahora arrepentido.

Ante las cámaras, el detenido llegó al grito de “¡No quería hacerlo… Lo siento mucho!”, pero tuvo los santos huevos de salir del juzgado camino de prisión lanzando besitos a las cámaras. Pa chulo él. Dos agentes lo metieron en el coche por la fuerza mientras vociferaba “¡Hasta la muerte!”.


Este caso se resume en dos imágenes colectivas. La plaza de Archena llena de gente compungida alrededor del ataud, y una turba exacerbada jaleando al homicida confeso a la voz de “Estamos con Ramón”.  Cada uno que elija con qué grupo quiere estar. Juan Carlos eligió no permanecer impasible.