Archivos mensuales: marzo 2017

El asalto fallido

En el atestado de la Policía Nacional se lee (no sin cierto lirismo)  “sangre por el suelo, plomos en la pared y un fuerte olor a pólvora y sustancias estupefacientes”.  Un lío de cojones, vamos

Testigo mudo del episodio

Pasamontañas, preparados. Escopeta, lista. Munición, cargada. Los tres se miraron.

-Pues ale, vámonos a dar el palo.

Es jueves por la noche. Una pareja y su hijo (en verdad, el hijo es de ella y de una relación anterior) han cenado fuera de casa. Ya regresan. Paran en un chino y compran algunas bebidas. La noche es joven, piensan. No saben la que les espera.

Estamos en el centro de Alcantarilla. El edificio es relativamente nuevo. El piso está en el quinto. Llegan. Se ponen cómodos. Se les unen un par de amigos. Primeros tragos. Risas. Pero cuando van a despedirse…., cuando abren la puerta para marcharse…, cuando alzan los ojos…

Una escopeta. Dos cañones. Ojos duros dentro de la negra capucha. No hay ¿plata o plomo?. Solo plomo.

¡PAM! Al brazo ¡PAM! A la pared ¡PAM! A la puerta ¡PAM! A otra pared.

En segundos, el rellano del portal se convirtió en una balacera, el escenario de Pulp Fiction, en una trampa para unos y otros. Los de dentro querían cerrar, los encapuchados querían entrar y el herido luchaba por no perder el brazo.

En el atestado de la Policía Nacional se lee (no sin cierto lirismo)  “sangre por el suelo, plomos en la pared y un fuerte olor a pólvora y sustancias estupefacientes”.  Un lío de cojones, vamos

Forcerjeo, gritos, golpes. Dentro la mujer y el hijo siguen escondidos. Los de la casa consiguen cerrar la puerta. En la huida, uno de los encapuchados pierde una zapatilla cuan Cenicienta. Corren escaleras abajo. Delirios dentro de la vivienda. De los nervios, uno vomita en el suelo. Algunos vecinos comienzan a asomarse y a llamar al 112. Es lo que tienen los disparos y los alaridos agónicos.

Mientras el herido intenta no desmayarse, el resto comienzan a pensar.

Uno: defensa. Cogen un sofá y lo sacan a la puerta para obstruir el acceso. Por si vuelven los hijoputas de la escopeta, pensarían.

Dos: pruebas. Abren una ventana y comienzan a lanzar pequeños envoltorios al aire. Oh Blanca Navidad, que diría el señor Netflix con la cara de Wagner Moura en el papel de Pablo Escobar.  Los agentes de la Policía Local redactaron en su acta (tampoco exentos del todo de cierta poesía) que “nada más bajarse del vehículo, puede comprobar cómo del cielo están cayendo diversos papeles”. Les faltó decir lloviendo. Eran bolsitas de cocaína.

Para entonces allí están todos menos los encapuchados cenicientos. Están los locales, los nacionales, una ambulancia para el herido que aún está consciente y aún tiene el brazo, están los vecinos asombrados, están las sirenas, está la coca en bolsitas, están las libretas de contabilidad y los disparos en la pared y en la puerta, está el desconcierto y está la sorpresa. Está claro lo que hacían en el piso (42 hojas manuscritas de “cantidades y nombres” te dan una idea). Lo que no está tanto es qué pijo querían conseguir los encapuchados. Pero también dan alguna idea.

Total. Los de la casa, detenidos por presunto narcotráfico. Los cenicientos encapuchados, en búsqueda y captura. El herido, a la Arrixaca. La cocaína, incautada.

En la puerta, un agujero negro abierto con violencia y pólvora, testigo mudo del episodio.

 

 

La atropellada de Santa Cruz

Se llamaba Dolores. Pero la conocían por Lola. Y nunca dejó de hacer, ni en el último de sus días, lo que siempre había hecho. Cuidar de los suyos

-Había ido a casa de su hijo, que está con gastroenteritis. Le había llevado dos manzanas y un zumo -explicaba una vecina.

La mañana, plena de primavera incipiente, era luminosa. Frente a la Iglesia del Cristo de la Espiración (no podía tener otro nombre) ocurría la tragedia. Junto al cuerpo ya sin vida y tapado de Lola, su bastón. Se le había soltado un zapato, a un lado, triste y huérfano de pie. El cadáver está bajo el vehículo, justo en medio de un remolque y un tractor que levantaba su pala cargadora como diciendo “yo no he sido”. Pero sí había sido. Lo que se tendrá que dilucidar es hasta dónde ha sido.

