La manta eléctrica

En un rincón, junto a la ventana, el esqueleto de un sofá. El cámara graba. De Matías al sofá. Del sofá a Matías. En la pared, un cuadro de un Cristo que ha perdido el color por la acción de las llamas. “Se lo pone ella porque le duele la espalda, y s’ha prendío lumbre”

Pocas veces se va uno de un suceso con una sonrisa en los labios. Se acude a ver lo ocurrido, a ponerle rostro a alguna tragedia. En ocasiones el periodista es recibido mal. Aquí nos recibieron con un «son ustedes los dueños de la casa».

Ocurrió hace unas semanas en la pedanía de Ribera de Molina. Es como una oruga de casas arremolinadas. Se apiñan unas con otras a lo largo del caminico ondulante. En penpendicular a esta vía salen otras, más cortas, sobre ribazos, sobre lomas imposibles, donde las casas se van cerrando en espiral. En una de estas calles viven Matías y Consuelo.

Matías García no recuerda con exactitud su edad. Sabe que supera los 80 años, pero no cuánto. Mira al suelo y luego alza la mirada con sus pupilas gastadas pero no encuentra el dato.

­-¿Qué ha pasado, Matías?
-La manta eléctrica. S’ha puesto a arder. Pasen, son ustedes los dueños de la casa.

El caserón es de dos plantas, vetusto, macizo, solariego. De estancias anchas.

Afuera se escuchan susurros («Han venío los de la tele»). Las pisadas se tornan pegajosas, es la unión de las cenizas y el agua sobre el suelo.

El octogenario que no recuerda su edad y tiene la mirada gastada nos enseña el salón, pintado de negro hollín y con las paredes cuarteadas. En un rincón, junto a la ventana, el esqueleto de un sofá. El cámara graba. De Matías al sofá. Del sofá a Matías. En la pared, un cuadro de un Cristo que ha perdido el color por la acción de las llamas.

-Se lo pone ella porque le duele la espalda, y s’ha prendío lumbre.
-¿Y cómo está la señora?
-Ahí la tienen al lao. En la casa de mi hija.

De una casa pasamos a otra en la espiral de la calle, que es la espiral que hace la familia al crecer y colonizar el trozo de al lado. En el salón, luminoso, Consuelo en un sillón. Alrededor, varias personas la contemplan y adoran como en el pesebre de Belén.

-Pues puse la manta y del cable salió lumbre. Y grité !Matías, Matías! y él me dijo, deja el grifo abierto, y con cubos lo ha apagado.

Luego llegaron los bomberos («en mu pocos minutos. S’han portao mu bien»), que remataron la faena. Matías y Consuelo no se quitan el susto. Matías trabajó en fábricas del pimentón en una época en la que a Molina de Segura se la conocía como ciudad conservera, y no el municipio de mayor consumo de cocaína por habitante de España (¡¿cómo calculan eso?!). Matías heredó de sus padres la vivienda cuyo salón ha ardido. Pero lo que le hace temblar la voz es su Consuelo.

-Entonces esto no tendría remedio.

Apagar el fuego de un sofá a cubetazos carece de épica. Pero si tienes más de ochenta años y tu pareja también octogenaria y de movilidad reducida está sentanda en el sofá, uno se va con una sonrisa en los labios viendo las cenizas en el suelo nadando en el agua.

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