Archivos mensuales: febrero 2017

El falsificador de Beniaján

“Es un delincuente de guante blanco. De los que ya no hay. Un señor. Yo en el fondo le admiro”, confiesa uno de los policías que lo detuvo ya en 2007

Si miran por la ventana verán el cielo. El mismo que pasa por encima de la cárcel de Sangonera (ahora Murcia I). Bajo ese azul meditérraneo hay un patio. En él muchos presos pasean o disfrutan de unos minutos al aire. Entre ellos hay uno muy especial. En principio hace lo que todos allí: esperar que les llegue su turno.

La cárcel de Sangonera se ha quedado para presos preventivos. Esto es: cuando a uno lo envían a prisión antes de ser juzgado. Una persona va a prisión preventiva por tres motivos: riesgo de fuga, de destrucción de pruebas o reincidencia.
Si se da alguna de estas variables, o tienes un abultado historial, te vas para Sangonera, ahora Murcia I (Murcia II es la cárcel de Campos del Río, donde van los ya condenados).

El preso que es especial anda solo, ensimismado, manos en los bolsillos, dando una patada a algún guijarro del suelo. Mirada al cielo azul. Mirada al patio gris. Se debe notar de lejos que no es un preso común (drogas, violaciones, robos, navajazos). Es escaso de carnes y no se pone nervioso. Es extremadamente inteligente. Lleva más de una década poniendo en jaque a las autoridades monetarias europeas.

Es Juan Pedro González. El conocido como el falsificador de Beniaján.

-Es el tipo de investigado que todo agente quiere alguna vez en su carrera –dijo el comandante Castillo de la Guardia Civil en 2016 cuando se le detuvo por tercera vez.

-Es un delincuente de guante blanco. De los que ya no hay. Un señor. Yo en el fondo le admiro –confiesa uno de los policías que lo detuvo ya en 2007.

Juan Pedro era una máquina de hacer dinero, pero dinero falso. Las mejores copias. Le piden quince años de cárcel. Él lo niega. Afirma que todo ese material para falsificar era de otros que usaban la nave de su padre, JUGOSA, una antigua conservera que ya no existe ni como edificio. Juan Pedro es el tipo que se movía en bici para despistar a los agentes, y que en el momento de su arresto, tenía la matrícula de todos los coches policiales que le vigilaban.

Juan Pedro sigue su paseo. Ahora cruza los brazos. Sus manos merecen el reconocimiento a la altura de González Moreno. Es también un artista.

Si estuviéramos en Estados Unidos, sería el típico contratado por una agencia federal para, precisamente, mejorar la creación de los billetes, que no se puedan falsificar. Pero el futuro pasa por el dinero digital. Adiós billetes. Todo electrónico. Tenía razón el policía: «De los que ya no quedan». Ahora todos son hackers, que suena mejor pero carece del aroma a tinta, el cariño a lo artesano, el tacto del papel.

Si pasan por Sangonera, o miran el cielo, dedíquenle un segundo a Juan Pedro. Lo merece. Y la sentencia saldrá pronto. Estén atentos. La sentencia irá en papel pero también se notificará en digital. Pero esa no se podrá falsificar.

La verde huerta

“Un resplandor clorofílico cubre los rostros sudorosos de los agentes. Decenas de luces halógenas dispuestas en cuidadosa fila sobre decenas y decenas (500 en total) de plantas de esplendorosa hoja y psicoactivo cogollo. Hay hasta algún rifle…”

Murcia Huerta de Europa. Y tanto. Pero de marihuana. Hay llamadas de Madrid. Que hay mucho cannabis por ahí y que sale de aquí (de Murcia). Hay que reaccionar. Pero una operación es como un cogollo que se fuma: tiene que germinar, tiene que crecer, tiene que segarse y luego secarse. Y está listo para meterle fuego.

Decía el levantino Blasco Ibáñez (¿saben que 2017 es el Año Blasco Ibáñez?) que «desperezose la inmensa vega bajo el resplandor azulado del amanecer, ancha faja de luz que asomaba por la parte del Mediterráneo». Pero aquí el azul era de los coches policías.

Once de la mañana. Una jornada tranquila. Una sucesión de coches zigzaguean por retorcidos carriles de huerta. El cámara y yo nos perdimos en un par de ocasiones. Los encontramos. La policía se había repartido simultáneamente por varias casas de la pedanía de Nonduermas. En todos, un secretario judicial para tomar adecuada acta de lo hallado.

-A mí no me grabes
-No, no.

Tras los gritos iniciales con la mano al cinto al estilo de «¡Policía! ¡Alto! ¡Al suelo! ¡Que te tires al suelo!», llega la lectura de derechos al detenido y el reconocimiento de cada finca. Se relajan los nervios (no ha habido resistencia. A veces la hay) y hacen la inspección ocular.

