Archivos mensuales: abril 2017

El karateca y la pitón

La pitón es una serpiente que vence a sus víctimas asfixiándolas, tapándoles la boca y enrollándolas. Eso es lo que ha hecho la Policía. Cada chaleco policial, una escama de la piel de la pitón.

El Karateca 

Le llamaban Karateca porque era aficionado a la artes marciales y porque su especialidad fue siempre no pasar desapercibido. Igual bromea ante las cámaras, que conduce un Maserati, que echa risas en mitad de un juicio o te fulmina amenazadoramente con sus pupilas.

Imagen de portada de ayer del diario La Opinión de Murcia


Esos ojos negros, como cantaría Duncan Dhu, los vi  hace años, en 2011, cuando fue juzgado y absuelto por un terrible asesinato en el año 2000.
– Subió a Alfonso a una bicicleta estática -contaba un testigo durante el juicio-, él llevaba una pistola, le dijo que empezara a pedalear, le dijo que era un chivato y lo mató.

En aquel entonces, los periodistas gráficos podían tomar imágenes y grabar vídeo en los pasillos de los edificios judiciales (ahora no).  Entraba al despacho de su señoría a declarar como sospechoso del crimen, y rodeado de Linces de la Guardia Civil, vestido de angelical blanco para resaltar su piel morena y calé, sostenía el semblante ceñudo ante los objetivos de las cámaras. Se partía el cuello aguantando la mirada.

Lo jodido del caso es que el jurado popular entendía que, uno de los tres, o Pedro o uno de los dos testigos, habían matado a Alfonso, pero no concedieron credibilidad a los testigos.

Así que se ordenó que quedase en libertad y a la calle.

La (operación del equipo) Pitón

Su nombre, su mirada, o su efigie a las puertas de su local de copas, siempre estaban con la mente de muchos policías.

Efigie del local de copas del karateca con su imagen.

– Está ahí, en Alcantarilla, ahora es empresario de la noche.

Pero no le quitaban ojo. Y él lo sabría. Ha tardado poco más de un lustro en volver a ser detenido. Y no de manera gratuita. Lo dicen, como mínimo, los 330.000 euros ocultos en un doble fondo, lo secundan los 281 kilos de marihuana y lo refrenda el arsenal militar que se le ha hallado. Es normal entre quienes se meten a narco tener plomo para defender la cosecha. Pero la cantidad de escopetas, armas y munición encontradas roza el vicio.

Los que también tenían una mirada especial eran los agentes que lo detuvieron, que actuaron como una pitón. El miércoles, cuando exponían lo incautado ante la ávida mirada de los plumillas, parecían cansados pero satisfechos.

– ¡No, no, esta escopeta que no la toquen que aún está sin procesar! -se llegó a oír en una esquina.

Otro punto interesante de esta historia (¡tiene tantos…!) fue el origen de la operación. La versión oficial mantiene que se le investiga desde 2015. Pero a preguntas de quien esto escribe no negaron que todo se precipitó a raíz de una llamada anónima, léase colaboración ciudadana por unos, o chivatazo, por algún otro.

Periodistas arremolinados ante la salida del karateca del registro de su casa.

Lo que tampoco puede ser casual es que al frente de la vieja comisaría de Alcantarilla esté Alberto Benavente. No lleva ni un año en esa plaza y ya se ha quitado al que llamaban el Scheriff de Alcantarilla.

La pitón es una serpiente que vence a sus víctimas asfixiándolas, tapándoles la boca y enrollándolas. Eso es lo que ha hecho la Policía. Cada chaleco policial, una escama de la piel de la pitón.

Si todo esto lo pilla James Ellroy o Elmore Leonard, hacen un novelón y venden a Netflix los derechos para una serie. Pero esto es Murcia, la detención fue en Puebla de Soto, y yo me apellido Lucas. Será por eso que el título se me antoja el de una fábula de Iriarte.

Los Holandeses

Ninguna pregunta del veredicto entraba en esa cuestión. El móvil de un crimen entra dentro de la subjetividad. Solo importa a allegados y gacetilleros. El hecho puro y duro, empírico y sangrante, es lo que interesa. Pero hay interrogantes a los que algunas sentencias no pueden dar respuesta.

Las víctimas, Ingrid Visser y Lodewijk Severein

Hay sucesos que marcan una época, a una generación, a unos determinados profesionales. Para algunos fue El crimen de los Novilleros, para otros, El crimen de la  katana, o el caso de Paquita de Santomera. También espeluznantes fueron los casos de Nanysex o Álvaro Iglesias, El parricidio de Angelo Carotenuto, o El crimen del funerario.

Para mí fue el caso de Los Holandeses.

Les juro, amigos, que me ha quitado el sueño muchas veces. Durante años. Leyendo una y otra vez el sumario hasta altas horas de la madrugada. Soñando con las fotos de la autopsia.

