Homicidio en Puerto Lumbreras

Para entonces se había llenado de guardias la calle Sierpe. También de testigos métricos, los numericos que ponen los investigadores en la escena del crimen (ahora sí). En las sinuosas calles de alrededor había gotas de sangre que señalaban el derrotero que, herido, Martín recorrió en sus últimos segundos de vida.

El mensaje me pilló desnudo.

“Homicidio en Puerto Lumbreras”.

Era sábado por la mañana. Estaba recién salido de la ducha, con la toalla en la cintura y  el móvil en la mano.

Durante unos segundos busqué en el fondo de mi cabeza ¿Qué he pasado por alto en las últimas horas? Tardé unos minutos hasta que caí en la cuenta.

Nadie lo sabe aún.  Y saboreé ese placer profesional de tener algo que los demás no tienen.

Me costó varias llamadas (ya vestido, eso sí) hasta que di con el asunto.

No veríamos ya el drama del terrible hallazgo, el shock de la primera digestión a cargo de los familiares sin consuelo, ni el aséptico levantamiento de cadáver. Martín, de 49 años, llevaba casi 24 horas fallecido.

¿Entonces? ¿Por qué esto no ha pitado  antes?

Alguien se equivocó al principio.

Martín Romera Navarro era conocido por todos como “una muy buena persona” en su calle, la Sierpe, que se tiene muy ganado el nombre. Es una (más o menos) recta en pendiente ubicada en un barrio en la ladera del Castillo de Nogalte. Se caracteriza por casas bajas, de familias humildes, en donde predominan los rostros quemados por el sol, las cuerdas con ropa tendida en cualquier sitio y una moda de poner pares de zapatos en muchos tejados.

Cerca de la puerta de su casa fue hallado Martín. Presentaba heridas en cabeza y había perdido sangre.  Los sanitarios se afanaron en vano por devolverle a la vida y después se optó por levantar el cuerpo. Debió de sufrir algo -pensarían-, y en la caída golpearse y sangrar. Una muerte natural accidentada.

Esto aún el viernes. El sábado, me imagino la llamada a la Comandancia de la Guardia Civil.

-Oye, que nones, que no ha sido natural.

-¿Pero cómo…?

-Que tiene orificios de heridas por arma de fuego, en cabeza y brazo.

Ágiles estuvieron los sabuesos de la Benemérita para subsanar el error forense del levantamiento. Se habían perdido horas muy preciadas.

Volvemos al punto de partida. Estoy con el móvil y la toalla.

Para entonces se había llenado de guardias la calle Sierpe. También de testigos métricos, los numericos que ponen los investigadores en la escena del crimen (ahora sí). En las sinuosas calles de alrededor había gotas de sangre que señalaban el derrotero que, herido, Martín recorrió en sus últimos segundos de vida.

Esa noche hicieron varios registros más. Había un vecino que ya no estaba. Se trata de Juan José. Estaba en Velez Rubio. Al parecer discutió con Martín (a quien concocía) horas antes de la muerte de éste. Los indicios lo señalan y es arrestado. Queda en libertad con cargos el lunes. El martes lo encuentra mi compañero Manu Reyes. Está en la misma calle de los hechos. Fumando sobre la bici. Le espeta:

-¿Has asesinado a Martín?

– Soy inocente. Si no soy capaz de matar a un animal.

Luego se queja de lo mal que lo ha pasado, y de que quién lo iba a contratar ahora para trabajar, después de salir en la tele con este asunto.

Le da a los pedales y desaparece calle abajo.

¿Y en qué trabajaba antes de salir en la tele?

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