La atropellada de Santa Cruz

Se llamaba Dolores. Pero la conocían por Lola. Y nunca dejó de hacer, ni en el último de sus días, lo que siempre había hecho. Cuidar de los suyos

-Había ido a casa de su hijo, que está con gastroenteritis. Le había llevado dos manzanas y un zumo -explicaba una vecina.

La mañana, plena de primavera incipiente, era luminosa. Frente a la Iglesia del Cristo de la Espiración (no podía tener otro nombre) ocurría la tragedia. Junto al cuerpo ya sin vida y tapado de Lola, su bastón. Se le había soltado un zapato, a un lado, triste y huérfano de pie. El cadáver está bajo el vehículo, justo en medio de un remolque y un tractor que levantaba su pala cargadora como diciendo “yo no he sido”. Pero sí había sido. Lo que se tendrá que dilucidar es hasta dónde ha sido.

El camión salía de una granja de vacas (¿de vacas? ¿en Murcia?) hacia la calle Mayor. Hace el stop, gira hacia la derecha y tras menos de cinco metros pasa por un paso de cebra sobre el que queda muerta esta vecina. Cosa de segundos. Tanto el atropello como el fallecimiento.

Cuando uno llega a un suceso, a golpe de vista localiza a las personas del entorno de la víctima. Las que lloran. En este caso, junto a la Iglesia. Pero aquí había un segundo grupo de personas que lloraban. ¿Más familiares? No, los del entorno del conductor del tractor. Se ubican en la salida de la granja. La misma que tomó el tractor homicida. Se arremolinan en el asfalto, ahora en la acera, ahora se abrazan. Tampoco hay consuelo para ellos.  Y no lloran por la suerte del conductor, que no ha sido ni arrestado, sino porque conocían a la víctima.

Llega por fin el vehículo funerario. Miembros de Protección civil despliegan (en vano) una manta azul para evitar el macabro espectáculo de recoger a Lola.  Montada en una camilla es introducida en esa cripta móvil.

En un segundo estás sobre la acera, y al siguiente bajo un tractor.

-Agente, ¿qué ha pasado?

-Lo dirá la autopsia.

-Pero si es un paso de cebra, y eso es sagrado.

-Sí, es sagrado, pero no sabemos si se ha caído justo en el momento en que pasaba el tractor

Cuando el vehículo funerario marcha, los hijos de Lola apenas se mantienen, son acompañados. En su andar vacilante se aprecia aún la incredulidad de lo ocurrido. Se dispersan los curiosos y los periodistas recogen sus bártulos.  Pero la pesadumbre se ha alojado en todo el lugar.

Suenan las campanas. Es ya mediodía. Pero no es un repiqueteo feliz. Más bien doblan las campanas.

Esto no es Baltimore, donde se escribió uno de los libros periodísticos más duros que he conocido: Homicidio, de David Simon, que destila crueldad, sadismo y vicio estratosférico. Esto es Murcia. Esto es Santa Cruz. Aquí no hay más tutía ni más que rascar. Aquí todos nos conocemos. Y a todos nos duele lo ocurrido. Y dentro de un tiempo volveremos a coincidir los mismos, con sucesos parecidos, y al mirar el paso de cebra diremos: “Aquí murió la Lola“.

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