Recuerdo como un rayo la noticia de la desaparición de Ingrid Visser y Lodewick Severein. Los familiares llegados para buscarlos, tan neerlandeses… altos, rubios, preocupados. Recuerdo la noticia del hallazgo de sus cadáveres. Me veo una y otra vez andando por los vericuetos de limoneros de Serafín de Alba. Con la tierra removida aún, cercanas las horas en que la científica jugó al macabro puzzle de recuperar las partes de los cuerpos.

Había algo más. No era solo el escalofrío de saber que estuve donde fueron enterrados los fallecidos. En su macabro viaje a nuestra Región, se alojaron en El Churra, donde trabajé varios años para pagarme la carrera, y murieron en la Casa Colorá, ahora Amarilla, dónde también estuve como usuario antes de convertirse en una brutal sala de muerte.

Era como si toda la geografía delincuencial de este caso estuviera relacionada conmigo.

Es por eso que, quizás, me resista a creer que ya se ha acabado el asunto, el caso, el proceso. Y puede que aún no, pero ya como otro recurso en el Supremo.

Lo que nunca se acabará es el dolor de los familiares, ni el hueco de las ausencias. Pero la tinta de las sentencias no entiende de colores, va a lo negro sobre blanco, ni ve más allá del borde de sus páginas.

Siempre me ha extrañado la forma en que Juan Cuenca y Valentín Ion no involucraban a Constantin Stan. Había algo antinatural en todo ello. Nunca se ha sabido el móvil concreto ¿dinero?, ¿por la venta de la cantera?,  ¿para eso tanto sufrimiento y dolor?, ¿y cuánto dinero?

Ninguna pregunta del veredicto entraba en esa cuestión. El móvil de un crimen entra dentro de la subjetividad. Solo importa a allegados y gacetilleros. El hecho puro y duro, empírico y sangrante, es lo que interesa. Pero hay interrogantes a los que algunas sentencias no pueden dar respuesta.

Hay una imagen que me sigue persiguiendo. Que me tortura. Ingrid y Lodewick van a su encuentro con Cuenca. Les lleva en su coche Rosa (amiga de Cuenca que estuvo imputada y luego desimputada -verdaderamente, parece que no sabía con qué colaboraba-). Van camino de su muerte. Pero Ingrid va hablando con las hijas de Rosa. Va feliz, charlando con las crías. Y en aquellos días, estoy seguro, Ingrid creía estar embarazada. Así se lo dijo a una amiga por mensaje y para ese motivo viajó a Murcia. Preñada de vida y de futuro, de sonrisas, de risas. Y lo único que le espera es una muerte cruel y salvaje.

Luego la autopsia dijo que no halló en su vientre resto alguno de embarazo. Pero, claro, 15 días después de ser asesinada y tras ser descuartizada, con avanzada descomposición de todo, qué se podía encontrar.

A veces me pregunto qué nombre le habrían puesto a la criatura.

EL FALSO SUICIDIO

Lo mataron como a un conejo, por el cuello. En mitad del fragor sexual, lo que era un sugerente abrazo se convirtió en una férrea tenaza sobre su garganta. Los ojos de la víctima, un hombre de 72 años, se les saldrían de las cuencas al percatarse de lo que ocurría. Cuando todo acabó, y el cuerpo estaba ya sin vida, intentaron que pareciera un suicidio.

 

Ronnie Massagrande, el acusado, durante el juicio en 2013. Foto: Gloria Nicolás

En 2016, 126 personas se quitaron la vida de manera voluntaria en la Región. Es casi una quinta parte más que en 2015. Es un problema de salud pública. En algunos casos, esconden enfermedades y miserias personales. En otros, auténticos problemas sociales e institucionales.

Pero, de vez en cuando, no es suicidio todo lo que parece, sino homicidio.

Diferenciarlo es muy difícil. Acertar en el diagnóstico es capital. Un error puede imposibilitar la investigación posterior.

Uno de los casos más llamativos de falso suicidio tuvo lugar en Molina de Segura en 2010.

Cuando los agentes de Policía Nacional entraron al dormitorio encontraron un cuerpo tendido sobre la cama. Boca arriba. Llevaba puesto los calzones. Sobre el rostro, una bolsa de supermercado valenciano.

-Suicidio -se dijo.

Horas más tarde, en la sala de autopsias, unas rojeces en el cuello descubrieron un estrangulamiento de manual.

Para cuando los de Policía Judicial y Científica regresaron al domicilio, ya no había escena del crimen. Muchos habían pasado por allí: sanitarios, otros agentes, familiares del fallecido… Cuando hubo que procesar las habitaciones, casi nada estaba ya como cuando se descubrió el drama.

No digo que sea lo mismo, pero este diario informaba esta semana que en Yecla se investiga la muerte de una mujer cuya cabeza estaba también en una bolsa. Son casos muy complicados. Incluso cuando no hay caso ni investigación, siempre hay una tragedia detrás.

Mientras usted leía esto último, los de Científica seguían buscando pruebas. Y llegaron a una muy buena.

Una huella.

