Libros y Cartas
En la playa guardo una estantería de libros olvidados. Son los libros de mi infancia, que han terminado todos juntos, haciendo largos inviernos en mi antigua habitación de veraneos. Desde los míticos Cuadernos Rubio, y los de vacaciones Santillana, pasando por tebeos heredados de mi padre, del Capitán Trueno y El Guerrero del Antifaz, aquellos de Elige tu propia aventura, colecciones completas de Tintín, Astérix, Lucky Luke, varios de fútbol, de historia de los mundiales, cómics y hasta otros que no leí, casi ni abrí nunca, sobre geografía para niños, el estudio de los minerales, el antiguo Egipto, los inventos y cosas así. En la siesta, me dedico a ir pasando estantes y recordando momentos, a través de aquellos libros. Es curioso, como con muchos, recuerdo el momento en el que estaba, qué cosas me preocupaban, me acuerdo de personas, profesores, amigos, vecinos… y casi no sabría decir de qué va el libro.
Suelo coger alguno suelto, buscando más recuerdos. De chaval, me gustaba colar notas, hojas, flores, dibujos en los libros… Incluso me escribía cartas para el futuro. Cuando hay premio, es un lujazo, y entonces sí que brotan recuerdos gigantescos, del momento en el que escribí o dibujé aquello. Cartas de amor, notas en clase, clasificaciones de fútbol, campeonatos de chapas y botones, listados de matrículas y ciudades, dibujos de gradas de estadios… No termino los estantes, porque me puede el sueño, sobre todo si los zagalicos duermen, que hay que aprovechar bien los momentos. Pero es otro de esos ratos del verano que disfruto en plan nostalgia.
Ayer encontré una carta, con mi mano dibujada sobre ella. Era una carta que nunca envié, a una chica que conocí en un campamento, en aquellos veranos de lágrimas y amigos efímeros, con los que luego seguías hablando sólo por carta un tiempo, hasta que cambiaba la vida. Aquella mano me resultó familiar, porque luego lo hacía a menudo, cuando escribía cartas echando de menos. Creo que aquella fue la primera mano en una carta, el día 17 de agosto de 1990, con 13 años. Era la mano de un niño, que se despedía convencido del ascenso del Real Murcia a Primera. Algunas cosas han cambiado, mi mano es casi el doble de la que he encontrado en la carta, pero otras siguen igual que entonces. ¿Guardas libros y cartas de tus primeros veranos? Vale.
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