El camión salía de una granja de vacas (¿de vacas? ¿en Murcia?) hacia la calle Mayor. Hace el stop, gira hacia la derecha y tras menos de cinco metros pasa por un paso de cebra sobre el que queda muerta esta vecina. Cosa de segundos. Tanto el atropello como el fallecimiento.

Cuando uno llega a un suceso, a golpe de vista localiza a las personas del entorno de la víctima. Las que lloran. En este caso, junto a la Iglesia. Pero aquí había un segundo grupo de personas que lloraban. ¿Más familiares? No, los del entorno del conductor del tractor. Se ubican en la salida de la granja. La misma que tomó el tractor homicida. Se arremolinan en el asfalto, ahora en la acera, ahora se abrazan. Tampoco hay consuelo para ellos.  Y no lloran por la suerte del conductor, que no ha sido ni arrestado, sino porque conocían a la víctima.

Llega por fin el vehículo funerario. Miembros de Protección civil despliegan (en vano) una manta azul para evitar el macabro espectáculo de recoger a Lola.  Montada en una camilla es introducida en esa cripta móvil.

En un segundo estás sobre la acera, y al siguiente bajo un tractor.

-Agente, ¿qué ha pasado?

-Lo dirá la autopsia.

-Pero si es un paso de cebra, y eso es sagrado.

-Sí, es sagrado, pero no sabemos si se ha caído justo en el momento en que pasaba el tractor

Cuando el vehículo funerario marcha, los hijos de Lola apenas se mantienen, son acompañados. En su andar vacilante se aprecia aún la incredulidad de lo ocurrido. Se dispersan los curiosos y los periodistas recogen sus bártulos.  Pero la pesadumbre se ha alojado en todo el lugar.

Suenan las campanas. Es ya mediodía. Pero no es un repiqueteo feliz. Más bien doblan las campanas.

Esto no es Baltimore, donde se escribió uno de los libros periodísticos más duros que he conocido: Homicidio, de David Simon, que destila crueldad, sadismo y vicio estratosférico. Esto es Murcia. Esto es Santa Cruz. Aquí no hay más tutía ni más que rascar. Aquí todos nos conocemos. Y a todos nos duele lo ocurrido. Y dentro de un tiempo volveremos a coincidir los mismos, con sucesos parecidos, y al mirar el paso de cebra diremos: “Aquí murió la Lola“.

La chimenea de Aljucer

La empresa cuenta con este local como garito ¡con tres puertas! para vender droga, y tiene asalariados como aguadores, dan el agua si viene alguien, y puertas, que acompañan a los compradores al local.

 

Por cada segundo que pasaba la puerta recibía dos golpes de ariete. Así estábamos.

-Mira, la está quemando.

Era media mañana. Los prioritarios encendidos de coches y furgones policiales me guiaron de nuevo.  Era poco menos que una vereda, y la casa poco menos que una casa. Pero la puerta se resistía como la madre que la parió.

Una empresa criminal, como cualquier empresa, necesita una jerarquía.  Hay estructuras más gruesas y otras más ligeras, fruto de la crisis. A la que nos referimos estaba asentada en la bella pedanía de Aljucer, cuna del imaginero Juan González Moreno, que nunca imaginaría que, entre sus caminos de huerta serena,  se iba a instalar un garito de venta de droga. El cabecilla era un fleco menor que, a base de seguir siendo un fleco, se había vuelto fuerte

-De vez en cuando hay que entrarles, para que no se relajen -me dijo un agente.

Del ariete habían pasado a la radial. De un puerta, estaban ya abriendo la segunda. La casa que parecía poca cosa tenía más seguridad que muchas bancos.

-Y la chimenea, funcionando.

Miré entonces a lo alto. Se veía pequeña, con tejas que se asemejaban a la visera de una gorra infantil.  Salía humo. Fuego. Pero si no hacía tanto frío… entonces me percaté de la verdadera preocupación de los agentes. Y al mismo tiempo, ese olor ácido me golpeó. Y es que las cosas nos entran por los ojos, pero hay sentidos más sutiles.


La mínima estructura criminal (en el narcotráfico, se entiende) es uno que vende en un esquina. Pero a ése se lo merienda un Zeta recién salido de Ávila. De lo que hablamos en Aljucer es de un empresa mediana, familiar, con tradición, capacidad exportadora y que ha superado los primeros años en un sector muy competitivo. Es un punto negro muy activo. Toca entrarle.

