El falsificador de Beniaján

“Es un delincuente de guante blanco. De los que ya no hay. Un señor. Yo en el fondo le admiro”, confiesa uno de los policías que lo detuvo ya en 2007

Si miran por la ventana verán el cielo. El mismo que pasa por encima de la cárcel de Sangonera (ahora Murcia I). Bajo ese azul meditérraneo hay un patio. En él muchos presos pasean o disfrutan de unos minutos al aire. Entre ellos hay uno muy especial. En principio hace lo que todos allí: esperar que les llegue su turno.

La cárcel de Sangonera se ha quedado para presos preventivos. Esto es: cuando a uno lo envían a prisión antes de ser juzgado. Una persona va a prisión preventiva por tres motivos: riesgo de fuga, de destrucción de pruebas o reincidencia.
Si se da alguna de estas variables, o tienes un abultado historial, te vas para Sangonera, ahora Murcia I (Murcia II es la cárcel de Campos del Río, donde van los ya condenados).

El preso que es especial anda solo, ensimismado, manos en los bolsillos, dando una patada a algún guijarro del suelo. Mirada al cielo azul. Mirada al patio gris. Se debe notar de lejos que no es un preso común (drogas, violaciones, robos, navajazos). Es escaso de carnes y no se pone nervioso. Es extremadamente inteligente. Lleva más de una década poniendo en jaque a las autoridades monetarias europeas.

Es Juan Pedro González. El conocido como el falsificador de Beniaján.

-Es el tipo de investigado que todo agente quiere alguna vez en su carrera –dijo el comandante Castillo de la Guardia Civil en 2016 cuando se le detuvo por tercera vez.

-Es un delincuente de guante blanco. De los que ya no hay. Un señor. Yo en el fondo le admiro –confiesa uno de los policías que lo detuvo ya en 2007.

Juan Pedro era una máquina de hacer dinero, pero dinero falso. Las mejores copias. Le piden quince años de cárcel. Él lo niega. Afirma que todo ese material para falsificar era de otros que usaban la nave de su padre, JUGOSA, una antigua conservera que ya no existe ni como edificio. Juan Pedro es el tipo que se movía en bici para despistar a los agentes, y que en el momento de su arresto, tenía la matrícula de todos los coches policiales que le vigilaban.

Juan Pedro sigue su paseo. Ahora cruza los brazos. Sus manos merecen el reconocimiento a la altura de González Moreno. Es también un artista.

Si estuviéramos en Estados Unidos, sería el típico contratado por una agencia federal para, precisamente, mejorar la creación de los billetes, que no se puedan falsificar. Pero el futuro pasa por el dinero digital. Adiós billetes. Todo electrónico. Tenía razón el policía: «De los que ya no quedan». Ahora todos son hackers, que suena mejor pero carece del aroma a tinta, el cariño a lo artesano, el tacto del papel.

Si pasan por Sangonera, o miran el cielo, dedíquenle un segundo a Juan Pedro. Lo merece. Y la sentencia saldrá pronto. Estén atentos. La sentencia irá en papel pero también se notificará en digital. Pero esa no se podrá falsificar.

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