Un individuo que no tenía por qué haber estado en esa casa. Y que de momento sólo probaba eso. Que había estado en la casa.

Lo tenían identificado pero nada más. No existen megaordenadores al estilo CSI  (cuánto daño ha hecho) que te ubiquen su lugar exacto. Ni un juzgado te autoriza sin más indicios ningún pinchazo telefónico. Pero pillaron otro fleco. Una urgencia sanitaria en el Hospital Morales Meseguer, sin más datos.

Los agentes hicieron entonces una cosa muy sencilla que ya inventaron los griegos. Preguntar.

-Fuimos puerta a puerta por todo el barrio de alrededor -me explicaba tiempo después uno de los agentes que participó-. Hasta que dimos con su rastro. Había desparecido a media noche de su domicilio. Justo en la fecha de la muerte de la víctima.

Su estela les llevó a Barcelona (cuánto trabajo por las primeras horas perdidas). Investigaban a un sospechoso que vivía como chapero, de pequeños servicios y pequeños robos. Era italiano. Se llamaba Ronnie Massagrande. Así que los de Homicidios allá que se fueron a la ciudad condal a buscarlo. Lo hicieron en locales de copas. Para verlo. Cuatro policías murcianos de incógnito buscando a un chapero de apellido Massagrande. Pues dieron con él. Éste confesó el crimen, que fue por unos cuadros robados de la víctima, y que aún escondía. Fue juzgado con un compinche y condenados.  Ojito con las bolsas.

Homicidio en Puerto Lumbreras

Para entonces se había llenado de guardias la calle Sierpe. También de testigos métricos, los numericos que ponen los investigadores en la escena del crimen (ahora sí). En las sinuosas calles de alrededor había gotas de sangre que señalaban el derrotero que, herido, Martín recorrió en sus últimos segundos de vida.

El mensaje me pilló desnudo.

“Homicidio en Puerto Lumbreras”.

Era sábado por la mañana. Estaba recién salido de la ducha, con la toalla en la cintura y  el móvil en la mano.

Durante unos segundos busqué en el fondo de mi cabeza ¿Qué he pasado por alto en las últimas horas? Tardé unos minutos hasta que caí en la cuenta.

Nadie lo sabe aún.  Y saboreé ese placer profesional de tener algo que los demás no tienen.

Me costó varias llamadas (ya vestido, eso sí) hasta que di con el asunto.

No veríamos ya el drama del terrible hallazgo, el shock de la primera digestión a cargo de los familiares sin consuelo, ni el aséptico levantamiento de cadáver. Martín, de 49 años, llevaba casi 24 horas fallecido.

¿Entonces? ¿Por qué esto no ha pitado  antes?

Alguien se equivocó al principio.

Martín Romera Navarro era conocido por todos como “una muy buena persona” en su calle, la Sierpe, que se tiene muy ganado el nombre. Es una (más o menos) recta en pendiente ubicada en un barrio en la ladera del Castillo de Nogalte. Se caracteriza por casas bajas, de familias humildes, en donde predominan los rostros quemados por el sol, las cuerdas con ropa tendida en cualquier sitio y una moda de poner pares de zapatos en muchos tejados.

Cerca de la puerta de su casa fue hallado Martín. Presentaba heridas en cabeza y había perdido sangre.  Los sanitarios se afanaron en vano por devolverle a la vida y después se optó por levantar el cuerpo. Debió de sufrir algo -pensarían-, y en la caída golpearse y sangrar. Una muerte natural accidentada.

Esto aún el viernes. El sábado, me imagino la llamada a la Comandancia de la Guardia Civil.

-Oye, que nones, que no ha sido natural.

-¿Pero cómo…?

-Que tiene orificios de heridas por arma de fuego, en cabeza y brazo.

Ágiles estuvieron los sabuesos de la Benemérita para subsanar el error forense del levantamiento. Se habían perdido horas muy preciadas.

Volvemos al punto de partida. Estoy con el móvil y la toalla.

Para entonces se había llenado de guardias la calle Sierpe. También de testigos métricos, los numericos que ponen los investigadores en la escena del crimen (ahora sí). En las sinuosas calles de alrededor había gotas de sangre que señalaban el derrotero que, herido, Martín recorrió en sus últimos segundos de vida.

Esa noche hicieron varios registros más. Había un vecino que ya no estaba. Se trata de Juan José. Estaba en Velez Rubio. Al parecer discutió con Martín (a quien concocía) horas antes de la muerte de éste. Los indicios lo señalan y es arrestado. Queda en libertad con cargos el lunes. El martes lo encuentra mi compañero Manu Reyes. Está en la misma calle de los hechos. Fumando sobre la bici. Le espeta:

-¿Has asesinado a Martín?

– Soy inocente. Si no soy capaz de matar a un animal.

Luego se queja de lo mal que lo ha pasado, y de que quién lo iba a contratar ahora para trabajar, después de salir en la tele con este asunto.

Le da a los pedales y desaparece calle abajo.

¿Y en qué trabajaba antes de salir en la tele?