Los Holandeses

Ninguna pregunta del veredicto entraba en esa cuestión. El móvil de un crimen entra dentro de la subjetividad. Solo importa a allegados y gacetilleros. El hecho puro y duro, empírico y sangrante, es lo que interesa. Pero hay interrogantes a los que algunas sentencias no pueden dar respuesta.

Las víctimas, Ingrid Visser y Lodewijk Severein

Hay sucesos que marcan una época, a una generación, a unos determinados profesionales. Para algunos fue El crimen de los Novilleros, para otros, El crimen de la  katana, o el caso de Paquita de Santomera. También espeluznantes fueron los casos de Nanysex o Álvaro Iglesias, El parricidio de Angelo Carotenuto, o El crimen del funerario.

Para mí fue el caso de Los Holandeses.

Les juro, amigos, que me ha quitado el sueño muchas veces. Durante años. Leyendo una y otra vez el sumario hasta altas horas de la madrugada. Soñando con las fotos de la autopsia.

Recuerdo como un rayo la noticia de la desaparición de Ingrid Visser y Lodewick Severein. Los familiares llegados para buscarlos, tan neerlandeses… altos, rubios, preocupados. Recuerdo la noticia del hallazgo de sus cadáveres. Me veo una y otra vez andando por los vericuetos de limoneros de Serafín de Alba. Con la tierra removida aún, cercanas las horas en que la científica jugó al macabro puzzle de recuperar las partes de los cuerpos.

Había algo más. No era solo el escalofrío de saber que estuve donde fueron enterrados los fallecidos. En su macabro viaje a nuestra Región, se alojaron en El Churra, donde trabajé varios años para pagarme la carrera, y murieron en la Casa Colorá, ahora Amarilla, dónde también estuve como usuario antes de convertirse en una brutal sala de muerte.

Era como si toda la geografía delincuencial de este caso estuviera relacionada conmigo.

Es por eso que, quizás, me resista a creer que ya se ha acabado el asunto, el caso, el proceso. Y puede que aún no, pero ya como otro recurso en el Supremo.

Lo que nunca se acabará es el dolor de los familiares, ni el hueco de las ausencias. Pero la tinta de las sentencias no entiende de colores, va a lo negro sobre blanco, ni ve más allá del borde de sus páginas.

Siempre me ha extrañado la forma en que Juan Cuenca y Valentín Ion no involucraban a Constantin Stan. Había algo antinatural en todo ello. Nunca se ha sabido el móvil concreto ¿dinero?, ¿por la venta de la cantera?,  ¿para eso tanto sufrimiento y dolor?, ¿y cuánto dinero?

Ninguna pregunta del veredicto entraba en esa cuestión. El móvil de un crimen entra dentro de la subjetividad. Solo importa a allegados y gacetilleros. El hecho puro y duro, empírico y sangrante, es lo que interesa. Pero hay interrogantes a los que algunas sentencias no pueden dar respuesta.

Hay una imagen que me sigue persiguiendo. Que me tortura. Ingrid y Lodewick van a su encuentro con Cuenca. Les lleva en su coche Rosa (amiga de Cuenca que estuvo imputada y luego desimputada -verdaderamente, parece que no sabía con qué colaboraba-). Van camino de su muerte. Pero Ingrid va hablando con las hijas de Rosa. Va feliz, charlando con las crías. Y en aquellos días, estoy seguro, Ingrid creía estar embarazada. Así se lo dijo a una amiga por mensaje y para ese motivo viajó a Murcia. Preñada de vida y de futuro, de sonrisas, de risas. Y lo único que le espera es una muerte cruel y salvaje.

Luego la autopsia dijo que no halló en su vientre resto alguno de embarazo. Pero, claro, 15 días después de ser asesinada y tras ser descuartizada, con avanzada descomposición de todo, qué se podía encontrar.

A veces me pregunto qué nombre le habrían puesto a la criatura.

Un comentario en “Los Holandeses

  1. Estremecedor. Ésta sería la calificación subjetiva que daría al relato, que nos retrotrae a aquellos fatídicos momentos, en que una atlética y bella chica holandesa, acompañada de su pareja, hombre ya maduro y “entrado en negocios” de dudosa fiabilidad, ocuparon toda la atención de los medios.
    Triste final, contado con un realismo noveloso, que pone los pelos de punta, al describir las
    “coincidencias” de la llamada geografía delincuencial.
    Periodista será el oficio, pero el arte de escritor y novelista, aflora en cada renglón de éste buen amigo y hermano. !! Enhorabuena Alejo!!

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