-¿Qué hay ahí?
-No sé.
-Tienes la llave
-Pues no
-Vale. ¡Traed el mazo!
POM, POM, POM…

Clannnnnn… Puerta abajo. Un resplandor clorofílico cubre los rostros sudorosos de los agentes. Decenas de luces halógenas dispuestas en cuidadosa fila sobre decenas y decenas (500 en total) de plantas de esplendorosa hoja y psicoactivo cogollo. Hay hasta algún rifle («por si alguien les viene a robar esto»).

Joder en lo que se ha convertido la huerta murciana. Ya no hace falta el sufrido labriego que ara con surcos la tierra morena, que riega con el agua reconducida en las rumorosas acequias y cuida cada tahúlla bajo el sempiterno sol meriodional. No. Ahora cultivos indoor. Ahora el paradigma de esta denominada como droga blanda y que tiene una peligrosísima tolerancia social (hasta que la ves en las puertas del colegio de tus hijos) es que se cultiva en interiores, lejos de miradas inadecuadas.

La organización alquila cobertizos o sótanos de extraviadas y perdidas fincas rurales (¡ojo, ojo!, lo del lituano asesinado de Cartagena es lo mismo, había otra plantación) e instala sistemas de riego y potentes aires acondicionados. A cambio de un precio, el dueño de la casa solo cede un espacio o cuida que no falte abono, o ni eso. Y son vecinos de toda la vida. Las plantas se llevan a otro lugar para secar los cogollos y luego, si un kilo supera el brexit y llega a Londres, valdrá 6.000 euros.

Si no hiciera 150 años del nacimiento de don Vicente podría comenzar así La barraca: «Desperezose la inmensa vega con el sonido del ferrocarril circundante, acariciada por las luces de los prioritarios policiales a todo trapo, y embriagada del ardoroso aroma del cannabis sativa».

La manta eléctrica

En un rincón, junto a la ventana, el esqueleto de un sofá. El cámara graba. De Matías al sofá. Del sofá a Matías. En la pared, un cuadro de un Cristo que ha perdido el color por la acción de las llamas. “Se lo pone ella porque le duele la espalda, y s’ha prendío lumbre”

Pocas veces se va uno de un suceso con una sonrisa en los labios. Se acude a ver lo ocurrido, a ponerle rostro a alguna tragedia. En ocasiones el periodista es recibido mal. Aquí nos recibieron con un «son ustedes los dueños de la casa».

Ocurrió hace unas semanas en la pedanía de Ribera de Molina. Es como una oruga de casas arremolinadas. Se apiñan unas con otras a lo largo del caminico ondulante. En penpendicular a esta vía salen otras, más cortas, sobre ribazos, sobre lomas imposibles, donde las casas se van cerrando en espiral. En una de estas calles viven Matías y Consuelo.

Matías García no recuerda con exactitud su edad. Sabe que supera los 80 años, pero no cuánto. Mira al suelo y luego alza la mirada con sus pupilas gastadas pero no encuentra el dato.

­-¿Qué ha pasado, Matías?
-La manta eléctrica. S’ha puesto a arder. Pasen, son ustedes los dueños de la casa.

El caserón es de dos plantas, vetusto, macizo, solariego. De estancias anchas.

Afuera se escuchan susurros («Han venío los de la tele»). Las pisadas se tornan pegajosas, es la unión de las cenizas y el agua sobre el suelo.

El octogenario que no recuerda su edad y tiene la mirada gastada nos enseña el salón, pintado de negro hollín y con las paredes cuarteadas. En un rincón, junto a la ventana, el esqueleto de un sofá. El cámara graba. De Matías al sofá. Del sofá a Matías. En la pared, un cuadro de un Cristo que ha perdido el color por la acción de las llamas.

-Se lo pone ella porque le duele la espalda, y s’ha prendío lumbre.
-¿Y cómo está la señora?
-Ahí la tienen al lao. En la casa de mi hija.

De una casa pasamos a otra en la espiral de la calle, que es la espiral que hace la familia al crecer y colonizar el trozo de al lado. En el salón, luminoso, Consuelo en un sillón. Alrededor, varias personas la contemplan y adoran como en el pesebre de Belén.

-Pues puse la manta y del cable salió lumbre. Y grité !Matías, Matías! y él me dijo, deja el grifo abierto, y con cubos lo ha apagado.

Luego llegaron los bomberos («en mu pocos minutos. S’han portao mu bien»), que remataron la faena. Matías y Consuelo no se quitan el susto. Matías trabajó en fábricas del pimentón en una época en la que a Molina de Segura se la conocía como ciudad conservera, y no el municipio de mayor consumo de cocaína por habitante de España (¡¿cómo calculan eso?!). Matías heredó de sus padres la vivienda cuyo salón ha ardido. Pero lo que le hace temblar la voz es su Consuelo.

-Entonces esto no tendría remedio.

Apagar el fuego de un sofá a cubetazos carece de épica. Pero si tienes más de ochenta años y tu pareja también octogenaria y de movilidad reducida está sentanda en el sofá, uno se va con una sonrisa en los labios viendo las cenizas en el suelo nadando en el agua.