De repente, ese olor ácido lo invadía todo. Era como plástico avinagrado. Así huele la cocaína en la chimenea. Los agentes redoblaban sus esfuerzos. Los segundos parecían minutos. La segunda puerta, también abierta, dejó paso a una tercera, con barra cruzada. El inmueble estaba rodeado. Era inminente.

La empresa cuenta con este local como garito ¡con tres puertas! para vender droga, y tiene asalariados como aguadores, dan el agua si viene alguien, y puertas, que acompañan a los compradores al local.

¡PATAPUM! Ya están dentro los agentes. Han sido minutos. No muchos… pero los justos. Se ha quemado la droga. El olor ácido… Dentro, una mujer. Bien adiestrada. Ha cumplido. Pero ahora la llevan engrilletada.

-Señor policía -dice la mujer de pijama rosa-, yo he colaborado en lo que podido.

-¿Y por qué no ha abierto las puertas?

-No tenía las llaves.

Dosis no muchas, pero apareció allí hasta un perro denunciado por los vecinos como robado.

Cuando se va a asaltar una empresa así, a reventar un garito, hay que llevar un trabajo hecho, no por demostrar. Y como ya se había demostrado la venta de droga con VEINTICUATRO (24) actas previas de incautación a otros tantos consumidores… o sea, blanco y en botella, Malibú. Punto negro  desmantelado.

 

 

La Operación Chárter

Alguna vez han seguido a alguien en coche sin que éste se entere? Pues no es nada fácil. En las investigaciones suele hacerse con mucha frecuencia. Carecen de adrenalina y glamur, son labores farragosas y tediosas, pero necesarias.

El seguimiento en vehículo a los principales sospechosos fue una de las cosas que más me sorprendió en las diligencias 1319/2016 del Juzgado Número 2 de Elche. Este procedimiento concluyó en la Operación Chárter. Quizá leyeran algún titular hace no mucho. Fueron arrestadas 18 personas, incautados 700 kilos de hachís e intervenidas tres planeadoras.

El principal cabecilla, hay que joderse, consiguió escapar corriendo a campo a través por Las Torres de Cotillas, donde desmantelaron a su grupo criminal. Y es que uno no ocupa la Cátedra del Alijamiento de Hachís en Litoral Ibérico sin ser un zorro avispado. Se trata de Kamal, un melillense nacido en el 81 que ya fue detenido en Cartagena en 2007 con más de dos toneladas de hachís en una lancha. Meteórica carrera la suya.

Espiar a un fulano así es súper jodido. En sus informes, los agentes reflejan que realizaban ‘medidas de contravigilancia’. Por ejemplo. El coche está en circulación por una autovía. Es muy sencillo de seguir sin ser detectado. Un coche o dos por en medio y ya está. ¿Y qué hacen los narcos? Pues tomaban una salida pero luego cogían otra vía y se volvían a incorporar a la carretera. Si llegaban a una rotonda, la hacían completa una o dos veces, y luego seguían camino. Y lo que para mí es la leche: «Empieza a conducir de manera excesivamente reducida (30/40 km/h) por la autovía, antes de llegar a la bifurcación (?) se detiene en el arcén de la autovía, permaneciendo en el lugar diez minutos parado». ¡En el arcén!

La novia del tipo, que también fue detenida, estaba bien instruida: «Estacionamientos bruscos en doble fila y que transcurridos unos segundos inicia nuevamente la marcha». Los agentes llegan a escribir que para evitar ser seguida «realiza una conducción inadecuada a la vía, llegando a poder provocar algún accidente de tráfico». En zonas urbanas la cosa era peor. En algunas páginas reseñan que «los agentes desisten en su seguimiento debido al escaso tráfico en la zona» (eran seguimientos de madrugada).

Total. Al final, con mandamiento judicial, le pusieron un geolocalizador al C3 de la novia (bendita tecnología) y ya irían más tranquilos los agentes. Y lo demás, ya se conoce de la nota de prensa.

Los únicos seguimientos que yo he hecho ha sido a algún coche del juzgado de guardia con cuatro secretarios judiciales juntos. Eso significa registros. De lo que sea. Entonces les sigo a ver qué da de sí la mañana. Y soy tan malo que al tercer semáforo coincido con el coche al que sigo. Los secretarios me miran con reprobación desde sus ventanillas.

Entonces caigo en la cuenta de que el coche que uso es naranja, blanco y azul, y lleva un gran 7 Televisión en la puerta. Yo no serviría para narco. Tampoco para policía.